Una vez al año, la pequeña ciudad de la costa oeste de Suecia, Landskrona, se convierte en una bulliciosa metrópolis de la fotografía contemporánea. Fotografías de autores contemporáneos que llegan desde distintas partes del mundo invaden el entorno urbano, ocupan parques y tiendas y también museos y galerías. Es por efecto del Festival de Fotografía de Landskrona, que se desarrolla en diversos espacios de esa ciudad desde el pasado 28 de junio y hasta comienzos de octubre.

En seis años de operación, este festival se ha validado como un referente para la disciplina en Escandinavia y el norte de Europa, pero también ha expandido su efecto hacia el resto del mundo. Y es que no sólo es un espacio de exhibición, sino de residencias, talleres, conversaciones e intercambios entre fotógrafos y agentes culturales de todo el mundo.

En la actual edición del festival participan más de 120 autores, entre quienes se encuentran nombres importantes, como el sueco Anders Petersen y el español Alberto García-Alix, quienes por cierto colaboran en una exhibición titulada Valparaíso, donde despliegan su mirada sobre esta emblemática ciudad portuaria de Chile.

Anders Petersen, Valparaíso. Cortesía: Festival de Fotografía de Landskrona, Suecia, 2018

Cada versión del Festival de Landskrona está dedicado a un país “periférico”, en el sentido de su difusión cultural. Se trata de poder llevar hasta allá producciones fotográficas que no son suficientemente difundidas y promocionadas a nivel internacional. En pasadas versiones han sido invitados países como Turquía e Irlanda, y en la presente versión invitaron por primera vez a un país latinoamericano: Chile.

“Suecia y Chile tienen mucho en común. Ambos países son geográficamente alargados y están ubicados en el borde de sus respectivos continentes. Desde el golpe que condujo a la dictadura militar en Chile en 1973, las conexiones a nivel humano entre los dos países han sido fuertes. Todavía hay alrededor de 50.000 personas de ascendencia chilena que viven en Suecia. Los lazos culturales y científicos entre ambos países también son sólidos. Al mismo tiempo, hay, por supuesto, grandes diferencias -social, cultural y políticamente-, como lo demuestra la tradición fotográfica de Chile”, se lee sobre esta muestra, titulada View Chile, en el sitio web del festival.

El curador internacional de fotografía, el francés Christian Caujolle, le pidió a Rodrigo Gómez-Rovira -director artístico del Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso (FIFV)- que curara en envío chileno a Landskrona. Gómez-Rovira eligió construir un relato sobre Chile que lo muestre como un país vital, complejo y contradictorio.

En la muestra, que tiene lugar en el Landskrona Museum, participan seis autores de distintas generaciones: Alejandro Olivares, Zaida González, Claudio Pérez, Nicolás Wormull, Mauricio Valenzuela y Julia Toro. A esto se suma la obra del fallecido fotógrafo Sergio Larraín, que es el chileno más reconocido internacionalmente (su contraparte femenina es indudablemente Paz Errázuriz).

Estos fotógrafos integran también un libro mayor que contiene la obra de 33 fotógrafos chilenos relevantes, entre quienes figuran Marcelo Montecino, Alvaro Hoppe, Leonora Vicuña y Jorge Brantmayer, por nombrar algunos. El libro ofrece una cuidada visualidad y fue diseñado en Suecia. En él se contemplan textos de Caujolle y Gómez-Rovira, de Samuel Salgado (historiador y director del Cenfoto de la UDP), y de Catalina Mena, periodista y ensayista de artes visuales, el cual compartimos en este post.

Alejandro Olivares. Cortesía: Festival de Fotografía de Landskrona, Suecia, 2018

TRANSICIÓN

Por Catalina Mena

Chile no es la postal de un paraíso incontaminado, pero tampoco del caótico carnaval tercermundista. No es un símbolo del desarrollo, pero tampoco una estampa del atraso. Es un lugar de contradicción. Y ese es el imaginario que su fotografía escudriña.

Si hubiese una sola imagen: Chile es una franja. Sobre el mapa se dibuja como un país largo y flaco equilibrándose en el borde sur del planeta. Un territorio aislado, de grandes contrastes geográficos. Siempre asolado por terremotos y catástrofes naturales. Es, para la imaginación del mundo, un paisaje poético, pero también político.

En 2020 se cumplirán treinta años desde que este país austral salió de una traumática dictadura militar (1973-1990), época en que la palabra y la mirada estuvieron bajo censura. Hoy, en sus calles –reales y virtuales—las personas dicen y exhiben lo que quieren. Se desbordan en opiniones e imágenes. Se hipertrofian en su expresión.

