PATAGONIA 

Rodrigo Lobos llegó a Nueva York, hace unos años, riéndose del trekking y las áreas de ecología importadas. Lo hizo con pinturas de sal y topografías de terratenientes delirantes. Su área de acción era esa sensación agradable que la gente con dinero tiene de poder comer pollos felices, frutas orgánicas y hacer caminatas en paisajes limpiecitos. Sus obras apuntaban a eso de sentirse agradado en estar haciendo algo bueno por uno y el mundo, la distinción y ética de esa satisfacción.

Recientemente Lobos movió su trabajo a un área más difícil de describir. Aún existen símbolos y relaciones de ataque al privilegio en las pinturas que muestra ahora en Chile; aún existe la molestia de no saber qué hacer al respecto, pero lo que está más presente es la posición de complicidad necesaria para poder entender qué es lo que pasa realmente. No solo atacar a los cuicos/dueños del mundo (agringados y luego gringos propiamente tal) con la necesaria autocrítica desde su posición, sino que poder hacer obras que hagan sentir y pensar los problemas. No solo apuntar a ellos, sino que hacerlos presentes…. ¿y cómo hacerlos presentes? Pintando, claro está.

Rodrigo Lobos, Miembro fantasma y non-GMO Project, 2018, arpillera y silicona de platino, 92 x 122 cms. Cortesía del artista y Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago

NORTH FACE 

En el tiempo en que uno está en frente de una pintura de Rodrigo Lobos pasan por lo menos dos cosas rápidamente: la lectura de sus símbolos, y luego de haber elucidado de qué se trata, la sensación que la cosa (la pintura) sigue ahí en la pared mirándonos, incómoda, esperando algo más. El primer momento es el deseo de decir algo urgentemente (con el también deseo implícito de desdecirse) y después… está todo el tiempo después. Se va agotando el momento de crítica y se suspende el momento inicial de inmersión pictórica, se trunca el deseo de claridad y se queda uno suspendido entre lo que se muestra y lo que le está pasando a uno.

En mi opinión, muchas de las pinturas hechas en Nueva York se quedan en el primer momento de experiencia y de lectura; uno cataloga el espacio discursivo del trabajo y deja que los elementos de la pintura produzcan, y ojalá cambien, como uno percibe. Es posible que esto venga inicialmente de Pollock y Newman, que lograron hacer pinturas que siempre están ocurriendo para quien las ve, en este momento ahora siempre… o de la idea eternamente recurrente del mercado, de siempre presentar algo “nuevo”, siempre consumible. Las pinturas de Lobos tienen esa cosa de desenvolverse e interrumpirse, que es propia de la pintura más avanzada, la que re-propone la famosa duda de Cézanne como la articula Thierry de Duve (a través de Lacan) en Nominalismo Pictórico: “…si eres tú, no soy yo. Si soy yo, eres tú quien no es”.

GATO NEGRO 

Las líneas incaicas de algunas pinturas de Lobos son clave evidente de que los trabajos tienen aparatos de lectura semi-graciosos, semi-abstractos y semi-Latinoamericanos. Funcionan inicialmente como líneas de bordado que tratan de ser abstractas, con su relación folclórica y su abstracción como eje simbólico, luego el trabajo vuelve a decir “Latinoamérica” con su imagen de tecnologías prehispánicas. Es gracioso verse en ese proceso de lectura: lana como Cecilia Vicuña, abstracción como Anni Albers, y luego la cita a un poster de turismo: “Visite Cuzco”.  Puede ser que a esas pinturas les interese el entrecruzamiento de todos esos momentos y lugares porque es necesario “plasmar” esa superposición, cancelando esencialismos y lugares comunes.  Todo eso para poder estar con ellas en un espacio más neutral sin juicios rápidos, el espacio pictórico.

