Luego de pasar 20 años en Brasil al mando de Baró Galería, la galerista catalana Maria Baró ha decidido abrir un nuevo espacio en el barrio Chamberí de Madrid, junto al holandés Enno Scholma como socio. Baró House no es una galería tradicional. Como su nombre lo indica, es un lugar para el arte ubicado en un piso de 400 metros cuadrados, donde desde finales del 2018 se han venido realizando presentaciones privadas de artistas poco conocidos en el circuito español.

En un momento en que el modelo tradicional de galería continúa en crisis, este espacio propone generar una plataforma de encuentro más íntima entre coleccionistas, curadores, y artistas. El perfil está centrado en arte latinoamericano y artistas históricos aún por descubrir por el público madrileño.

El espacio inauguró con una individual del artista venezolano Elías Crespin, y la programación continúa con la reciente apertura del proyecto expositivo Broken Time, curado por el venezolano Rolando J. Carmona. La muestra pone en diálogo a artistas-programadores hispanoamericanos contemporáneos –Yucef Merhi, Joan Fontcuberta, entre otros- con las investigaciones del artista multimedia, escultor, músico y pionero del arte cibernético Nicolás Schöffer, a fin de evocar el sentido mágico y casi metafísico de trabajar con lo inmaterial. Aquí, Carmona nos comparte su texto curatorial.

Baró House, Madrid. Cortesía: Rolando J. Carmona

BROKEN TIME (ROMPER EL TIEMPO)

 

 

¿Por qué utilizar todavía el cincel de bronce o el cincel de hierro, cuando tenemos a nuestra disposición el cincel electrónico?

Nicolás Schöffer, 1955.

 

 

Hamburgo, febrero, 1973. Nicolás Schöffer y Alwin Nikolais organizan un casting inusual con trabajadoras sexuales frente a la ópera de Hamburgo. Ambos entrevistaron a decenas de mujeres para incluirlas en un experimento artístico llamado KYLDEX 1 (Kybernetische Luminodynamische Experiment 1). Un original espectáculo pluriartístico abierto a la intervención del espectador y alimentado por las técnicas audiovisuales más osadas de la época.

Pero, ¿por qué incluir al sector más “oscuro” de la sociedad dentro de un espacio privilegiado de la “alta cultura”? El objetivo de Nicolás Schöffer, su creador, no era otro que socializar el arte y suscitar un evento cibernético donde las imágenes de la sociedad actual devinieran una experiencia interactiva, cónsona con las grandes preguntas existencialistas de la época. Allí, el tiempo es alterado, fragmentado y superpuesto, gracias a los datos recopilados por un ordenador central.

Desarrollado en conjunto con Alwin Nikolais y Pierre Henry, este evento estaba compuesto por 15 secuencias preparadas en velocidad normal, doble velocidad y triple velocidad. Cada secuencia podía ser alterada por el público, desde sus asientos, en cinco situaciones diferentes y según su voluntad. Se trataba de un modelo cibernético único donde el espectador se convertía en un parámetro más del espectáculo. Cada espectador tenía 5 paneles de color y cada panel representaba una opción: acelerar, disminuir, repetir, explicaciones y paralizar. Había 5 esculturas robóticas, de 6,50 m de altura, programadas y controladas a control remoto. Las trabajadoras sexuales fueron incluidas como esculturas sociales para activar escenas eróticas con volúmenes inflables. El espectáculo conglomeraba trescientos flashes electrónicos; dos estroboscopios; nueve cajas con efectos de iluminación; una cortina brillante con mil lámparas danzantes; transmisiones de TV, radio y video en tiempo real; electrocardiogramas del público; 180 pistas sonoras diseñadas por Pierre Henry, combinadas de forma aleatoria; proyecciones de diapositivas; palabras con variadas tesituras y dispositivos de olor. Todo, programado y registrado dentro del ordenador central del teatro.

