“We are riddled with pointless talk, insane quantities of words and images […] it’s not a problem of getting people to express themselves but of providing little gaps of solitude and silence in which they might eventually find something to say. What a relief to have nothing to say, the right to say nothing, because only then is there a chance of framing the rare, and even rarer, thing that might be worth saying.”

Gilles Deleuze, Negotiations[1]

 

En el 2017, la artista María Edwards (Chile, 1982) fue reconocida con el primer lugar del concurso Premio Arte Joven Contemporáneo que, en alianza con Minera Escondida, entrega cada año el Museo de Artes Visuales (MAVI) de Santiago, y que incluye una muestra individual en ese museo. Es por ello que, desde el pasado 6 de julio y hasta el 25 de agosto, el MAVI presenta su exposición Construcciones Imposibles.

Al igual que los movimientos que se suceden unos a otros en una pieza musical, Construcciones Imposibles continúa desarrollando lo trabajado por la artista con anterioridad, pero revelando soluciones más audaces y novedosas. En su gran instalación, que ocupa toda una sala del museo, nos encontramos con elementos y ritmos familiares a la obra de la artista: piezas en suspensión, trípodes, máquinas de escribir, pizarras con trazos casi ilegibles. Todas y cada una de las piezas parecen ser partes indispensables de un ecosistema totalizante y en constante flujo. “Me niego a la idea de que necesariamente deba haber un comienzo y un fin definido para cada pieza”, dice la artista. “Pueden ser vistas como un todo, como un gran uni-verso construido de fragmentos con la posibilidad de ser nuevamente fragmentado, esparcido, derramado”[2].

Así, la exposición en el MAVI se presenta como una nueva configuración de este gran uni-verso, como la continuación de una investigación que se ha enfocado en los vínculos posibles entre objetos dispares, situándolos con una intención espacial elaborada desde la exactitud que ofrecen tanto la ciencia, como la poesía y la música. Citar aquí a Deleuze es pertinente pues nos entrega la posibilidad de imaginar un espacio contemplativo y ensoñador, como aquel que construye la obra de María Edwards.

Vista de la exposición “Construcciones Imposibles”, de María Edwards, en el Museo de Artes Visuales (MAVI), 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la exposición “Construcciones Imposibles”, de María Edwards, en el Museo de Artes Visuales (MAVI), 2019. Foto: Jorge Brantmayer

Como en trabajos anteriores, Construcciones Imposibles es laberíntica y seductora, con una abundancia y diversidad de elementos que invitan al ojo a recorrer cada pieza y superficie. Una cuerda y poleas delimitan el espacio en el que se muestra la gran obra/instalación, y en un comienzo no queda totalmente claro si la cuerda es sugerencia o prohibición –si cuestiona los límites y exigencias de los museos, o es parte de ellos (el hecho de que la cuerda y las poleas sean parte de la exposición misma me hacen pensar que la primera opción es la correcta). Tras el primer golpe visual, es inevitable querer pasar al otro lado de ese límite para observar la propuesta completa más de cerca: una serie de móviles, mesas cubiertas de objetos mutantes, pizarras llenas de ecuaciones, cuerdas de las que penden polígonos, trapecios, y otras extrañas y precarias creaciones.

Edwards se caracteriza por crear espacios etéreos, en los cuales el posicionamiento de cada cuerpo negocia con el equilibrio, la tensión y el espacio, con arquitecturas de características astrofísicas por las proporciones entre objetos suspendidos y los vacíos que éstos dibujan. Cada elemento está situado meticulosamente, casi musicalmente: la ligereza de un trípode endeble se contrapone con el peso de una vieja máquina de escribir equilibrada sobre ella; del techo cuelgan móviles que recuerdan la obra de Calder al equilibrar perfectamente diversas figuras geométricas; y al centro, una mesa con objetos mutantes, combinaciones extrañas de restos y pedazos colocados con matemática precisión unos respecto de los otros, parece ser el centro de gravedad de esta polifonía.

Aunque el título parece contradictorio, las “imposibilidades” evocadas se resuelven, pues las construcciones de Edwards perseveran en el espacio. Coquetea con la paradoja, pero sin caer en ella. Así, la máquina de escribir no se cae, y las construcciones híbridas no resbalan; en su quietud, todo parece frágil y eterno a la vez. Los objetos oscilan en el espacio como si siempre hubieran estado ahí, y el espectador fuese testigo de un momento perfectamente congelado en el tiempo y el espacio.