Aislamiento y conectividad aquí se abrazan. La tecnología escuchó la inquietud isleña y hoy es el país con mayor tasa per cápita de conexión a Internet de Latinoamérica. Como en el resto del mundo, los teléfonos móviles ya son prótesis adheridas al cuerpo de todos los chilenos. Las imágenes, los debates, las noticias, las tendencias internacionales se cuelan en nuestra cotidianidad, entrecruzando lo local con lo global. Vemos y hablamos más. Y más diverso. Pero también más confuso.

Los artistas fotógrafos son quienes traducen sus preguntas a imágenes. A diferencia de la mirada turística –que recoge la superficie lisa y pulida de las cosas-, ellos interrogan visualmente el estado de ánimo que circula por las grietas de la cultura: ejercitan la mirada como desnudamiento crítico. Y los chilenos que hoy ejercen seriamente la práctica fotográfica están revelando las contradicciones de una sociedad que aspira al progreso, pero que sigue lidiando con la pesada resaca de la dictadura. Y es que a pesar de su indiscutible desarrollo democrático y económico -que lo coloca por encima de la mayoría de los países de la región-, aún Chile está montado sobre sus “pendientes”. Aún el Estado sigue rigiéndose por un conjunto de leyes diseñado por el poder militar; cuatro familias concentran el 20% de la riqueza total del país; la clase media está sepultada por el endeudamiento bancario; el conflicto con el pueblo Mapuche se agrava y los niveles de agresión aumentan; la desigualdad social y económica se agudiza escandalosamente; la salud, la educación y la pensión de vejez no están garantizadas; la violencia de género y las históricas desventajas de las mujeres se hacen evidentes; se destapan innumerables abusos sexuales cometidos por representantes de la Iglesia Católica que siguen manejando colegios y universidades.

Puede que esta conciencia de la resaca sea el único síntoma de nuestro desarrollo cultural. Por fin, tras largos años de inercia, estamos comenzando a mirar y nombrar nuestras fracturas. Y han salido a la calle distintos grupos activistas que demandan reivindicaciones sociales (gratuidad en la educación, respeto a las diversidades sexuales, fin del sistema de pensiones y de salud privada, etc.) y que no sólo cuestionan las ideologías y partidos de una democracia neoliberal, sino también la estructura misma del sistema.

Junto con ello, en los últimos años han entrado a escena miles de nuevos inmigrantes latinoamericanos que vienen persiguiendo el “sueño chileno” de una vida mejor. Sueño que, en la mayoría de los casos, se hace añicos a los pocos meses de arribar. Actualmente Chile tiene la más alta tasa de crecimiento anual de inmigración de la región. La mayoría son peruanos, pero últimamente se ha disparado la entrada de colombianos, venezolanos y, sobre todo, haitianos. Muchos viven en la marginalidad, vendieron todo para obtener el dinero que les permitiera llegar a este extremo sur de América y se ven forzados a resistir en el hacinamiento, la discriminación y la pobreza, realizando los trabajos mal pagados que los chilenos desprecian y sin ninguna posibilidad de volver a su país.

Hoy  se mueven por calles, plazas y casas más de 600 mil cuerpos extranjeros que proyectan inéditos colores, formas y gestos. Son movimientos sociales que impactan nuestro imaginario visual: ponen el foco sobre cuerpos y estéticas antes ausentes del espacio público instalando la heterogeneidad. No sólo revelan algo que estaba allí y que ahora se manifiesta, sino también algo nuevo que de pronto se ha infiltrado. Es un fenómeno que perturba a esta insular sociedad chilena, que ha demostrado su miedo y dificultad para convivir con la diferencia.

Chile está en tránsito. La “Transición” (concepto político que se usó hace casi tres décadas para definir el período de negociaciones que permitiría pasar de la dictadura a la democracia) al parecer no ha terminado. Cada tanto, alguna autoridad decreta el fin del proceso, pero rápidamente alguien recuerda lo mucho que falta para ser una “democracia plena”. También se posterga el anhelado arribo al mundo “desarrollado”. Hace poco, un periódico local tituló: “No somos nada: OCDE determina que Chile se graduó del subdesarrollo pero aún no alcanza los niveles de un país desarrollado”.

