Con un volumen estimado de 300.000 recursos, el acervo ​de la Fundación Espigas es el más amplio archivo de arte argentino y latinoamericano en la actualidad. Desde el inicio de sus actividades en 1993 como organización sin fines de lucro, Espigas ha preservado libros y documentos fundamentales de la historia del arte y ha posibilitado su consulta -a través de las bases de datos y el servicio de digitalización- a historiadores, críticos, periodistas, investigadores, anticuarios, coleccionistas, estudiantes especializados, instituciones públicas y privadas, así como también a público en general.

Recientemente, el acervo de Fundación Espigas ha sido incorporado al Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural / Tarea, pasando así al cuidado de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), y conformando el nuevo Centro de Estudios Espigas, que acaba de abrir en un edificio reacondicionado ubicado en el barrio de San Telmo de Buenos Aires.

Conversamos con Agustín Diez Fischer, Doctor en Historia y Teoría de las Artes, quien como Director de Espigas tiene la labor de definir la política archivística, coordinar las actividades públicas y definir los lineamientos editoriales y de investigación.

Material del archivo del Centro de Estudios Espigas, Buenos Aires. Foto: Pablo Carrera Oser
Material del archivo del Centro de Estudios Espigas, Buenos Aires. Foto: Pablo Carrera Oser

Ignacio Szmulewicz (IS): Me encantaría comenzar esta entrevista haciendo un repaso comparado. La Fundación Espigas y el Centro de Documentación de las Artes Visuales (CEDOC), en Chile, han pasado por procesos similares en los últimos dos años: transiciones que los han dejado en un lugar más público a nivel institucional y con una visión distinta. Para entrar en ese tema, me parece necesaria tu mirada sobre el pasado. Cuéntame cómo percibías Espigas antes de ser Director y cómo lo percibes ahora.

Agustín Diez Fischer (ADF): Mi incorporación coincide –y forma parte– de un cambio institucional muy grande en la historia de Espigas. Esa transformación se inicia con un acuerdo de cooperación firmado a finales del año 2012 entre el Instituto de Investigaciones sobre el Patrimonio Cultural / Tarea, de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), y la Fundación Espigas. A comienzos de 2017, esa colaboración se profundiza con la creación del Centro de Estudios Espigas, institución que pertenece al IIPC/Tarea y que recibe en comodato todo el acervo que la Fundación reunió a lo largo de sus 25 años de existencia.

De este modo, así como en 1993 Espigas fue pionera creando una institución dedicada a conservar la memoria material del arte argentino y latinoamericano, ahora vuelve a innovar asociándose a una Universidad Nacional, específicamente vinculándose al Centro Espigas que dirijo. Se trata de un evento inédito en la historia institucional argentina: un archivo dedicado al arte es sostenido gracias al aporte de una institución pública y una fundación financiada por privados, fundamentalmente por un conjunto de socios que está integrado por instituciones, galeristas, coleccionistas y hasta por estudiantes de historia del arte.

IS: Tengo una enorme curiosidad por saber cómo fue el enorme proceso de transición por el que vivió Espigas. Cómo lo enfrentaron, qué complejidades tuvo, qué desafíos y cuáles fueron sus logros.

ADF: El proceso es fabuloso porque implica muchísimos desafíos. Uno central es la comunicación. Por ejemplo, a nivel interno era importante encontrar los mecanismos para lograr una colaboración fluida entre dos instituciones completamente independientes –una Universidad Nacional y una Fundación–. Era importante que esa cooperación fuera productiva y no competitiva y tuvimos la gran suerte de encontrar personas muy dispuestas a que esto suceda, desde el rector Carlos Greco y el presidente de la Fundación Mauro Herlitzka hasta cada uno de los miembros del IIPC/Tarea y del board de Espigas.

