La Galería Patricia Ready, en Santiago de Chile, presenta hasta el 17 de noviembre la muestra La Dama de Cao, de Silvana Pestana y Pancho Casas. La exposición, que consta de instalaciones, fotografía, videos y piezas textiles, entre otros medios, supone la culminación de una experiencia ancestral vivida por ambos artistas en el desierto de Trujillo (Perú), donde exploraron la extinta civilización mochica y se acercaron a su máxima gobernante, la mítica Dama de Cao.

Como parte del proyecto, Pancho Casas decide ser parte del rito de sacrificio en el que los prisioneros de La Dama de Cao son ofrendados a la misma líder y a la tierra, adoptando el artista ambos roles en su performance, e incluso utilizando las joyas rituales que pertenecieron a la guerrera. Pestana hace el registro solo de las partes de la performance/rito que los chamanes le autorizan, además de realizar las otras piezas que constituyen la muestra que ocupa la sala principal de la galería.

Conversamos con Pancho Casas y Silvana Pestana, artista peruana, sobre la génesis del proyecto.

Nicolás Narváez: ¿Cómo fue que comenzaron a trabajar juntos? ¿Cómo se conocieron y decidieron colaborar?

Pancho Casas: Me interesó en algún momento volver sobre Shakespeare, Hamlet y la muerte de Ofelia. Algo inconcluso, algo que me quedó dando vueltas sobre la muerte de Ofelia, sobre todo ahora que he estado terminando una novela que se llama La Noche Boca Abajo, y que es sobre la esquizofrenia. Estoy obsesionado con la muerte de Ofelia. Incluso, había hablado con Colombina Parra, porque Nicanor Parra estuvo traduciendo los cantos de Ofelia, para ver si tenía alguna copia o qué se podía hacer para realizar una sesión fotográfica y después, posteriormente, una performance. También iba a trabajar con Sebastián Jatz en la construcción de la música, y era una cosa más bien como un homenaje a Pina Bausch, algo que tengo ganas de hacer hace mucho tiempo, por la cercanía de ella con Las Yeguas del Apocalipsis, conmigo y principalmente con Chile, a través de Ronald Kay, que eran marida y mujer las dos. Entonces, queríamos hacer unas fotos y yo le digo a Silvana que completemos este trabajo que estoy haciendo con otra fotógrafa, a ver qué se le ocurre, y me dice que no, que etcétera, etcétera. Yo le digo: “Mira, estoy pensando en otra cosa, estoy obsesionado, además, desde que llegué, con la Dama de Cao”, y decidimos hacerla. Silvana había sido alumna mía –no sé si la palabra es “alumna”– o participante de un curso de crítica cultural y arte contemporáneo que yo daba en la escuela Corriente Alterna, en Lima. Y había visto su trabajo y me gustaba mucho como ella había trabajado lo minoritario, principalmente la prostitución adolescente producto de la trata de blancas de la minería ilegal, y también, anteriormente, había trabajado con el caucho, con la devastación que había producido el caucho, la miseria humana, en el Amazonas. Entonces, me gustaba la aproximación que Silvana tenía a lo minoritario; era un terreno fértil para hablar y trabajar. Y ahí le propongo que hagamos La Dama de Cao.

Silvana Pestana: Nos conocimos en Perú. Pancho llegó a Lima para presentar su muestra Perder la forma humana en el Museo de Arte de Lima (MALI), y una tarde, en una de las ferias de Lima, lo conocí y nos hicimos amigos instantáneamente. Decidimos trabajar juntos en este proyecto, por mi parte, porque admiro y respeto mucho el trabajo y la trayectoria de Pancho, siento que estéticamente coincidimos siempre y ambos tenemos ese interés en la mujer y su posición en nuestra sociedad. Pancho me pide hace un año y medio hacerle un dibujo. Para yo hacer el dibujo, necesité fotografiarlo, y las fotos le gustaron tanto que me dice: “Las fotos son maravillosas, olvídate del dibujo, me quedo con la foto”. Él viene a Chile y le muestra las fotografías a Patricia Ready. Patricia las amó y nos propone exponer aquí, en su galería. Así es como surge el proyecto. Además, conversando, descubrimos que teníamos este interés en el personaje de La Dama de Cao, y en ese momento empezamos nuestros viajes a Trujillo. En Trujillo conocimos a Régulo Franco, en una de nuestras visitas al sitio, y él nos sirvió de guía. Régulo es el arqueólogo que descubrió a La Dama de Cao, así que recibimos de primera mano toda la historia del hallazgo. Trujillo queda a una hora de vuelo de Lima, así que nos fue fácil ir a trabajar por el día varias veces para hacer nuestra investigación.

