Por Ramón Castillo, director, Escuela de Arte UDP

Nuestra Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales (UDP), en Santiago de Chile, comenzó como una idea y unos documentos oficiales en el año 2005, y hoy vemos que en apenas 11 años desde el primer estudiante que ingresó, se ha convertido en una contundente realidad, en tanto modelo académico singular y reconocido en el medio. Si recorremos el breve itinerario de esta Escuela, veremos que, en consecuencia con la dimensión tangible, cognitiva y experiencial del arte, se ha desarrollado un proyecto artístico y académico que enfatiza la investigación material como comienzo y fin de la metáfora. El proyecto intelectual de esta Escuela es un territorio apto para el ejercicio creativo, crítico y la renovación permanente de la subjetividad en convivencia. Así visto, el arte en la universidad debe ser una instancia orgánica que supera sus propios límites en la medida que se debe reinventar cada vez que surgen nuevas creaciones y experiencias autorales a través de una nueva generación de egresados.

Al revisar las producciones presentes en la exposición Carácter 2018, reconocemos que se trata de una generación atenta a los giros del lenguaje, a la semiótica encontrada, las derivas del sentido y la crítica institucional. Desde la poesía a la insurrección de los signos objetuales, apreciamos en el trabajo de Eduardo Ortiz, Nicolás Cox, Víctor Gómez, Cristian Flores y Jorge González una contaminación poética, material y visual. La memoria de los materiales configura un microuniverso de afecciones que sus “descubridores” no quieren abandonar. Desde la piedra, al metal, el alambre o la madera carbonizada, leemos la edad de las cosas y la relación secreta que se comienza a tramar entre ellas, como si fueran objetos ya vividos, redescubiertos ahora en esta espeleología casual y a la vez deliberada: entre las grietas de un Santiago hipertrofiado y segregado, asoma la micro política de la amistad y deriva artística estableciendo una visión nostálgica de la existencia. Por otra parte, Jonathan Ramírez niega el paso por el territorio estableciendo un dentro y un fuera. El gesto colonial del muro, en la ambigüedad discursiva de lo que protege y aísla al mismo tiempo. El cierre de la reja metálica deja al interior pinacoteca callejera y portátil, que se mira, pero a la que no se puede ingresar.

De esta etnografía urbana también ha participado Paula Carmona, pero en su particular colección de intangibles ha decidido crear lugares para ser habitados de manera temporal. La naturaleza y el artificio se conjugan en soluciones materiales diversas de un mundo salvaje y sensible a la vez, construyendo un lugar que se lee visual y textualmente. Cristián Espinoza está en el anatema, puesto que desde el artificio reclama al individuo en su grandeza o patetismo. Su crítica a la realidad mediatizada sostenida en las pantallas de los diversos dispositivos tecnológicos es un modo desesperado por tratar de existir: si no estoy en pantalla, no existo. Es la enunciación de identidad en la que Javiera Gaete busca su rostro en la afirmación y negación del mismo: se borra para presentar. La serie de pinturas de Elena Goddard se instalan en la frontera de lo singular y lo múltiple, la narración establece un cuadro a cuadro que oscila entre la pintura y la novela gráfica.

Vista de la muestra "Carácter", de los egresados 2018 de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales, en la Biblioteca Nicanor Parra, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la muestra "Carácter", de los egresados 2018 de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales, en la Biblioteca Nicanor Parra, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer

Podemos ver que hay una sospecha generacional convertida en un estado de alerta sobre el entorno cotidiano, de ahí la estrategia de cazar y recolectar la realidad a través de cada fragmento. En este sentido, Catalina Vera y Javiera Barrios configuran mundos a partir de protocolos verbales, objetuales y gráficos. Barrios desentraña su historia, como si la propia biografía fuera un mensaje genético, cultural y fisonómico que se debe descifrar por capas. Su obra integra las partes dispersas para construir un nuevo cuerpo conjugado en primera persona singular: el yo. En el caso de Catalina, el mobiliario, la alfombra y el silabario escenifican el lugar del primer disciplinamiento social: la sala cuna o el parvulario. El cuerpo ausente de los delantales del parvulario tiene su opuesto en el trabajo de Andrés Parra. La existencia social de su alter ego drag, Nia, es real e intermitente según la administra su autor. Cuando sale a taconear a la noche santiaguina o bogotana, luce bella y elegante; como dama nocturna efímera se transforma en cenicienta urbana mientras se maquilla, se viste y desviste en la calle, el metro, la galería o la feria de arte.

Francisca Avendaño construye objetos de una memoria borrosa. El material textil entrega una información popular y de clase. Los utensilios domésticos o laborales: el martillo, la cuchara o el moledor de papa pierden su forma urbana en el reclamo de los asuntos de género. Paula Tapia realiza una particular colección de medallas conmemorativas, pero la paradoja en este caso es que se trata de personajes que deberíamos olvidar. La multiplicación del suvenir del olvido se torna mordaz e hiriente en su serialización y distribución. La certeza en el paso del tiempo, en el caso de Diego Mediano, asume la forma de la repetición como procedimiento estético. La reiteración de un punto, de una gota contra el suelo o el papel escenifican la melancolía de aquello que se constituye como cuerpo en tránsito. La imagen leve que depende de la reiteración casual o deliberada deja abierta la puerta del sentido, aquí la unidad mínima del punto es el alfabeto de lo que se construye y a la vez desaparece.

Los profesionales egresados este año despliegan un amplio campo de interrogantes materiales y visuales, definiendo la condición trashumante de sus prácticas a través de videos, objetos, instalaciones, poesía visual, performances y recolecciones diversas. Revelan el presente que habitan y el contexto ideológico, social y cultural, que nuevamente provoca la metamorfosis del estacionamiento menos 5 de la Biblioteca Nicanor Parra. Nuestra Escuela pone en acto la resignificación poética del mundo a través de las prácticas artísticas de sus estudiantes, como una alternativa válida para la construcción de la mirada pública.

Vista de la muestra "Carácter", de los egresados 2018 de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales, en la Biblioteca Nicanor Parra, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la muestra "Carácter", de los egresados 2018 de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales, en la Biblioteca Nicanor Parra, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer