En las obras de Gabriel Chaile (Tucumán, 1985) se da un encuentro crítico-poético entre la antropología, lo sagrado y sus rituales, lo político y las comunidades precolombinas de Sudamérica, leídas en clave artística y con cierta excentricidad y sentido del humor. El artista desarrolla sus investigaciones antropológicas y visuales a partir de dos conceptos claves que atraviesan su cuerpo de obra. Estos son la ingeniería de la necesidad, que consiste en, desde el arte, crear objetos y estructuras que colaboren en mejorar las condiciones de una situación límite determinada; y la genealogía de la forma, que implica asumir que, cada objeto, en su repetición histórica, trae consigo una historia que contar, que se recupera y se actualiza en relación a un nuevo contexto.

El artista se vale de ambos axiomas para crear esculturas, realizar pinturas y construir instalaciones y estructuras de gran formato que permitan visibilizar y darles voz a las diferentes comunidades opacadas por la historia y las estructuras de poder. Chaile se comporta como un antropólogo visual: estudia el contexto que lo rodea, lo deconstruye en nuevas morfologías, lo carga de -un nuevo- sentido y lo arroja al mundo en forma de objetos e imágenes invitando a reflexionar sobre la relación entre los unos y los otros.

Gabriel Chaile propone la Genealogía de la forma como un poema colectivo en construcción. Un conjunto de esculturas se organiza en el espacio de la sala como un gran organismo que respira a través de arterias de hierro y cobre. Así se conecta esta particular comunidad en obediente y atenta formación, ante la presencia dominante de un horno de barro transfigurado en feroz figura antropomorfa, que es escoltada por dos imponentes estructuras industriales que remiten a antenas citadinas y paneles solares. Una energía que circula, entre lo industrial y lo sagrado, en el barrio portuario de La Boca, con sus silos y sus abandonos, sus tanques y sus ecos, convierte el paisaje urbano en rostros arqueológicos.

El adobe, el barro, los metales componen estas formas que se organizan para hacernos parte de una situación subyugante y en movimiento, una historia que se va definiendo por las transformaciones tecnológicas y la resistencia originaria, que tracciona nuestro presente. El humo, el movimiento y el calor dan cuenta de la inhalación y exhalación que reafirma que estas formas están vivas, respirando, resistiendo.

Vista de la exposición "Genealogía de la forma", de Gabriel Chaile, en Barro, Buenos Aires, 2019. Foto: Santiago Ortí

Por Andrea Fernández

 

Genealogía de la forma

 

Creo en el poder

en el poder que depositamos en las cosas

y en el que nos otorgamos a nosotros.

No somos más que la fuerza de lo que quieren otros y no somos menos que la fuerza que tenemos nosotros mismos.

 

Vista de la exposición "Genealogía de la forma", de Gabriel Chaile, en Barro, Buenos Aires, 2019. Foto: Santiago Ortí

Hay poder [1]

 

Persigo canciones en el paisaje.

Cada vez tengo que ir más lejos.

Entro a espacios que no puedo nombrar

porque los nombres

de repente

son palabras irreconocibles.

Camino por el barrio en el que vivo

me detengo en algunas formas

las recorro silenciosamente.

Desde aquí no se puede ver el río

aunque los mapas dicen que está muy cerca.

Subo hasta el último piso

y después subo la escalera hasta mi cama hay una ventana redonda que deja ver lejos pero no se ve el río.

Avanzo centímetros

dibujando mis huellas con carbón.

Pago el alquiler con discursos.

Mi nombre se va transformando

como también mi peinado

mi reflejo y mi forma de moverme.

Rezo memorias de Villa Muñecas

de perros pequeños mirándome

manteles floreados con migas

hermanos que van y vienen

siestas de meditación en el piso

charlas con mi madre que amasa

el ciber del barrio

la cumbia en cueros y los cantos de la iglesia

saliendo a la calle

tomando las calles.

Apenas ayer he comenzado a recordar una cosa

que de hecho

nunca supe definir.

Quiero construir un poema

con barro madera metal.

Con un mangrullo

un plano dorado a la hoja

un silo que no guarde nada

un rostro feroz

una antena improvisada

una máquina que no produzca

un piano abierto que no suene nunca.

Persigo la visibilidad

como si fuese la luz de un reflector en movimiento.

Ahora

que me están mirando

siento que debería decir algo que no se trate de mí pero la verdad es que

todo tiene que ver conmigo

y a la vez

creo que no.

