El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre: una cuerda sobre un abismo

Friedrich  Nietzsche

 

 

El taller de Camilo Yáñez está repleto de frases y palabras, muchas de ellas escritas a mano y otras en forma de imágenes tomadas por el propio artista a libros, diarios o muros de la ciudad. Las hay pegadas en el refrigerador, dispersas en la mesa de trabajo o rigurosamente anotadas en cuadernos y archivos de computador. Las acompañan, a veces, sus acepciones y usos, definiciones y significados. Se trata sobre todo de frases y palabras de tono propagandístico y polémico, dos fórmulas discursivas que, como decía Camus, transforman el diálogo en monólogo, doctrina y cálculo. Parte de este archivo, acumulado durante varios años, pasó a convertirse en la materia prima de Post Populi, y en una prueba más de la atención que Yáñez ha prestado siempre a los modos, muchas veces invisibles, en que lo político trabaja incansablemente las formas.

Si bien el recurso puede sonar demasiado teórico o conceptual, es en realidad radicalmente material, tan material como las coordenadas de peso, altura y volumen de las esculturas que conforman parte de esta muestra, porque lo que a Yáñez parece importarle de esa matriz de textos no es tanto el sentido estricto del lenguaje como su conversión en imagen, sobre todo la potencia de alteración que ellas vehiculan. Utilizando como recurso la visualidad de la serigrafía –de un medio apegado a la tradición de imágenes manualmente reproducidas–  y del collage –que en la tradición del arte responde a un deseo de renovar el vínculo con la realidad mediante el montaje de objetos reales pero inconciliables entre ellos–, lo que emerge o retorna de esa manipulación, de ese trato íntimo y material con la palabra, es precisamente eso: que todas las imágenes del mundo son el resultado de una manipulación. Solo los teólogos sueñan con imágenes que no hayan sido producidas por la mano del hombre, dice Didi-Huberman refiriéndose a los íconos equiropoyetas de la tradición bizantina. Y solo los nihilistas y los puritanos, habría que agregar, renuncian a la imagen por constatar en ella este amargo y triste saber. “Una crítica de las imágenes no puede prescindir ni del uso, ni de la práctica, ni de la producción de imágenes críticas”, insiste Didi-Huberman.

Yáñez opta por un camino más jovial, un trabajo de equilibrista: hacer de la palabra de amo y de la imagen cliché un campo de experimentación, no para transformarlos en objetos depurados, asépticos y recortados del mundo sino para sostenerlos precisamente allí en el lugar que incomodan, es decir, haciéndolos resistir en su iconicidad, su carácter sinóptico, su laconicidad y su colmo de sentido encuadrado, permitiendo al mismo tiempo que salte a la vista la distinción gráfica de la tipografía, el color y el recorte.  Y si puede hacerlo, si puede hacer que la imagen haga un equilibrio tal que no ceda ni a la pureza formal ni a la consigna ideológica, es porque Yáñez conoce perfectamente bien el margen de astucia del arte contemporáneo. Y entonces aquí no es tanto la imagen lo que le importa, sino el modus operandi crítico que tanto le debemos a la tradición del ready made: que un mínimo desplazamiento puede producir grandes rendimientos significativos.

Vista de la exposición "Post Populi", de Camilo Yáñez, en Galería AFA, Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Camilo Yáñez, Eterno Retorno, 2019, collage, tinta china y pegamento sobre papel, 109 x 77 cm. © Camilo Yáñez Studio. Foto: Jorge Brantmayer
Camilo Yáñez, Presagio , 2019, titular del diario El Mercurio, 28 de Octubre, 2018, Steve Bannon y patrón para hacer ropa de revista de manualidades de los años 50 sobre sobre papel, 110 x 77 cm. © Camilo Yáñez Studio. Foto: Jorge Brantmayer

En Post Populi, las frases enmarcadas no nos exigen un tímpano distinto al del sentido común, porque ellas no inventan una nueva lengua. Al ser reescritas mediante un cuidadoso trabajo sobre la letra, la tipografía y la puesta en página, parece incluso duplicarse el valor semántico e ideológico de cada palabra y, sin embargo, hay algo en esa extrema familiaridad que comienza a incomodarnos. Una incomodidad que proviene precisamente de ese mínimo desplazamiento, que no consiste ni en satirizar ni en ensañarse contra el sentido común –Yáñez tiene más vocación pública que ínfulas de aristócrata–, sino en exhibirlo mediante el encuadre gráfico o ready made enmarcado. Exhibirlo, detener su flujo, producir un efecto de autoridad, convertir el slogan, la octavilla, la consigna, el cartel en cuadro, para que frente a cada palabra convertida en imagen podamos preguntarnos no solo qué representa, sino qué efectos produce y qué pasiones y memorias despierta.

