Es difícil, si acaso imposible, separar al artista del activista en el caso de Ai Weiwei (Pekín, 1957), considerado el artista vivo más influyente del mundo actualmente. Enfocado hacia temas ligados a los derechos humanos y la libertad de expresión, su obra le ha costado (o valido), entre otras cosas, ser perseguido, encarcelado y torturado por el régimen comunista chino.

Sus obras son métodos de denuncias y cuestionamientos políticos. Parte de sus trabajos más representativos conforman la muestra Inoculación, la primera del artista en Chile, que se presenta hasta el 9 de septiembre en CorpArtes, en Santiago, tras su paso por Buenos Aires y previo a su llegada a Brasil. La exposición cuenta con la curaduría de Marcello Dantas (Río de Janeiro, 1967), y es presentada en conjunto con Moneda Asset Management.

Además de las treinta piezas que se exhiben en CorpArtes, Inoculación incluye la instalación Forever Bicycles (2015), montaje con 1.254 bicicletas de acero en la explanada del recinto; la intervención Safe Passage, en la que diez columnas de la fachada del Archivo Nacional de Chile fueron cubiertas con miles de salvavidas recuperados desde las costas de la isla de Lesbos (Grecia) y que fueron usados por refugiados que atravesaron el Mediterráneo; y el estreno en Chile del documental dirigido por Ai, Human Flow (2017), en el que el artista vive en primera persona el drama de los refugiados y migrantes alrededor del mundo.

Habiendo crecido entre un campo de trabajos forzados cerca del desierto de Gobi y en el exilio en el noroeste de China luego que su padre, el poeta Ai Qing (1910-1996), fuera acusado de ser derechista durante la Revolución Cultural, Ai desarrolló una conciencia social que lo llevó al activismo en el arte. Tras exponer el encubrimiento de parte de las autoridades chinas del número de estudiantes muertos tras el terremoto de Sichuan, en 2008, el artista comenzó a sufrir los primeros hostigamientos del régimen comunista en su contra, lo que llevó, posteriormente, a que fuera encarcelado y sus estudios fueran constantemente registrados o destruidos. Tras permitírsele dejar su país en 2015, Ai vive y trabaja en Berlín, y viaja alrededor del mundo abogando por los derechos humanos a través del arte.

En el día de la inauguración de Inoculación, Ai Weiwei conversó con Artishock sobre el rol de la poesía en su trabajo, la libertad de expresión y el estado del mundo hoy.

Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte

Carolina Castro Jorquera: La historia de su padre, la persecución que sufrió bajo el régimen chino y el exilio, se relacionan y resuenan con su propia historia. Ha vivido cosas similares. ¿Cuáles son las lecciones de su padre que más recuerda? ¿En qué momentos de su vida han sido fundamentales para usted?

Ai Weiwei: Es gracioso. Yo crecí con mi padre… pero tenemos una diferencia de 50 años. Realmente no recuerdo mucho de lo que me haya podido enseñar, o cualquier otra cosa, porque él parecía estar en un muy mal estado. Él había sido considerado enemigo del Estado. Este es un crimen muy severo para las personas en China. Su poesía se convirtió, básicamente, en su propio mundo, y eso lo protegía. Las cosas horribles, trágicas que vivió, de alguna manera, no le afectaron porque él vivía en su propio mundo. Pero, por supuesto, estas situaciones son severas, evidentemente, y son capaces de afectar o matar a cualquiera. En su generación, las personas simplemente no sobrevivían, se suicidaban o fracasaban en sus hogares. La situación era muy severa, teniendo que trabajar en campos de trabajos forzados, y con la desesperación de que nada te hace sentir que la situación vaya a mejorar tras diez o veinte años estando todo igual o peor. Así que, básicamente, creo que no obtuve nada de él al comienzo… Pero ahora me doy cuenta que, tal vez, sí recibí todo de él. Él amaba el arte. Él tenía una idea pura sobre la poesía, y buscaba defender la justicia y la rectitud. Heredé todo eso de él. Tal vez no seamos tan puros como su generación, y porque estamos haciendo siempre tantas cosas es que nuestro panorama es mucho más fragmentado, quebrado. Pero mi pasión, mi foco siempre ha estado hacia relacionarse con ideas o hacia relacionarse con la emoción y pensamiento humano. No lo llamaría “arte”, pero es lo que hago.

Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte

C.C.J: La poesía es muy relevante en la cultura china. Marcello Dantas acaba de mencionar que, antes de volverse un artista visual, usted era un poeta. ¿Qué importancia tiene la poesía para usted? ¿De qué manera los poemas de su padre se relacionan con las obras que presenta en esta exposición?

A.W: Creo que la poesía es un pensamiento humano y un lenguaje emocional único, o un vehículo, que puede construir nuestro mundo sin seguir exactamente una llamada racionalidad o descubrimiento científico alguno, sino a través de la belleza, la memoria y la imaginación, o bien del miedo, o de una sensación de gloria… La poesía trata con la integridad del ser humano. Es algo muy antiguo y contemporáneo. Le da una cualidad especial a cualquier obra, en vez de quedarse sólo con un resultado racional. La poesía hace humano a un humano. Creo que esas cualidades –porque también soy un ser humano y aprecio ese tipo de cualidades humanas– siempre existen: se llaman sabiduría, humor, narrativa, la forma en que usamos el lenguaje, la estructura, la emoción para expresarlo. Es cualquier tipo de comunicación humana.

Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte

Nicolás Narváez: Mientras Corea del Norte y del Sur están tomando los primeros pasos hacia algún entendimiento, aún somos testigos de horrores, como la violencia israelí sobre el pueblo palestino en Gaza –donde usted ha estado anteriormente–, la guerra civil en Siria, o el totalitarismo en Venezuela. ¿Cómo ve el mundo hoy?

A.W: Creo que el mundo hoy es un desastre total, y quizás tengamos buenas razones para tener una sensación casi del fin del mundo. Los problemas que vemos hoy algunas veces no son el real problema. Tal vez Corea del Norte y Corea del Sur nunca han tenido algún problema, tal vez nosotros queremos que sea un problema, tal vez nosotros no queremos que ellos acuerden la paz. Siempre hay otros actores involucrados. Es lo mismo con la situación israelí-palestina, claramente podemos ver el interés de otros actores allá. La política internacional siempre ha reflejado un cierto tipo de filosofía de nuestro tiempo. La principal característica de la condición humana es el capitalismo. Estamos en el 200° aniversario del natalicio de Karl Marx, y algunos incluso se ríen de él, pero, aunque se rían, Karl Marx aún es el pensador más importante de nuestros tiempos. Creo que la sociedad humana aún no logra proveer de una mejor respuesta a nuestra trágica condición actual que, debe ser dicho, el capitalismo explora de muchas maneras. Nuestro entorno –no sólo el entorno de una llamada naturaleza humana, sino que también del alma, mente y moral humana, y el entorno filosófico también– es tan trágico, y claramente define que hoy tan pocas personas puedan ser críticas sobre los que no siempre somos bienvenidos porque eso toca los principales nervios de esta estructura social.

Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte

N.N: El mundo, debido a estas tragedias, está viviendo uno de los procesos migratorios más grandes desde la II Guerra Mundial, como usted lo dice en su documental Human Flow. ¿Cómo fue el vivir en primera persona este proceso alrededor del planeta?

AW: Si ves que 65 millones de personas están siendo forzadas a dejar sus hogares, este es el mayor relato de tragedia humana en la historia. Nunca tanta gente había sido desplazada. Lo que hay detrás de esas tragedias no son sólo guerras regionales, sino que también la hambruna, la pobreza y problemas medioambientales, y la fuente de esas condiciones trágicas jamás ha cambiado. De varias maneras, hay dos grados diferentes que emergen desde estas situaciones: las naciones ricas lucran a partir de estos eventos trágicos, y ahí puedes ver la clara imagen de cómo funciona este mundo. En cada momento trágico de la historia, siempre hay alguien lucrando, y es ese tipo de codicia que crea estos problemas. Siempre hay un interés nacional que se convertirá en parte del problema en el futuro, lo fue en el pasado y lo será en el futuro. No veo una solución clara a menos que nosotros, como humanidad, nos volvamos completamente conscientes que si alguien es herido es problema de todos nosotros. Si no tenemos ese pensamiento y separamos cada problema como regional o local, entonces no seremos capaces de lidiar con estas situaciones trágicas, y eso es muy peligroso. Te cuestionas sobre la inteligencia humana, si ésta sigue ahí.

Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte
Vista de la exposición "Inoculación", de Ai Weiwei, en el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Benjamín Matte

N.N: A propósito de temas de migración, América Latina está viviendo sus propios procesos sociales también. Chile se ha convertido en un polo de inmigración, especialmente para aquellos que buscan refugio de la situación política en Venezuela, o de la pobreza en Haití, entre otras naciones. En este contexto, su intervención Safe Passage en la fachada del Archivo Nacional resulta muy relevante y contingente. La inmigración es un debate actual en la sociedad chilena. ¿Cómo ve usted esto?

