Hechizo, título de la más reciente exposición de Gerardo Pulido (Santiago de Chile, 1975), apela —por un lado— a lo provisorio, con una fuerte impronta artesanal, como también a un embrujo, dado por la seducción o por un tipo de magia dañina (maleficio). Navegando en ambos sentidos, el cuerpo de obra que exhibe a partir del 13 de marzo en la Galería Patricia Ready evidencia cómo este está hecho, valiéndose de brillos y simulaciones que se funden en un resultado tan pictórico como escultórico.

Utilizando una amplia gama de diferentes materiales y colores, la obra de Pulido se levanta como vestigio barroco que devela nuestro propio mestizaje iberoamericano. “El uso de pan de oro, repertorio que convive con el tallado o pintado de patrones precolombinos, […] distintos colores, distintas superficies, distintos materiales, distintos procedimientos, distintas formas que configuran, en suma, un ‘mestizaje’ deliberado”, dice el artista.

Sin embargo, Pulido no sólo apela a estas relaciones en su obra, sino que también busca evidenciar lo procesual e improvisado, y la magia alquímica que se produce en la mezcla de materiales y técnicas. Es así como la maquetería (arquitectura), la historia del arte (collage, abstracción, arte en América Latina), el mundo de la simulación (trompe-l’oeil), e incluso el bricolaje (manualidades, trabajos escolares, arreglos caseros) confluyen en una obra frágil y juguetona.

Compartimos aquí un Manifiesto que fue especialmente escrito por el artista para la muestra Hechizo, que permanecerá abierta hasta el próximo 18 de abril.

Gerardo Pulido, Serie Embelecos (a Rafael Garay), 2018. Trozos de madera de balsa, lijados, tallados y adheridos con cola fría y pegamento de contacto transparente (dos piezas encajadas: una de ellas apernada al muro); lámina de oro artificial, óleo, barniz, esmalte de uñas, pintura acrílica y en aerosol, entre otras, sumando vidrio en polvo, vidrio líquido y pasta de retape en algunos sectores. Dimensiones variables. Foto: Sebastián Mejía

PRÉDICAS AL AIRE

Por Gerardo Pulido

– He aquí mis cosas: una mezcla de maquetas arquitectónicas (de edificaciones al estilo de Freddy Mamani), juguetes supersónicos (o Transformers, quizás), repostería de utilería (de alguna vitrina comercial) y otros componentes. No son, en rigor, ideas, aunque intenten encarnarlas. No se esfuerzan en explicarse sino en mostrarse. Pensar en arte, en mi caso, implica ante todo fabricarlo, sin esmerarme por igualar mis actos con lo que predico, ni siquiera buscando una especial inconsecuencia al respecto. Pero no hay duda: deshacerme del lenguaje (verbal) es imposible, me desborda como nos desbordan las principales invenciones humanas. Yo casi escupo las palabras; son dardos desesperados por salir y dar en el blanco. De este modo, inevitablemente hablo de más, teniendo la esperanza —aunque sea— de rozar lo que hago.

– Imito casi todo oficio que ejecuto, siendo un eterno aficionado. Un eterno aficionado de la escritura y, por suspuesto, del arte. Juego también a ser carpintero, manipulando una madera insólitamente maleable (madera de balsa), y mis objetos resultantes tienen un dejo colonial, solo un dejo, porque no sé en rigor cómo dorar o esgrafiar a la vieja usanza. El asunto es que si hago obras, las hago a medias. Serían bocetos, arte de maqueta. Un pasatiempo, aunque asumido con tal entrega que superaría al compromiso exigido en muchas profesiones: paso mañanas y tardes enteras simulando maderas, pintando marmolados, copiando patrones precolombinos y virreinales, convenciéndome por momentos que intercambio unas “manualidades” por la obligación de hacer arte, un hobby por una carrera, la descarnada carrera artística. Al final, mi especialidad no es nada más que mi trabajo, el cual resulta particularmente imitativo al asemejar una afición, y viceversa (el amateur imita al experto). Quizás, detrás de esto hay bastante resignación, en el entendido que todos atinamos a realizar inquietamente cosas antes de que nos llegue la hora.

– Mi trabajo es artesanal. Como típicamente ocurre con una artesanía, mis Embelecos, Pictogramas o Pinturas de castas nacen de entregarse al cuerpo a través de una herramienta y un material. Al construirlos, el cuerpo hace de herramienta principal y, en cierto sentido, se convierte también en un material, al hurgar en lo sensual, al refugiarse allí. Propicician abandonarse en los ojos, en los dedos, en un mirar tocando, en un tocar mirando, volviendo una y otra vez a ese segundo cuerpo (madera transformada, por ejemplo) para luego apartarse y representar la percepción de un tercero: el espectador. Mirando como él, si eso fuera posible. Por lo mismo, me desconcierta cuando se ataca la gestualidad pictórica, supuesta apología del genio creador, ya que remite de manera importante a la impericia, al rudimento de la escritura, al garabato, o sea, hay algo tan liberador como democrático en ella. Yo no tengo dudas: lo hecho a mano es el ejemplo mismo de la empatía, interpela con intensidad al cuerpo de quien mira, tocándolo o casi [1].

