A lo largo de su carrera, Doris Salcedo (Bogotá, 1958) ha desarrollado un complejo y multifacético trabajo en torno a la violencia política y el sufrimiento de aquellos que han quedado excluidos de unas condiciones de vida digna, partiendo de una concepción expandida de la escultura y apoyándose en una rigurosa labor de investigación experiencial.

Con su obra busca (re)construir la historia, incompleta y fragmentada, de los seres que habitan en la periferia de la vida. No en vano, Salcedo suele describirse a sí misma como una escultora al servicio de las víctimas, concibiendo su obra como una oración fúnebre con la que trata de erigir los principios de una “poética del duelo”. Y lo hace desde la premisa de que solo a través del duelo, que ella considera la acción más humana que existe, se puede devolver la dignidad y la humanidad arrebatadas.

Palimpsesto, título de su intervención en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro, sede satélite del Museo Reina Sofía de Madrid, constituye un ejemplo paradigmático tanto del característico modus operandi de Doris Salcedo —sus proyectos suelen ser de largo recorrido y exigen un complejo y minucioso trabajo de conceptualización, investigación y ejecución—, como de su decidida apuesta por “presentar la violencia sin violencia”, por hacer perceptible el dolor sin necesidad de mostrarlo explícitamente.

Del suelo del Palacio surgen gotas de agua que lentamente se unen hasta formar los nombres de hombres y mujeres que se han ahogado al intentar llegar a Europa en busca de una vida mejor. La artista colombiana visibiliza así uno de los hechos más dramáticos e ignominiosos de nuestra historia reciente: la muerte de miles de personas en las aguas del Mediterráneo ante la indiferencia, cuando no (in)consciente complicidad, de una sociedad europea anestesiada y en peligrosa deriva hacia un cierre identitario.

El propio proceso hidráulico de la instalación crea una secuencia entre la visibilidad e invisibilidad de los nombres de las víctimas, ya que pasado un tiempo el agua es reabsorbida por la superficie haciendo que se desvanezcan las grafías, y así sucesivamente en un ciclo de remembranza y olvido que metaforiza la violencia intrínseca de las políticas de la memoria. Aun asumiendo que no puede cambiar el curso de los acontecimientos —“el arte”, suele decir, “no puede salvar ni una sola vida”—, sí cree que posibilita que el espectador establezca una relación afectiva con quienes han sufrido y, de esta manera, contribuir a que su experiencia no quede relegada al olvido.

En este video, cortesía del Museo Reina Sofía, su director, Manuel Borja-Villel, y la artista, comentan sobre el proceso de desarrollo de la obra, su poética visual y su simbolismo narrativo.

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