Históricamente, se puede decir que el horizonte estético abierto por KYLDEX 1 sigue activo en las prácticas artísticas digitales contemporáneas. Las instalaciones interactivas, la video-danza y las creaciones escenográficas basadas en nociones de programación podrían seguir expandiéndose sobre la base de una herencia que estamos empezando a redescubrir. Pero este evento no salió de la nada. Al inicio de los años 50, Nicolás Schöffer se convirtió en el primer artista en desarrollar teorías sobre la cibernética. Habiendo sido influenciado por el libro Cibernética y Sociedad, publicado por Norbert Wiener en 1952, Schöffer asumió como premisa estética manipular los materiales inmateriales de la vida, entiéndase Espacio, Luz y, sobre todo, Tiempo. Para trabajar con estos materiales, en apariencia abstractos, Schöffer no utilizó volúmenes ni elementos fijos; más bien, programó estructuras en movimiento dentro del espacio, reflejando o retro-reflejando la luz de un lado a otro.  

En 1955, impactado por la cibernética y preocupado por crear un modelo estético que atestiguara su presente, Schöffer convenció a los ingenieros de la empresa Philips para que lo ayudaran a crear la primera escultura autónoma de la historia: CYSP 1. Apodado por el artista como ‘Le Robot danseur’ (el robot bailarín), el CYSP 1 se podría describir como una obra de arte robótica que reacciona automáticamente a los sonidos y movimientos del espectador. Sus investigaciones avanzaron a la misma velocidad que aparecían los primeros ordenadores y, en 1961, logró construir una obra monumental que dio inicio a las relaciones dialógicas entre humanos, arquitectura, paisaje, y ordenadores. La llamó Tour Cybernétique de Liège (Torre Cibernética de Lieja), una obra de 52 metros que, a través de sensores ubicados en la ciudad, convierte la información del paisaje, la temperatura y los movimientos en datos visibles que alteran el programa preestablecido, generando música concreta y juegos de luces. Para Schöffer el milagro estaba hecho. Él, a la manera de un compositor musical, escribió los programas que modelan el tiempo convirtiéndolo en efectos artísticos y logrando por primera vez desarrollar una noción de retroalimentación entre humanos y máquinas.

Nicolás Schöffer, KYLDEX 1, 1973. Spectacle Cybernétique Expérimental, Opera de Hamburgo. Director: Rolf Liebermann. Música: Pierre Henry. Coreografía: Alwin Nikolais. Participación de las bailarinas: Carolyn Carlson y Emery Hermans. *Carolyn Carlson danza con la proyección de su propia imagen en tiempo real.

Broken Time pretende evocar este sentido mágico y casi metafísico de trabajar con lo inmaterial. Cada artista de este proyecto asume el tiempo como algo real a transmutar y modelar, de la misma manera que lo haría un escultor con la arcilla. Los artistas que conforman esta muestra no reflexionan sobre el tiempo desde lo simbólico, como lo hacen los conceptualistas que evocan y manipulan enunciados como forma de arte. Aquí, en cada caso, estamos hablando de programadores informáticos que desarrollan algoritmos y esculpen la inmaterialidad, convirtiendo la física en poesía visual.

En el argot informático existe una expresión denominada “runtime”, la cual se usa para describir el intervalo de ejecución de un programa. Este tiempo de ejecución se utiliza frecuentemente en el desarrollo de software. Desde la década del 50 ha sido marco de trabajo para artistas-programadores que generan experiencias estéticas durante un intervalo de tiempo. Schöffer es la mejor prueba de que esta no es una nueva forma de arte. Para él, problematizar el tiempo era anticiparse a esta revolución existencial que representó para la humanidad la aparición del ordenador y la televisión.

Es importante aclarar que en el caso de las investigaciones de Schöffer no estamos frente a una concepción lineal del tiempo, como ocurre con el arte cinético. Su trabajo va mucho más allá de la activación de motores y su presencia geométrica es sólo cónsona con la estética más refinada de su época. En la obra visionaria de Nicolás Schöffer encontramos la entrada a una contemporaneidad de avanzada. Su visión “trialéctica” del tiempo, con acciones externas que siempre pueden perturbar la dinámica o programación preestablecida por el artista, le otorga un espacio singular en la historia del arte. Lamentablemente, esta condición visionaria ha sido eclipsada por intereses del mercado.

