«He dicho Escuela del Sur; porque en realidad, Nuestro norte es el Sur. No debe haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo. La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala insistentemente el Sur, nuestro norte”

Joaquín Torres García, Universalismo Constructivo, 1944.

 

Por estos días, el Centro Cultural La Moneda en Santiago exhibe la muestra Obra Viva, dedicada al artista uruguayo Joaquín Torres García (1874-1949). Obra Viva es una retrospectiva, elaborada en conjunto entre el CCLM y el Museo Torres García de Montevideo (Uruguay). Siguiendo el acercamiento planteado por anteriores retrospectivas de la obra de Torres García (The Arcadian Man, celebrada en el MoMA en el 2015, o la del Museo Picasso, presentada entre el 2016 y 2017), Obra Viva ha sido diseñada específicamente para el espacio de la Sala Pacífico del Centro Cultural.

“Nunca se había llegado a mostrar los distintos universos de Torres García en relación entre ellos, relacionando los juguetes con cuadros del año 1928, con obras constructivas, con los Poemas de la ciudad, la vinculación muy fuerte que tiene con la infancia a través de la pedagogía…”, cuenta Alejandro Díaz, director del Museo Torres García, quien estuvo presente durante el montaje de la exhibición.

Obra Viva parte de la premisa de presentar al público los distintos universos donde gravitó la voluntad creativa y la ambición conceptual de Joaquín Torres García, estableciendo múltiples relaciones y entrecruces entre sus diferentes periodos y etapas.

A través de más de 150 piezas, esta exhibición plantea una interesante y amplia perspectiva a la obra de un artista quien, a lo largo de su vida, desarrolló múltiples proyectos y abordó diferentes medios y procesos de investigación.  Tanto para quienes conocen, como para aquellos que se aproximan por primera vez, al trabajo de Joaquín Torres García, Obra Viva es una muy buena oportunidad para conocer de manera integral los diferentes ejes conceptuales que fueron informando su obra.

Vista de la exposición "Obra viva", de Joaquín Torres García, en el Centro Cultural La Moneda, Santiago de Chile, 2019. Foto: © Aryeh Kornfeld K.

La exhibición ha sido construida en base a módulos/capítulos conceptuales, donde el espectador no solamente se encuentra con piezas emblemáticas del artista sino también con pinturas ejecutadas en su etapa formativa, diagramas, poemas y variados registros, que abarcan desde lo mundano a lo personal. “Hay obras constructivas muy importantes, que además se han visto muy poco. Es el constructivismo el que coloca a Torres García en el primer plano del siglo XX”, agrega Alejandro Díaz.

Otro rasgo destacado es la presentación, por primera vez en Chile, de la producción de juguetes que Torres García comienza en Barcelona a finales de la década del 1910 y que continúa hasta 1924. Además del material exhibido en la sala, se ha emplazado un pequeño sector donde los asistentes a la muestra pueden “jugar” y “configurar formas” con reproducciones en madera de los juguetes y formas creadas por Joaquín Torres García. “Los juguetes forman parte de su aceptación plena del arte moderno,” advierte el director del Museo Torres García.

Aunque la muestra ha sido diseñada sin ninguna jerarquía espacio/temporal, el punto de partida es la silla y la mesa donde Torres García trabajaba sus proyectos y escribía sus conferencias. “De la geometría de la mesa, de esos planos en ángulo recto y de esos colores nace la museografía de la exposición; ustedes van a ver este juego de planos que se cruzan y este juego de colores que, de alguna manera como el propio núcleo de dónde nace la obra, también pretende ser el núcleo donde se formula y se construye este espacio”, explica Díaz.

Vista de la exposición "Obra viva", de Joaquín Torres García, en el Centro Cultural La Moneda, Santiago de Chile, 2019. Foto: © Aryeh Kornfeld K.

