Uno de los propósitos que deben tener los museos en el siglo XXI, es interesarse por la pregunta sobre lo que acontece en el arte que resiste a su época. Contrario a la vieja diatriba del museo como un cementerio de objetos, los museos del nuevo siglo intentan entender cuál es la potencia que alimenta los archivos visuales de nuestra cultura y cuáles de esos archivos merecen perdurar no solo en nuestras retinas, sino también en la historia. De ahí que sea tan fundamental un ejercicio como el que se ha realizado en uno de los museos de Medellín, donde el intercambio y la revisión de los valores culturales en el espacio propio del arte, se presentan como un protocolo que otorga un lugar privilegiado en esos archivos importantes del arte. “El siglo XXI se presenta hoy como una oportunidad y, al mismo tiempo, como un reto para el país. […] El arte, como un producto de características en proceso de transformaciones políticas, sociales y humanas, es uno de los ámbitos en los cuales el estudio de estos temas se vuelve imprescindible. En ese sentido, y a diferencia de los museos del pasado, el siglo XXI también requiere instituciones que sean capaces no sólo de conservar y mostrar la historia a través de los objetos, sino de participar activamente en la discusión”.

Colectivo Maski (Juan David Laserna, Camilo Ordoñez, Jairo Suárez), Movimiento armónico simple, 2015. Foto: MAMM

El miércoles 27 de marzo el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) inauguró la muestra Pasado tiempo futuro. Arte en Colombia del siglo XXI. Apuntando especialmente a modelos actuales de curaduría similares al ejercicio realizado por Gabriel Pérez-Barreiro para la 33° Bienal de São Paulo, donde la responsabilidad curatorial es delegada a terceros en un gesto que aparentemente busca sustituir la jerarquía del curador jefe por una pluralidad de voces expertas desde este campo, el curador en jefe del MAMM, Emiliano Valdés, tomó la decisión de dar libre juicio a otros cinco curadores, Jaime Cerón (Bogotá), José Roca (Bogotá), Alejandra Sarria (Bogotá), Carolina Chacón (Bogotá), y María Isabel Rueda (Cartagena), para que trazaran, desde sus criterios particulares, cuáles serían las obras que han merecido ser llamadas a representar lo más significativo en el arte colombiano de los primeros 20 años del siglo XXI. Así, para nadie ha sido un secreto que la presencia de la capital quedó definitivamente marcada, y con ello, se orquestó una propuesta curatorial donde cada uno de los curadores debía seleccionar seis obras o proyectos realizados en las primeras dos décadas del siglo XXI (2000 – 2019) que consideraran ilustrativos de la producción artística colombiana de dicho período, sumando un  total de 32 proyectos entre obras realizadas por colectivos y artistas individuales.

“La exposición toma su título del proyecto homónimo de Nicolás Consuegra, del cual forma parte la obra Interior (Después de Paul Beer) (2010), que se presenta en la exposición como una gigantografía. La fotografía y el proyecto Pasado tiempo futuro plantean cuestiones alrededor de lo site-specific, una característica de ciertos proyectos artísticos cuya forma está intrínsecamente relacionada con el lugar en que se exhiben -su contexto”.

Helena Producciones (Wilson Díaz, Ana María Millán, Gustavo Racines, Andrés Sandoval y Claudia Sarria), Muestra de Parafernalia del Festival de performance de Cali, 1998-2008. Foto: Úrsula Ochoa
Nicolás Consuegra, Interior (Después de Paul Beer), del proyecto Pasado tiempo futuro, 2010. Foto: MAMM

No obstante, la primera pregunta que surgió sobre la muestra fue justamente ¿bajo qué criterios específicos (no personales) los curadores consideraron importante una pieza sobre otra otorgándole un lugar en los archivos de la historia del arte en Colombia? La respuesta a esta clase de preguntas comúnmente es bien conocida en el mundo del arte; en primer lugar y según resalta inteligentemente el texto de la muestra, “hacer un recuento del arte de un periodo determinado es una tarea compleja y su resultado inevitablemente incompleto”. Con esto, aparentemente parecen intentar resolver cualquier discusión sobre la conquista de posiciones en esta exposición. En ese sentido, la nómina según la decisión curatorial estuvo conformada por artistas de varias generaciones que trabajan con diferentes medios y que son de nacionalidad colombiana viviendo dentro o fuera del país, o incluso, extranjeros viviendo en Colombia, los cuales bajo cuatro ejes principales – preocupaciones sociales, económicas y políticas; nociones de naturaleza y paisaje; cuestiones de identidad; y el arte mismo en relación con la arquitectura- plantearon un “devenir artístico del país en este momento”. Asimismo, es importante destacar que las obras que conforman la muestra ubicadas en las Salas A, B, C, y la Sala Fundiciones, están compuesta principalmente por instalaciones, videos, y performances.

