En el tiempo de la rosa no envejece el jardinero, primera muestra de Emilio Chapela (Ciudad de México, 1978) en el Laboratorio Arte Alameda, explora las distintas medidas del tiempo: desde las fuerzas y las potencias del tiempo geológico, pasando por las formalizaciones del tiempo humano y terrestre, hasta los modelos con los que la ciencia contemporánea busca medir el tiempo astronómico.

Curada por el filósofo mexicano e historiador de arte José Luis Barrios, la muestra es el resultado de tres años de trabajo en los que el artista ha indagado y establecido relaciones intrincadas con agentes que con frecuencia consideramos ajenos a lo humano, como los ríos, la atmósfera, las montañas, los astros y la tecnología. El proyecto surgió a partir de una exploración de los observatorios astronómicos del Instituto Nacional de Astrofísica Óptica y Electrónica (INAOE) en el volcán Sierra Negra en Puebla, y derivó hacia otros lugares, como el río Usumacinta en Chiapas y Tabasco y el Volcán Iztaccíhuatl, creando así una reflexión sobre el medio ambiente tanto terrestre como astronómico.

El título de la exposición refiere a un tropo clásico del arte barroco: la rosa como alegoría del tiempo. Esta figura retórica del siglo XVII explica cómo la belleza de la flor es engaño e ilusión porque su vida está sujeta al tiempo. Ante esta brevedad de la rosa, la existencia humana pareciera que no envejece, como el tiempo humano es casi nada ante el tiempo de los árboles en la montaña, y el de la montaña es apenas un instante ante el de las estrellas.

Compuesta por obras de producción reciente o bien creadas específicamente para el espacio –declarado patrimonio histórico del siglo XVI-, la exhibición es una inmersión en los pliegues siempre inaprensibles del tiempo a partir de su traducción a un posible registro estético-poético que invita al visitante imaginar su paso a través de distintas “escalas”: desde las percibidas por el cuerpo humano hasta las experimentadas ante los astros.

Emilio Chapela, Leche de Hera (detalle), 2019, marcos y estructuras de madera con tela, piedras, metal, mármol, esculturas de yeso, objetos variados y lámparas LED. Cortesía del artista
Emilio Chapela, Leche de Hera (detalle), 2019, marcos y estructuras de madera con tela, piedras, metal, mármol, esculturas de yeso, objetos variados y lámparas LED. Cortesía del artista. Foto: Isaac Contreras
Emilio Chapela, Leche de Hera (detalle), 2019, marcos y estructuras de madera con tela, piedras, metal, mármol, esculturas de yeso, objetos variados y lámparas LED. Cortesía del artista. Foto: Isaac Contreras

En la nave central del museo se presenta ​En la memoria del volcán nunca mueren las estrellas (2019), una video-proyección de 12 metros de altura que cubre la totalidad del ábside de dicha nave principal. Este video inmersivo y experiencial es creado a partir de una secuencia grabada con una cámara de 360 grados mientras el artista sube el volcán Iztaccihuatl con gran esfuerzo, sin poder alcanzar la cima. La velocidad del video responde a la frecuencia cardíaca de quien escala, pero de manera inversa, de modo que cuando el esfuerzo es mayor, y por lo tanto la frecuencia cardíaca aumenta, la imagen se ralentiza. Así, en el momento de mayor actividad física la imagen prácticamente se detiene, mientras el escalador nunca llega a la cima. La pieza, más que mostrar la acción de subir una montaña, busca transmitir el esfuerzo del corazón como medida de la relación entre cuerpo y tiempo.

Frente a esta gran video-proyección se sitúa la instalación Leche de Hera (2019), que explora fuerzas como la gravedad, la inercia y el magnetismo desde distintas perspectivas: desde una perspectiva relacional-materialista donde las fuerzas emergen como consecuencia de la interacción entre objetos y el espacio-tiempo, pero también desde una mirada histórica, al incluir referencias a esculturas de dioses mitológicos asociados con los planetas y las constelaciones que representan las fuerzas del cosmos a través de arquetipos simbólicos y poéticos.

La instalación está conformada por distintos objetos geométricos de variados tamaños y pesos que modifican las superficies que los contienen, así como de una colección de esculturas que remiten a dioses griegos y romanos asociados a los astros de la bóveda celeste. Tanto los objetos como las esculturas están configurados de modo que constelan en un micro-universo que intercambia fuerza, resistencia, magnetismo, energía potencial y color, buscando con ello hacer coincidir la imaginación mitológica con la racionalidad astronómica.

En la capilla lateral se expone Usumacinta (2019), una videoinstalación a cinco canales con sonido que nos remonta a la experiencia de la naturaleza en movimiento. Cámaras de video sumergibles en el cauce del río Usumacinta navegan a través de la corriente del agua y sus turbulencias: ritmos y velocidades varían conforme el agua fluye, dando cuenta de la relación de otra forma del tiempo que surge a fuerza del agua. La turbulencia, como explican Illya Prigogine e Isabelle Stengers, no es una forma caótica y desordenada de movimiento, sino una forma de auto-organización espontánea y extraordinaria donde millones de moléculas de agua se ordenan y acomodan en flujos intensivos de espacio-tiempo.

Emilio Chapela, Aquí en el polo, no hay cómo saber la hora, 2019, hierro latonado, madera de encino, cuerda, focos incandescentes, cableado, Mini Mac y dimmer DMX. Cortesía del artista

Con el propósito de reflexionar sobre las estructuras del tiempo terrestre, el artista produjo para el Claustro Bajo la escultura ​Aquí, en el polo, no hay como saber la hora (2019), que manifiesta las dificultades de imponer una sola estructura de tiempos y horarios a lo largo de todo el planeta.

La instalación lumínica evidencia las convenciones por medio las cuales entendemos los movimientos de rotación y traslación de la tierra, como es el caso de las horas del día. Su escultura central hace referencia al Polo Sur, en donde todas las líneas de husos horarios convergen y nuestros modelos del tiempo colapsan. Está compuesta por doce arcos de circunferencia que proyectan vectores que corresponden con las longitudes y las zonas horarias del planeta. Como consecuencia, en el polo todas las horas son posibles al mismo tiempo, o ninguna lo es.

En referencia a la cosmología de Nicolás Copérnico en el siglo XVI, la obra está iluminada por una parábola de focos que se prenden secuencialmente para simular el paso del sol por la bóveda celeste, como si el sol fuera el que se mueve y no la tierra, como lo comprobó Galileo tiempo después.

Otras obras de la exhibición describen fuerzas de gravedad, calor, contracción e inercia donde el tiempo toma una relación fundamental y constitutiva de los fenómenos descritos, esto es, donde el tiempo emerge del corazón de los fenómenos y se manifiesta en ciclos y ritmos variados.

Vista de la exposición "En el tiempo de la rosa no envejece el jardinero", de Emilio Chapela, en el Laboratorio Arte Alameda, Ciudad de México, 2019. Cortesía del artista
Vista de la exposición "En el tiempo de la rosa no envejece el jardinero", de Emilio Chapela, en el Laboratorio Arte Alameda, Ciudad de México, 2019. Cortesía del artista
Vista de la exposición "En el tiempo de la rosa no envejece el jardinero", de Emilio Chapela, en el Laboratorio Arte Alameda, Ciudad de México, 2019. Cortesía del artista

EMILIO CHAPELA: EN EL TIEMPO DE LA ROSA NO ENVEJECE EL JARDINERO

Laboratorio Arte Alameda, Calle Dr Mora 7, Colonia Centro, Ciudad de México

Hasta el 14 de julio de 2019