N.N: ¿Cómo llegan a La Dama de Cao?

S.P: La primera vez que fui a la huaca El Brujo, y conocí a La Dama, quedé fascinada. Fue un personaje tan potente, su poder tocó todas las caras de una sociedad. Para mí, es un enigma cómo pudo concentrar tanto poder: poder religioso, ya que era chamana, poder económico y poder sobre el ejército. La tumba es de una belleza impactante, sus adornos, vestimentas, joyas… todo de una sofisticación impresionante. A mí me ha obsesionado el tema de la mujer y lo vengo desarrollando desde hace muchos años. En mi trabajo anterior hablo de las víctimas invisibles de la minería ilegal, hablo de las niñas que son esclavizadas sexualmente en los campamentos mineros. Hablo de una joven boxeadora que arriesgó su vida para salvar a una niña de la trata de blancas y terminó asesinada por la mafia del oro hace un año y medio, y puedo hacer un paralelo entre estas dos poderosas y valientes mujeres.

P.C: A La Dama de Cao llego absolutamente por accidente. Leyendo y leyendo… Siempre he estado muy interesado en las culturas precolombinas; estuve obsesionado en una época con Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, que debe haber sido el primer travesti latinoamericano, de mi larga temporada en México, donde viví casi ocho años. Siempre he estado conectado. Inclusive, Pedro Lemebel también estaba conectado. Me acuerdo que con Pedro hablábamos horas y horas sobre Chan Chan. Entonces, cuando yo llego a Lima, quiero saber más de Chan Chan, y descubro que Chan Chan es de una cultura posterior a la de la Dama de Cao, en Trujillo. Una vez que el huaico arrasa todo, aparece Chan Chan como una ciudad amurallada, en un lugar seguro. Y a unos pocos kilómetros de Chan Chan estaba enterrada La Dama de Cao. Y por estas coincidencias, Rochi del Castillo, que nos ofrece el hospedaje en Chan Chan, tiene una chacra ahí en medio… una cosa alucinante. Tú sales a caminar por el jardín y te encuentras con las ruinas. Todo se dio para que viajáramos a Trujillo, para que fuéramos a la huaca y para encontrarme con La Dama de Cao. Había visto un documental de ella de la National Geographic; me llamó la atención esta mujer tatuada, esta mujer llena de serpientes y arañas, una mujer de hace 1.800 años atrás y su contemporaneidad; es como una reina punky.

N.N: ¿Cómo comienzan a trabajar la performance? ¿Cómo deciden hacer el mismo rito por el que pasaban los prisioneros de La Dama de Cao?

P.C: No estaba totalmente claro cómo se iba a traducir… si la Dama de Cao iba a ser otra Frida Kahlo más. A propósito, acuérdate que yo vengo trabajando con la sangre desde Las Dos Fridas, que lo que corre por el vestido es mi sangre. Entonces, estaba esa aproximación. También está lo que me conecta directamente con la literatura de Diamela Eltit, con Lumpérica, o con su performance, que es la iluminada cuando se corta. Ahí hay una Diamela Eltit en mí, adentro… una “Diamelita” [ríe], sanguinaria como es la Diamela. También estaban todos estos referentes, miles de cosas que, si tú empiezas a atar cabos, empiezas a ver que es exactamente lo mismo. Y al interiorizarme más, al viajar a Trujillo, a la huaca, descubro este mural donde están todos estos guerreros moche que van a ser sacrificados, que son a tamaño natural, y con estos penes erectos y además con los testículos sajados. Me explican de qué se trataba el ritual, y yo digo que quiero hacer ese mismo ritual. Quiero volverlo a repetir, pero como ofrenda y como ofrendado, las dos cosas a la vez, ying y yang. Le comento a Silvana que quiero hacer la performance, y ella dice: “Hagámoslo”. Nos vamos dividiendo los trabajos, los matices, las discusiones de la instalación misma, que de alguna manera arman este bordado que es la performance. Toda una simbología.

