Las obras y sus relatos III, de Sergio Rojas, es un libro de naturaleza excepcional, fundamentalmente por la persistencia y continuidad del autor en un modo de construir un vínculo con la obra de arte. No existe otro autor que haya realizado un ejercicio sistemático reflexivo y escritural como este, por lo que en esa extensión también expone, de alguna manera, una voluntad de concebir la experiencia estética que puede derivarse de lo escrito en estas páginas.

Ahora bien, ¿qué plantea el autor en Las obras y sus relatos? ¿Cuál es el objeto de un libro en que se escribe sobre arte de la manera en que allí se escribe? La verdad es que ya en la introducción al texto, Sergio Rojas aborda el problema cuando afirma que esta compilación de escritos responde, primero, a una “exigencia planteada desde el arte”. Sería entonces más que una invitación: es la respuesta a una provocación, un desafío a pensar, una voluntad de reflexividad que viene implícita en las formas del arte contemporáneo. Y esa exigencia pone de relieve una manera de concebir la experiencia estética, ante todo porque la obra no aparece cerrada, ensimismada, sino a la espera de un afuera. “La obra siempre remitida a otra cosa que a sí misma”, nos dice. ¿Ya no, entonces, una experiencia basada en las normas propias del arte, según las cuales la percepción está educada en una tradición y donde la propia historia del arte es el canon de interpretación? La obra no sería, por lo tanto, una mera inclusión en una concatenación de sentidos, de genialidades, o una sucesión que permite comprenderla exclusivamente en la estructura de lenguaje que la soporta y la institución que le otorga sentido. Al contrario, la obra es concebida en tanto que exigencia de un vínculo con el afuera, que en el caso de este libro se traduce en un pensar por escrito.

La obra abandona la pretensión de ser una cápsula de verdades que el artista revela al mundo, parafraseando a Bruce Nauman. Será, quizás, porque el mundo ya ha ingresado en la obra y la fisura que le ha permitido entrar constituye el verdadero vínculo con lo real que no pretende dejar indemne al sujeto. El ser del arte contemporáneo se construye desde esa relación con el mundo que incluye al espectador, como diría Rojas, en tanto “sujeto activo en las operaciones de sentido”. En esa dirección, se trata de un sujeto-espectador exigido, movilizado, que no abandona completamente su mundo para dejarse provocar por la obra y entrar así en una trama compleja de relaciones y significados que se dan cita para plantear nada más que una pregunta.

Entonces se cumple la premisa en la que el autor basa el diseño de su aproximación, que no se plantea sólo como un desciframiento de la “cifra” –valga la redundancia– de la cual la obra se dice portadora. No se plantea como un acontecimiento de lenguaje en el sentido de la decodificación efectiva por parte del espectador de aquellas verdades que el artista dispone: es un “pensar con la obra”, una reflexión en desplazamiento movilizada desde el lugar del artista, pero como bien plantea Sergio Rojas en el ejemplo que cita a manera de epílogo, es una lectura y no una versión. Esto nos propone que el ejercicio reflexivo tendría como norte la producción de un pensar iluminado desde la obra de arte, pero dotado de suficiente autonomía como para instalar una segunda estación de provocación, ahora hacia el lector de este libro, invitado a reflexionar desde lo escrito. Volveremos sobre esto más adelante.

Portada de "Las obras y sus relatos III", de Sergio Rojas. Cortesía del autor

Si existe una exigencia de reflexividad que el arte contemporáneo plantea a sus espectadores es porque la obra misma se concibe como pensamiento: no pensamiento en la manera en que se ejerce en este libro; la obra de arte es un pensar materializado que no es posible emancipar del discurso propio del artista porque es su propio discurso hecho obra. Desde la perspectiva del artista, entonces, no hay más que la obra, la que queda a disposición y no hay nada más absoluto que aquello que está dispuesto allí para ser explotado, estallado, digerido.