Quizás esta deriva sirva para pensar la actual escena fotográfica chilena. Imágenes que se debaten entre la denuncia social y la reflexión existencial, entre la lentitud y la rapidez, entre la fisura y el efectismo, entre la resistencia y la seducción, entre el repliegue y el exitismo, entre la crudeza realista y la construcción del artificio: la fotografía chilena contemporánea encarna la convivencia crítica entre distintas políticas de la mirada.

Deliberado recorte visual: toda fotografía, inevitablemente, es política. Pero la fotografía chilena está atravesada por un carácter político suplementario. No sólo porque sintomatiza este estado de Transición, sino también porque es heredera de una tradición viva, encarnada por los fotógrafos que ejercieron –peligrosamente- el oficio en plena dictadura, en los 80, y que aún siguen activos, produciendo obra personal y enseñando a muchos de los jóvenes.

A través de la mirada de los fotógrafos de los 80, Chile fue mirado y emitió al mundo una imagen de sí mismo. Manifestaciones callejeras, represión policial, llanto por los caídos: fueron esas las instantáneas que traspasaron fronteras. Pero la dictadura que pasaba en las calles también allanaba las casas, se metía en los boliches de barrio y, sobre todo, se infiltraba en la propia cabeza. Estos fotógrafos hablaron de una vida y de un sentir que corría entremedio de la brutal contingencia. Mostraron intimidad, silencio, miedo, ironía, precariedad y marginación, en imágenes a veces crudas y desoladas, a veces raras y experimentales, profundamente atravesadas por la subjetividad. Mucho más allá y más acá de su valor documental, la fotografía chilena siempre ha sido una forma de reescritura poética y crítica de la realidad.

Pero, en este proceso de Transición, el país entró en lógicas de acuerdos y negociaciones. Y hasta ahora sigue transando antiguas deudas. El foco se ha diluido y la producción visual se ha dispersado en distintas propuestas. Los nuevos autores que se integraron a la fotografía lo hicieron en una democracia capitalista, cuando ya no había una urgencia social que aunara el pensamiento y el deseo crítico. Han estado más solos, pero tienen muchas más oportunidades para estudiar, viajar y aprender, así como también un acceso inédito a recursos visuales y técnicos que los ochenteros nunca se soñaron.

El mundo se globalizó y otros referentes estéticos y discursivos diversificaron el imaginario chileno. Los fotógrafos más jóvenes hoy miran con cierta perplejidad hacia un mercado global de las imágenes que impone estilos y tendencias pero, al mismo tiempo, exige un plus diferencial. Deben competir –como todos- con el monstruoso estallido de imágenes, empujado por una vertiginosa tecnología que permite que cualquiera produzca, reproduzca y haga circular ilimitadamente fotografías.

A propósito de esta crisis se ha hablado de una post–fotografía (Fontcuberta): un ejercicio de edición de imágenes que circulan por las redes, una práctica de post-producción que tiene excitantes rendimientos conceptuales, pero que significa poner en suspenso radical la figura histórica del fotógrafo. En este clima de incertidumbre, los autores más interesantes de la actual escena chilena –muchos aquí representados- son los que se están preguntando por la salvación de la Fotografía con mayúscula: ellos se agarran de su herencia político-poética para sobrevivir en la pregunta.

Levantamientos de estética popular, escenas de corte antropológico que desentrañan precariedades sociales, crudos registros de vidas adolescentes atravesadas por la violencia y la pobreza en la periferia urbana, comentarios poéticos y a la vez sucios que revelan una existencia íntima marcada por el exilio y las rupturas familiares, naufragios emocionales que se traducen en efectos visuales, montajes iconoclastas que denuncian los lastres del colonialismo latinoamericano, memoriales de las víctimas de la dictadura militar, registros del reciente y explosivo fenómeno inmigratorio…

La fotografía chilena contemporánea que aquí en Landskrona se presenta echa mano de su acervo crítico para reinterpretar y hacer visibles los códigos que configuran su caleidoscópico paisaje físico, social y psíquico. Es una fotografía que habita la interminable Transición: corre deseosa por entre las grietas de promesas incumplidas.

Julia Toro. Cortesía: Festival de Fotografía de Landskrona, Suecia, 2018
Claudio Pérez. Cortesía: Festival de Fotografía de Landskrona, Suecia, 2018
Nicolás Wormull. Cortesía: Festival de Fotografía de Landskrona, Suecia, 2018
Zaida González, Ignacio y Gaspar. Cortesía: Festival de Fotografía de Landskrona, Suecia, 2018

Imagen destacada: Mauricio Valenzuela. Cortesía: Festival de Fotografía de Landskrona, Suecia, 2018