Por Carmen Maria Jaramillo, Sylvia Suárez y María Wills, curadoras

La muestra El Arte de la desobediencia pretende dar una mirada a la emergencia del arte contemporáneo en Colombia a través de la colección del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), con una selección de más de un centenar de obras realizadas entre 1965 y 1984. Dicho periodo estuvo marcado por el quiebre con el modernismo y, con éste, por importantes transformaciones en las prácticas artísticas y los territorios de las artes, que se extendieron para considerar procesos e ideas como obras en sí.

Dos momentos de la historia del Museo abren y cierran el periodo que aborda la muestra: su instalación en la Universidad Nacional (1965) y la celebración del último Salón Atenas (1984). Durante esos años, el Museo fue un epicentro del movimiento artístico del país al conectarse activamente con los Museos de Arte Moderno de Cali, Medellín y Barranquilla, convirtiéndose en una plataforma importante para los artistas colombianos.

En el lapso que aborda la exposición predominó, por un lado, el carácter crecientemente punitivo de una democracia restringida en contraste con la fuerza de una juventud que, constelada con los movimientos culturales mundiales de esos años, no pidió permiso para derribar ídolos y crear un nuevo orden de las cosas.

Las obras que hacen parte de El Arte de la desobediencia acuden a la provocación directa para cuestionar el orden establecido o para transgredir valores que no respondían al cambio que operaba en el mundo a través del humor negro y del juego ‘indisciplinado’. La gráfica, la fotografía y el video se convirtieron en matrices prolíficas para derogar la hegemonía del modernismo y permitieron una conexión sólida y crítica con otros ámbitos de la producción visual, como el diseño, la publicidad, la gráfica popular y los medios de comunicación masiva, especialmente la televisión. Se inició una tendencia hacia las obras no objetuales y el performance. Sin embargo, este horizonte experimental también se manifestó en transformaciones radicales en la práctica de los medios artísticos tradicionales, como la pintura.

Los horizontes creativos de la época crecieron en fuerte vínculo con los espacios de la vida cotidiana en sus dimensiones doméstica, privada y pública. La ciudad, y sobre todo las facetas populares y marginales de lo urbano, emergieron como un núcleo fuerte de experimentación artística y política.

En el ámbito del arte local, la desobediencia o desacato a la autoridad se asumieron como un juego irónico o provocador que desafió al poder en distintas esferas: la estatal, la política, la familiar, la educativa, la sexual, la religiosa y otras. Y fue, sin duda, una forma de resistir, de oponer la potencia del lenguaje, la imagen y el gesto a la abrumadora fuerza física y simbólica de las instituciones que se proyectaban como opresoras e inamovibles. El Museo de Arte Moderno dio carta blanca a un arte que se caracterizó por ser crítico y que abrió un nuevo capítulo en la historia del arte del país.

La curaduría multiplica sus lecturas de la colección en el contexto histórico observado a partir de dos estrategias: en primer lugar, la exposición incluye algunas intervenciones realizadas ad hoc para activar el diálogo entre el presente y el pasado del museo; más que obras, funcionan como una especie de nota al pie, unas, como jaqueo, otras, enriqueciendo la reflexión sobre qué es y ha sido el Museo de Arte moderno de Bogotá. En la dimensión museográfica, el archivo fotográfico de Oscar Monsalve, quien fue el fotógrafo del Museo y sus exposiciones en el período, complementa el recorrido.

La muestra está acompañada del proyecto pedagógico ¿Es usted moderno?, que busca abrir reflexiones sobre los tiempos en los que se ha conjugado la historia del arte colombiano en relación con la vida cotidiana en la segunda mitad del siglo XX. ¿Qué nos hace modernos? ¿Somos contemporáneos los seres del presente? ¿Es lo nuevo sinónimo de moderno? ¿Es moderno este Museo de Arte Moderno? La muestra no busca dar respuestas, pero sí cuestionar las narrativas con las que se pretende enseñar el arte hoy.