Alberto Baraya nos recibe en el hall del museo con una obra que surge de su investigación sobre la flora artificial Made in China, de cuyo proyecto Herbario de plantas artificiales se muestra un llamativo invernadero. Posteriormente, en la Sala Fundiciones del museo aparece la obra de Mario Opazo Cordillera (2012), una construcción en guadua que se propone ser la abstracción de la Cordillera Central de Colombia y que abarca gran parte del espacio expositivo. Igualmente se encuentran en esta sala el proyecto del Colectivo Maski, Movimiento armónico simple (2015), y CMYK (2017) de la artista Adriana Martínez, una obra que aparenta cuestionar los desmanes del capitalismo y sus consecuencias sobre los procesos de acumulación, las lógicas del mercado y las tendencias de consumo. Por otra parte, aparece en diferentes lugares de la exposición la obra de Juan Sebastián Peláez Ewaipanomas (2014-2019), donde personajes del mundo del espectáculo popular son transformados en Ewaipanomas, “antiguas criaturas míticas de la Guayana descritas por el explorador Sir Walter Releigh en el siglo XVII”.

Alberto Baraya, Herbario de plantas artificiales, 2019. Foto: MAMM
Juan Sebastián Peláez, Ewaipanomas, 2014-2019. Foto: MAMM

Con relación a la pintura, debemos destacar que se advierte cierta ausencia si consideramos la primacía de medios como la instalación o el video. En ese sentido, llamaremos ausencia a la poca representación que tiene dicho medio en la exposición, más no estaremos desconociendo que su presencia se haya notado; de hecho y de manera muy particular, las piezas pictóricas han sido, incluso, de las más interesantes de la selección, en tanto que ese mismo carácter “atemporal” las han vuelto un elemento relevante.

Mucho de lo mismo que algunos sentimos haber viso en la exposición anterior del museo, pudo ser identificado en videos, instalaciones y performances, por lo que gracias a obras como Campos concentrados (2001-2002) de Delcy Morelos, una obra que muestra una relación importante con el espacio expositivo y que destaca como es característico de la artista por su fuerza formal, nos provee de esa satisfacción que un espectador experto o un visitante cualquiera puede sentir al contemplar una pieza como esta. Asimismo, el trabajo que se configura entre la pintura y la instalación del artista Antonio Restrepo, Las cuarenta, (2007-2013), constituye otra de las propuestas que señalaron la importancia de la pintura en este siglo, que por supuesto no deberíamos subestimar. Por lo demás, otras obras incluían la pintura como un elemento más del componente museográfico. Por un lado, con esta característica de la muestra uno podría pensar que los artistas del siglo XXI no están muy interesados en incluir procesos pictóricos en sus indagaciones formales, lo cual evidentemente no es cierto. Por supuesto, las elecciones acerca de lo que es o no es relevante para el siglo en términos de producción artística implica una gran discusión de fondo que no tiene que ver en buena medida con el componente formal, en tanto que todas estas “políticas de representación” y este preciso reparto (Rancière) sobre quién administra y qué administra están sujetas inevitablemente a una cuestión de poder; por lo tanto, la conexión de estas prácticas con los mo­dos de discurso, los lugares que ocupan cada una de las piezas (los artistas) en el museo, su nivel y grado de visibilidad, y las ideas sobre la inclinación formal de todo el componente expositivo no surgen (tanto como parece) de apreciaciones inocentes.

Antonio Restrepo, Las cuarenta, 2007-2013. Foto: Úrsula Ochoa
Delcy Morelos, Campos concentrados, 2001-2002. Foto: Úrsula Ochoa

Una de las obras que más impacto ha causado en la exposición ha sido la impecable pieza Lifeline (Línea de vida) (2002), conformada por una instalación y un performance de la destacada artista María José Arjona. La artista se ha definido por marcar una pauta del rigor y la potencia investigativa y formal que debe tener el arte del performance a nivel nacional e internacional. Con su obra, Arjona “nos habla del cuerpo en su constante devenir animal, el sonido como frecuencia topográfica y el paisaje que emerge de ellos”.

Justo en la misma sala se encuentra la obra de Miguel Ángel Rojas Nowaday (2001), la cual consiste en un recorte de hojas de coca que dispone sobre la pared formando una frase. La obra de Miguel Ángel Rojas aborda nociones de identidad que trastocan el entorno político y social de Colombia. Asimismo, ha cuestionado el narcotráfico, la violencia, y la marginalidad en distintos sentidos y estadios de la vida política y social.

Por su parte, Wilson Díaz, con la obra Long Live the New Flesh (Larga vida a la nueva carne) (2000-2002) nos presenta una serie de retratos en medios diferentes de jóvenes que hicieron parte del grupo armado FARC que se encontraba en la zona de distención del Caguán. Además, la obra de Tatiana Zambrano O.G.N (Operación Gato Negro) Desde la montaña de Colombia (2012) es un video documental inspirado en la historia de un chaman que cedió a un guerrillero el poder de convertirse en un gato negro para camuflarse y huir de las redes de búsqueda militares.