La curaduría propone un diálogo entre las investigaciones de Nicolás Schöffer y artistas contemporáneos que exploran el tiempo y los datos; que han crecido con Internet y tienen otra visión de la inmaterialidad y el tiempo real –mucho más fluida y conceptual que las ideas anticipatorias de Schöffer–.  Estamos hablando de obras que logran insertar una temporalidad dentro de otra, como Fidel García (Cuba) con el proyecto Static que en gesto de sarcasmo retransmite permanentemente 24 horas de información ideológica (Noticiero Nacional de Radio) en una zona de silencio (Death Valley), mediante una estación de radio transmisión.

Daniel Canogar, Ooze, 2017, Samsung 75″ LED – 2160p – Smart – 4K Ultra HD TV with High Dynamic Range, 106 x 181cm / 41,7 x 71,2 in

Elías Crespin, Cuadriláteros Copper 1/3, 2018, cobre, nylon, motores, computadora, interfaz electrónica, 80,5 x 64 cm

El español Daniel Canogar, desde un espíritu cibernético, produce una visualización de datos en tiempo real. La pieza Ooze es una animación generativa creada con los logos de las más de cien empresas que conforman el Nasdaq. El movimiento vertical de la animación refleja fielmente la cotización ascendente o descendente de las empresas, actualizada cada diez segundos.

Elías Crespin programó una sutil danza de vectores en el vacío que se presentan en secuencias sin fin, mientras que Eduardo Kac está presente con un poema que se transmitió a mediados de los 1980s a través de la red Minitel que operaba en Francia y Brasil.

Joan Fontcuberta, con Hokusai, de la serie Orogénesis, crea una serie de paisajes virtuales formulados con un programa informático de modelización en 3D con apariencia fotorrealista. El artista comenta que «habitualmente, estos programas se nutren de datos cartográficos, es decir, de mapas. Pero aquí, en cambio, engaño al programa, y en vez de un mapa le suministro otro paisaje, por ejemplo, un cuadro de Dalí. Con lo cual, haciendo un guiño a Dalí, es como si introdujéramos el método crítico-paranoico en el ordenador”.

La serie Spotlight de la española Cristina Hofmann explora los problemas de la memoria y la verdad, así como los dispositivos que inventamos para restaurarlos (e instruirlos) en el tiempo. La obra es un reflector programado para hacer evidente un texto sobre el muro, y descubrir una nueva frase de Pedro Calderón de la Barca cada vez que cambia de color.

Solimán López desarrolla una interfaz interactiva que toma la imagen del espectador y la congela visualmente a través de diferentes efectos visuales. El cuerpo permanece atrapado en ese umbral, límite y espacio entre lo real y lo virtual, lo físico y lo digital.

El tiempo también es información y cruza barreras informáticas. FBI Seeds (Einstein # 4), de Yucef Merhi, emplea documentos otrora secretos de los años 50, obtenidos directamente de la principal agencia de investigación criminal del Departamento de Justicia de Estados Unidos. La escultura está compuesta por un hexaedro de papel impreso con información, emplazado sobre un soporte de plexiglás recubierto con documentos confidenciales sobre el físico alemán-estadounidense Albert Einstein, quien fue vigilado por el FBI entre 1932 y 1955.

Este tiempo modelado que indagan todos estos artistas se rompe para complementarse desde la intimidad del espectador. Y ocurrirá en distintos momentos para todos quienes ven y viven la obra desde un tiempo diferente.

Fidel García, Static (Documentación). (Etapa 3 / Proyecto 5), 2019, Sonido / Instalación. 2 fotos impresas en PVC, un raspaberry PI 3, un USB, 24 horas de sonido, 250 x 70 cm
Yucef Merhi, FBI Seeds (Einstein #4), 2013, plexiglas, datos desclasificados sobre papel, 9 x 21 x 21 cm. Pieza Única.