La ceguera, como los castigos y las cataratas, viene desde arriba, sin un propósito o sentido determinable; y se acepta con la modesta resignación de un cuerpo de agua atrapado en una cuenca, perpetuamente alimentado por más de sí mismo, y finalmente reemplazado por su propia materia enferma. Mi ceguera es blanquinegra y yo tengo el Niágara mismo en la frente.

Valeria Luiselli, Los ingrávidos

“Corazón que no siente” es la frase que viene a completar el título del libro de la fotógrafa Paz Errázuriz y el biólogo feminista Jorge Díaz publicado recientemente. Ojos que no ven (2019) es una publicación bilingüe que fue el resultado de una larga investigación de ambas sobre la ceguera, en la que se cruzan los retratos de personas ciegas con las reflexiones teóricas, científicas y políticas en torno a la visión y su revés, la falta o imposibilidad de aquella. Al partir con una narración sobre el desplazamiento de ciegos en el centro de Santiago, entramos en contacto con un primer momento del libro: la exposición realizada por Errázuriz en el marco de Galería Temporal, curada por la teórica Mariairis Flores, en la que en una vitrina de una óptica situada en una galería comercial a la que se entra desde la calle Merced, expuso dos retratos fotográficos de ciegos. Realizada el año 2018, disrumpe el tránsito por el lugar enfrentándonos a los ojos cerrados de quienes caminan por la ciudad con la asistencia de un bastón que suena al golpetear los obstáculos que se les cruzan. Jorge, entonces, sitúa un punto de partida que, en un primer momento, deja vislumbrar los problemas que proponen los textos. “Visibilizar la ceguera es atravesar un camino de invisibilización”. Es el poder de la mirada y lo que ella sanciona que el libro busca desestabilizar, buscando así una fuga a un orden impuesto: lo que se puede y no lo que no se puede ver, que en occidente muchas veces se traduce en lo que se puede y lo que no se puede conocer.

Las publicación de estas imágenes busca saldar una deuda histórica con la fotógrafa, al compartir una serie cuyos primeros momentos se realizaron durante la sangrienta dictadura. Es bajo las condiciones de la represión política que Errázuriz busca en el espacio público los rostros de los ciegos. En las imágenes piden limosna, tocan acordeón y guitarra, se cuelgan al cuello controles remoto para vender. Sostienen los bastones con los que van tanteando el terreno conocido y a la vez hostil. Levantan ligeramente la cabeza. En el estudio del historiador Moshe Barasch sobre la iconografía de la ceguera en occidente, asocia este gesto, que aparece una y otra vez en la historia del arte, a una tensión entre la oscuridad —y su tradicional relación con la muerte— de los ojos cerrados y la búsqueda de la luz, de la visión y, por lo tanto, de la vida, en la cabeza que apunta por sobre las cabezas de los demás. Es este binarismo y todas sus extensiones que operan en la imagen cultural de las personas ciegas. Es sobre estas oposiciones, también, que el libro intenta construir una posibilidad distinta. Declara ser hecho para los videntes, poniendo frente a la mirada unos “ojos que no ven, [los que] son una manera de oponernos a los discursos normalizadores de la mirada, para desobedecer lo que te obligan a ver, para abrirse a la posibilidad —en blanco y negro— de otras imágenes que no contienen el placer visual que el capitalismo nos enseñó”.

Ojos que no ven es la suma de diversos ojos, que son los que articulan y diferencian las partes del conjunto. Los ojos son históricos, biológicos, tienen memoria, se apagan, son plásticos, son colectivos, cognitivos. Los textos, que oscilan entre el ensayo, la crónica y el texto científico, son fruto de un trabajo transdisciplinar que pone en contacto referencias literarias —como la que se hace al ojo desparramado sobre el cemento en el libro Chilean electric de la escritora Nona Fernández—; reflexiones políticas relacionadas por el género —como al abordar los ojos destruidos por la violencia patriarcal en el caso de Nabila Riffo—; estudios científicos sobre la visión, su anatomía y la plasticidad cerebral asociada a la ceguera; llegando incluso a la biografía de la fotógrafa, que es un momento fundamental del libro. Jorge Díaz explica el procedimiento al que ella se somete periódicamente para mantener la nitidez de su mirada, en el que debe pincharse los ojos debido a la degeneración macular. El ojo del lente de la cámara, el ojo que va perdiendo definición con la edad, el ojo que encuadra a los cientos de sujetos que por años la fotógrafa ha tenido frente a ella.