El segundo desafío comunicacional es mucho más amplio y diría que es una tarea constante, un desafío que imagino es compartido también por el CEDOC. Específicamente me refiero a una dimensión que podríamos llamar pedagógica: aportar al conocimiento de la importancia de los archivos y de las múltiples dimensiones que implica una institución de este tipo. Por ejemplo, al contrario de la concepción general que ve al archivo como un lugar detenido en el tiempo, un centro de documentación es un espacio de un dinamismo absoluto que supone altísima tecnología –en bases de datos, digitalización, etc.–, personal muy capacitado, condiciones específicas de conservación, de accesibilidad y de preservación. Esa dimensión pedagógica se extiende también a convertir al archivo en un espacio para experimentar nuevas lecturas y abordajes sobre la fabulosa historia material de la documentación del arte latinoamericano.

Una de las nuevas salas del Centro de Estudios Espigas, en Buenos Aires. Cortesía: Centro de Estudios Espigas

IS: Cuando empezamos a planificar la transición del CEDOC tuvimos grandes jornadas reflexivas respecto de la nueva misión/visión, con el equipo interno, con profesionales externos, nacionales e internacionales. Todos nos fueron entregando diferentes inputs que sirvieron al CEDOC que tenemos hoy en el Centro Nacional de Arte Contemporáneo de Cerrillos (CNAC). Entre los aspectos más interesantes fue la reflexión sobre la nueva arquitectura, en términos espaciales, pero a su vez en términos conceptuales, es decir, de orgánica de trabajo. Cuéntame cómo visualizaron el espacio y cómo se está comportando hoy día, qué tipo de redes se establecieron y cómo las habitan los usuarios.

ADF: Para nosotros, esos desafíos son completamente centrales. En primer lugar, por un convenio con la Ciudad de Buenos Aires, conseguimos una nueva sede a pocas cuadras de la Plaza de Mayo, en pleno centro. Ganamos así comodidad para los investigadores locales y para los extranjeros que vienen a consultar el archivo. Además, se trata de un edificio que puede resistir el peso –literal– que generan los más de 300 mil documentos que tiene Espigas.

A partir de allí, comenzamos a diseñar los espacios de consulta con una nueva sala de referencia completamente renovada, incorporamos nuevas tecnologías para digitalización y guarda y hasta una sala de conferencias y exhibiciones. Todo esto se logró gracias al apoyo de la Universidad, financiamientos públicos a través del Fondo Nacional de las Artes, el Programa Mecenazgo o el Fondo Metropolitano y el constante aporte de los miembros del Consejo de Espigas.

Cada uno de estos cambios estuvo precedido de consultas con especialistas en conservación y archivo para la organización y accesibilidad de los documentos. Era necesario mejorar las condiciones de consulta, desde sillas cómodas para los investigadores hasta espacios de descanso. En ese sentido, el nuevo edificio implicó repensar todas las dinámicas no sólo de consulta sino de trabajo general del personal.

Nuestro desafío más inmediato, en este momento, es la instalación de un laboratorio de papel en la nueva sede de Espigas. Esto se está llevando a cabo a través de aportes privados, el Fondo Metropolitano y con el apoyo del IIPC/Tarea. Será una innovación fundamental para nosotros y creo que generará una dinámica que modificará en gran medida los procesos dentro del archivo.

IS: Entremos en materia específica. Desde que el CEDOC se creó el año 2005, en conjunto con otros importantes cambios editoriales e institucionales, ha sido uno de los actores más relevantes en la actualización del campo disciplinar de la historia del arte. Hoy, 13 años después, el campo es nutrido, diverso e internacional. Cuéntame cómo ha cambiado la historia del arte en la Argentina, y cómo visualizas el rol de Espigas en ese fortalecimiento.

