Hasta el 15 de abril se puede visitar la exposición El arte y el espacio en el Museo Guggenheim de Bilbao, en el marco de la conmemoración del 20 aniversario de la institución en la ciudad vasca. La muestra, que reúne más de un centenar de piezas provenientes de las colecciones del Guggenheim de Nueva York, Abu Dabi y Bilbao, junto a otras colecciones privadas, presenta una selección de trabajos artísticos desde la década de 1950 hasta la actualidad, en un diálogo contemplativo sobre la noción del espacio y sus múltiples dimensiones, desde el arte.

En una conferencia dictada en 1967, Michel Foucault aseguraba que, si la gran obsesión del siglo XIX había sido la historia, la época actual sería la del espacio: “Estamos en la era de la simultaneidad, estamos en la era de la yuxtaposición, la era de la proximidad y la lejanía, la era de la continuidad y la dispersión.”[1] La relación entre el Arte y el Espacio ocupa un amplio tema con múltiples posibilidades de aproximación desde diferentes campos del saber: filosofía, física, psicología, ontología, historia del arte, danza, performance, artes visuales. Desde el campo artístico podrían señalarse diferentes momentos de atención donde el espacio aparece a modo de eje fundamental –como puede ser la abstracción pictórica en cualquiera de sus formulaciones– o el abanico de posibilidades metódicas al que se vincula el concepto de forma intrínseca, como la danza, la instalación, la arquitectura, el espacio urbano, las artes escénicas, la performance, la curaduría, entre otras.

Consciente de su carácter seccional, la muestra construye una reflexión colectiva a partir de la puesta en diálogo de diversos fragmentos de experiencia que entablan una conversación interna en torno al espacio y sus posibilidades. Preguntas sobre qué tipo de saber produce el arte en base a la filosofía o la tecnología, cómo pensar el espacio hoy, cómo hacer visible lo invisible o habitar un territorio, emergen en el contexto expositivo del museo-monumento diseñado por Frank Gehry.

Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 1), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia

El Arte y El Espacio toma su nombre a partir del encuentro entre Martin Heidegger y Eduardo Chillida en 1968 en la galería Erker, en Suiza, cuando surge entre ambos una colaboración que se materializaría en la publicación de Die Kunst un der Raum (El Arte y El Espacio), en el otoño de 1969. La pieza -conformada por un disco de vinilo con la grabación del texto leído por Heidegger, el manuscrito original en litografía sobre pizarra de solnhofen y siete lito-collages de Eduardo Chillida- presta el título a la reflexión homónima que se propone en la segunda planta del museo, bajo la acuciosa curaduría de Manuel Cirauqui.

La primera sala de la muestra despliega un conjunto de obras que recorren diferentes puntos de atención en la creación artística moderna, una selección de trabajos icónicos como Concepto espacial, Esperas, de la conocida serie de lienzos rasgados del fundador del Espacialismo Lucio Fontana; la retirada de 36 x 36 pulgadas de la superficie de la pared de Lawrence Weiner, realizada por primera vez en 1968; el trabajo deconstructivo de Gordon-Matta Clark; las importantes exploraciones desde el constructivismo de Naum Gabo; y la aproximación a una suerte de tensión espacial desde el textil de Sue Fuller , en diálogo con el trabajo de Agostino Bonalumi, Sir Anthony Caro y Anna Maria Maiolino. En esta sala se encuentra también el delicado trabajo de Eva Hesse donde se hace tangible la fragilidad efímera del material en 12 piezas de estudio sin título realizadas en 1969.

Temas como la aceleración, la compresión y la ambigüedad del vacío sobrevuelan el diálogo de la siguiente sala, que cuenta con los trabajos de Robert Gober, Susana Solano, Prudencio Irazábal, Waltercio Caldas, Pablo Palazuelo, General Idea y Vija Celmins. En estas exploraciones artísticas principalmente de los años 70, 80 y 90 se encuentran también trabajos como la Pintura de luz de Mary Corse, que produce un efecto óptico al encontrarse con la luz, o la propuesta de Zarina Hashmi, en la que se sirve de grafito y pulpa de papel para “espacializar” los elementos del dibujo en un volumen tridimensional. Por su parte, Mirada, de Isa Genzken, propone una referencia arquitectónica a la construcción a partir del fragmento y el ensamblaje.