María José Arjona, Lifeline (Línea de vida), 2002. Foto: MAMM
Jessica Mitrani. Headpieces for peace (Tocados para la paz), 2014. Foto: MAMM
Wilson Díaz, Long Live the New Flesh, 2000-2002. Foto: Úrsula Ochoa

Continuando con algunas piezas de video destacadas, Oscar Muñoz, quien constituye otro importante nombre del arte colombiano, aparece con su obra El Coleccionista (2014 – 2016), una pieza donde el artista expone muchas de sus preguntas sobre la memoria y la capacidad innegable de las imágenes para evocar el pasado. Por su parte, la artista Jessica Mitrani presenta Headpieces for peace (Tocados para la paz) (2014), donde manifiesta una visión irónica de la moda y el feminismo indagando sobre el cuerpo, los estigmas sociales y los tabúes. Acompañan este grupo la artista Clemencia Echeverry con su obra Sin cielo (2017); José Alejandro Restrepo, un pionero en la producción de videoinstalación con Variación sobre el purgatorio n°5 (2011), una obra que “analiza las transferencias de poder que subyacen a las imágenes visuales y que observan el modo en el que se incorporan en distintos actos humanos”; así como Eusebio Siosi con Los sueños de la Ouutsü (2015), y Mapa Teatro con Proyecto 24, variación 1 (2017-2019).

En cuanto a las propuestas fotográficas, destaca Libia Posada con su obra Signos Cardinales (2008), quien a partir de un trabajo de antropología social realiza un proceso de investigación donde plante la idea de atlas de geografía humana no oficial, donde visibiliza el desarraigo a través del dibujo sobre las piernas de las personas que han realizado arduos recorridos por causa de los desplazamientos violentos en el país. Mencionamos igualmente el trabajo de Carolina Caycedo Más allá del control (2013-2019), con el registro de un performance coreográfico que parte de la indagación sobre las acciones que manifiestan gestos de poder usados para el control del cuerpo social, y Carlos María Romero con Vogue-chi (2016), también un trabajo que registra el momento de una experiencia participativa de varias comunidades.

Libia Posada, Signos cardinales, 2008. Foto: Úrsula Ochoa

Vale destacar que Pasado tiempo futuro. Arte en Colombia en el siglo XXI, cuenta con una agenda que durante el período de la muestra ha complementado la puesta en escena y las producciones performativas que incurren con algunos proyectos; así, por ejemplo, el proyecto Echando lápiz (2000-presente), una propuesta colaborativa coordinada por Graciela Duarte y Manuel Santana, realizó un laboratorio que tuvo el dibujo como eje central de trabajo donde se generaron “espacios intensos para reconocer a los otros y al espacio circundante de la cotidianidad de cada uno”. Asimismo, Nadia Granados y Las guerreras del centro presentaron el cabaret performance Nadie sabe quién soy yo, el cual ha sido exhibido en repetidas ocasiones en la ciudad. Igualmente está programado para que en el mes de junio se realice, como parte de la programación, un componente relacionado con el Festival de performances de Cali, organizado por Helena Producciones.

 


Artistas participantes: Fredy Alzate, Liliana Angulo, María José Arjona, Alberto Baraya, Carolina Caycedo, Nicolás Consuegra, Colectivo Maski (Juan David Laserna, Camilo Ordóñez Robayo, Jairo Suárez), Wilson Díaz, Clemencia Echeverri, Juliana Góngora, Nadia Granados y Las Guerreras del Centro, Helena Producciones (Wilson Díaz, Ana María Millán, Andrés Sandoval Alba, Gustavo Racines y Claudia Patricia Sarria-Macías), Catalina Jaramillo Quijano, Paulo Licona, Mateo López, Mapa Teatro, Adriana Martínez, Jessica Mitrani, Ana María Montenegro, Delcy Morelos, Carlos Motta, Óscar Muñoz, Mario Opazo, Juan Sebastián Peláez, Libia Posada, Manuel Santana y Graciela Duarte, Eusebio Siosi, José Alejandro Restrepo, Antonio Restrepo, Miguel Ángel Rojas, Carlos María Romero, Tatyana Zambrano.

Imagen destacada: Mario Opazo, Codillera, 2012/2019. Cortesía del artista

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Nace en Medellín, Colombia. Es maestra en Artes Plásticas y Visuales. Realizó estudios en Filosofía en la Universidad de Antioquia y tiene una acreditación en Evaluación de Procesos Educativos. Posee un diplomado en Periodismo Cultural y Crítica de Arte y se desempeña como docente de cátedra universitaria. Es parte del equipo de columnistas de la revista La Artillería, revista de arte de la ciudad de Medellín, y escribe para la sección "Palabra y Obra" del periódico El Mundo.