Un trío de cajas sobredimensionadas de pastillas (analgésicos y antidepresivos) se dedican entre sí canciones de amor y despecho. Dos tiernas píldoras de peluche se toman la mano y escuchan. Ocupan la galería (bis) | oficina de proyectos, y son obra de Gabriel Mejía Abad (Medellín, Colombia, 1978), quien divide su tiempo entre la práctica artística, la gestión curatorial y editorial, y la producción literaria.

“Utilizo las cajas de pastillas porque hacen parte de una cotidianidad tan profundamente silenciosa y pequeña que no pareciera esconder el germen de una tragedia”, dice Mejía Abad, cuya obra indaga en la comprensión de la propaganda en sus formas más sutiles y a su vez más efectivas. En su producción escultórica emplea objetos domésticos, cotidianos y hasta triviales, que “se pueden encontrar en cualquier casa de clase media”, aparentemente inofensivos pero inquietantes también por su supuesta incapacidad de producir significación.

Cuando aún era un estudiante universitario, Mejía Abad fue uno de los miembros fundadores de El Bodegón (2005-2009) que, 10 años después de su disolución, es aún recordado como una suerte de paradigma colombiano de los espacios independientes, previo a la posterior efervescencia de estos espacios en la década del 2010. En 2011 cofunda MIAMI, espacio independiente en el que se involucra hasta 2015.

Ha publicado varios libros, escrito en revistas como Vice, Sablazo y Arcadia, y colaborado en publicaciones independientes como Matera, Sobre el fracaso y Tropical Porn, entre muchas otras. En la actualidad es director y editor de la editorial Salvaje.

Compartimos un texto íntimo y lleno de complicidades de Víctor Albarracín Llanos, escritor, curador y artista visual colombiano, en torno a esta última exposición de Mejía Abad, titulada Hasta que te conocí.

Gabriel Mejía Abad, Lyrica y Tramadol (2019), tela, ojos de plástico, relleno; dos piezas de 30 x 12 x 12 cm c/u. Foto: Lina Rodríguez Vásquez. Cortesía: (bis) | oficina de proyectos, Cali, Colombia

Dignos y viejos

Conocí a Gabriel Mejía hace 18 años. Eso quiere decir que, si nuestra amistad fuera un hijo, ya sería mayor de edad. De Gabriel fui profesor, compañero de fiestas, de proyectos, de fundar espacios artísticos, de tocar en bandas de rock bastante desiguales y, en general, de hacer estupideces que terminaron siendo importantes en la vida cuando se miran retrospectivamente. Con Gabriel hemos caminado –si es que la locomoción en ese “estado de alicoramiento”, como dice la gente a la que le da pena decir “caído de la perra”, puede ser llamada “caminar”– de noche por calles poco recomendables del centro de Bogotá, cargando fajos de billetes con los que, habiendo podido decidir quedarnos a dormir en un hotel de lujo, terminamos compartiendo una cama en un motel de malísima muerte, de paredes mohosas, de corazones escritos a cuchillo, de pelos, no cabellos, en la almohada sucia, y de manchas brillantes en la pared verde que solo podían ser de semen, todo esto justo en frente de la universidad en la que él estudiaba y yo era profesor. Hemos caminado a través de muchas historias, y si bien otras, entre cientos, podrían ser más amables, esta ocupa un lugar especial en mi memoria porque me hace pensar que, al juntarnos, Gabriel y yo, fuimos jóvenes.

No jóvenes como el hijo millennial que habría salido de nuestra amistad, y que hoy sería sensible, correcto y guerrero de causas nobles. No. Digo jóvenes como un par de hijueputicas que se sentían el centro de un mundo que fueron construyendo a su medida y que hoy, de alguna manera, es parte del relato oficial de la escena artística en Bogotá. Digo jóvenes en el sentido en que nada importaba, en que estábamos dichosos de la fiesta, de la destrucción de todo y, sobre todo, de cada oportunidad de autosabotaje que se nos ponía por delante.

Cuando uno escribe un texto de esta naturaleza sobre alguien, sobre el pasado con alguien, sobre el pasado pasado, pasadísimo, con alguien, es porque uno está viejo.