"Mirada", de Isa Genzken. Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 2), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia
Pierre Huyghe, Timekeeper, 2002. Cortesía: Guggenheim Bilbao
Shotz, Mendizábal, Kurant. Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 3), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia
Agnieszka Kurant. Derechos aéreos 5. 2016. Piedra pulverizada, espuma, madera, electroimanes y pedestal a medida. Tania Bonakdar Gallery, Nueva York. Foto: Leyla Dunia

A continuación, distintas perspectivas de un diálogo tiempo-espacio, materia-espacio y poética-espacio emergen en una modulación sobre las mutaciones del plano material de la obra. En Timekeeper, de Pierre Huyghe, múltiples capas raspadas de pintura develan una superposición de espacios ajenos y a la vez simultáneos que dan cuenta del transcurrir intangible de la temporalidad. Por otro lado, la escultura suspendida titulada Objeto de reflexión, de Alyson Shotz, reúne la flexibilidad, lo traslúcido y la liviandad para hacer tangibles las fuerzas invisibles que operan en el espacio circundante, tal y como la ley de gravitación universal, en un intento poético por evocar un pliegue en el espacio-tiempo. Agoramaquia de Asier Mendizábal retoma la escultura Oteizana y utiliza la maleabilidad del caucho partiendo del descarte y el residuo, en una desarticulación de la pieza, que encontraremos erguida más adelante.

Sobre la relación capitalismo-espacio Agnieszka Kurant propone un conjunto de tres piezas conformado por piedra pulverizada y un complejo mecanismo invisible a los ojos del espectador que mantiene la materia en una suspensión aparentemente insólita. Junto a estas disertaciones se encuentran la obra Mudanza (naranja) de Ángela de la Cruz y tres esculturas de Jean-Luc Moulène que aúnan al diálogo la transformación y el uso indiscriminado del material, respectivamente.

Damián Ortega, "Cosa Cósmica". Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 3), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia
Ernesto Neto. Burbuja blanca (White Bubble), 2013/2017. Poliamida, tubos y cuentas de cristal. Foto: Leyla Dunia
Nobuo Sekine. Fase de la Nada-Agua (Phase of Nothingness-Water), 1969/2012. Acero inoxidable, barniz y agua. Foto: Leyla Dunia

Llegado a este punto uno tiene la impresión de que las obras dialogan entre ellas por medio de hilos invisibles, hilos que se fugan en todas direcciones sin atender cronologías, temáticas o salas, a modo de un atlas Warbugiano o de la exposición de los primeros papeles del surrealismo organizada en 1942 por Marcel Duchamp. Se trata de una trama atravesada por el recorrido cómplice del espectador y su movimiento, en donde imaginamos que el espacio se asemeja a las ciudades invisibles en Ersilia de Italo Calvino, aquellas en donde las relaciones entre las personas eran trazadas con hilos y cuando se hacían imposibles de transitar eran abandonadas dejando únicamente los hilos tendidos.

Hablar del espacio en arte es también hablar de un vacío activo que tiene una función significante, el vacío que Aristóteles rechazaba como posibilidad en contraposición a Demócrito y Leucipo, y que llevaría a la artista germano-venezolana Gego a declarar “no existe el vacío, en ninguna parte”.

En la siguiente sala, Inventario de pequeñas muertes (soplo) de Rivane Neuenschwander y Cao Guimarães muestra una burbuja gravitando por el aire a la vez que señala un silencioso paisaje; Cosa Cósmica de Damián Ortega hace resonar nuevamente la construcción desde lo fragmentario y la suspensión de partículas que refieren a una identidad nacional; Free-Space Path Loss (Pérdida de rumbo en espacio libre) de Nina Canell hace visible lo imperceptible y la transformación de los materiales en el proceso apuntando hacia lo irreductible, e Invisible Sun (algorithm 6, third letter form) (Sol invisible algoritmo 6, tercera forma de letra) de Julie Mehretu, pone de manifiesto una implosión caligráfica vigorosa a partir de la superposición y la borrosidad monocromática en la superficie del lienzo. Por su parte, Cápsula Flamenco de James Rosenquist y S/T de María Elena González completan la reflexión en torno a la potencia semiótica del vacío, que encierra referencias alrededor de “la atomización, la expansión de la materia, lo intersticial y lo ínfimo”.

