La naturaleza parecería estar entretejida esencialmente con los imaginarios identitarios sobre América. Desde las Crónicas de Indias, los conquistadores españoles relataron épicamente sobre su calidad abrupta, salvaje, desproporcionada, que se salía por todos los lados de las rígidas categorías cartográficas, orográficas o biológicas europeas. Ya en el siglo XIX, el continente fue redescubierto por las exploraciones del alemán Alexander von Humboldt, no solo gracias a su novedosa perspectiva científica, sino también al aliento romántico de la inédita “pintura del paisaje” que promovió su expedición. El paisaje era América. América era paisaje.

Los procesos identitarios de muchas de estas jóvenes repúblicas igualmente se apoyarían visualmente en proyectos colectivos de artistas dedicados a desarrollar el género del paisaje, donde se buscaba reconocer un mundo en gestación del cual todavía se desconocían a cabalidad su potencia y límites. Así sucedió en Colombia, con escuelas tan emblemáticas como la de la Sabana o la Antioqueña (finales del siglo XIX y principios del XX), que construyeron una mirada del entorno natural que iba de lo bucólico a lo épico, pero en todos los casos afianzaba un positivo imaginario nacionalista.

Ha sido otra la perspectiva de los artistas contemporáneos sobre el paisaje, quienes lo han entendido atravesado por las violentas fuerzas políticas y sociales de la reciente historia del país. En la perspectiva de hacerle nuevas preguntas a la placidez decimonónica del género, se instala la demoledora obra de Clemencia Echeverri. Aunque sus video-instalaciones se ocupan del territorio colombiano, se interesan sobre todo por las profundas problemáticas que lo atraviesan y ciertamente lo constituyen. Por ello, no se encontrará en su tratamiento nada de aquella dulce “poesía del paisaje” que inspiró a Humboldt. El foco de Echeverri está más bien en las heridas mortales que se le han ocasionado al entorno natural y la inminencia de su caída debido a la torpeza de un Estado fallido.

Así, en su cosmología, el fuego tendrá que ver con los sacrificios de la guerra; la tierra, con la depredación de la minería descontrolada, mientras el agua, se rebelará turbia y oscura. Esta ocupa un papel protagónico en sus piezas, de las cuales una de la más conocidas y perturbadoras es Treno (2007). El tema de esta obra tiene que ver con la costumbre de los diferentes actores armados del país de arrojar a los ríos los cadáveres de sus víctimas para hacerlas desaparecer sin dejar rastro. Debido a esta práctica, durante las últimas décadas los ríos colombianos se han convertido en verdaderos cementerios, como quedó registrado en películas como El Río de Las Tumbas del director Julio Luzardo, una legendaria producción cinematográfica de 1965 (desde entonces el río era tumba).

Clemencia Echeverri, stills de Treno, 2007, video instalación de 2 o más proyecciones, sonido 5.1, 15 min. Cortesía de la artista

El Cauca, el segundo más grande del país, ha sido albergue de muchos de estos cadáveres insepultos. Y este es el tema que aborda Echeverri en Treno, una video-instalación de múltiples pantallas enfrentadas que sumergen al espectador en el centro de esta vorágine, y que se pudo ver recientemente en el Museo de Arte Moderno de Medellín. Sin embargo, más que denunciar este hecho, la artista aborda aquí el tema de la resiliencia de la población civil y de las estrategias de duelo. En Treno el ruido del agua es contaminado por gritos de personas llamando a sus familiares por sus nombres. Las voces desesperadas, que viajan de una orilla a otra del río, de un lado al otro de la instalación, se instauran como una especie de Hilo de Ariadna que se le lanza a los seres queridos desaparecidos para ayudarles a retornar a la superficie, a la luz y a la vida. O al menos a la memoria: existieron (contra la lógica del exterminio que pretende borrarlos de la faz de la tierra) y no los han olvidado.

Nombres que se modulan como talismanes del encuentro, sólo para perderse en el agujero hermético de la noche. Nadie responderá… Los familiares, sin embargo, hurgan las aguas con ramas buscando algún rastro del desaparecido: una camisa, un pantalón, un zapato, como reliquias y huellas del cuerpo amado y ausente. Con estos llamados también se replica la costumbre popular de los campesinos de comunicarse con sus cantos y gritos festivamente en tiempos de paz. A partir de estas voces, se establecían los territorios sonoros y de arraigo que constituyen un espacio humano. La no respuesta a estos llamados muestra los agujeros que la guerra le ha hecho al tejido de las relaciones entre los vecinos y a los territorios físicos y sonoros que hacen posible una comunidad. El cuerpo desaparecido, aniquilado ha perdido la morada en una geografía expropiada y negada. Sólo quedan los fantasmas de las voces y las reliquias vestimentarias. Por ello, son estos gritos de los familiares un acto subversivo de memoria, de recuperación del nombre borrado por la violencia y con él de su identidad aniquilada. Y lo es también esta obra que grita en medio de la amnesia que cada vez se propicia más en el país desde las altas esferas de una clase gobernante que no quiere responsabilizarse de la historia.

