Caminar por Santiago junto a Carlos Rivera (Bettembourg, Luxemburgo, 1985) es una experiencia de sumisión corporal. En contrapicado, el cuerpo se dobla y enternece a cada paso con los objetos más diversos y anodinos que, a los ojos de la mayoría, sólo representan el eterno limbo de la basura. Sin premura ni premonición, salvo la fijación ocular y sensitiva hacia lo que se encuentra salpicado en bordes, canaletas y cunetas de las partes más céntricas de la urbe capitalina.

Una vez arrancados del abandono en que se encontraban, Rivera los presiona, percute y golpea para obligarlos a entrar en una nueva galaxia de interconexiones. Depositados en un oscuro y dramático manto de pintura negra, los objetos generan una constelación de historias mínimas: momentos de abandono; funcionalidades desaparecidas; dolorosos encuentros; punctum de violencia, y quizás tantas otras anécdotas.

Así, el duro asfalto que caracteriza las urbes modernas puede ser transmutado en un feliz prado que, en vez de flores de múltiples colores, entrega la basura corroída por los rayos solares y la humedad matutina. La limpia y organizada ciudad de Le Corbusier se transmuta en la precoz Las Vegas de Venturi & Scott Brown para sincerarse en la metrópolis de Koolhaas.

Una primera posibilidad es que las piezas de Carlos Rivera sean paisajes con vocación sideral que proponen una reutilización estética de lo humano para que el afectado pasado se convierta en señas de un futuro (astrología contemporánea, por decirlo así). El tiempo en ellas es incalculable: los minutos son milenios que a cada golpe de reloj se trastocan en eras donde la humanidad no es más que un nimio espacio en blanco entre letras.

Una segunda posibilidad es que sean naturalezas muertas, silentes e inertes. Aglomeraciones en un primer plano, acercamientos radicales a conjuntos preocupados de la composición, el color y la espacialidad. Cuando el lujo del siglo XVII enseñaba respeto temeroso hacia las futilidades de la vida –independiente de que la excitación del ojo sea un aliciente más que un inhibidor del deseo–, esta nueva versión de la still-life contemporánea supone una veneración del desecho, un acto de salvaguarda de la materialidad denostada –nunca olvidar la lección de The Fisher King de Gilliam–. Por lo mismo, el terror a la pérdida, a pasar al vacuo y viscoso territorio de la Nada –la negrura interminable que azolaba a Fantasía en La historia interminable– se instala como reverso perverso de la serie de Rivera.

Nada se pierde, todo puede ser recobrado y recuperado por el arte. Schwitters, Rauschenberg, Stella, los found-footage, la post-guerra de Kiefer, las cámaras de vigilancia en los videos de Matthew Neary. En definitiva, una porción del arte contemporáneo le teme al vacío, el silencio y la contemplación infinita que provenía de los planos pictóricos de Newman, Rothko o Still.

Detalle de la pieza Vínculos de Proximidad, parte de la muestra Sin Estrellas en Sala Gasco Arte Contemporáneo, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer, cortesía Sala Gasco.
Vínculos de Proximidad, parte de la muestra Sin Estrellas en Sala Gasco Arte Contemporáneo, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer, cortesía Sala Gasco.
Vista de la muestra Sin Estrellas de Carlos Rivera en Sala Gasco Arte Contemporáneo, Santiago de Chile. Foto: cortesía Sala Gasco.

Entre el paisajismo sublime de un horizonte espacial y la brutalidad mortecina de las naturalezas muertas, las pinturas de Carlos Rivera suspenden tiempos, objetos y cuerpos que generar un escenario de distancia trascendental con el congelamiento brutal de la imagen del píxel actual. El detallismo y sometimiento del high definition se esfuma en un placer por dejar que el ojo navegue y se sumerja sin temor por las evanescencias de lo etéreo. La comprensión de que el aire se encuentra saturado de partículas en suspensión, quizás el mayor de los legados de Leonardo, permea con fuerza la obra de Carlos Rivera. Color, dibujo, plano, textura, todas se vuelven preocupaciones para la percepción del mundo exterior.

Su manera de fijar el modelo se asemeja mucho más a la entrega y dedicación de Turner o Monet, que a la rapidez y frialdad conceptual de los tiburones de Damien Hirst e incluso menos rotundo materialmente que los moldes de Rachel Whiteread. La visión del collage no responde del todo al contexto del cubismo sintético como lo viera Rosalind Krauss ni al object trouvé de Dalí, Man Ray o Duchamp. Existe un procedimiento conceptual, pero sobre todo un requerimiento formal y visual. Los objetos son pigmentos a la manera del Seurat puntillista. La imagen global proviene de una confianza sin límites por las maravillas del óleo –ahora metal, madera o vidrio–.

Durante los últimos cinco años, Carlos Rivera ha construido toda una serie de imágenes cuya experiencia de calma, mesura y orden, proviene de un deseo por hacer del arte un mecanismo de suspensión, interrupción del movimiento y el curso cultural de las cosas. La naturaleza de la pintura se encuentra en velar o bien en una suma de veladuras que hacen que el ojo no aterrice a puerto con la rapidez que entregan los dispositivos tecnológicos actuales. Así, el deseo visual se vuelve un continuum que deja al espectador en un limbo de posibilidades, un paréntesis de sensibilidades y materialidades a las que no tiene más opción que activar la imaginación como recursos de supervivencia. El doble filo de la obra de Carlos Rivera se encuentra en el borde dramático de los objetos que en su reverso constante espejean y activar posibilidades de desborde y descontrol. Un peligro no menor para la época finita que habitamos por estos días.

Serie Sin Estrellas (2017), parte de la muestra Sin Estrellas en Sala Gasco Arte Contemporáneo, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer, cortesía Sala Gasco.
Detalle de la serie Sin Estrellas (2017), parte de la muestra Sin Estrellas en Sala Gasco Arte Contemporáneo, Santiago de Chile. Foto: Jorge Brantmayer, cortesía Sala Gasco.

CARLOS RIVERA: SIN ESTRELLAS

Sala Gasco Arte Contemporáneo. Santiago de Chile

Del 14 de diciembre de 2017 al 23 de febrero de 2018

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Ignacio Szmulewicz

Nace en Chile, en 1986. Es historiador, curador y crítico de arte. Se ha especializado en las áreas de arte moderno y contemporáneo, y arte público chileno y latinoamericano. Ha publicado los libros "Arte, ciudad y esfera pública en Chile" (2015), "El acantilado de la libertad. Antología de crónicas valdivianas" (2015) y "Fuera del cubo blanco: lecturas sobre arte público contemporáneo" (2012). Ha sido curador de las muestras Matadero (2012-2013), Spoilers (2013) y Ciudad H (2014-2015). Actualmente se desempeña como crítico de arte para la revista La Panera.