Se trata, sobre todo, de interrogar al cuerpo colectivo del que esas imágenes y palabras son una herencia, un síntoma. Una vía posible sería rechazar la banalidad del sentido común en nombre de la singularidad del sentido obtuso, pero ya dijimos que Yáñez no emprende ese camino. Prefiere más bien eso que Einsestein llamó los “procedimientos del arte pasivo: dudas, lágrimas, sentimentalismo, psicología”, como posibilidad de un tránsito desde el pathos a la acción. Esa elección, intuimos, tiene que ver con algo que el propio nombre de la exposición anuncia. Conocemos ya el destino trágico de la palabra pueblo, una palabra condenada tanto al “unanimismo de eslóganes revolucionarios como al autoritarismo de los gobiernos totalitarios”, una palabra criminalizada y temida en base a los discursos próximos a la paranoia policial, una palabra que ve en la masa un títere que se puede manejar o una bestia peligrosa que hay que exterminar. ¿Qué es el pueblo, hoy, después del pueblo (Post Populi)? ¿Qué es el pueblo, allí donde la yuxtaposición del espectáculo, la proliferación de imágenes y las nuevas estrategias de poder imperial, participan activamente de la destrucción del hombre, de los pueblos? ¿Qué es el pueblo, allí donde la guerra humanitaria y el humanitarismo cínico son su amenaza? No hay aquí una respuesta, sino más bien una actitud: escuchar las palabras de hoy, sus torsiones y perversiones, giros e inflexiones, para hacer emerger allí algo parecido a un pensamiento de la apariencia.

Vista de la exposición "Post Populi", de Camilo Yáñez, en Galería AFA, Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la exposición "Post Populi", de Camilo Yáñez, en Galería AFA, Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la exposición "Post Populi", de Camilo Yáñez, en Galería AFA, Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer

Junto a las serigrafías y collages, la exposición reúne una serie de esculturas en concreto. Miradas en conjunto, sobre todo por los objetos que parecen emerger o haberse fijado a perpetuidad en esos bloques de cemento –herramientas de trabajo, un puño en alto, una enciclopedia de la Guerra fría, la Torre Eiffel, un reloj–, las esculturas parecen fósiles de algo en lo que nosotros aun permanecemos vivos, fósiles de nuestra propia época. Revolución francesa, trabajo asalariado, levantamientos populares, el tiempo, comunismo y capitalismo, todos los derroteros de la modernidad exhibidos en el ocaso de su función. ¿Qué indica entonces lo Post? ¿Asumir completamente la desesperanza, como ha propuesto por ejemplo Zizek, allí donde la izquierda no ha sabido reformular una alternativa al capitalismo globalizado, y donde la teoría radical, incluida la del arte, encerrada en el letargo de la academia, se ha vuelto inofensiva y narcisista? ¿Inventar nuevas formas de radicalidad que hagan contrapeso a las múltiples formas de activismo irreflexivo? Alberto Moravia decía de Pasolini que era ante todo un “poeta civil”, pues la poética y la política nunca estuvieron para él separadas. Post populi nos invita a preguntarnos por la posibilidad de un artista civil –cualidad que bien podría ruborizar a algunos–, por las formas en que la poética y la política pueden seguir anudadas y, sobre todo, por la posibilidad de una imagen del arte que tenga la fuerza de interrogar su léxico, sus formas expresivas y la relación con su propio presente.

“Funambulistas del mundo, uníos”, reza una serigrafía. Como sabrán, la etimología de la palabra funambulista proviene del latín funāmbŭlus, formado de funis (cuerda), ambulāre (andar) más el sufijo –ista (profesión, oficio): El que hace ejercicios sobre una cuerda, el acróbata. La frase, la invitación que ella nos lanza es tan trágica como estimulante. Funambulista es el arte, funambulista somos nosotros y el propio pensamiento que, suspendidos de un hilo, avanzando a duras penas ante un abismo, somos llamados al empeño de una aventura, pero también a rebelarnos. La fuerza de ese grito que parece acumular la memoria de todas las resistencias, tiene como horizonte la desobediencia. Fórmula notable entonces la que nos regala Yáñez, porque allí, entre la soledad y el riesgo, entre el vértigo y la precisión, entre la muerte y las miradas, es decir, en la cuerda, puede ser posible una comunidad de cuerpos tan mortales como deseantes.

Vista de la exposición "Post Populi", de Camilo Yáñez, en Galería AFA, Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Camilo Yáñez, Ready Made Glocal, 2019, Berthol Brech, xilografía sobre papel de Carlos Hermosilla sin numerar, 1973, y texto sobre matriz para transfer textil, 77,5 x 55,2 cm. © Camilo Yáñez Studio. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la exposición "Post Populi", de Camilo Yáñez, en Galería AFA, Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer

Post Populi estará abierta hasta el 10 de mayo de 2019 en Galería AFA, Av. Providencia 1614, piso 2, Santiago de Chile

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Paz López

Doctora© en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte y Magister en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile. Coordinó y luego dirigió el Magíster en Estudios Culturales de la Universidad ARCIS (2006-2015). Actualmente es profesora de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales, donde además coordina la Línea de Estudios Visuales, y del Departamento de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile. Ha publicado textos sobre arte y literatura latinoamericanos en diversos medios escritos, y participado en distintos proyectos de investigación en la misma línea. Co-dirigió el suplemento de Cultura del diario El Desconcierto.