A.W: Creo que la inmigración no debe ser vista sólo como un problema sobre la inmigración misma. No debe ser visto sólo como un problema venezolano o un problema sitio, un problema bangladesí o un problema keniata, o un problema de Palestina e Israel. Tenemos que ver cada situación trágica como un problema humano y como una potencial tragedia global. No será hasta que construyamos este tipo de entendimiento, hasta que exijamos a fuerzas internacionales unidas y liderazgos políticos, mientras nos volvemos conscientes de esto a nivel masivo o civil, que seremos capaces de resolver esto realmente. Estos problemas siempre ocurren, y cuando ocurren, cada nación, cada humano, se vuelve egoísta y corto de vista. Simplemente no podemos sólo ver, necesitamos tener visión: si realmente no podemos ver, tener una moral o un estándar superior no es posible. Tenemos que tratar esto de forma muy práctica, pero para tratarlo de forma práctica necesitas tener un claro entendimiento de la situación.

Vista de la intervención "Safe Passage", de Ai Weiwei, en las columnas de la fachada del Archivo Nacional de Chile, Santiago, 2018. Foto: Benjamín Matte
Vista de la intervención "Safe Passage", de Ai Weiwei, en las columnas de la fachada del Archivo Nacional de Chile, Santiago, 2018. Foto: Benjamín Matte

N.N: Usted es conocido por ser un usuario activo de redes sociales. ¿Cómo ve que las redes sociales afectan la libertad de expresión?

A.W: Puedo ser visto como muy dependiente de las redes sociales, lo que creo que es algo ridículo ya que sólo publico algunas selfies, algunos tuits, y no es algo con algún significado más profundo. Pero cuando estaba en China, por un corto tiempo, creé un movimiento individual –o un movimiento urbano– que fue bastante impresionante porque pude explorar completamente el impacto de las redes sociales trabajando en términos de la sociedad civil o de los derechos humanos. No veo la posibilidad de esto en Occidente. Las sigo usando como un hábito, pero no tiene un impacto importante. Las redes sociales en Occidente son probablemente muy buenas para el flujo de información o para la expresión individual, pero aún no he visto un uso revolucionario de las redes sociales en términos de un cambio social. Esa es mi impresión.

N.N: ¿Cuáles son sus sensaciones respecto de la libertad de expresión, ahora que usted ha estado tanto en Occidente como en Oriente?

A.W: Creo que la libertad de expresión tiene diferentes acepciones en diferentes naciones. En China, la libertad de significa que has estado en la cárcel, has sido sentenciado o fuiste desaparecido. Cualquiera que ejerza ese derecho es hecho desaparecer. Eso significa que nadie accede a la libertad de expresión. Unas pocas personas lo hicieron y ahora están en esa aventura. ¿Por qué habría alguien de hacerlo? Nadie lo hace, las personas aprendieron de eso. Pero en Occidente, una así llamada libertad de expresión es tan manipulada por el mainstream: la educación, el pensamiento de moda, la corrección política… En ese sentido, raramente ves una actividad significativa. Y los principales medios de comunicación son tan poderosos. Si ves que alguien condujo y chocó un auto, algunas personas y los medios hablarán de eso por una semana; si ves a un palestino siendo asesinado –56 el otro día–, no verás el mismo tipo de discusión. Entonces, ¿qué está mal? ¿Es una conspiración o hay algo mal con nuestro criterio? O si valoramos las vidas de forma diferente, eso sería realmente trágico, el pensar que no todas las vidas son igualmente importantes. Justicia no significa lo mismo en diferentes regiones. Estamos totalmente corrompidos. Eso significa que no hay libertad de expresión porque cualquier cosa que digas no será relevante. A nadie le importa. Entonces, ¿qué ocurre de verdad? La libertad de expresión nunca funcionará por sí sola, se convertirá en una falsa alarma: nadie la escuchará.

Vista de la instalación "Forever Bicycles" (2015), de Ai Weiwei, compuesta por 1.254 bicicletas de acero, en la explanada del el Centro de las Artes 660 (CA660) de Fundación CorpArtes, Santiago, 2018. Foto: Benjamín Matte

Imagen destacada: Ai Weiwei en CorpArtes, Santiago de Chile, 2018. Foto: Nicolás Narváez