En la presentación del libro, el pasado miércoles 19 de junio en el Centro Cultural de España, Mariairis Flores insistió en cómo ella ha sido capaz de generar las ficciones en torno a la pertenencia a un grupo, contra la humana desesperación del desarraigo. Han sido antes internos de hospitales siquiátricos, prostitutas, travestis. Sujetos que generan pequeñas comunidades fuera de lo normativo. En este caso son personas ciegas, lo que tiende un puente con su propio ejercicio. Por debajo de estas imágenes funciona el poder de la mirada, su negación, su visibilidad, la posibilidad de la transparencia y la opacidad. El momento de ceguera que inaugura cualquier imagen o representación. En el catálogo de la exposición que Jacques Derrida curó para el Louvre el año 1990 en el Louvre, titulada Memorias de ciego. El autorretrato y otras ruinas, tejió una reflexión sobre la ceguera a través de obras de la colección del museo, proponiendo que aquella es un momento inevitable en la representación del dibujo. “Cada vez que un dibujante deja verse fascinado por los ciegos, cada vez que hace al ciego el tema de su dibujo, proyecta, sueña o alucina una figura del dibujante, y a veces, más precisamente de la dibujante. O más precisamente aún, empieza a representar la potencia del dibujo trabajando el mismo acto de dibujar. Inventa el dibujo”. Cabe preguntarse entonces si podríamos decir algo parecido de la fotografía. Si podríamos encontrar en la obsesión de la fotógrafa con los rostros y cuerpos de los ciegos la invención misma de la imagen en el abrir y cerrar el obturador. Es así que construye un ojo radical, “que inventa otras imágenes en su constitución de ojo”, según Díaz.

Paz Errázuriz. Ojos que no ven (2019)

Diseminada en la historia de Occidente está la historia de los ciegos y sus representaciones, sus apariciones como cuerpos entre los que habitamos. Michel Monbeck, en su libro The Meaning of Blindness (1975), analiza a través de entrevistas y de varios materiales históricos, las diversas actitudes que se han tenido frente a los ciegos. En ellas reina, antes que nada, la ambigüedad. Son personas castigadas por sus pecados, perversos, pero también son santos, videntes, personas en contacto con lo sobrenatural. Son capaces de engañar, o profundamente inocentes; merecen piedad y simpatía, piden limosna o están en contacto con los dioses, sus sentidos compensan su falta de visión, o son completamente indefensos. Inmorales, rechazados —en el Levítico se les prohíbe ser parte de los ritos cristianos— o mejores que los videntes, idealizados. Desvergonzadamente sexuales —la psiquiatría decimonónica relacionó la ceguera con la manía masturbatoria— o castrados simbólicamente —como apunta Freud en su texto sobre lo siniestro. Todas estas percepciones conviven, se suman, se contraponen unas a otras. Todas coexisten, pero se organizan en torno a una fuerza principal: el misterio que suponen para aquellos que no pueden concebir su vida sin el sentido de la visión. Monbeck llega a la conclusión de que las actitudes frente a las personas ciegas se arraigan en cómo el vidente se enfrenta a los contenidos que asocia a la falta de control, a lo oscuro y soterrado. Los ciegos de Errázuriz son para ser vistos por nosotros —para ellos, como en un momento apunta Díaz, una fotografía es sólo un trozo de papel—, enfrentándonos a los ojos recortados que abundan en la segunda parte del libro. En nuestra cultura ocularcéntrica y oftalmocéntrica, las miradas nubladas que nos interpelan son fuente de desestabilización de sus supuestos. El biólogo escribe sobre una página que sólo alberga esta frase: “Rebelarse contra la tiranía del ver”. Este gesto se traduce en enfrentarse directamente a aquella amalgama de figuras contradictorias, las que desde la vereda de los que ven, encasilla y limita las posibilidades de los cuerpos de aquellos que no ven. Punto importante de esto es el intento de derribar el límite de la sexualidad normativa y el género. El régimen visual que define a las personas ciegas es el mismo que define las sexualidades en lo que está dentro y fuera de la norma. Este paralelo aparece con insistencia en el texto, demostrando que los problemas que surgen en éste abarcan un amplio terreno de cuestionamientos.