Vista de la exposición "El arte de la desobediencia", Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), 2018. Cortesía: MAMBO

CONCRETO

La proyección de una ciudad moderna fue uno de los motores de desarrollo para el país durante el siglo XX, lo que implicó un imaginario visual totalmente nuevo. Los artistas que se presentan en este capítulo de la exposición revelan este nuevo interés por la temática urbana: desde la arquitectura en sus manifestaciones más modernas y vernáculas hasta una mirada muy concreta a sus formas, patrones y materiales.

La ciudad en constante crisis y mutación fue un territorio para la exploración artística. Desde la plástica se buscó habitar “las ciudades invisibles”, develando sus márgenes e interpretando las huellas, señales y signos inscritos sobre el pavimento, en los ornamentos, las ruinas, y en la vida de sus propios habitantes.

Esta búsqueda implicó el trabajo con una nueva gama de materiales provenientes de la propia urbe, como el ladrillo, el polvo de cemento, la arena, el hierro y el vidrio, por una parte, y referentes visuales como las cenefas, ventanas y marcos, señales de tránsito e iconos urbanos, por otra. En muchos casos, estos elementos eran representados bajo los parámetros del fotorrealismo, que estuvo muy en boga en los setentas. El uso conceptual de la fotografía, la gráfica y otros medios de producción serial como la fotocopia y la heliografía fueron claves en esta experimentación.

La arquitectura fue asumida como espacio para el arte y los artistas partieron de la experiencia con el entorno construido en instalaciones o en los entonces llamados espacios ambientales. También los artistas se salieron de los marcos tradicionales de exposición como galerías y museos, y la calle fue escenario para intervenciones y happenings. Era imperativo lograr un arte más abierto y cercano a la gente, y la relación con la experiencia urbana fue la excusa perfecta.

Vista de la exposición "El arte de la desobediencia", Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), 2018. Cortesía: MAMBO

DIOSES Y HÉROES

En el periodo que abarca esta exposición (1965-1984), los supuestos que hasta ese momento regían la representación del mundo comenzaron a desmoronarse. La ofensiva contra las instituciones que detentaban el poder político y religioso tuvo eco en las figuras que las representaban. La colección del MAMBO cuenta con significativas obras de artistas que derribaron ídolos de una forma provocadora y juguetona, no exenta de sarcasmo.

En Dioses y héroes, la ironía está dirigida también a aquellos valores que construyeron la noción de identidad nacional con base en el cliché o en modelos de percepción que adormecían el sentido crítico y que se valían de la iconografía tradicional, el kitsch y los medios de comunicación para entorpecer cualquier desacato.

En estas obras encontramos cuestionamientos a la noción tradicional de historia y a sus consabidos héroes, a los gobiernos tradicionales y sus políticos, a la idea de Nación que representa a unos pocos y a los íconos que vinculan la religión con la idea de Nación. También señalaron con humor ácido al arte establecido y sus instituciones (museos, curadores, críticos, obras canónicas), y al capital y sus productos de consumo. Como contrapropuesta, se valoró la figura del antihéroe como un ser imperfecto y siempre desprovisto de cualidades extraordinarias.

Para formular su diatriba, varios artistas acudieron a medios y sistemas de representación poco tradicionales e incluso anti-artísticos, procedentes en muchos casos de la cultura popular.

Aunque están representados de forma más reducida en la colección, vale la pena mencionar a otros artistas, también desobedientes, que tuvieron en el grabado su herramienta de combate. Ellos resistieron a los gobiernos de la época –en manos de los partidos tradicionales– y cuestionaron los valores imperantes en los planos social y político. Muchos de estos grabadores fueron simpatizantes o militantes en grupos de oposición.

Vista de la exposición "El arte de la desobediencia", Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), 2018. Cortesía: MAMBO

SATISFACCIÓN NO SATISFACCIÓN

Alrededor de los años sesenta la juventud dio inicio a una rebelión que no tuvo marcha atrás: la insurrección de los cuerpos. El erotismo, la sexualidad y el género fueron asuntos que pasaron de la esfera privada a la pública. ‘Lo personal es político’, uno de los lemas de la época formulado por las feministas, se extendió a las diversas expresiones de los géneros. Se cuestionó –y desobedeció– la incidencia de las instituciones en la sexualidad y, por lo tanto, en la vida privada.