El viaje

Siendo un adolescente, Joaquín Torres García se traslada con su familia paterna, en 1891, a España, por lo que su formación artística tiene lugar íntegramente en Europa.  Joaquín se ve expuesto a la efervescencia artística y cultural del cambio de siglo y se puede acercar a las corrientes de vanguardia de primera mano. Una de las secciones presentes en Obra Viva exhibe obras realizadas por Torres García en estos años formativos, y que dan cuenta cómo la tradición, por un lado, y los nuevos paradigmas de la modernidad, por el otro, se encuentran en constante tensión en su imaginario. Al respecto, Díaz señala: “Torres García nace en un país que no tiene tradición de nada, no tiene una tradición autóctona, no tiene una tradición indígena… Uruguay es el país más joven de América. Cuando él va a Europa descubre lo que es la tradición, y la valora como una acumulación de saberes en el tiempo, no como una carga, sino como un legado que hay que saber vivir y poner en funcionamiento desde el presente: toma motivos del arte clásico, pero siempre desde una manera muy idealizada, muy moderna –en el sentido de valorar la línea, la mancha, el plano de color–, y es un arte moderno pero con un aspecto muy clásico”.

En 1903 Torres García trabaja con Gaudí en el diseño de los vitrales de la Catedral de Palma de Mallorca, primero, y luego para los de la Sagrada Familia; además, participa del Movimiento Noucentisme Catalán (Novecentismo). Es también por esa época donde comienza su interés por escribir sobre arte.  Durante los años siguientes exhibe su obra en España, Francia, Italia y otros países. Publica, en 1913, su primer libro, Notes sobre art. En 1918 constituye, en Barcelona, la Sociedad del Juguete Desmontable junto a Francisco Ramblà, un fabricante e industrial catalán.

Vista de la exposición "Obra viva", de Joaquín Torres García, en el Centro Cultural La Moneda, Santiago de Chile, 2019. Foto: © Aryeh Kornfeld K.

“¡Todo es juguete y pintura!”

Los juguetes de Torres García consisten en objetos de madera pintada, esquemáticos, resistentes y modulares. Díaz nos explica: “El vínculo de Torres García con el mundo de la infancia comienza desde su experiencia como pedagogo. Los juguetes son un laboratorio formal, donde investiga soluciones plásticas, investiga sobre la forma, la pintura, cómo sacarla del plano, cómo desarmarla y armarla de vuelta. Así como el niño juega, Torres García también jugó con los juguetes”.

Durante este periodo Torres García realiza numerosas exposiciones de sus juguetes y presenta la patente (también exhibida en la muestra) de su “invención para un sistema de balancines para movimientos oscilantes y de traslación”. En esta etapa es donde se ve inmerso en un poderoso proceso de aprendizaje junto con sus hijos. “La relación con los hijos es determinante… ellos le hacen descubrir el mundo de lo naciente, de la inocencia, del ser humano que nace, que crea de una manera espontánea, esa maravilla que, sin haber aprendido a pintar, simplemente lo hace. A diferencia de uno, que aprende a escribir, aprende a numerar, a contar… pero la pintura y el dibujo es algo que se da espontáneamente. Esto  lo lleva a reflexionar sobre qué hay de universal, qué hay de ingénito en cada uno de nosotros, y que simplemente hay que dejarlo aparecer. Eso está en relación con la didáctica que él plantea, en la cual él propone acompañar al niño en un proceso de descubrimiento; no enseñarle, sino dejarlo descubrir qué es lo que tiene”, reflexiona Díaz.

En 1922, Torres-García se muda a Italia con la idea de continuar la fabricación de juguetes bajo la marca Aladdin Toys.  En asociación con el artista holandés Bueno de Mesquita, trabaja en la exportación de juguetes para la casa holandesa Metz Co. y otras filiales del continente.  En 1924 firma un contrato en Nueva York para crear su propia fábrica de juguetes, que le permitirá la producción a gran escala de Aladdin Toys.  Pero un siniestro acaba con la fábrica y Joaquín Torres García retorna a París.

Vista de la exposición "Obra viva", de Joaquín Torres García, en el Centro Cultural La Moneda, Santiago de Chile, 2019. Foto: © Aryeh Kornfeld K.