¿Y si lo autobiográfico no es más que

la historia de los otros

atravesándonos?

Mi trabajo es atizar el fuego

calentar el agua

mirar a los animales a los ojos

ser los ojos de un animal.

“Una acción de concentración y de fe” como dice nuestra canción.

Soy como mi padre

que salía a protestar sin llevar carteles

solo marchando con sus herramientas en alto. Soy también como ese trapiche quieto que no muele que ya nadie empuja.

Soy la rueda de un juguete en una vitrina.

¿Cómo armar el personaje que represento ahora con estos restos de memorias que tengo coleccionados?

Cruzo la puerta de un Museo

para estudiar las formas sobrevivientes

las traducciones de las incisiones que se fueron borrando.

Otorgo forma a esas sensaciones que tengo de lo que representa mi mundo

y el modo en el que se articulan las cosas allí. Les exijo a los materiales un comportamiento

milagroso.

Mi manifiesto es una sobrevida de formas.

¿A quién representan los retratos que construyo?

Imagino una historia de la debilidad

que no es una historia de luchas sino del poder.

Mi piel lleva inscriptas historias de injusticias

románticas

que no son mías

que hago mías.

Mis ojos se llenaron de lágrimas pensando en algo grande como el mar en olas que pasan encima mío en el cielo que cae a mi corazón.

Me acuerdo todavía de cuando me despertaba sin pasado.

Mi territorio no tiene superficie.

Me hablan de la oscuridad pero yo estoy encandilado.

¿Estaré siendo una sombra?

Mi madre es un tótem ardiente.

Construyo mi comunidad

por correspondencias formales

por similitudes en los gestos y rasgos.

He cargado una bolsa de maíz en la espalda.

Sé lo que es soportar.

Sé lo que es soportar.

El arte me permite ser lo que no fui.

Vista de la exposición "Genealogía de la forma", de Gabriel Chaile, en Barro, Buenos Aires, 2019. Foto: Santiago Ortí

Estoy re vos

 

Nosotros no somos -decís- más que el resumen y la prolongación de nuestros antepasados.

Filippo T. Marinetti [2]

(…)“humano” no es el nombre de una sustancia sino de una relación, de una cierta posición en relación con las otras posiciones posibles. “Humano” es siempre la posición del sujeto, en el sentido lingüístico de la palabra, es aquel que dice “yo”.

Eduardo Viveiros de Castro [3]

 

En el monte, o muy cerca de él, las comunidades originarias se refieren a los vientos como a las voces de sus ancestros. Afirman que, cuando aparece la sensación de estar perdidas, la forma de “encontrarse” es volver a los ancestros. Volver es buscarlos en los vientos. Los vientos emergen de distintas materias. Pueden ser percibidos como canciones. Canciones que se mueven, que se esconden, que rodean diferentes vidas (no exclusivamente humanas). Las canciones pueden tener palabras, ahí aparecen los poemas, que también pueden tomar la forma de rezos o manifiestos. Perseguir canciones en el paisaje es buscarse como presencia que desborda la vida en un determinado cuerpo, y tomar como propias memorias que exceden a la experiencia consciente individual. Esto manifiesta la certeza de que hay seres de todos los tiempos habitando lo que comprendemos como espacio-presente. Así, desaparece la posibilidad de la soledad. Se piensa y siente en plural.

El viento sopla por donde quiere, y escuchas su sonido, pero no sabés de dónde viene ni adónde va; así es todo aquél que es nacido del Espíritu. [4]

Hablar sobre espiritualidad, ollas populares, consumo de drogas o sobre el deseo; en la ribera de un río turbio en el monte chaqueño semiárido o en un barrio de la ciudad capital del país más austral del continente. Donde se encuentra humanidad se repiten inquietudes en torno a lo perceptible y a la construcción de sentidos y funciones. Construimos el sentido de ser un cuerpo. Cómo ser (o sentirse) parte de una familia, de una comunidad, de un sistema o un circuito. La genealogía de la forma que propone Gabriel Chaile ansía presentarse como la construcción de un poema, con materiales representativos de diversas historias culturales que convergen, que se subyugan, y con las múltiples paradojas que conforman la experiencia humana (moderna, contemporánea)». Esta comunidad de piezas, esculturas presentadas como versos, condensa una crónica de mutaciones de sentido y función. Este poema/comunidad es, también, una exposición de lo que sobrevive aún irreconocible en relación a lo que fue visible.

