Verás auroras como sangre

Raúl Zurita

 

Los míticos escritos de Vitrubio describieron a las cariátides como aquellas féminas que sostienen eternamente el peso de sus historias. Un sello que en el entorno de la arquitectura del Museo Nacional de Bellas Artes he abordado, desde un ejercicio curatorial, para exponer más de una reflexión que bajo este emblemático sitial cruza ciertas tramas diseñadas por las artes visuales. En concreto, a estas cariátides las veo como el marco de un portal, espacio ideal para visualizar una serie de planteamientos cargados del desasosiego de la historia reciente de Chile.

Al crear un análisis curatorial irremediablemente nos conectamos con historias y relatos, pero también tenemos que lidiar con el impacto actual provocado por las actividades humanas. Aquí aparecen los fantasmas que configuran nuestras territorialidades y cómo éstos han resistido ante el pusilánime actuar de quienes construyen la historia. Es el caso de Pisagua, mítico puerto de la región de Tarapacá y gloria de la extracción salitrera de fines del siglo XIX.

Pisagua ha sido, sin duda alguna, el espacio desde el cual cientos de artistas chilenos y extranjeros se han inspirado para articular un imaginario que de cuenta de sus penas, identidades y desaparecidos. Es el caso de Pedro Lemebel, la cineasta Verónica Quense y la artista Juana Guerrero.

Corría el año 2007 y Verónica Quense, junto a Pedro Lemebel, transitaban por los riscos de Pisagua. La motivación que tenían ambos por esa región estaba sumida específicamente en explorar ese pueblo costero. Al comenzar un peregrinaje, sin pavor, por ese mítico puerto, tanto Verónica como Pedro enfrentaron más preguntas que certezas.

Asomando sus rostros al vahído que provoca la geografía del prominente farellón, Verónica sucumbió ante la estética y territorialidad de esos sigilosos senderos. Mientras tanto, Pedro anotaba pensamientos e ideas que además combinó con un grafiti que él mismo escribió y que aún forma parte de la arquitectura de ese lugar: “En qué oleaje verde extraviaron sus pálidos huesos”. [1]

Sin duda este viaje fue dominado por el olvido al cual está sujeto Pisagua, situación que los incitó a recorrerlo, sentirlo y comunicar sus propios sentimientos con los olvidados y desaparecidos. Aunque parezca paradójico, esta acción fue parte esencial del trabajo de una cineasta por decodificar las emociones que muestra este lugar tan cruel e intenso y, por otro lado, cómo la figura de Lemebel absorbió ajados signos los cuales él interpretó con la memoria y el cuerpo.

Las metáforas que evoca esta obra, Performance en Pisagua, van más allá de todas aquellas que podrían ser levantadas en una simple investigación de campo. Aquí la poesía ha sido cartografiada y la pulsión corporal ha rozado y transfigurado esos entornos para entregarnos otras encrucijadas sobre Pisagua, un pueblo que no solo ha sido dañado por un cruento proceso de chilenización, sino también por una ineficiencia estatal que ha provocado su reconocida y perpetua marginalidad.

Still del video"Necia", de Juana Guerrero. Cortesía de la artista
Vista de la instalación "Necia", de Juana Guerrero, en el Museo nacional de Bellas Artes, Santiago de Chile, 2017. Cortesía de la artista

Diez años más tarde aparece el caso de la performance de Juana Guerrero denominada Necia. A través de este proyecto, la artista enfrenta el clamor del cuerpo, ese cuerpo mutilado durante la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet. Como todos saben, en ese periodo fueron creados diversos métodos de tortura y aniquilación en contra de los opositores políticos al régimen.

Durante esos fatídicos años, para invisibilizar los crímenes, el Estado aplicó una serie de medidas que provocaron la desaparición de miles de personas. Al mismo tiempo, para recrudecer este accionar aparecieron, en diversos lugares de Chile, campos de concentración de prisioneros. Uno de los más emblemáticos: Pisagua.

Este lugar fue el espacio predilecto para los organismos represivos de la época que tenían por finalidad torturar y, en muchos casos, llevar a cabo en lugares como Playa Blanca (contiguo a Pisagua) la conocida operación militar denominada “Retiro de Televisores”, que tenía el cometido de remover todas las tumbas clandestinas para después arrojar los cuerpos al mar.

Es así como ante la tortura del cuerpo, el ocultamiento de los cadáveres y la negación de la muerte, Playa Blanca se convierte en un memorial natural que reivindica a las víctimas que sufrieron del actuar pinochetista.

Bajo este contexto, el video performance de Juana Guerrero estremece el dificultoso acto de excavar y remover la orilla de la playa. No obstante, podemos apreciar que la fuerza poderosa de la naturaleza impide su acción. De esta manera, los movimientos infructuosos de la artista son una consigna política.

Junto a todas estas reflexiones, Necia indudablemente crea un espacio de reflexión. Necia salpica en la memoria histórica, social y de ese norte de Chile; y por último, Necia es la insistencia del dolor ante el genocidio de miles de personas.

 


[1] Esta frase está en el capítulo El informe Rettig (o “recado de amor al oído insobornable de la memoria”), un texto que pertenece al compilado de crónicas De Perlas y Cicatrices, publicado por primera vez en Santiago de Chile en 1998.

*Texto escrito por el curador Rodolfo Andaur para la muestra Un Insobornable Memorial Llamado Pisagua, en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago, Chile, hasta el 31 de diciembre de 2017.

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Rodolfo Andaur

Curador de arte contemporáneo. Su trabajo de campo se ha enfocado entre la contingencia política y los conceptos que rodean la antropología latinoamericana. Además ha organizado una serie de seminarios y talleres que reflexionan en torno al arte contemporáneo y la práctica de la curaduría.

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