Queda entonces esperar ese ejercicio, la acción del espectador invitado a pensar con la obra y no sólo sobre ella. Cuando Sergio accede gentilmente a escribir sobre uno de mis trabajos, Galería de los Presidentes, en tanto artista no estoy esperando la materialización de mis anhelos discursivos a través de su pluma; mi expectativa debiera ser más bien la construcción justamente de ese otro pensar que se halla desprendido de lo que existió en la sala de exposiciones. El escrito de Rojas lo dice textualmente: “la lectura que propongo…”. Cuando afirma que Galería de los Presidentes es “un golpe de fuego sobre la memoria”, se está accionando sobre la instalación para extender desde esta un sentido que enfatiza una voluntad, que no es otra que la de un espectador activo. O cuando afirma que a través de la obra es “la historia de Chile la que encarga a la escultura su inquietante silencio”, la rotundidad del escrito lo emancipa de la obra que le da origen.

La obra de arte contemporáneo se propondría de esta manera como una provocación que golpea contra la indolencia del mundo. Rojas ya elabora ese análisis en la reflexión a partir de la obra de Gonzalo Díaz El neón es miseria, desde la que se lee un asalto a la cotidianidad cuando esta se ofrece revelada como un lugar donde el arte contemporáneo acontece. Y en ese acontecer pone de relieve la capacidad infinita del cotidiano de “incorporar la alteridad en su seno”, de fagocitarlo todo. Nos dice Rojas: “El edificio de La Moneda en Santiago de Chile aún humeaba después del bombardeo aéreo y la cotidianidad ya se había recompuesto”. Así, cuando ni siquiera un acontecimiento de ese calibre es capaz de remover el pantano, ¿qué queda para el arte? No queda más que considerar la cotidianidad misma como horizonte de sentido, en el entendido de que el arte no puede sino intentar el proponer una pregunta, que desde la lectura de Rojas, se dirigiría hacia la propia cotidianidad y su capacidad de alojar en su espesor el horror que se niega a disolverse en el pasado.

Esa voluntad del arte de cuestionar el mundo siendo mundo es también la voluntad de no restarse del tiempo ni del espacio para encontrar en estos las dimensiones que permitan abordar la contemporaneidad reflexivamente y, desde allí, convidar a otros al mismo ejercicio. “Pero la tarea de un arte reflexivo es hoy cada vez más difícil”, nos advierte cuando a partir de la obra de Daniel Cruz diferencia aquellas instancias en que se confunden lucidez y alienación tecnológica. Es a través de la obra de Cruz que Rojas piensa el arte como aquel lugar “donde se transforman en lenguaje los objetos, sus mecanismos y códigos de funcionamiento”. Es el arte capaz, incluso, “de superar su propia reducción al espectáculo en tanto despliegue en el lugar de la obra, radicando su interés en los problemas y preguntas que moviliza”, nos dice. Sería Telemática paisaje, la obra de Daniel Cruz, una instancia para confrontar al sujeto con sus expectativas para revelarlo en su pura des-ilusión.

La estructura del libro agrupa los textos a partir de lo que el autor define como sintonías, unidades de sentido que establecen relaciones conceptuales y significantes que permiten proponer vínculos incluso entre las obras. Sin embargo, sería inapropiado decir que este libro tiene por objeto la construcción de una idea de arte contemporáneo. Aunque bien es posible desprender desde la lectura una noción más que acertada, las obras sobre las que Sergio Rojas reflexiona no son exclusivamente arte contemporáneo. En ese sentido, este libro constituye más bien otra cosa: un ejercicio escritural que es resultado de una manera de experienciar el arte, de dejarse seducir por la obra, pero que es al mismo tiempo una invitación a convertirse en un espectador contemporáneo, vale decir, a ser sujeto de una experiencia estética compleja que es visual, fenoménica, pero también reflexiva.

Una experiencia estética que impele a construir relatos, no sólo como interpretación de los discursos posibles del autor, sino que como configuración de entramados de sentido que puedan caminar en paralelo a aquellos. Ahora el lector de este libro tendrá la puerta abierta para acercarse a las obras a través de estos textos, pues sin duda el pensar del autor ha atendido esa relación, pero esta vez desde la escritura de un espectador que ha asumido esa exigencia y que ha compuesto una nueva provocación para pensar, desde el arte, la compleja realidad de la que toma su origen.

 


*Adaptación del texto leído en el lanzamiento del libro Las obras y sus relatos III (Santiago: Ediciones Departamento de Artes Visuales, Universidad de Chile, 2017) en FILSA 2017, Estación Mapocho, el 11 de noviembre de 2017.

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Luis Montes

Artista Visual y profesor del Departamento de Artes Visuales (DAV) de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.

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