En uno de los más bellos apartados del libro, titulado “Las memorias del ojo interior”, Jorge Díaz escribe sobre los textos del neurólogo Oliver Sacks sobre la ceguera y las enfermedades de la visión, la que estudió como médico, a la vez que la vivió debido a un tumor en el ojo. Sus escritos, tanto los que se enmarcan en la divulgación científica como sus memorias, dejan testimonio de una necesidad de dar cuenta de la experiencia de la patología, de un cuerpo cruzado por la medicina, las imágenes culturales y la aprehensión del mundo a través de los sentidos. Su enfoque siempre tiene a la vista el espacio social donde se desenvuelven los cuerpos marcados por la falta de visión. En la misma línea, en el libro Sight Unseen (1999), Georgina Kleege escribe una serie de ensayos en los que se cruzan su memoria autobiográfica sobre la ceguera con un análisis de cine y literatura que trata sobre el tema. Parte importante del proceso de escritura fue asumirse a sí misma como ciega. Al tener aún cierto grado de visión que le permite distinguir colores y formas difusas, describe cómo pasó de mantenerla como secreto en su trabajo en agrupaciones feministas que trabajaban sobre la violencia a la mujer, a tener que declararla públicamente al dedicarse a hacer clases. Describe así escenas de su vida: cuando un hombre se pone a llorar al decirle que es una escritora ciega, cómo se relaciona con la gente en una cultura donde se le da importancia al contacto visual, cómo se reparten las tareas de la casa con su marido. En una parte del libro, escribe que la ceguera es, de los males que más aterrorizan -como la muerte violenta, el cáncer, la pérdida de seres queridos- el único que es posible simular. Le propone al lector, entonces, el ejercicio de cerrar los ojos para relacionarse con su entorno inmediato y descubrir que las cosas siguen ahí.

El libro de Errázuriz y Díaz hace un ejercicio así: propone la urdimbre de la mirada y su falta, hace el juego de no ver, de ver lo que no ve, cierra los ojos y a la vez hace visible en la imagen. La ceguera se desplaza de los absolutos, de la oscuridad aplastante abre la posibilidad del gris. Se dice que la ceguera se parece más al gris que al negro. En la segunda parte del libro, titulada “Los puntos ciegos”, el color de fondo del papel es gris. El espectro se expande más allá de la oposición binaria que secuestra la imaginación sobre la ceguera, se complejiza y se intensifica. La mirada inquieta, que no mira directamente a los ojos del otro, es una posibilidad para abrir un campo que cuestione lo que está dado por la mirada positivista, aquella de la ciencia que no se hace cargo de sus propias ficciones, como el libro instala.

Existe un síndrome, llamado síndrome de Charles Bonnet, que refiere a las alucinaciones visuales causadas por la ceguera paulatina. El cerebro, frente a la nueva falta de estímulos de ese tipo, empieza a proyectar imágenes. Desde puntos de colores y patrones simples hasta animales, personas y paisajes llenos de detalles. El cerebro, frente al no ver, crea su propia visualidad. Ojos que no ven lleva a cabo, a mi parecer, una operación parecida. Frente a la falta de vista propone —o más bien inventa— un archivo de imágenes y de trayectorias escriturales fantasmagóricas. En una de las series fotográficas del libro, en un par de páginas desplegables, vemos a una mujer albina y ciega jugando y dando vueltas un bastón. Las imágenes dan cuenta del movimiento de aquel mientras la retratada sonríe. Los bastones son los que, dentro del ojo, permiten ver; son los que en la mano del ciego, permiten desplazarse con mayor seguridad; son también parte de un juego que ella nos presenta. El texto que acompaña esta serie de imágenes hace referencia al movimiento, a cómo la percepción táctil de las cosas depende del movimiento de la mano. Reuniendo así esta constelación de significados, arma una red en la que están atados cuerpos, conceptos científicos, referencias culturales y artísticas, fotografías y preguntas sobre la percepción misma de nuestros sentidos. Tal y como las imágenes alucinadas de los ojos que se apagan son ficciones vividas, el libro arma la suya propia. Un catálogo que fluctúa incesantemente entre las miradas que lo conforman.