Para Rudolf Laban no hay espacio sin movimiento ni movimiento sin espacio, de manera que todo movimiento se convierte en un constante cambio de sujetar y soltar indefinidamente. Annemarie Schwarzenbach habla del viaje como un reflejo concentrado de nuestra existencia. El viaje, podríamos decir, es un doble movimiento, en tanto va dibujando paisajes en nuestro interior y exterior de manera simultánea. Así lo vemos en A study of relationships between inner and outer space (Un estudio de relaciones de las relaciones entre el espacio interior y exterior) de David Lamelas, donde aparecen rastros de las expectativas de la llegada del hombre a la luna en 1969, y Desplazamiento de espejos en Yucatán (1-9) de Robert Smithson, que nos remite a la idea del espejismo o viaje inmóvil. En el centro de esta sala se encuentra Burbuja Blanca de Ernesto Neto -pieza recientemente donada a la colección del Guggenheim de Bilbao- en una propuesta de espacio blando donde es posible extraviar las referencias hacia el mundo exterior en una vuelta hacia un estado embrionario, o también, un juego de blanco sobre blanco dentro del cubo de la galería del museo.

Al otro lado, dos obras de Olafur Eliasson se miran frente a frente y nos orientan en el viaje. La primera consiste en 24 contundentes esferas de cristal que imitan el ciclo lunar a la vez que comprimen la imagen reflectante; la otra, más sutil y suspendida del techo, funciona como una brújula que apunta hacia el norte, por medio de un trozo de madera arrastrada por el mar. En la misma línea, la noción de espejismo desemboca en la escultura de acero y agua de Nobuo Sekina, haciéndonos cuestionar la necesidad de los límites como contenedores de lo infinito, en la aparente y oscura profundidad del agua.

Richard Long, "Círculo de Bilbao". Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 6), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia
Richard Long, "Círculo de Bilbao". Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 6), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia

En la medida que se transita de sala en sala, los espacios internos del Guggenheim se hacen parte del diálogo, conduciendo la percepción y el sentido de desplazamiento del espectador. De manera que El arte y el espacio rinde homenaje también al edificio construido por Frank Gehry hace ya 20 años y juega con el entorno dentro y fuera de los muros. A medio camino entre una sala y otra, se encuentra el trabajo de Marcius Galan, quien se sirve principalmente de la iluminación para crear el espejismo frágil de que un cristal de grandes dimensiones atraviesa diagonalmente su instalación site-specific, sembrando así la duda en la propia percepción del espectador y presentando la posibilidad de atravesar lo invisible. Por su parte, Sergio Prego exhibe un sistema escultórico casi mimetizado con el interior de la estructura del museo, que intenta modificar la entrada de luz al edificio a partir de un movimiento mecánico que sorprende al paseante.

En la penúltima sala de la exposición se despliega El círculo de Bilbao de Richard Long, en donde un sinnúmero de fragmentos de pizarra de Delabole conforman un lugar misterioso que parece condensar pasado, presente y futuro en una simultaneidad horizontal. Comparte sala con Sin título (habitación de alabrastro), de Cristina Iglesias, que en la sencillez de su curvatura nos ofrece un lugar cálido de contemplación, y dos lienzos de Lee Ufan, donde el vacío potencia la tensión de la pincelada y sus múltiples desplazamientos pictóricos que oscilan entre ausencia y presencia.

Cristina Iglesias, Sin título (Habitación de Alabastro), 1993, hierro y alabastro. Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 6), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia
Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 6), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia
Iván Navarro. Vista de la exposición "El Arte y el Espacio" (Sala 6), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia

En la última sala, la idea del límite como contenedor del espacio encierra también la contención de los cuerpos, sistemas de control y afectación. Pasillo de luz verde de Bruce Nauman propone un transitar, no exento de una sensación de encierro, que modifica la percepción visual del entorno del espectador; así también Nauman experimenta con ejercicios psicológicos en sendos videos de 60 minutos que suscitan reacciones inquietantes a partir de una serie de instrucciones específicas. La idea del límite incluye ineludiblemente la idea de traspasarlo, quebrarlo, hacerlo poroso y expandirlo hacia otros modos y posibilidades. Sol Lewitt, Peter Halley y Matt Mullican reflexionan sobre el espacio cerrado y sus connotaciones a partir de la retícula como expresión geométrica, incurriendo también por oposición en esa noción del traspaso. A su vez, Iván Navarro retoma la retícula y la luz de neón para crear un tríptico de corredores lumínicos tan inaccesibles como intrigantes.