Las formas y símbolos en las pinturas se leen rápidamente como ataques a comportamientos si uno tiene los códigos a la mano. Este ataque es al privilegio ya citado, con sus logos ecológicos y momentos de reglas de comportamiento en la industria del servicio: “Los trabajadores del establecimiento deben lavarse las manos después de usar el baño”; reglas de seguridad en el trabajo y hasta el cuerpo del trabajador (ausente) que debe mover paquetes rápidamente. También hay alusiones a las exportaciones de calidad chilenas como Gato Negro, represas hidroeléctricas y brazos que parecen venir de folletos evangélicos. Las ideas de entrega/sacrificio y martirio/explotación están rondando las imágenes. Todos estos símbolos no creo que sean tan importantes como parecen. Son exactamente lo que son, re-formados para contar historias en un tono de juego semántico fácil de seguir. Ese juego, creo yo, es relativo porque es sobre un espacio de amargura y reticencia que se va transformado con humor y complicidad. Como los juegos de Magritte, no es el punto que una montaña tenga perfil de pájaro, sino lo que esto produce en uno.

Rodrigo Lobos, Miembro fantasma y Fair Trade Project, 2017, arpillera y silicona de platino, 92 x 122 cms. Cortesía del artista y Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago

PUNTA DE LOBOS 

Las pinturas están hechas de una forma, tienen un sistema, están fabricadas y no pintadas relacionalmente. Lobos las planea y ejecuta, son el resultado de un proceso de producción. En Nueva York la pintura tomó este sistema estructural post-francés para usar la expresión pictórica sin que esta fuera la expresión subjetiva/emotiva de su creador. Se supone que Johns lo hizo a propósito por esta razón, y Warhol, Lichtenstein y Stella entre otros siguieron esa línea. Sus razones son relativamente locales, pero como pasó en el centro económico mundial, se convirtió en dogma de un tipo de pintura y se diseminó perdiendo sus razones iniciales.

Las pinturas de Lobos están limpias y selladas, a pesar de la arpillera y de la aparente mancha, que en definitiva está congelada como marca física, silicona, en y a través, de la arpillera. Esa materialidad hace que, al estar con la pintura, uno sienta que le está pidiendo algo. No dicen que son irónicas ni que tienen una crítica contundente, se desploma su armazón evidente y siguen ahí esperando que uno encuentre qué hacer. Eso es lo que mejor hacen estas pinturas: no son un texto crítico, sino que son pinturas, con todas las contradicciones que eso implica. Los colores y las formas rebotan y no se cansan de parecer que van a empezar a producir algo.

Hay una entrevista a Bruce Nauman donde él habla de Lenny Tristano, un pianista de jazz que solo tocaba la mejor parte, sin introducción ni desenlace, solo la mejor parte que le pega a uno en la cabeza. Así explica Nauman el deseo de lo que quiere que pase con su propio trabajo. Las pinturas de Lobos no hacen eso, más bien hacen la introducción contundente y parece que va a pasar algo, pero uno empieza a darse cuenta que la canción no era la que uno pensaba, que las pinturas no aguantan decir algo, que le hacen a uno sentir que no hay mejor parte y que esa es su área de acción.

Rodrigo Lobos, Sin título, 2018, arpillera, bordado y silicona de platino, 117 x 168 cms. Cortesía del artista y Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago
Rodrigo Lobos, Sin título, 2016, arpillera, bordado y silicona de platino, 117 x 168 cms. Cortesía del artista y Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago

RODRIGO LOBOS: VALLE DE SILICONA

Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago de Chile

Del 28 de junio al 29 de julio de 2018

Imagen destacada: Rodrigo Lobos, Miembro fantasma, gato y Arauco, 2018, arpillera y silicona de platino, 92 x 122 cms. Cortesía del artista y Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago

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Cristobal Lehyt

Nace en Chile, en 1973. Vive y trabaja en Nueva York desde 1995. Ha expuesto en el Whitney Museum, Artists Space, Künstlerhaus Stuttgart, Kunsthaus Dresden, Fundación Telefónica Chile, Bienal de Shanghai y Bienal de Mercosul, entre otros lugares. Ha ganado la beca Guggenheim

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