N.N: ¿Ahí tú pasaste por el mismo rito por el que pasaban los prisioneros de La Dama de Cao?

P.C: Efectivamente, es el mismo rito, hecho con arqueólogos, con chamanes, se investigó exactamente cómo era, qué había que hacer, cómo funcionaba esto, y decido repetir la experiencia de lo que podría sentir un esclavo al ser sacrificado… que, en el fondo, la idea del sacrificio no existe: nosotros le ponemos “sacrificio”, pero es una ofrenda. Acuérdate que tanto los aztecas como los moche son, de alguna manera, “reculturalizados”, porque eran los mismos códigos de la Iglesia Católica: en la misa, el cura dice: “Este es el cuerpo de Cristo”, y se lo come: canibalismo; “Esta es la sangre de Cristo”, se la toma. Es exactamente lo mismo que hacían ellos, nada más que ellos lo hacían de veras, se comían el cuerpo, lo destruían y sacaban la sangre como ofrenda. Es una similitud extrema con el Catolicismo. Lo que hace el rito de la misa es un acto de antropofagia.

N.N: Ya ahí en el rito, en la performance que también filma Silvana, tú pasas a ser no solamente los prisioneros, sino que también te vuelves la misma Dama de Cao…

P.C: Exacto, por eso te digo masculino/femenino. En el mismo rito, La Dama de Cao le cortaba los testículos a los vencidos, los sajaba para extraer la sangre, les daban un anticoagulante que se llama puchucuy para que la sangre fluyera y no se coagulara. Parte se la tomaban y el resto la esparcían en los campos para fertilizar la tierra. Ella también es masculino en ese sentido, al apoderarse de los fluidos y ella inseminar la tierra, la mujer, la Pacha Mama. Ahí hay una analogía interesante.

N.N: Lo interesante también que tiene La Dama de Cao es esta dualidad de ser la mujer gobernante, la mujer hechicera…

P.C: No sólo la mujer gobernante, que dirige un ejército completo, un ejército marítimo, que también es importante porque acuérdate que llegaban hasta Chile. Desde Chile llevaban unas conchas con las que teñían las cerámicas, también llevaban lapislázuli, y miles de otros productos. Ellos eran conquistadores, a diferencia de los incas, que eran comerciantes. Ellos se movían por la fuerza.

N.N: Además, tradicionalmente, las mujeres no tenían posiciones de poder…

P.C: Claro, esta mujer reunía los tres poderes. Yo diría que es más importante que Nefertiti o Cleopatra. Tenía los poderes completos, y murió después o antes del parto, no sabemos bien, en el ejercicio pleno de los poderes. Era hechicera, sacerdotisa, chamana, gobernante…

N.N: ¿Cómo fue para ti esa experiencia de ponerte en su piel y en la piel de los prisioneros?

P.C: Yo no creo mucho en los misticismos, tú sabes que no, pero en este caso puntual podría aplicar la palabra. Quedé un poquito trastocado mucho tiempo después. Inclusive, a la semana exacta de haber entrado a este lugar, pidiendo permiso a ella, pidiendo permiso a sus escoltas… en este viaje de wachuma o San Pedro que tomé, sufrí un accidente donde me atropellan a mí y a mi perro, y muere mi perro. También, de alguna manera, lo asocié con la sangre que faltó dejar. Pero eso es nuestro pasado latinoamericano, venimos de todo eso. No es realismo mágico, es realismo, no más. Es real. Me he acordado mucho, por ejemplo, del cuento de Julio Cortázar. Estoy trabajando mi novela a partir de su cuento La noche boca arriba, que es de un indio moteca que tiene un sueño futurista. Repetí esa misma operación de Cortázar; siempre lo que hago está muy ligado a la literatura. Te contaba recientemente que mi novela de ahora se llama La noche boca abajo, que es más homosexual. Pero hay una relación entre este indio moteca que va a ser sacrificado, que mientras lo persiguen, mientras cae, en el momento del sacrificio, tiene un sueño futurista en el que anda en una motoneta por la ciudad que no existe aún. Cortázar siempre es maravilloso.

N.N: ¿Cómo fue para ti, Silvana, el participar del rito/performance que hizo Pancho en la huaca de La Dama de Cao? ¿Cómo fue tu experiencia registrando este rito, que es algo tan privado?

