Por Paola Santoscoy, curadora

En los últimos años, el trabajo de Héctor Zamora (Ciudad de México, 1974) se ha caracterizado por centrarse en acciones que involucran la participación de personas: situaciones pensadas para suceder en contextos específicos, desde museos y galerías hasta espacios públicos, en donde cuerpo y materia generan momentos escultóricos efímeros que la mayoría de las veces devienen instalaciones. Sus obras ponen de manifiesto cuestiones ligadas al sitio, con todas las implicaciones sociales, políticas e históricas que esto trae. Las estrategias performáticas, aunadas a la plasticidad de sus trabajos meramente escultóricos, consiguen una acumulación de energía de diversas intensidades que activan discursos formales y conceptuales desde la idea del arte como acontecimiento.

La acción ocurre durante la inauguración y consiste en un conjunto de vasijas de barro crudo colocadas en el piso de la galería, alrededor del cual toman posición varias mujeres vestidas de negro que, una vez iniciado el performance, caminan a diferentes ritmos por encima de las vasijas, deformándolas paso a paso, exprimiendo el aire que contienen, transformando con el peso de su cuerpo el paisaje de terracota que llena el espacio casi por completo.

Movimientos emisores de existencia surge a partir de una fascinación por la figura icónica de la mujer cargando una vasija sobre la cabeza para transportar agua o alimentos, que después se desdobla en múltiples posibilidades de transportar casi cualquier cosa sobre la cabeza en una perfección ergonómica que resulta sumamente eficiente, elegante y sensual. Zamora lleva varios años coleccionando un sinfín de imágenes de personas provenientes de diferentes épocas y regiones del mundo cargando algo en la cabeza, como una manera de insistir desde la imagen en una indagación alrededor de la carga y la fortaleza que esto representa. Tratándose de una tarea asignada históricamente a las mujeres en diversas culturas, la figura femenina se vuelve el foco de esta acción en la que Zamora trastoca el orden de las cosas para colocar la vasija no sobre la cabeza, sino a los pies de estas mujeres. Al invertir la ecuación, lo que ocurre después es la creación de un ‘espacio en común’ que apunta a la noción de una colectividad como posibilidad, más no como algo dado.

Héctor Zamora, Movimientos emisores de existencia, acción realizada en Labor, Ciudad de México, 2019. Foto: Ramiro Chaves. Cortesía de Labor y el artista
Héctor Zamora, Movimientos emisores de existencia, acción realizada en Labor, Ciudad de México, 2019. Foto: Ramiro Chaves. Cortesía de Labor y el artista
Héctor Zamora, Movimientos emisores de existencia, acción realizada en Labor, Ciudad de México, 2019. Foto: Ramiro Chaves. Cortesía de Labor y el artista

Este tipo de vasija de barro es uno que se utiliza en varias culturas, no solamente la occidental con las hydraie en la Antigua Grecia –que probablemente sea ésta una de las más emblemáticas para la historia del arte–, pero sus formas encuentran ecos en una multiplicidad de lugares, incluido México. En varias regiones del país pueden encontrarse estas vasijas en diferentes tonalidades y tipos de barro, y la tradición de cargarlas en la cabeza es la misma. Se trata de un objeto sumamente culturizado y que está muy presente en el imaginario, de tal modo que su maleabilidad dentro de esta situación o mejor dicho su disposición para ser transformado opera a un nivel simbólico. La rigidez de la terracota quemada se torna flexible mediante las pisadas de estas mujeres que dejan nuevas formas a su paso, que ejercen su peso y la libertad de decidir con cuánta fuerza pisan e inclusive participan de una suerte de catarsis lúdica en conjunto. Desde la perspectiva de su función utilitaria las vasijas sirven para portar algo. Llevadas por mujeres en la cabeza, con esmero para que éstas no se caigan, son como úteros destinados a una sexualidad funcional, reproductiva. El acto de pisar estas vasijas es la expresión de una voluntad de poder que se hace presente por medio de un movimiento orgánico que las transforma en vulvas, simbolizando una toma de control, una reivindicación del placer, de una sexualidad libre. Las recientes manifestaciones de La marea verde como algo que de generación en generación va moldeando un presente sin patriarcado resuena en esta interpretación. Sin embargo, esta no es la única interpretación. Esta obra se afirma desde la pregunta, no desde las respuestas. ¿Quiénes son estas mujeres?

Una característica fundamental de las acciones que diseña Zamora es el elemento de la pérdida de control al dejar que la obra se desarrolle orgánicamente, como un sistema abierto. Aún cuando el artista da instrucciones precisas, hay una parte de estas acciones que no dependen de él enteramente sino de los deseos e involucramiento de cada persona que aporta su energía participando de ella y construyéndola. De este modo, las piezas de Zamora abren espacios para múltiples interpretaciones al tiempo que lanzan muy claramente una provocación que toca temas urgentes y muchas veces espinosos. La suya es una visión de la función social del arte que combina lo lúdico con el pensamiento crítico. En este sentido, la naturaleza política de Movimientos emisores de existencia radica no en su contenido sino en su capacidad de ‘ser política’, es decir, de intervenir en la lógica de lo cotidiano, de las convenciones, de la tradición, del patriarcado, de lo que asumimos como inmutable: de intervenir en la distribución de los roles en una comunidad y de las formas de exclusión que operan dentro de ésta, diría Jacques Rancière.

Héctor Zamora, Movimientos emisores de existencia, acción realizada en Labor, Ciudad de México, 2019. Foto: Ramiro Chaves. Cortesía de Labor y el artista

HÉCTOR ZAMORA: MOVIMIENTOS EMISORES DE EXISTENCIA

Labor, Gral. Francisco Ramírez 5, Ampliación Daniel Garza, Daniel Garza, Ciudad de México

Hasta el 16 de marzo de 2019