Clemencia Echeverri, Río por asalto, 2018-2019, video instalación multicanal, seis proyecciones en sincronía, sonido 7.1. Obra realizada para la XII Bienal de Shanghai, China. Curaduría de Cuauhtémoc Medina y María Belén Sáez de Ibarra. Foto cortesía de la artista
Clemencia Echeverri, Río por asalto, 2018-2019, video instalación multicanal, seis proyecciones en sincronía, sonido 7.1. Obra realizada para la XII Bienal de Shanghai, China. Curaduría de Cuauhtémoc Medina y María Belén Sáez de Ibarra. Foto cortesía de la artista

En su reciente instalación Río por Asalto (2018), con la que participó en la 12° Bienal de Shangai y actualmente en la Anhydrite Biennale of Media Art (Alemania), las aguas turbulentas son nuevamente el tema de Echeverri. Una década después, el tema no es el duelo por los asesinados que caen al río, sino el asesinato mismo del río. Este ecocidio tiene lugar debido a las mega-obras de las hidroeléctricas, donde el afán de lucro arrasa con todo el rico entramado natural y cultural que es una cuenca, sin tener en cuenta los daños ambientales o sociales que estas acciones pueden acarrear. Echeverri no cuenta historias literales en sus videos, sino que crea metáforas potentes con el sonido y la imagen de una corriente de agua que, como dice la curadora María Belén Sáez, “se defiende, ataca, se expresa, se esconde, se supera”. En estas imágenes instaladas que crean un espacio inmersivo los espectadores asisten a una furiosa destrucción, a los estragos producidos por la hybris humana que se atreve a retar la fuerza descomunal del río.

Las imágenes monumentales, de piso a techo, que podrían ser sublimes en el sentido de Burke, están teñidas de un pathos apocalíptico. El agua cae literalmente sobre los espectadores, en una rebelión de su naturaleza matérica. Y el río emerge como una figura mítica con vida propia: un gigante herido y descomunal recuperando sus derechos. La textura del agua se magnifica, pero también los detritos allí arrojados, que son los otros cadáveres industriales que hoy arrastran sus corrientes. Estas no serán domesticadas, como ancestralmente lo habían hecho los lugareños que habían aprendido de sus antepasados indígenas la convivencia con su “padre” de agua, como lo entienden. Al contrario, son ultrajadas y atacadas por la lógica de productividad de un capitalismo ciego y torpe.

El río dará una épica batalla en la que todos pierden. Río por Asalto nos habla de lo política que es hoy la naturaleza expoliada, donde la poesía del paisaje en el sentido humboldtiano parece haberse perdido para siempre. Sin embargo, esto no le quita el lirismo al tono de esta dura obra, que percibe y le hace percibir al espectador los matices de la belleza natural, pero también la torpeza de la ignorancia y la violencia del capital. En la vida real, una represa construida en el lugar está a punto de salirse de control y ha propiciado una cadena de desastres humanitarios y ecológicos frente a los que se levanta Echeverri dando una respuesta de tanta potencia como la agresión allí efectuada. Aunque es una obra más que pertinente en uno de los debates más candentes del momento en Colombia, también es una Imagen universal de una civilización esencialmente mal avenida con la naturaleza. Una civilización que ha cometido hybris, acción por la que siempre se paga.

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Sol Astrid Giraldo

Filóloga Clásica por la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Historia del Arte por la Universidad de Antioquia. Periodista cultural y crítica de El Tiempo, Semana y El Espectador, y colaboradora de medios latinoamericanos. Ha participado en proyectos curatoriales y editoriales para el Museo de Antioquia, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el Centro de Artes de la Universidad EAFIT y la Nueva Galería. El énfasis de sus investigaciones ha sido las relaciones entre cuerpo, género, violencia y representación en el arte colombiano y latinoamericano, Ha obtenido Becas de investigación de la Alcaldía de Medellín, el Ministerio de Cultura de Colombia y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México (FONCA), país donde realizó una residencia de investigación ("Mujer: anatomía comparada México-Colombia"). Obtuvo el Premio Pluma de Oro al Periodismo Literario en la Feria Centroamericana del Libro (Ciudad de Panamá) y mención de honor en el Premio Nacional de Ensayo Crítico sobre el arte colombiano de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño ("De la Anatomía piadosa a la anatomía política"). Autora de los libros "Cuerpo de Mujer: Modelo para armar", "Liliana Angulo: Retratos en Blanco y Afro", "Clemencia Echeverri: La Imagen ardiente", y de diversos catálogos de arte.

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