S.P: Fue una noche única, mágica. Se movieron muchas energías; eso lo podías sentir en el aire y en la mirada de Pancho. Registrarla me dio distancia y cercanía a la vez; fui como el testigo de un sueño. Tuvimos luna llena, que fue un regalo de la noche, y con la luz de la luna y la de la fogata pudimos registrar a detalle, tan de cerca como pude, con la intención de sentir la experiencia de Pancho.

N.N: ¿Cómo nace la idea de exponer aquí en Chile, en la galería de Patricia Ready?

P.C: Es casi accidental. No sé cómo nace. Yo creo que te había comentado que con Patricia Ready tengo una deuda pendiente de hace 30 años o más, diría yo. De la época que Pedro Lemebel y yo íbamos a dejarle la cagada cuando estaba en el Mulato Gil de Castro. Era una época muy politizada, por suerte era así de politizada. No éramos enemigos, tampoco nadie era tan diferente. Pienso que lo que ha hecho Patricia Ready por el arte en este país es francamente desconocido y no lo ha hecho nadie. La ayuda que ella otorga a todos los artistas jóvenes, emergentes, independientemente de credos, condiciones sociales o raciales, finalmente quien lo ha hecho es Patricia Ready. Uno puede mirar esta tremenda construcción, ostentosa, que tiene en la calle Espoz, pero es un lugar que hay que ocupar, es un lugar para aprovechar, no hay que negarse a estos lugares. Voy por breve tiempo a Santiago, a exponer Ese’eja, mi último trabajo del Amazonas –que ustedes lo sacaron muy bien en su revista– y me hace una encerrona. Me invita a almorzar -por supuesto que voy- y me dice: “Ya, ¿cuándo, pues?”, me dice la Patricia Ready. “Ya, ¿cuándo, Pancho?”. “Ya, ponle fecha”, le digo yo. “Estoy en este trabajo, con este proyecto, ¿te interesa?”. Le muestro unas fotos que ya me había tomado Silvana, y me dice: “Ya, lo quiero para la galería. Démosle”. Así pasó, y estoy muy contento de, después de tantos años, poder encontrar que no éramos tan diferentes y que Patricia Ready es una gran persona, un gran valor en la cultura de nuestro país. Inmigrante, también. Entonces, también nos une eso.

S.P: Es una magnífica oportunidad de poder mostrar mi obra en un espacio espectacular. Yo no venía a Chile desde hace muchísimo tiempo, 20 años. Me encontré con un Santiago hermoso, muy cambiado. Al llegar a la galería no podía creer el espacio, es realmente una suerte poder exponer en este maravilloso espacio.

N.N: ¿Cómo te quedas Pancho, finalmente, después de toda la experiencia, de hacer este proyecto, exponer en Chile, pasar por el rito y convertirte en La Dama de Cao?

P.C: Recién estoy asimilando… No espero que entiendan el trabajo, porque creo que no damos ninguna coordenada para que lo entiendan, sino que, más bien, con el signo para que denoten un significante, de qué se trata. Por eso la arcilla es roja [ríe].

N.N: ¿Cómo es que relacionas tú este proyecto con tu obra anterior?

P.C: Me interesa lo precolombino, aunque la palabra “precolombino” no me gusta nada. Me interesan las culturas más antiguas. Tiene que ver un poco con eso, y también con algo que habría hecho Alfredo Castro alguna vez, la Historia de la sangre, que lo hizo con Francesca Lombardo. Siempre estoy trabajando, tal vez no con la sangre como la entiende Castro, sino que la historia, desde los pueblos conquistados, los pueblos colonizados, desde los asesinatos a travestis, la sangre derramada, desde cómo se reinterpreta la sangre en una misa católica, cómo funcionan estos flujos, cómo siguen siendo totalmente contemporáneos… tanta sangre derramada.

N.N: De ahora en adelante, ¿qué es lo que se viene para ti? ¿Qué proyectos artísticos tienes en mente?

P.C: Los huacos eróticos, todo el erotismo mochica. Voy a trabajar algo que no he hecho antes, que es lo porno. No lo porno “gráfico”, sino lo porno, no más. Lo porno, el someter el cuerpo a esto, desde la lectura, que tiene que ver también con la sangre, desde Sade hacia abajo, me interesa eso. La violación me interesa. Por ejemplo, ahora en Perú –creo que ocurrió también en Chile hace poco– está todo conmocionado el país porque durante estos días hubo un censo y una de las censistas entró a una casa y la violaron.

