Más de 130 obras, entre las que se cuentan muebles, cortinas, dibujos, pinturas, recortes de periódico y señales de tránsito, componen la muestra Beatriz González, 1965-2017, en el CAPC – Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), donde se presentará hasta el 25 de febrero de este año para itinerar luego al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, y el KW Instituto de Arte Contemporáneo, en Berlín.

“Leí que cuando Sócrates estaba con sus grupos de pensamiento comían muy sabroso. Entonces decidí que a mi grupo de estudio lo llamaría Lenguas de gato, pues los viernes en la tarde, cuando nos reunimos en mi casa con seis jóvenes universitarios, siempre tomamos té con unas galleticas que se llaman lenguas de gato”.

Así lo cuenta Beatriz González, sin mencionar ni siquiera que Hans-Ulrich Obrist, el renombrado crítico de arte y curador suizo de la Serpentine Gallery de Londres, aseguró alguna vez que ella era la Louise Bourgeois latinoamericana, precisamente porque la artista francesa “también tenía un grupo de educación. Y no por la pintura”, como ella bien se apresta a aclarar.

Así lo cuenta Beatriz González, aún a sabiendas de que curadores, artistas y, claro, alumnos la llaman “la maestra Beatriz González”, muy a pesar de que “al recibir el nombre de ‘maestra’, la primera actitud fue de rechazo. ¿Yo maestra? No, yo soy pintora”, según recuerda María Acaso en el catálogo de la gran exposición, la primera que Europa dedica a su obra.

Así lo cuenta Beatriz González, sin darse el crédito por el sinnúmero de proyectos que la han mantenido ligada a la educación y al estudio del arte. Sin nombrar que además fue la curadora de Artes del Banco de República, una de las instituciones culturales más destacadas de Colombia, desde donde impulsó la idea de que los museos son plataformas del conocimiento.

Así lo cuenta Beatriz González, sin recalcar que la curaduría de esta muestra estuvo a cargo de una de sus alumnas de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, María Inés Rodríguez, directora del CAPC, y quien siendo todavía estudiante de Arte en la Universidad de los Andes se vinculó al grupo de la Biblioteca encargado de hacer las visitas guiadas de las exposiciones que hacían allí y que coordinaba la artista.

Así cuenta Beatriz González la historia de sus Lenguas de gato, porque independientemente de que sea la protagonista de esta importante exposición, sabe que las más de 130 obras que la componen hablan elocuentemente por sí mismas y le han dado un lugar merecido y privilegiado en la historia del arte. Es por eso que, entretanto, ella más bien se refiere a esta exhibición como “algo milagroso”, porque cuando eleva sus ojos al techo de la nave central del museo se maravilla con “este espacio que se parece a una iglesia, aunque no lo es”.

"Beatriz González: Retrospectiva 1965 - 2017". Vista de la exposición en el CAPC - Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), 2017-2018. Foto: Frédéric Deval, Mairie de Bordeaux. Cortesía: CAPC

Y así, con ese tono empieza a contar en esta retrospectiva el origen de su arte que se remonta a sus años en la universidad, cuando le “reconocieron algún talento”, a pesar de que desde 1964, cuando hizo su primera exposición en el Museo de Arte Moderno, la trataron siempre de “fina e inteligente”, dos adjetivos que le chocaban hasta las entrañas. Por eso, hizo todo lo posible para que de ahí en adelante sus obras parecieran “mal pintadas”, y modificó su paleta: adoptó “anaranjados, verdes y vino tinto”, colores con los que estaba pintada una iglesia de su natal Bucaramanga y que aparecen repetidamente en algunas de sus obras más icónicas.