En una obra de 1986 titulada The Blind, la artista francesa Sophie Calle retrata también sujetos ciegos. Estas imágenes son acompañadas, por un lado, de la respuesta transcrita que ellos le dan a la pregunta sobre qué es lo más bello que han visto, y por otro, una segunda fotografía que capta lo que aquellos enunciaron como belleza. El cielo estrellado, el mar, la decoración de la casa, el cabello largo de una mujer, una escultura de Rodin, el rostro del cantante Francis Lalanne. Esas son algunas de las respuestas. La última, que cierra la serie, es de un hombre que dice no saber qué es la belleza porque nunca la ha visto. Su retrato es acompañado de un cuadro completamente negro. Esta obra se emparenta con las fotografías de Paz no sólo en el gesto de retratar personas ciegas, sino que también en tensionar lo que en el libro aparece sobre páginas en negro: “los que nos miran” frente “a los que no nos miran”. Ahí se teje una imaginación visual enredada, difícil de definir y amansar, hija de cómo se ha privilegiado la visión en nuestra cultura, de cómo imaginar lo visual fuera de lo visual. 

Uno de los epígrafes que abre el libro son un par de versos de Sor Juana Inés de la Cruz: “Y por mirarlo todo, nada veía/ni discernir podía”. Finalmente, cierra con un poema de Lorenzo Morales, poeta y actor ciego chileno que colaboró con el proyecto, titulado “En defensa de la ceguera”, que a su vez cierra con un verso que dice: “No vaya a ser cosa, que la destruyan”. Pienso también en los versos de Wallace Stevens, en sus Notas hacia la ficción suprema: “Debe ser visible o invisible,/ invisible o visible o ambos:/ un ver y no ver en el ojo”. Es en este campo que entrecruza lo que se puede ver y lo que no se puede ver —que es siempre una pregunta política, una resistencia ante la destrucción— que se despliegan las imágenes de Paz Errázuriz y los textos de Jorge Díaz, tal y como los nervios ópticos se entrecruzan para conectarse al córtex visual primario del cerebro en cada hemisferio. La ceguera, entonces, queda como experiencia vivida a la vez que como forma de socavar las fundaciones de la imagen y la fotografía. El libro, así, propone terrenos límite, una forma de rearticular los sentidos. Se condensa en esa imagen mencionada por Díaz que propuso la poeta Gabriela Mistral: quienes escriben versos tienen una mirada distinta, cruzada por una viga que la distorsiona, la nubla, la vuelve un disparate. Lo nebuloso es una forma de inventar la mirada, de descentrarla y desenfocarla. Es ese ejercicio el necesario para erigir lugares nuevos para ver.

 


*Ojos que no ven, de Paz Errázuriz, fotógrafa, y Jorge Díaz, biólogo y escritor, ha sido realizado gracias al Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, FONDART, convocatoria 2018.

**Al lanzamiento del libro se suma la exposición fotográfica Ojos que no ven, en D21 Proyectos de Arte, del 28 de junio al 1° de agosto de 2019.

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Catherina Campillay

Nació en Viña del Mar en 1994. Estudió Teoría e Historia del Arte en la Universidad de Chile y es diplomada en Edición por la Universidad Diego Portales. Fue parte del equipo de D21 Proyectos de Arte, asistente editorial en Pequeño Dios Editores y editora de Revista Punto de Fuga. También participó como asistente de investigación en el proyecto “Cómo se hacen las cosas: Carlos Leppe” (www.carlosleppe.cl). Como poeta, ha sido becaria de la Fundación Neruda, del Fondo del Libro y la Lectura y obtuvo una mención en el Premio Roberto Bolaño.