Vista de la exposición "Genealogía de la forma", de Gabriel Chaile, en Barro, Buenos Aires, 2019. Foto: Santiago Ortí

La genealogía es el reencuentro con diferentes escenas en las que sucesos han jugado diferentes papeles; como también los puntos de ausencia, lo que no ha podido suceder [5]. Para Gabriel se trata de entender el proceso por el cual las superficies de las cosas adoptan con el tiempo determinada forma, y en ese proceso continúan mutando bajo una línea genealógica [6]. Varía la dureza de los golpes y la resistencia del material que recibe los golpes, las formas son consecuencias. Sustraer, adicionar, modelar, como acciones para “dar forma”.

Un cacique y maestro wichí [7] del noroeste argentino (donde convivimos en yuxtaposición diversos pueblos, naciones, seres y paisajes), para hacer un relato de su comunidad, que reconstruye a la vez la memo-ria de muchas otras, dice: nuestra comunidad tiene una larga historia, una historia de lucha, de cambios y sufrimientos en la que hemos sobrevivido gracias a la Madre Naturaleza, a Dios y a los Vientos que han estado acompañándonos desde el comienzo de todos los tiempos. (…) Donde hay una historia indígena, significa que había cultura y organización. Después que terminó la época de tantas muertes, quedaron algunos sobrevivientes, y la situación fue muy triste [8]. Después de la época de muer-tes, los sobrevivientes sostienen la memoria que los hace seguir siendo parte de una historia comunitaria, originaria, que no se agota en la tristeza presente; el resto son pedazos encontrados por científicos que se enfrentan a silencios, y los desfiguran como información. Esos “restos” se guardan en vitrinas, desprendidos del paisaje en el que tuvieron uso y sentido alguna vez. Esos escombros nos permiten imaginar el tiempo en el que la magia y la vida, la relación y la distribución de los bienes físicos y morales eran otras. Gabriel recupera en su poema la posibilidad de transposición del misterio (y la muerte) con la ayuda de algunas formas gramaticales [9]. Intenta restituir, a través de una operación de la imaginación, aquello que ha sido “mutilado” [10].

Gabriel repite en charlas y entrevistas que le interesan la arqueología y la antropología. Visita museos etnográficos, arqueológicos, de ciencias naturales, para conocer las formas sobrevivientes de todo lo avasallado en el norte de lo que hoy es Argentina. Dice que siempre le gustó de la arqueología la idea de una hipótesis e interpretación de hechos concretos de una comunidad a través de las formas como un vaso o un objeto cualquiera que dispara [11]. posibilidades de re-construcción de lo ausente. Pero, cuando construye sus “retratos” como hornos de barro o citas artesanales a contenedores o máquinas industriales, si bien la morfología que elige puede remitir a vestigios de una civilización perdida e imaginaria [12], está haciendo visible, justamente, lo que sobrevivió. Las formas que aparecen en nuestros rostros, pronunciando pómulos, labios, que se manifiestan en la silueta de nuestras narices y la oscuridad de nuestros ojos.

Vista de la exposición "Genealogía de la forma", de Gabriel Chaile, en Barro, Buenos Aires, 2019. Foto: Santiago Ortí

Las lenguas que aún se hablan en el monte, en la selva, en las montañas, donde se trata de evitar que se haga otro country, otra bodega, otro campo de soja, otro hotel que evite que sigamos sembrando para producir nuestros alimentos en la tierra fértil, que hagamos la ofrenda de agradecimiento a la “pacha”, que el carnaval desate al diablo y nos permita transformarnos (ser teriomorfos) y olvidar todos los contratos; que podamos caminar durante horas entre los árboles buscando leña para asar el pescado que sacamos del río o la miel de palo para endulzar las infusiones. Las diferentes perspectivas son fuerzas en lucha, más que “visiones del mundo”, son miradas o expresiones parciales del mundo unificado bajo un punto de vista absoluto cualquiera: Dios, la Naturaleza. Las comunidades indígenas, como otras comunidades marginales o minorías, se encuentran hoy ante la amenaza de ser capturadas por una perspectiva aje-na y así perder la propia humanidad, en provecho de la humanidad de otros [13]. En las ciudades es más difícil encontrar los vientos que susurran las voces ancestrales, las máquinas monopolizan el sonido con su latido funcional.