La exposición cierra con un espacio didáctico donde se plantean distintas herramientas e interrogantes para pensar los problemas y relaciones presentes en la exhibición. Al finalizar el recorrido podríamos sospechar que la muestra se desplaza a un lugar abstracto contenido en la mente del espectador, en donde la experiencia se relaciona con su carga afectiva y simbólica, es decir, con su forma subjetiva de comprender y percibir el mundo. De esta forma, la exposición tendría una continuidad incluso después de que abandonamos el edificio, en un trazado de relaciones hacia otras obras no presentes físicamente, esculturas encontradas en el espacio público, la ciudad misma, la deriva del caminar o el paisaje que alcanza la vista. Si todos los lugares son culturales por el solo hecho de haber posado alguna vez la mirada en ellos, dejando de pertenecer al ámbito de la geografía y pasando a tener una carga afectiva [2]El arte y el Espacio concentra una reflexión que se fragmenta como un prisma, en una multiplicidad de ángulos de visión que abarcan diferentes posibilidades.

Entre esa multiplicidad interesa pensar la relación del movimiento dentro del espacio expositivo en su carácter de binomio con el tiempo, casi como dos caras de la misma moneda, relacionado con el arte de la presencia y lo efímero dentro del museo, en donde la memoria del espectador se convierte también en lugar de acción. De esta manera, la programación paralela del estimulante trabajo performativo de Amie Siegal, Winter, que la artista define como “un filme de tiempos múltiples: filmado en un pasado reciente que muestra un futuro desconocido, que se devela y cambia en el presente de la exposición, representando distintas condiciones temporales y culturales de inestabilidad e incertidumbre” y la posterior muestra Espacios Entrelazados, con nueve instalaciones inéditas del trabajo de Esther Ferrer, bajo la curaduría de Petra Joos, retoman el hilo de esta interesante reflexión en torno a la construcción del espacio, a modo de seguir generando interrogantes desde la fragilidad de lo performativo y su carácter efímero.

Georges Perec inicia el primer capítulo de Especies de espacios (1974), dedicado a la página, con el epígrafe de Henri Michaux J’écris pour me parcourir [3]. Si nos aproximamos a algunos títulos de las obras de Michaux expuestas en la tercera planta del museo, encontramos pistas sobre la noción de un movimiento constante, de una indagación del espacio trasladada hacia el interior en actitud íntima, y por tanto en una apuesta por el cuerpo como territorio que nos constituye y que está por descubrirse. Si la escritura es relieve y se espacializa, tal y como apunta Manuel Cirauqui en el texto del catálogo, vale la pena contemplar las obras que se exhiben de forma simultánea en la muestra: Henri Michaux. El otro lado. La propuesta cuenta con tres salas diferenciadas que versan, respectivamente, sobre la figura humana, los exquisitos ejercicios caligráficos de Michaux y, por último, su experimentación con diferentes sustancias alucinógenas para explorar la psique del individuo.

 


Imagen destacada: Vista de la exposición El Arte y el Espacio (Sala 3), en el Museo Guggenheim Bilbao, 2018. Foto: Leyla Dunia

[1] Michel Foucault, De los espacios otros (Des espaces autres). Conferencia dictada en el Cercle des études architecturals, 14 de marzo de 1967, publicada en Architecture, Mouvement, Continuité, n° 5, octubre de 1984.

[2] Maderuelo, Javier. La idea de espacio en la arquitectura y el arte contemporáneos 1960-1989. Akal: Madrid, 2008. P. 23.

[3] Escribo para recorrerme, en Perec, Georges. Especies de espacios. Montesinos: Barcelona, 2001. P. 29. Traducción de la autora.

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Leyla Dunia

Investigadora en Artes Visuales, tiene una Licenciatura en Historia del Arte por la Universidad Central de Venezuela y Máster en Investigación en Prácticas Artísticas por la Universidad de Castilla-La Mancha, en España. Colabora con artículos y entrevistas para las revistas internacionales Artishock.cl y ArtNexus. También ha trabajado como asistente curatorial, investigadora o documentalista para exposiciones.