N.N: ¿Qué te pareció finalmente el montaje de todas las piezas en la galería?

P.C: Yo me quedé feliz. Con el montaje entero, que lo hizo un chico que trabaja conmigo, que también es un artista, que es Joseph Díaz Chu, que armó el montaje. El montaje yo lo encuentro un montaje impecable, es precioso, lindo, perfecto… con unos problemas técnicos de una pantalla que tal vez no se vea bien, pero el video está reproducido como está. Me parece perfecto. Lo que sí es que yo no me quedé contento con mi participación dentro, creo que te lo había comentado, un poco crítico, tal vez un poco más travesti… Hubo muchas fotos que no se pusieron, donde soy una Dama de Cao travesti, una Dama de Cao más compleja. Pero también es lo que el público quiere ver: Pancho Casas vestido como la Dama de Cao travesti, con las joyas… Entonces, también esa omisión mía, que también es una crítica a mí, no me pareció del todo. Me queda la duda de haber mostrado la otra parte, que finalmente me censuré, o recapacité o la pensé. Fotos que me tomó la Silvana muy travesti, con todos los tatuajes de la Dama, siendo la Dama. Yo creo que habría que reponer esta muestra en algún minuto con esas fotos… pero me parece bien esta limpieza de ahora, que la gente me imagine de La Dama de Cao es mucho más interesante a que me vean.

N.N: Me comentabas también que tú la tomabas como una instalación más bien “japonesa”.

P.C: Sí, porque estaba obsesionado con la luz, con el arquitecto japonés Junichiro Tanizaki. Estaba obsesionado con cómo funciona la luz sobre los objetos, sobre los cuerpos, esta media luz de los japoneses me interesa. Y la instalación es como un ying-yang, completamente zen, tranquila, apacible. Es una instalación apacible que tú la puedes recorrer como si estuvieras en un jardín japonés, pero si empiezas a afinar, descubres la sangre. Descubres que el mural tan lindo erótico que hay atrás es gente que van a sacrificar, que los cactus han sido fosilizados por los relaves, están fosilizados por los mismos materiales… Los cactus están vivos, son de verdad. Están recubiertos, pero los cactus están muriendo por dentro. Son cactus vivos que se les dio un baño. Silvana, que hace un trabajo maravilloso… les dio un baño de cobre, a otros de oro, de plata, de barro, pero por dentro están muriendo poco a poco. Es interesante, porque uno cree que son esculturas y no, los cactus son de verdad, son San Pedro, recogidos, cuesta mucho encontrarlos de ese tamaño y también te da una pena enorme tener que fosilizarlos para el arte. Entonces, también es sangriento lo que están viendo ahí. Nada es tan simple.

S.P: Los cactus de cobre los hice a través de un proceso de metalizado, a través de la electricidad y del agua. Es la misma técnica que utilizaban los moches para bañar en oro o en cobre. El cactus está dentro de la escultura. Previamente lo impermeabilicé con resina para luego sumergirlo en el agua y lograr a través de la electricidad bañarlo en cobre. Es como fosilizarlo. Las esculturas las trabajé con todas las técnicas en las que trabajaron lo moche: oro, plata, cobre, bronce, barro. El gran manto lo hice con tocuyo y yute fabricados en Trujillo, y bordados y cosidos a mano, representando la iconografía geométrica moche con los prisioneros grabados e intervenidos con barro y sangre.

P.C: Y, por otro lado, los monitores muestran este video de un campo apacible, que es el primero, que es Piedra, mano y tijera; luego, la performance mía propiamente, donde me estoy sangrando; y al lado, una mujer que sobrevive al huaico, que sobrevive a la avalancha, que es una imagen real tomada de la televisión.

S.P: El tercer video es un registro periodístico de uno de los huaicos ocurridos en verano, como consecuencia del Fenómeno del Niño, en el momento en que esta valiente mujer es arrastrada por el aluvión, logra escapar y salva la vida. Los tres videos funcionan como un oráculo.