“Además, quise ir despojando mi pintura de todo lo que tenía de fino”, recuerda. “¿Qué era lo que tenía fino? Que era al óleo. ¡Quité el óleo! ¿Qué más era lo que tenía de fino? El bastidor. ¡Quité el bastidor del lienzo belga importado! ¿Qué era lo que más me fastidiaba? Era la temática, porque yo hacía temáticas a partir de Velázquez y a partir de Vermeer de Delf. ¡Todo era demasiado fino! Reemplacé el bastidor por láminas de metal con las que en esa época hacían las vallas comerciales y conseguí un señor que hacía los afiches de calle para que me hiciera los bastidores. Para pintar sobre metal, necesitaba pinturas comerciales, como Pintuco, y para pintar con eso, empecé a trabajar con pinceles más grandes. Así empecé una nueva era”.

Luego, inició un exhaustivo archivo de fotografías de periódicos -todavía vigente y en permanente construcción- que la cautivaban tanto por el tramado de la impresión, como por su contenido lleno de alusiones a lo cotidiano y a la vida social. Paralelamente, estudiaba las imágenes de Gráficas Molinari, una sociedad de impresiones gráficas populares que funcionaba en Cali y que reproducía imágenes piadosas, de la mitología, de naturalezas muertas y de paisajes, bajo la técnica de la cromolitografía, a cuatro tintas. Con ello, se lograban unas gamas de colores especiales que, según Beatriz, le ayudaron a forjar “el gusto popular”. De ahí que esta exposición incluya una amplia selección de estas imágenes.

Y es precisamente en esa vía de persistente búsqueda de identidad personal que se le ha llegado a considerar como la gran artista pop colombiana, a pesar de que ella lo niega y de que la misma Marta Traba lo precisa en un pasaje del catálogo de la exposición: “La impersonalidad de los trabajos de Beatriz González no llega a quedar bajo el control de la técnica como pasa con el pop norteamericano. Mientras los norteamericanos crean una pintura pop a escala y con procedimientos industriales, Beatriz González procede como un artesano del pop”.

"Beatriz González: Retrospectiva 1965 - 2017". Vista de la exposición en el CAPC - Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), 2017-2018. Foto: Frédéric Deval, Mairie de Bordeaux. Cortesía: CAPC
"Beatriz González: Retrospectiva 1965 - 2017". Vista de la exposición en el CAPC - Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), 2017-2018. Foto: Frédéric Deval, Mairie de Bordeaux. Cortesía: CAPC
"Beatriz González: Retrospectiva 1965 - 2017". Vista de la exposición en el CAPC - Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), 2017-2018. Foto: Frédéric Deval, Mairie de Bordeaux. Cortesía: CAPC
"Beatriz González: Retrospectiva 1965 - 2017". Vista de la exposición en el CAPC - Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), 2017-2018. Foto: Frédéric Deval, Mairie de Bordeaux. Cortesía: CAPC

Todas esas indagaciones y esa trayectoria se hacen visibles y tangibles en esta exposición, que abre con un capítulo esencial de esa “nueva era”: la creación de los muebles, iniciada justo después de que había empezado a pintar en láminas de metal y con colores fuertes.

La artista recuerda que todo comenzó un día en que fue con su esposo Urbino, que es arquitecto, a comprar materiales de construcción y en el mismo almacén estaba a la venta una cama radio, denominada así porque tenía un compartimento en la cabecera para colocar la radio. La compraron y ella puso encima Naturaleza casi muerta (1970), un cuadro que tenía el mismo ancho de la cama. Luego, le ajustó el piecero y así “quedó una cama radio, una cama especial, cortica. En ese momento inventé los muebles. Eso es un milagro, eso es el azar. Yo nunca pensé que esa salida a comprar materiales de construcción me llevaría a pensar que ya mis cuadros no serían solo cuadros sino que tendrían unos grandes marcos que eran como de la Colonia”. La exposición en Burdeos incluye varios de estos muebles, como Nací en Florencia y tenía ventiséis cuando fue pintado mi retrato (esta frase pronunciada en voz dulce y baja) (1974), Naturaleza mesa viva (1971) y La muerte del pecador (1973).

