Por un largo tiempo, en Estados Unidos existió lo que conocemos como regulación. En el caso de los medicamentos, había algunos cuya receta estaba restringida a muy raras ocasiones: exclusivamente para fuertes dolores vinculados al cáncer o a la vejez. Esto se debía a que contenían un opioide llamado oxicodona, considerado un “primo químico” de la heroína, cuyo efecto era más de tres veces el de la morfina y podía crear una fuerte adicción. Este panorama cambió cuando tres hermanos, Arthur, Mortimer y Raymond Sackler, introdujeron con fuerza su medicamento OxyContin al mercado, cuyo único ingrediente activo era este mismo químico, la oxicodona.

Tras una campaña de marketing en la que financiaron spots televisivos, investigación y soborno a médicos para que se sobrepusieran a las preocupaciones de crear adicción y un fuerte lobby con legisladores, los Sackler lograron convencer de que el medicamento era apto para tratar un rango mayor de dolores, haciendo que éste se recetara compulsivamente, de forma masiva y para uso permanente. Este entorno, centrado en el consumo de una droga cuyo efecto en realidad duraba menos de lo indicado, creaba una adicción prematura y se vendía bajo receta en dosis caras, llevó a que miles de personas cayeran en la heroína. Hoy, la sobredosis de heroína es la mayor causa de muerte entre menores de cincuenta años en Estados Unidos—más que por armas, más que por cigarro. Cuatro de cada cinco personas llegaron a ella por OxyContin, Percocet y Vicodin, creados y distribuidos por Pharma Purdue, de los hermanos Sackler.

Paradójicamente, este fuerte abuso de drogas también llevó a que el apellido Sackler luciera en las instituciones más prestigiosas de Estados Unidos y Europa. Hoy, existen institutos y edificios Sackler en NYU, Columbia y Yale; alas Sackler en museos como el Louvre y el Met; museos y galerías Sackler en la universidad de Harvard y en Washington D.C.; centros de educación Sackler en el Guggenheim y de arte feminista Sackler en el Brooklyn Museum. Y la lista sigue. La familia Sackler es la dinastía filantrópica más importante de Estados Unidos, y lo ha hecho a costa de millones de drogadictos. La suciedad del dinero, aparentemente, se quita cuando entra a la cultura.

Nos encontramos en una segunda ola dorada de la filantropía. Importantes donaciones de empresas como Shell y BP permiten que instituciones como el British Museum, la National Portrait Gallery y el Royal Opera House exhiban obras maestras en espacios perpetuamente renovados. En Estados Unidos, magnates de las finanzas, la inmobiliaria y el petróleo ocupan importantes puestos en Comités del MoMA, el Whitney, el Met, el Guggenheim y el New Museum (entre muchas otras instituciones), donando obras y dinero a sus espacios y tomando decisiones respecto a su colección y exposiciones. También destinan recursos a la investigación y el tratamiento de la salud y la educación—todos medios vitales para la disminución de la desigualdad. Pero ¿qué efectividad tienen estas iniciativas sobre la desigualdad, si los mismos que las ejercen no solamente se benefician de ella, sino que buscan perpetuarla?

Lee Kun-hee, el fundador del Museo de Arte Samsung en Seúl, está siendo multado por guardar miles de millones de dólares en más de doscientas cuentas bancarias alrededor del mundo, con la intención de evadir impuestos. Janna Bullock, ex miembro del consejo del Guggenheim, está siendo procesada por un lavado de dinero en que movió doce mil millones de rublos (equivalentes a $200 millones de dólares) del Estado de Rusia a una compañía registrada en Chipre. En el 2009, Reinhold Würth, cuya colección se encuentra abierta al público siendo casi un museo, despidió a 1.250 de los 5.000 empleados de su compañía y le recortó el salario a los restantes en un 15 por ciento, para luego comprar un yate de $110 millones de dólares, al que llamó Curiosidad Vibrante.