La conjunción de la vertical y la horizontal

Alrededor de 1916-1917, Torres García comienza a interesarse en la urbe como modelo de su trabajo pictórico. Los motivos de las pinturas de esta época son vistas de la ciudad moderna: arquitectura, automóviles, personas, diversidad de objetos, cosas que se mueven son llevadas al plano. “Torres García primero parte de un problema plástico: él quería representar y quería hacer arte que, digamos, no perdiera el nivel de la abstracción del elemento plástico, del plano de color, de la línea, de la mancha, del tono. Tenía aversión por el arte que solamente pretende imitar la realidad sin tener en cuenta los elementos plásticos con los que trabaja el artista”, asegura Díaz. “El artista moderno será el que más mira y representa a la metrópolis; en estas obras esa estructura que la ciudad genera en estas composiciones informará la fase constructiva del artista”.

Ya para finales de la década del 1920, Joaquín Torres García comienza su investigación del constructivismo y la abstracción. Gracias al préstamo del Museo de Artes Visuales de Uruguay, Obra Viva incluye la obra Pintura Constructiva, de 1929. Dentro de espacios aperspectivos y dinámicos se sitúan símbolos que provienen del acervo filosófico universal, y del suyo propio, que aluden al mundo de la razón, la materia y la emoción. Iconografía y símbolos que Torres García convierte en elementos clave de su lenguaje constructivista: círculo, cuadrado, triángulo, regla, relojes, escaleras, peces, casas, el hombre cósmico, los seres universales, los astros. Aunque el artista construye su sistema de celdas siguiendo los principios de la proporción áurea ninguna geometría o medida anula el humanismo en su pintura. “Con su Universalismo Constructivo él llega a una síntesis que le permite, a la vez, construir una obra en cierto sentido abstracta, que está compuesta/articulada por la medida, por el tono, pero donde también pone cosas de sí y del mundo y de su visión del mundo, entonces, su solución es incluir el símbolo, el grafismo más sintético, que no representa de una manera verosímil sino que evoca algo. El grafismo es a la vez representación y es a la vez abstracción, es una forma muy simple, muy sintética, pero que comunica”, indica Díaz.

La pintura desarrollada por Joaquín Torres García propone una comunicación directa entre el mundo real y el mundo anímico; el simbolismo mágico apropiado es presentado en una dimensión donde se traspasa a la cultura popular sin convertirse en el patrimonio privado de un artista específico. Las obras, a la manera de las culturas de las antiguas civilizaciones, se encuentran integradas al diario vivir de la comunidad. Torres García tiene la voluntad de un Arte Popular, siempre desde la plataforma de la instrucción.

¿Cómo se conjuga esta intelectualización con el proceso de llegar a la obra final? “A Joaquín Torres García se le abre un universo y se pone a teorizar, con símbolos, pero ¿cuáles y por qué? y ¿de dónde salen? ¿Con qué me conectan? ¿Cómo se conectan con otras culturas? ¿Cómo se conectan conmigo y con mi contemporaneidad? Él va armando su teoría en relación con la práctica, y es ahí donde él llega a eso de los tres planos, tres mundos: el mundo de lo material, de la experiencia física, del cuerpo, de la percepción, yo veo, recibo, toco; el mundo de lo afectivo, de lo emocional, todo eso que veo y toco y lo experimento y se transforma en algo que solo está en el ser humano, en la emoción… y todo eso lo puedo organizar, lo puedo intelectualizar, sistematizar en el mundo de la abstracción… entonces con estos tres planos es que el arma su idea (que está manifestada en el triángulo exhibido en el panel del centro de la muestra) del ciclo de la unidad. Para Torres García la unidad no es otra cosa que esos tres aspectos que ruedan y que se van alternando, se van complementando, que se van nutriendo entre sí todo el tiempo… Eso él lo piensa para el arte, pero también para la vida; él no separaba el arte de la vida, él vivía como sentía y como pintaba”.

Vista de la exposición "Obra viva", de Joaquín Torres García, en el Centro Cultural La Moneda, Santiago de Chile, 2019. Foto: © Aryeh Kornfeld K.

Escuela del Sur

A partir de su retorno a Uruguay en el año 1934, Joaquín Torres García, se dedicará a la tarea de difundir sus teorías. Realiza más de 600 conferencias, realiza publicaciones, libros, revistas y se dedica incansablemente a la formación de artistas. En 1935 creó la Asociación de Arte Constructivo.