ADF: Históricamente, Espigas se enmarca dentro de un proceso de emergencia de la historia social en la Argentina y de la multiplicación de investigaciones centradas en trabajos de archivo que se dieron desde comienzos de los años 90. Ese proceso significó una renovación disciplinar en la historia del arte argentino y latinoamericano absolutamente radical, con trabajos como los de Laura Malosetti Costa, Andrea Giunta, Ana Longoni, Marta Penhos, sólo por mencionar algunos nombres en el ámbito local argentino, entre tantos otros. Pienso también en Marcelo Pacheco o Patricia Artundo, que tuvieron un rol fundamental en la primera etapa de la Fundación. En ese contexto, Espigas cumple un rol clave porque la relectura de los archivos es un elemento central para la desarticulación y el cuestionamiento de miradas canónicas de la historia del arte, repensando procesos y planteando nuevas lecturas sobre los fenómenos culturales.

En ese sentido, es interesante pensar los archivos, tanto Espigas como el CEDOC, como facilitadores. Si Espigas funciona bien, si los archivos están inventariados, si los documentos están correctamente cargados en las bases, todo eso simplifica cada exposición, cada investigación o publicación que se realice. El trabajo se hace más rápido y mejor, posibilitando la creación de nuevas lecturas y miradas sobre la historia del arte que van más allá de la infinita repetición de las mismas interpretaciones, reiteradas hasta el cansancio. Un canon no necesita un archivo, sólo se funda en la insistencia constante sobre su propio discurso.

Revista Arturo. Material del archivo del Centro de Estudios Espigas, Buenos Aires.
Material del archivo del Centro de Estudios Espigas, Buenos Aires. Foto: Pablo Carrera Oser

IS: Pensemos ahora en el futuro, ¿cómo visualizas Espigas de aquí a diez años? ¿Cuál es su rol en el escenario latinoamericano? Hemos hablado de cruces y vínculos, colaboraciones como las que han generado con la Universidad Alberto Hurtado acá en Chile pueden ser sumamente nutritivas a nivel institucional. A su vez, importantes muestras y proyectos internacionales han permitido una relectura de Latinoamérica, siendo el rol de los archivos cruciales. Pienso en el ICAA, en Perder la forma humana, o en Radical Women.

ADF: Los casos que mencionas son fantásticos y pienso, por ejemplo, en el caso del ICAA, cómo la preexistencia de instituciones como Espigas ayudó a proyectos que fueron tan importantes para la accesibilidad de documentación sobre el arte latinoamericano. Ahora mismo, creo que estamos atravesando un momento interesantísimo donde nuevas investigaciones nos están mostrando de un modo brutal cómo existe una historia del arte que nos era completamente desconocida. Ya sea porque había geografías hacia donde no mirábamos –como nos están mostrando las investigaciones del Museo de Arte de São Paulo (MASP) sobre la cultura afroamericana– o por la exclusión sistemática realizada por una historia fundada en un canon patriarcal –como están demostrando Andrea Giunta, Cecilia Fajardo-Hill o Georgina Gluzman, entre otras–. Es allí donde la pregunta del archivo no es sólo hacia la preservación del pasado sino hacia el futuro, y plantea un desafío político puntual: ¿vamos sólo a preservar y fomentar una historia del arte ya escrita o vamos a ayudar a una nueva forma de relatar la historia? Creo que allí se establece una pregunta radical para un archivo: cómo haremos para que lo que conservamos hoy posibilite en el futuro una historia del arte desde perspectivas que quizá todavía no somos capaces de imaginar en el presente.

El planteo parece un callejón estrecho pero tiene respuestas concretas. Para nosotros, una forma de responder a este desafío está dado por el programa público, diseñado fundamentalmente por Luisa Tomatti, coordinadora general de Espigas. Cada año, las actividades se articularán en función de ejes que pueden ser geográficos o temáticos y que profundicen sobre dimensiones que no se encuentran exploradas desde el archivo. Ese programa público organizará todas las áreas, desde las colecciones que se priorizarán para el inventariado, la incorporación de bibliografía, la realización de cursos o de conferencias. Esos grandes temas que guiarán cada año surgirán de la colaboración y la consulta con historiadores y especialistas, realizando un mapeo de la proyección de la historia por venir.