P.C: Y colgando de los muros están los mazos con que les quebraban los huesos a los prisioneros cuando iban a ser sacrificados. Entonces, si tú te pones a pensar y te das tiempo… la puedes encontrar como decorativa, cuando la ves a primera vista, pero como hemos aprendido algo del arte japonés, la esencia está por dentro, en el reflexionar qué estoy viendo, qué me están proponiendo Silvana y Pancho Casas. Los cactus están vivos y eso es terrible, verlos morir ahí, en la galería de la Patricia Ready, porque siguen viviendo por mucho tiempo. Claro, la gente cree que son esculturas de bronce y no, no son esculturas, son cactus reales. No, si la exposición es terrible, si tú te pones a pensar, la exposición en sí es terrible. Y en eso yo engancho con Silvana. Ella recogió un colchón de un prostíbulo de niñas adolescentes, de 12 años, donde las violaban. Ella recupera el colchón y lo baña en cobre, y lo exhibe. Entonces, tú ves una pieza maravillosa. Yo escribí sobre eso. A mí me impactó la cabeza de Silvana para agarrar este colchón, lo pones en una galería “ficha” o burguesa y lo ves como una pieza, pero si te empiezas a inquietar, te aparece un colchón de verdad donde violaron a alguien, ahí mataron a alguien y ahora está expuesto. Lo hace el ojo, el ojo que no quiere ver, que no quiere ver más allá. Es un poco lo que ocurre en la política, lo que ocurre en la cultura, lo que ocurre en otras partes. En este caso es más suave, no es el colchón famoso de la Silvana, pero es precioso, como lo son estos cactus fosilizados que se están muriendo, como se extingue todo.

N.N: Pancho, ¿cómo ves tú la escena artística chilena? Ahora que estás lejos, ¿cómo lo ves desde afuera?

P.C: Tengo muy poca aproximación a la escena chilena; creo que finalmente es una repetición de lo mismo. Por ejemplo, me gustó mucho ahora, que estuve en Santiago, ver el trabajo de Claudio Bertoni en la Galería D21. Completamente necesario, pero estamos hablando de los antiguos. Yo no sé si veo una escena nueva. Por ejemplo, caminando por la calle, por Lastarria, me encontré con la Paz Errázuriz [ríe], como una señora de compras, comprando tonteras, la Premio Nacional de Arte. Es imposible alejarme de Nelly Richard, o de fragmentos de escrituras de Carmen Berenguer… Pertenezco a una generación que, tal vez, le encuentra muy poco sentido a lo que se está haciendo ahora. Creo que apostaron por el arte conceptual y dejaron el barroco de lado. Creo que releyeron mal los discursos de Leppe. Entonces, hay algo ahí que no está funcionando, y no sé si para bien o para mal… tampoco lo quiero establecer como una crítica. Me sigue enloqueciendo el trabajo de Juan Downey, o la pintura de Juan Domingo Dávila, entre otras cosas. Algo pasó en la formación de artistas que yo todavía no lo entiendo. Me parece importante una vuelta a la pintura, pero si van a volver a la pintura, que sea una pintura que explote, que detone en política… Papas Fritas podría ser un artista que a mí me importe mucho, pero también hay una pose escenográfica de él que habría que pensarlo, algo que absolutamente hay que pensar. Por otro lado, el arte que viene con las nuevas modas, con las militancias gay, como queer –¿qué es queer? nadie es tan raro–, el postporno… El porno viene desde la misma época de los mochica. Lo que estoy trabajando ahora, todos estos huacos eróticos, donde inclusive aparecen escenas sexuales con gente con enfermedades venéreas que le daban mucho más glamour al coito, me parece más interesante. Entonces, no lo entiendo muy bien. Como diría Nelly Richard, “no entiendo nada”. Lo que sí encontré espectacular es la instalación que me parece que hizo en la India, no sé dónde, Raúl Zurita, donde tienes que entrar por –a propósito de las migraciones, de la catástrofe palestina– un pasadizo lleno de agua, mojarte los pies. Sigo viendo una juventud en Raúl Zurita, y en sus instalaciones, de veinte años, en el sentido de lo fresco, lo renovador, de exquisitamente maravilloso.

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Nicolás Narváez

Nace en La Serena (Chile) en 1987. Es publicista, editor y comentarista de arte. Licenciado en Comunicación Persuasiva por la Universidad del Desarrollo (Santiago, Chile). Actualmente es Editor en Jefe en Artishock, y fundador y editor general del blog de arte ANTE Santiago.
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