Gerardo Pulido, Serie Embelecos (a Rafael Garay), 2018. Trozos de madera de balsa, lijados, tallados y adheridos con cola fría y pegamento de contacto transparente (dos piezas encajadas: una de ellas apernada al muro); lámina de oro artificial, óleo, barniz, esmalte de uñas, pintura acrílica y en aerosol, entre otras, sumando vidrio en polvo, vidrio líquido y pasta de retape en algunos sectores. Dimensiones variables. Foto: Sebastián Mejía

– Soy una especie de Geppetto que fabrica utensilios infructuosos, muebles desvariados, esculturas y cuadros de juguete para estimular y simultáneamente retar al espectador. Pero lo lúdico de estos objetos no solo está en lo que parecen o en lo que provocan, sino también en cómo los hago o, mejor dicho, en cómo se hacen (pues, a la larga, ellos juegan conmigo). Mi ejercicio de pintar, de “esculpir”, es como un deporte de salón, que se vuelve ajetreado por momentos. Una pincelada mía, por ejemplo, se parecería a un golpe de ping-pong tras un saque, pues muchas veces intento responder a una situación cambiante (obra) de manera rápida, alertándome de mis recursos: qué conozco, qué sé hacer, qué puedo hacer. Si bien resulta fundamental guiarse por las reglas involucradas en todo juego, cambio algunas en la marcha (un juego complejo y completo sería el que incluye la excepción a su propia ley). La trampa no radica en esto sino en participar del juego del arte mientras se niega estar involucrado o, simplemente, radica en negar el fuerte componente lúdico de lo artístico. Quien tenga ese descaro sería un aguafiestas, en términos de Johan Huizinga. Alguien que solo quiere adueñarse del tablero.

– Lo multimedial es uno de los divertimentos del arte actual y del perfil dominante del artista contemporáneo: performer-videista-instalador-escultor-fotógrafo-pintor-grabador-etc. Yo no he podido escapar a esta tendencia, en parte porque desconfío del purismo (incluso del purismo de lo impuro que el mentado perfil parece encarnar). La “medialidad mixta” de mis pinturas-esculturas desemboca en la corriente oficial del arte contemporáneo. Pero mis trabajos eluden tales aguas cuando reconocen descender de un trauma histórico: la turbulenta época en que la palabra “arte” fue impuesta en América. Creencia europea, la del arte, profesada en nuestro continente de manera corrompida o adulterada, que lleva a pensar en el mestizaje con que suele identificarse a Latinoamérica. Yo entrelazo patrones precolombinos y barrocos, por ejemplo, o cruzo el trompe l’oeil con la abstracción, mixturas que recuerdan el choque de “imágenes miméticas” venidas del Viejo Continente con las geométricas asentadas en la América prehispánica. Así encaro mi raíz mestiza, vale decir, concitando ese revoltijo en mi trabajo, reivindicando la mezcla.

– Hago policromías del siglo XXI, herederas lejanas y excéntricas de las vírgenes y los santos de la época colonial en América. Los resabios de culto de mis “ídolos” pintados (o “policromías paganas” o “retablos abstractos”, o como se les quiera llamar), de haberlos, no tendrían rumbo. Serían ánimas en pena, entre un régimen del más acá y otro del más allá, si puedo decirlo así. Ni materialismo, ni espiritualismo, ni indigenismo, ni colonialismo, ni siquiera sincretismo pues no hay mayor conciliación; ni lo uno ni lo otro es proclamado en exclusivo por mis objetos. Indefinición y heterodoxia que guardan relación con mi “esquizofrenia técnica”, oscilante entre dos impulsos básicos, uno de suma y otro de resta: las técnicas sustractivas como ahuecar, tallar, pulir, limpiar, están posiblemente movidas por desentrañar algo, y las aditivas, como sobreponer, ensamblar, cubrir y barnizar, buscan incrementar u ocultar el misterio de ese algo. De algún modo, al escarbar la masa del material y al trabajar en paralelo su superficie, me veo atraído tanto por la consistencia del mundo como por su cobertura.