Otra respuesta a estos desafíos está vinculada a facilitar el acceso y la comunicación entre los archivos, ya sean locales como regionales: la historia del arte del futuro tendrá que profundizar los estudios comparados. Para facilitar la interoperabilidad, Espigas está en un proceso de renovación completa de sus bases de datos, desarrollado por Melina Cavalo, bibliotecóloga especialista en procesos informáticos. Es clave que un investigador pueda acceder fácil a la información para poder establecer cruces entre varios archivos, tanto públicos como privados. Todos los que investigamos conocemos la infinidad de obstáculos –desde económicos, geográficos hasta simples caprichos– que impiden consultar reservorios documentales. Facilitar y profesionalizar la accesibilidad y el diálogo entre archivos de instituciones distintas es una tarea absolutamente central y urgente. Un archivo que no se consulta y no se contrasta con otros reservorios no es un centro de documentación, es un depósito.

IS: De manera muy generosa, desde que nos visitaste el año pasado, hemos generado intercambios a nivel de publicaciones, algunas tan relevantes como la re-edición facsimilar de la revista Arturo. Cuéntame de esta joya y de cómo podemos como archivos y centros de investigación generar relecturas del pasado. Qué mirar y cómo mirarlo se vuelve un asunto crucial y significativo…

ADF: Arturo fue un proyecto dirigido por María Amalia García que significó la edición facsimilar de una revista fundante de las vanguardias concretas y su primera traducción completa al idioma inglés. Espigas tiene una larga tradición en publicaciones desde los años 90, pero este proyecto fue particularmente fascinante porque nos reveló cuánto queda por investigar sobre la materialidad de los documentos de arte, desde sus tecnologías de impresión, sus tintas y colores, tipografía, etc. Se hizo evidente cuán necesario es volver a mirar nuestro acervo desde una historia material.

Las publicaciones no sólo fueron lugares de intercambio de ideas sino de una experimentación material que era una columna medular en su proceso de radicalidad. Es central asumir el compromiso de reconstruir esa historia, especialmente en un momento donde la memoria desaparece a pasos tan agigantados como la misma transformación de las tecnologías. En ese sentido, Arturo fue un proyecto y al mismo tiempo un llamado explícito de atención sobre una historia material que está desapareciendo, una historia todavía a ser contada sobre los documentos de arte en América Latina.

IS: Finalmente, a nivel personal, me produce gran curiosidad saber tu visión del trabajo como director de Espigas. Cuáles son tus desafíos diarios, el rol político y la gestión, cómo vas dejando huella a nivel de investigación. Cómo es el día a día de Agustín Diez en calidad de Director de Espigas.

ADF: Confieso que tenía fuertes preconceptos sobre lo que significaba trabajar en una posición de dirección de una institución de arte. Temía la burocratización de los procesos y el estancamiento personal y profesional. Pero felizmente estaba completamente equivocado. Por el contrario, lo que ocurrió es que se formó un excelente grupo de trabajo capaz de canalizar el entusiasmo y la expectativa de una comunidad artística que estaba esperando ansiosa la reapertura de Espigas. En ese sentido, personalmente, dirigir es un continuo aprendizaje no sólo en gestión sino como historiador; el acervo es un provocador que genera y exige nuevos proyectos y caminos de investigación.

 


Imagen destacada: De izquierda a derecha, Melina Cavalo (directora de Archivos de Espigas), Agustín Diez Fischer (director de Espigas), y Luisa Tomatti (coordinadora de Espigas). Foto: Diego Waldmann.

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Ignacio Szmulewicz

Nace en Chile, en 1986. Es historiador, curador y crítico de arte. Se ha especializado en las áreas de arte moderno y contemporáneo, y arte público chileno y latinoamericano. Ha publicado los libros "Arte, ciudad y esfera pública en Chile" (2015), "El acantilado de la libertad. Antología de crónicas valdivianas" (2015) y "Fuera del cubo blanco: lecturas sobre arte público contemporáneo" (2012). Ha sido curador de las muestras Matadero (2012-2013), Spoilers (2013) y Ciudad H (2014-2015). Actualmente se desempeña como crítico de arte para la revista La Panera.