Ahora Gabriel sufre de la espalda, se ha ido volviendo una especie de ermitaño que encuentra en su casa el paraíso cuando la industria del espectáculo, en la que ha trabajado por años en cosas como ser actor de propagandas, modelo de vallas y de empaques de productos, productor, director de arte y protagonista de largometrajes nacionales, lo deja. El Gabriel de hoy sufre porque le salió papada, porque le aquejan el lumbago, la depresión o la ansiedad, así como a mí me flagelan males insospechados hace años y vergonzosos hoy, a pesar de que mis 50 están a la vuelta del quinquenio y puedo decir cómodamente que ya estoy viejo, que ya estamos viejos. El Gabriel de hoy hace pilates, se emborracha muchísimo menos, lleva una vida que intenta hacer plácida y en la que el amor, hacer canciones, escribir y entregarse a la vida en pareja lo ayudan a no hundirse, así como a mí las matas de mi casa, mis animales, y el repetirme que el amor está sobrevalorado y que se puede vivir tranquilamente en la soledad, me dan fuerza para no tirarme por la ventana al final de cada día.

En un momento de la vida cambiamos al jíbaro por el farmaceuta. Yo, tomando medicinas biológicas carísimas y él, automedicándose con fluoxetina, tramadol y pregabalina, fármacos que, para decirlo sin ambigüedades, parecen ayudar, pero enganchan y pueden matar más que una sobredosis de perico o un chute mal calculado. Viéndolo de esa manera, me gustaría pensar que en la ruleta rusa de la autoprescripción hay una huella de esa adrenalina de la juventud, una voluntad de afirmarse en la irrelevancia de la preservación y, por qué no, un deseo de innovar en la culinaria de la dependencia.

Las piezas que Gabriel Mejía presenta en esta exposición funcionan a manera de monolitos parlantes, de alarmas y de campanas de iglesia que traen la enfermedad y el remedio bien empaquetados, que nos recuerdan que ya no somos jóvenes, que Juan Gabriel es mejor que la mejor de las nuevas banditas juveniles, que la tristeza y el desengaño prevalecen ante toda posibilidad de perreo y que no es la enfermedad, sino la manera en la que nos resistimos a ella, cantándole con dulzura a lo más doloroso de la vida, lo que nos permite seguir, dignos y viejos.

Vista de la exposición “Hasta que te conocí”, de Gabriel Mejía Abad, en (bis) | oficina de proyectos, Cali. De izquierda a derecha: Amiga (2019); Siempre en mi mente (2019); Amores como el nuestro (2019). Foto: Lina Rodríguez Vásquez. Cortesía: (bis) | oficina de proyectos, Cali, Colombia

GABRIEL MEJÍA ABAD: HASTA QUE TE CONOCÍ

(bis) | oficina de proyectos, Cali, Colombia

Del 7 de febrero al 22 de marzo de 2019

Imagen destacada: Vista de la exposición Hasta que te conocí, de Gabriel Mejía Abad, en (bis) | oficina de proyectos, Cali. De izquierda a derecha: Lyrica y Tramadol (2019); Amiga (2019); Siempre en mi mente (2019); Amores como el nuestro (2019). Foto: Lina Rodríguez Vásquez. Cortesía: (bis) | oficina de proyectos, Cali, Colombia

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Víctor Albarracín Llanos

Escritor, curador y artista visual, con título de MFA en Práctica Pública del Otis College of Art and Design. Actualmente es Director Artístico de Lugar A Dudas. Adelantó estudios de cine y televisión que nunca ha puesto en práctica. Para sobrevivir ha sido librero (Exopotamia, en Bogotá), artista sin obra, docente universitario (Tadeo, Javeriana, Nacional, Distrital, en Bogotá), mal cantante de bandas de rock (Cerón, Chikas Aguila, Los Polvos, Don/Nadie), columnista (Arcadia), traductor, corrector de estilo y diseñador. Para no sobrevivir ha sido miembro de colectivos (Pornomiseria, The Modern MamBoys, Entertainment Parks of Columbia) y espacios independientes en Bogotá (El Bodegón), dibujante ocasional, escritor de diarios (thathappyfeeling.blogspot.com) y alborotador.

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