Emergió una rebelión ante las instituciones que controlaban los cuerpos, y el deseo como potencia motora de la vida comenzó a ser protagonista en el arte, la filosofía y, por supuesto, en la vida. La constelación Satisfacción no satisfacción da cuenta de la relación cuerpo-deseo por parte de algunos artistas colombianos del periodo.

El arte dio testimonio de la disolución de fronteras en los más diversos ámbitos de la vida. Específicamente en este capítulo, se observa cómo deslindaron sexo y género, y cómo los jóvenes artistas hicieron ostensibles sus preferencias sexuales que muchas veces subvertían la norma.

En el periodo, las mujeres iniciaron también otra revolución sin retorno: se proclamaron dueñas de su cuerpo. Cuestionaron el rol que les había sido asignado en la sociedad y pasaron de ser objeto de deseo a sujeto deseante. Asimismo, se pregonó y practicó la libertad sexual y los artistas representaron con ironía las historias de amor basadas en los roles propios del amor romántico. El cuerpo, en sus diversas manifestaciones eróticas y escatológicas, también encontró un lugar en el arte.

Vista de la exposición "El arte de la desobediencia", Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), 2018. Cortesía: MAMBO
Vista de la exposición "El arte de la desobediencia", Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), 2018. Cortesía: MAMBO

ESTO NO ES ARTE O ¡ESTE SI ES MUCHO ARTISTA!

La veracidad de la ecuación del arte moderno ‘artista genio/lenguaje artístico original’ fue cuestionada por las más distintas vías, desde hacer de la propia existencia del artista (de su escritura, de su firma, de su sangre, de su imagen) el sustento de la obra, hasta camuflarse bajo la figura del periodista cultural, del artesano o, incluso, desaparecer como autor y aparecer por medio de juegos del lenguaje.

El acercamiento a la filosofía del lenguaje y la interpretación del horizonte iconoclasta señalado por el arte conceptual hicieron evidente la función crucial del lenguaje en la construcción social de la realidad, y mostraron que éste no cumplía con su tarea comunicativa con transparencia ni era un medio inocuo para la construcción del conocimiento, sino que era opaco, relavo e inherentemente tendencioso. Los actos comunicativos son imperfectos y nada puede ser leído de manera unívoca: este margen de error, esta inestabilidad del mensaje, se convirtió en un medio para los artistas, quienes crearon juegos de sentido para desestructurar y reestructurar la realidad.

Los artistas optaron por cuestionar el rol tradicional que habían jugado en la sociedad y con el cual se sentían incómodos. El arte de la desobediencia requirió de actitudes y gestos más que de obras ‘terminadas’ y toda una gama de nuevas estrategias entraron en el proceso creativo. Para ello, resultó esencial la apropiación de elementos y circunstancias aparentemente banales y cotidianas, que permitieran subvertir los modos de operar del arte moderno.

La entrada de las escuelas de arte al ámbito universitario generó una crisis fructífera de identidad para los artistas, que los llevó a indagar sobre diversos campos del conocimiento, en especial los de las ciencias humanas y sociales. El contacto con la filosofía replanteó su relación con el lenguaje; los principios y métodos de observación de la etnografía y la sociología aportaron nuevas formas de analizar los fenómenos sociales, así como herramientas para documentar las prácticas sociales cotidianas. Estos procesos permitieron a los artistas regresar enriquecidos a su práctica e impulsaron el cuestionamiento de su propio rol en la sociedad, así como el papel de los críticos, los públicos y el mercado del arte.

Los experimentos conceptualistas estuvieron profundamente conectados, no sólo con los movimientos artísticos que se destacaban en los circuitos internacionales del arte, sino sobre todo con las profundidades de la idiosincrasia “criolla” y con los distintos elementos de la cultura popular.

EL ARTE DE LA DESOBEDIENCIA. COLECCIÓN MAMBO 1965 – 1984

Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), Colombia

Hasta el 14 de octubre de 2018