Peter Simon, fundador de la colección de arte Monsoon de Londres, recibió en el 2011 un dividendo de 16,4 millones de libras de una compañía basada en las Islas Vírgenes Británicas, la cual no declara ganancias de capital, impuestos corporativos, ni impuestos por ingresos. Román Abramóvich, el mayor coleccionista de Lucian Freud y Francis Bacon y ex pareja de Dasha Zhukova, fundadora del Garage Center for Contemporary Culture de Moscú, ha pagado millones de dólares en sobornos para controlar el petróleo ruso y los activos de aluminio. Stephen Schwarzman, quien forma parte del Comité de la Frick Collection y de la Asia Society, comparó el nazismo a los esfuerzos de Obama de subirles los impuestos a las utilidades de los CEO, declarando “esto es una guerra, como cuando Hitler invadió Polonia en 1939.”

A partir de la última crisis financiera, las instituciones más grandes han logrado crecer ampliando sus edificios y alas, realizando exposiciones cada vez más costosas y de proporciones más monumentales. Al mismo tiempo, varias colecciones de arte han sido abiertas al público y convertidas en museos, como sucedió con el Broad de Los Ángeles. Esto ha sido posible gracias a la fuerte desigualdad económica que prevalece. A partir del 2008, el 1 por ciento más rico de la población ha capturado una parte cada vez mayor de los ingresos de Estados Unidos, y el 10 por ciento más rico de aquel país ha recibido casi la misma cantidad de ingresos que el resto de la población en su conjunto. El precio de las obras de arte también ha aumentado: cuando el 0,1 por ciento más rico aumenta su proporción de ingresos en un 1 por ciento, los precios de las obras aumentan en alrededor de un 14 por ciento. Y es que este 1 por ciento se encuentra no solo abstraído sino beneficiándose de lo que ocurre en el resto del mundo: en la víspera de la última crisis financiera, Schwarzman organizó una gran fiesta para celebrar sus sesenta años, cuya cena incluyó langostas, filet mignon y “Baked Alaska”; el espacio lucía réplicas de su colección de arte y una maqueta a gran escala de su departamento de Manhattan. En el 2008, en plena crisis, Abramovich rompió récords de subasta comprando un tríptico de Bacon por 86,3 millones de dólares.

Para la mayoría, este desplazamiento de recursos públicos a manos privadas ha significado austeridad. El National Endowment for the Arts está siendo amenazado por la administración de Trump, queriendo eliminar la fuente más importante de fondos para proyectos culturales. Los fondos públicos para arte, en general, se encuentran en un 15% más bajo respecto a veinte años atrás. Los problemas de este panorama son varios. Por un lado, las instituciones de renombre no cuentan con sus ‘propios’ recursos, lo cual significa que su libertad curatorial y gerencial está determinada por quienes los financian. Las obras de arte caras están disponibles solamente para los Ultra High Net Worth Individuals. Pero tal vez más importante, las instituciones de comunidades cuya visibilidad históricamente ha sido baja—de sectores rurales y de minorías étnicas, raciales o sexuales—, además de ser menos atractivas para estos patrocinadores de la cultura, dependen completamente de fondos públicos. Fondos que se dirigen cada vez más hacia el sector privado.

Nuestra industria creativa, como la conocemos hoy en el mundo occidental, no puede abstraerse de la desigualdad—una cara son sus instituciones culturales y educativas robustas, obras caras y mercado fortalecido; la otra es la evasión de impuestos, el lucro a costa del medioambiente, la drogadicción y la desregulación financiera. Las implicancias económicas de hacer y promover arte van de la mano con sus implicancias éticas: cuando esta industria se mantiene económicamente viva gracias a unos (muchos) desafortunados, debe caernos la pregunta ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar en el nombre del arte?

 


Imagen destacada: Arthur M. Sackler Gallery, The Metropolitan Museum of Art, Nueva York. Foto via Sackler.org

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Paula Solimano

Nace en Estados Unidos, en 1991. Es artista visual y curadora. Licenciada en Arte por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Forma parte de De Facto Colectivo desde 2015. Actualmente vive en Nueva York.