Exhibidas en Obra Viva están las páginas originales del manuscrito La tradición del hombre abstracto (1938), donde Torres García expone su cosmovisión, no solamente su visión del arte, sino su visión filosófica del mundo. Unión de ideas como texto y como imagen, donde la imagen potencia lo escrito de manera sinérgica. “De alguna manera”, afirma Díaz, “es la versión textual de lo que también es su obra constructiva”.

En el año 1942 forma el Taller Torres García, una escuela de arte conocida como Escuela del Sur.  El Taller funcionó como un taller de trabajo y de enseñanza colectiva de arte y pintura basado en el Universalismo Constructivo, que se transforma en el movimiento más significativo del periodo. El Universalismo Constructivo se plantea como un lenguaje que integra el universalismo, el americanismo, el constructivismo y lo simbólico, además de aportes del clasicismo, del primitivismo del arte precolombino, del neoplasticismo, del cubismo y del surrealismo. El Universalismo Constructivo es la afirmación de la identidad local y continental, representa lo ancestral latinoamericano que se encuentra latente en cada uno de nosotros. “En Uruguay fue muy fuerte la influencia que tuvo. Torres García formó ese taller, eran personas jóvenes que lo seguían muy fielmente y que llevaron a cabo sus ideas, hicieron cientos de murales por todo el país, hicieron artesanía, hicieron muebles, hicieron cerámica… de alguna manera toda esa iconografía se fue trasfundiendo a una iconografía más popular. Hoy en día en Uruguay es un fenómeno muy interesante cómo la obra de Torres García aparece, un poco, por todos lados”, cuenta el director del Museo Torres García.

Probablemente una de las piezas más icónicas presentes en Obra Viva es la ilustración creada en 1946, Mapa del Sur, que consiste en la inversión del mapa de Sudamérica. Como imagen conceptual, este mapa apropiado, nos explica Alejandro Díaz, “es una obra que en particular tiene un mensaje muy fuerte, claro y muy resuelto gráficamente, que se utiliza permanentemente. A nosotros nos piden la obra para tesis de doctorado, maestrías, para congresos, todo lo que tenga que ver con Latinoamérica. La quieren usar en otras partes del mundo, además, no solo acá, y sí, es una imagen muy fuerte y está bien, es necesario que se la apropie en esos otros planos. Propone una inversión de paradigmas. Pero también propone que no sigamos imitando y queriéndonos parecer a los europeos, sino que tenemos los suficientes elementos como para crear desde acá desde el sur. Lo propone no solo para Uruguay, sino que lo piensa en términos continentales”.

Reflexionando acerca del cómo las dimensiones intelectuales y plásticas se conjugan en la obra de Joaquín Torres García en el hoy, Alejandro Díaz puntualiza: “El sentía que con esta formulación del orden constructivo había dado con ciertos elementos esenciales del quehacer plástico, y proponía que desde ahí se podía comenzar de nuevo casi, es decir, no seguir con una tradición atávica, con maneras de representar, con maneras de pintar y siempre rezagadas respecto a Europa. Él decía ‘estamos acá, tenemos las bases que nos permiten hacer cualquier cosa en realidad’. Torres no proponía que todo el mundo pintara como él, proponía llegar a lo esencial, lo más profundo, y de ahí crear. Entonces, también lo que propone es que estamos en esta tierra, y hay una luz, hay un sol, una latitud, estamos en otro lugar, un lugar que es habitado por los pueblos indoamericanos que están acá hace milenios… Torres plantea: ‘Vamos a conectar con esas culturas, a empatizar con ellos, no para imitarlos, no para robarles iconografía, sino para ver cómo es ese sentir de estar acá… vamos a empezar de nuevo desde lo que somos y donde estamos’”.

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Leonardo Casas

Es artista visual. Vive en Santiago de Chile. Exhibe su obra desde el año 1994. Profesor del curso de "Discursos Artísticos y Formas Políticas en Latinoamérica" en la Escuela de Gobierno de la Universidad de Chile desde el año 2006. Escribe para la revista Artishock y ha curado muestras colectivas en Santiago (Chile) y Nueva York (USA).