Gerardo Pulido, Serie Pinturas de castas (a P. D.), 2018. Trozos de madera de balsa, lijados, tallados y adheridos con cola fría y pegamento de contacto transparente; lámina de oro artificial, óleo, barniz, esmalte de uñas, pintura acrílica y en aerosol, entre otras, sumando vidrio en polvo y vidrio líquido en algunos sectores. Dimensiones variables. Foto: Sebastián Mejía

– Lo fragmentario de mis trabajos no oculta una simultánea intención de unidad. Busco producir una mínima fraternidad entre las partes, sin disimular el conflicto o desajuste entre una zona pintada y sectores sin cubrir, un acabado prolijo y otro abocetado, una curva y una recta, una lata de bebida y un palo de maqueta, etc. Si la innovación artística implica una ruptura que finalmente constituye violencia, solo compongo algo mostrando la faena que implica componer. “Toda forma precisa es un asesinato de otras versiones”, anotaba Carl Einstein. Este escritor fue cercano a Picasso, mandamás de “pintores carniceros” del siglo XX como Cézanne, Pollock (o Jack the Dripper), Frank Stella y tantos otros que, con más o menos violencia, despedazaron al cuadro. Yo debo reconocer que soy menos innovador que agresivo, de manera reprimida al igual que la mayoría de la gente (la famosa pulsión de muerte de todo sujeto, consignada por Freud). En suma, mi violencia la encubre el disfraz de arte que lleva mi trabajo, haciéndome pasar por artista contemporáneo.

– Soy un maquillador extraviado, un embalsamador frustrado o, mejor dicho, un tanatopractor, esto es, un preparador de cadáveres. Corto y ensamblo fragmentos para un potencial Frankestein, y pinto para esconder —aunque a veces resalto— no sólo las suturas de mis criaturas sino la misma superficie. Decoro estas mutilaciones, embelleciéndolas con distintas pieles, estucos, brillos y con el infaltable barniz de uñas (que intercalo con pan de oro, óleo, acrílico, pintura espolvoreada con vidrio molido, por mencionar), repintando una y otra vez lo ya pintado, como poniendo rouge a una capa de colorete y luego insistiendo con rímel. Exceso patético o exceso de lo patético, invocando toda la ambivalencia de la palabra, que se hunde en el phatos, en algo tan sombrío como conmovedor.

– Deben existir pocas cosas más cosméticas que la pintura. No obstante, hay pintores que omiten o bien rechazan la superficialidad inherente de su oficio. Ellos y otros no parecen reparar en que la palabra “cosmética” tiene la misma raíz etimológica que “cosmos” (kosmos). Es más, tras la apariencia habría otras capas o todo lo tangible constituye, de cierta manera, una superposición de distintos estratos; las capas de los extremos parecen incluso tocarse, como muestran las similitudes de algunas fotografías microscópicas con otras telescópicas. Un día en que simulaba el veteado de una madera (de pino) recordé la superficie de Saturno, así como la tierra observada desde el espacio se me apareció, por así decir, indeleble al representar el mármol azul y la lapizlázuli. Suelo pintar un fondo tan hondo como una fachada, enchulo mis objetos porque temo que nunca será suficiente, porque no consuela dar vuelta el guante, dar con el revés. Porque, tal vez, solo cabe postergar la decepción.

– Mucho del arte contemporáneo es arte de la superficie, aunque sin ahondar en ella. Más bien, se dedica a la auto-promoción, al ego, a la selfie. Confieso que, de hecho, ocupo Instagram. Pese a esto, quiero creer que mi trabajo no exalta un “yo” (aunque inevitablemente lo incluya), que mis gustos y deseos importan poco en lo que hago. Incluso prefiero ser un intérprete de mi obra (y sus circunstancias) más que un creador. En tiempos de una emisión compulsiva de fotografías en internet, casi nadie quiere ceder su porción conquistada de celebridad, por mínima que sea, y una obra, sustituida por su reproducción en una pantalla, emerge para ser ojeada y desaparecer de inmediato tras la imagen siguiente. Arte reemplazado por su espejismo, fotos de bolsillo y marketing del yo; este podría ser uno de los tantos rasgos de la llamada “era de la imagen”, donde paradojalmente escasea el ojo dedicado. Quizás estoy mal, debiese tomar palco de manera definitiva, convirtiéndome en un espectador irredimible. De momento, continuaré aferrado a mi balsa, a mis obras de madera de balsa, dejándome llevar por la corriente. Aquí, en el fin del mundo, aguantaré la indomable promoción de “autores visuales” que también incentivo, buscando punzar alguna mirada al son de gritar, a los cuatro vientos, que sigo la voluntad de mi trabajo, no la mía.

[1] Agradezco a José Manuel Simián esta interpretación de mi trabajo.