(…) Habían desaparecido de la mesa, el pan, las tortillas, el azúcar, las flores ya no estaban. Los había dejado ahí de eso estaba seguro. Nada más raro (…) si tan solo se hubieran esfumado, pero no fue así, parte de todos ellos aún estaba ahí, presente. Como una evidencia de que algo había sucedido [14]. Así los objetos precolombinos, encontrados y amados con toda la hipocresía de la nostalgia, [15] están ahí, algo de ellos está todavía, siguen siendo parte del presente, pero su sentido cambia constantemente. ¿Cuándo mueren las cosas? ¿Al olvidarse? ¿Al dejar de ser útiles? El arte permite dotar de nuevos sentidos a los objetos una vez que caducó su vida útil, o simplemente se transforma la utilidad para crear un nuevo suceso, que irrumpe en el flujo social. Se modifica la superficie de las cosas, porque el sentido ya no es el mismo. La relación forma/contenido se pone en crisis [16].

Vivo en una ciudad parecida a muchas pequeñas ciudades argentinas entre cerros verdes y frutas tropicales brotando en veredas y jardines, convivimos con el eco de que aquí estaba el monte y que, más recientemente, hubo una rebelión que hizo presente un grito ancestral. Avanzó un modelo de desarrollo, se fueron los animales montaraces, se vendieron los árboles. Hubo trabajo con promesa de bienestar, con pozos de petróleo estatales y cultivos extensivos. Pero después la promesa se rompió, y entre los escombros de lo posible se cortó la ruta, se transformó la desesperación en acción colectiva: cortar la circulación, frenar el funcionamiento. Como voces zombis se escucha todavía en estas calles (que son de barro si es que llueve) que “había animales que eran una sola familia con las personas, sin iglesias ni dinero de papel”, “vivíamos con el monte”, “éramos felices”. Ahora, nos dividimos entre “blancos” e “indígenas”.
Los indígenas son aquí los que necesitan ayuda, quienes tienen la tarea de defender su cultura tradicional, y no intentar ser otra cosa que pobres. Los blancos somos los empleados, los estudiantes o los comerciantes, lo que nos define es lo que consumimos (eso defendemos: la posibilidad de consumir), lo que consumimos es la consecuencia directa de lo que producimos como parte de un sistema. El poema que construye Gabriel emerge de una búsqueda que comienza frente al espejo, buscando voces ancestrales en las formas, y hace visible un coro de voces donde convergen, como asistentes a un ritual, distintas visiones de mundo en resistencia que anhelan producir sentidos.

(…) nunca más viviremos
los cuidará más
nuestros ojos
esperanza
nuestros pasos
nuestras calles
nuestros días
nuestro fin
en el desierto
el aliento
a su sombra
no volverá
acordate
nuestra agua
la leña
para nosotros
han muerto con nuestra vida
los jóvenes
dejaron sus canciones
por eso
por eso
pero vos
para siempre
nos vas a olvidar
para siempre [17].

Vista de la exposición "Genealogía de la forma", de Gabriel Chaile, en Barro, Buenos Aires, 2019. Foto: Santiago Ortí

Notas

[1] Texto construido a partir de citas a escritos de Gabriel Chaile y charlas con el artista.

[2] Manifiesto Futurista (1909). Traducción de Ramón Gómez de la Serna.

[3] “Si todo es humano, entonces todo es peligroso”, entrevista publicada en “La mirada del jaguar: introducción al perspectivismo amerindio” (2013)

[4] Juan 3:8. La Biblia, traducción argentina (1990)

[5] A partir de cita de Foucault en charla con Mariana Ortega (2019)

[6] Texto sobre el concepto “genealogía de la forma”, de Gabriel Chaile (2018)

[7] Denominación que refiere a pueblos originarios del norte argentino. “Wichí” significa en la lengua homónima “pueblo, gente”. El Censo Nacional de Población de 2010 en Argentina reveló la existencia de 50.419 wichí autorreconocides en el país.

[8] Juan de Dios López en “Las cuatro voces del viento. Historias del monte wichí”, recopilación de relatos de Leda Kantor, inédito (2019)

[9] Manifiesto Antropófago. Oswald de Andrade (1928)

[10] Charla con Pablo Semán (2019)

[11] Chat con el Gabriel (2019)

[12] “Variaciones del sincretismo”, Laura Isola (2017)

[13] “El perspectivismo retoma la antropofagia oswaldiana en nuevos términos”. Entrevista a Eduardo Viveiros de Castro (2007)

[14] “Ya no somos más los dueños”, texto inédito de Gabriel Chaile (2013)

[15] Manifiesto Antropófago (1928)

[16] Ingeniería de la necesidad (2018)

[17] Resumen de textos bíblicos y otros. Gabriel Chaile, inédito (2010/11)