Vista de la exposición “Construcciones Imposibles”, de María Edwards, en el Museo de Artes Visuales (MAVI), 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la exposición “Construcciones Imposibles”, de María Edwards, en el Museo de Artes Visuales (MAVI), 2019. Foto: Jorge Brantmayer

Las conexiones e hilos invisibles que generan la física y la gravedad, los mismos que mantienen al mundo girando sobre sí mismo en equilibrio, son las fuerzas que invoca Edwards en este delicado universo propio, creado a partir de objetos recolectados por ella misma. Es indudable la influencia de la residencia que realizó el año 2015 en el telescopio y centro científico Alma, tras ganar la primera convocatoria de la Red Europea de Arte Digital y Ciencia. El universo que nos invita a conocer nos refiere, como ella dice, a elementos esenciales que juegan y conversan -fuerza, impulso, equilibrio, peso y gravedad- y evoca la belleza de cálculos elegantes, de mecanismos exactos, de la luz, el espacio y los impulsos invisibles que los ordenan. La constelación que crea es exacta en sus relaciones, de manera que activa el vacío como un espacio nuevo, con nuevas dinámicas y perspectivas, dando vida a la atmósfera vacante en que flotan sus creaciones. Crea un mapa del vacío que expande el espacio, el cual sus objetos dilatan y tensan.

Al igual que en obras anteriores como 1 mes & 19 días, Edwards apela a la belleza de lo descartado y olvidado. Refiriéndose a los materiales de sus obras, expresa que “casi siempre son cosas que han sido desechadas o que han perdido su función práctica o utilitaria; piezas o partes de otras cosas que a veces ni siquiera tengo la certeza de lo que es”[3]. Objetos oxidados, corroídos, que hablan del paso del tiempo, rotos e imperfectos, son reinterpretados y puestos en movimiento en este cosmos personal que invita a repensar lo olvidado y defectuoso. Ella actúa como directora de orquesta, al recolectar y conectarlos, expresando un impulso vital que puede ser leído como parte de la pulsión del mismo universo al que alude.

En esa misma línea, la obra tiene una cualidad onírica: los trapecios oscilan como columpios que invitan a subirse; en las pizarras números compiten por atención con etéreas nubes; y las ecuaciones garabateadas hacen reflexionar sobre su posibilidad y verisimilitud. Un pilar creado a partir de patas de sillas y mesas logra mantenerse erguido e invoca lo imposible, como esas construcciones de la niñez con lógicas propias que sostenían mundos paradójicos. Ideas que se descuelgan inevitablemente, al igual que los polígonos y móviles que se sostienen en el aire sobre el espectador.

Como dice Jenny Odell, ciertas formas de atención son contagiosas, abriendo las puertas a una reflexión sin las presiones del hábito, la familiaridad, y las distracciones que permanentemente amenazan la verdadera atención[4]. Pues, Edwards se ubica entre lo científico y lo poético, disciplinas que conectan elementos dispares al posicionarlos uno respecto de los otros a través de creaciones armónicas, como lo son un algoritmo o un poema que, usando el ritmo, los espacios y el orden, extraen de lo que ya existe algo nuevo.

Vista de la exposición “Construcciones Imposibles”, de María Edwards, en el Museo de Artes Visuales (MAVI), 2019. Foto: Jorge Brantmayer

Finalmente, las cuerdas que cierran el espacio tienen su ingenio. Obligan a volver a esa contemplación que busca generar Edwards, pues cada objeto en particular no es lo relevante: la artista nos invita a apreciar la delicada matemática que crea la totalidad de su ensamblaje, un intrigante y bellísimo montaje. En sus constelaciones, Edwards abre un espacio para que, siguiendo a Deleuze, podamos distanciarnos de una sociedad sumida en incesantes ruido y movimiento, para pensar algo que realmente valga la pena ser dicho.

Justo antes de irme, resolví el misterio de las poleas mientras me esforzaba por lograr buenas fotos. Mientras maniobraba con la cámara, rocé la cuerda, desencadenando un ruido de campanitas que hacía de alarma. Me agacho y descubro un diminuto signo: “No pasar”.

 


[1] Gilles Deleuze, “Negotiations”, New York, Columbia University Press, 1985, p. 129.

[2] María Edwards en conversación con Alexia Tala (“Diálogo”, 2017). Tomado de http://mariaedwards.cl/dialogo/

[3] Harper’s Bazaar, Chile, 8 de marzo de 2018.

[4] Jenny Odell, “How to do Nothing , Resisting the Attention Economy”, Brooklyn, NY : Melville House, 2019.

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María Victoria Guzmán

Investigadora especializada en memoria cultural, identidad y representación. Es abogada con estudios de posgrado en Filosofía y Estética, y un MA en Industrias Culturales y Creativas de King’s College de Londres, Reino Unido, en el cual fue reconocida con el premio a la mejor tesis de su generación. Actualmente, trabaja como coordinadora editorial de la XIV Bienal de Artes Mediales de Santiago, investigando conceptos curatoriales y artistas. También es fundadora del blog El Gocerío, dedicado a la crítica de arte en Santiago.

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