A esta etapa le siguen una serie de obras en las que empezó a dejar testimonio de su tiempo con un dejo de humor negro, principalmente las referentes al expresidente de Colombia Julio César Turbay (1978-1982), como Decoración de interiores (1981), una serigrafía sobre tela, a manera de cortina, en la que aparece Turbay rodeado de mujeres, “bebiendo y cantando”, asegura Beatriz. “El punto de partida de esta obra fue una fotografía publicada en la prensa, en la que se veía así al mandatario. Resolví volver a las telas colgadas, al movimiento, a los muebles y me encontré con la serigrafía, que no he abandonado todavía. Llevé mi dibujo a una fábrica y me hicieron esta cortina porque arriba, en la foto, había una cortina y yo dije: si la cama está en la cama, la mesa en la mesa, pues la cortina en la cortina; entonces, volviendo a la filosofía de los muebles, logré que hicieran 140 metros de nuestro presidente”, comenta con ironía la artista, aunque se reserva en ese momento el hecho, no poco significativo, de que el encargado de la fábrica que hizo la serigrafía no le cobró nada, pues también era antiturbayista.

Más adelante en la muestra se van presenciando las obras que retratan los momentos más complejos y dolorosos de Colombia. Es el caso de personas muertas, féretros y mujeres llorando. “Lo que quería retratar era el dolor. Entonces, el gesto que encontré son las manos en la cara. Las mujeres llorando todas, porque tras una masacre, las mujeres en Colombia, como las madres de mayo, protestaron por primera vez por la muerte de sus hijos. Inclusive me retrato yo misma desnuda llorando y toda esa denuncia de lo que es el estado de ánimo de todos los colombianos que pensábamos que el país no tenía vuelta”.

"Beatriz González: Retrospectiva 1965 - 2017". Vista de la exposición en el CAPC - Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos (Francia), 2017-2018. Foto: Frédéric Deval, Mairie de Bordeaux. Cortesía: CAPC

En el catálogo que acompaña a la exposición, María Inés Rodríguez, Manuel Borja-Villel (director del Reina Sofía), y Krist Gruijthuijsen (director del KW Institute For Contemporary Art), señalan que “Beatriz González ha devenido así, aún sin proponérselo, en una incisiva y lúcida cronista de la historia reciente de Colombia, un país en el que las guerras y la violencia, adoptando encarnaciones muy distintas, se han erigido como una especie de mal endémico. Es en este sentido que podemos aventurarnos a describirla como una artista histórica y política. Habría que aclarar, en cualquier caso, que su discurso crítico siempre es sutil, casi invisible, y quizás, por ello, mucho más eficaz. Lo que González realmente busca no es denunciar la violencia y la injusticia, sino hacer perceptible el dolor que estas generan. De este modo, sin dejar de estar profundamente arraigado a un contexto histórico, cultural y geopolítico muy específico, su trabajo queda impregnado de una densidad experiencial, de una potencialidad poética y metafórica que le hace adquirir una cierta cualidad universal. Porque el dolor individual y colectivo que retrata -un dolor que la historia oficial no cuenta o que, en todo caso, transforma en mercancía mediática de consumo rápido- es un dolor que nos interpela directamente”.

Beatriz González, sin misterios ni créditos, cuenta que ahora en Bogotá seguirá trabajando en una serie de paisajes elementales, y que volverá a reunirse con los miembros de su Lenguas de gato para continuar estudiando a Didi-Huberman.

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Melissa Serrato Ramírez

Nace en Bogotá, Colombia. Es periodista cultural. Trabajó durante siete años en el diario colombiano El Tiempo, cubriendo principalmente temas de arte y literatura. Es Magíster en Literatura por la Universidad Javeriana, en Literaturas Románicas por la Universidad París 8, y en Medios, Lenguajes y Sociedades por la Universidad del Panteón - París 2. Actualmente vive en París y trabaja como corresponsal para varios medios de comunicación en Colombia.

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