Galería Patricia Ready, en Santiago de Chile, presenta hasta el 14 de octubre la muestra Obras No Recientes del artista chileno Nicolás Grum (Santiago, 1977), en la que se reúnen piezas inéditas y otras nunca antes expuestas en el país, creadas entre 2010 y 2017, que convergen en una mirada única sobre el poder, el fracaso y lo intrascendente.

Nicolás Grum nos cuenta sobre las inspiraciones y contextos detrás de sus piezas en esta Visita Guiada.

Siempre ha llamado mi atención el título Obras Recientes, un lugar común que se repite especialmente en el circuito de las galerías de arte, donde muchas veces pareciera ser más importante lo novedoso –esa comparecencia frente a la última actualización de la obra del artista– que su calidad o el contexto de la misma. No puedo evitar imaginar a un artista demasiado atareado, con decenas de compromisos alrededor del mundo, presionado por su galerista para que realice un nuevo show en su espacio, pero teniendo a la vez que sortear bienales, libros, entrevistas, comisiones y curadores, y además dar con un buen título para su exposición. Obra Reciente es un comodín que además nos asegura que lo que veremos es nuevo.[1]

La relevancia por lo nuevo no es nueva, pero parece acelerarse en los tiempos de la inmediatez electrónica y post humana. Es tal el flujo de información, de imágenes, noticias, papers de divulgación científica, películas y series, temas musicales y bandas, es tal el volumen colosal de datos y tan pequeña nuestra capacidad de retener, que nos entregamos resignados a este gesto contemporáneo que es deslizar el dedo índice sobre la pantalla de nuestro teléfono móvil, para que una virtual cinta infinita se desplace mostrando lo más reciente, la última foto o el último post, que pasará a alojarse instantáneamente en un sector semiconsciente de nuestro cerebro, donde en el mejor de los casos las recordaremos si volvemos a verlas, pero siempre incapaces de evocarlas, de relacionarlas y menos aún, reflexionar sobre ellas.

Ya en 1990, cuando los estadounidenses bombardeaban Irak durante la Guerra del Golfo, se generaban preguntas sobre el hecho de estar viendo en directo (por TV en aquellos años) luces de colores y estridentes resplandores que más parecían fuegos artificiales en vez de misiles destruyendo edificios y matando personas. Es lógico, es inevitable, es un hecho: mientras más miramos, menos vemos. Y menos pensamos sobre lo que vemos.

El 8 de septiembre de 1984, según dictamen del bando n° 19 de la Jefatura de Zona en Estado de Emergencia del Ejército de Chile, varias revistas chilenas dedicadas al periodismo de investigación (lo que en esos años era peligroso y podía llegar a ser mortal) son obligadas a restringir “su contenido a textos exclusivamente escritos, no pudiendo publicar imágenes de cualquier naturaleza”, esto como una forma de contrarrestar la fuerza que la imagen tenía para denunciar lo que sucedía. Hoy en día no es que la censura ya no exista,[2] pero son resabios de un viejo orden sin duda, como esos ancianos chinos que aún visten la chaqueta del ejército de la Revolución Cultural, montados en sus motocicletas eléctricas, cuyas baterías son alimentadas por plantas termoeléctricas a carbón que asfixian sus ciudades: son actos reflejos de un cuerpo cansado que se acostumbró a calzarse siempre el mismo traje, o a dar un par de gritos a sus asesores para que se haga lo que hay que hacer. En estos tiempos, los humanos post humanos censuramos sobre informando, volcando en el portal cien noticias superfluas que van dejando atrás en la timeline algo que pudo ser verdaderamente importante. Si no queremos que alguien repare en un comentario que hicimos y del cual nos arrepentimos, antes de disculparnos nos convendrá hacer cien comentarios más, mil nuevos post que cubran lo ya dicho, y así ya nadie recordará lo primero, ya será obsoleto, estará muy lejos de la mirada la próxima vez que hagamos nuestro scroll.

Las obras aquí presentes son contrarias a la novedad, son parte de tiempos, contextos y estados mentales muy diversos entre sí. Las más antiguas (o menos actualizadas, si se quiere) tienen ocho años, varias otras fueron hechas durante una residencia en Nueva York el año 2010 y pretendían ser una muestra que finalmente nunca terminó de cuajar en mi cabeza.[3] Hay varias piezas (o cosas) que han sido ensayos, maquetas o fallos de otros proyectos; otras son producto del ocio más que del trabajo, algunas se han ido haciendo prácticamente solas de tanto reunir desechos, con esa actitud tan Diógenes que parecieran tener los artistas a veces, siempre confiados en que para algo servirán después.[4]

En Santa Cruz de la Sierra, durante una residencia en Galería Kiosko, hice un cartel que indicaba dos direcciones: “ocio” y “trabajo”. Y no sé si por exceso de lo primero o falta de lo segundo, llegó el momento de volver a Chile y el cartel no había sido colocado aún, por lo que, al salir de la residencia, mochila en mano y con el taxi esperándome para llevarme al aeropuerto,[5] tomé el cartel apurado y lo enterré en la calle a la salida de la casa, martillándolo con un ladrillo que se quebró al segundo intento. Luego, otro artista (que se convirtió en amigo) me mandó unas fotos de la “obra” instalada fuera de la residencia.

Los trabajos más recientes de esta muestra tienen ya dos años, las piezas fueron hechas durante otra residencia, esta vez en Cleveland. Trabajé en un centro especializado en escultura y tenían tantos pedestales blancos en sus bodegas, que decidí utilizarlos todos para hacer una enorme acumulación en el centro de la sala. Recuerdo que Ann Albano, directora del espacio, no terminaba de entender esta forma de utilizar los pedestales, aunque fue tremendamente respetuosa con mis ideas. Sobre esta barricada de pedestales fui poniendo, entre los intersticios, las pequeñas esculturas y dioramas basadas en mi investigación sobre el petróleo a lo largo de la historia en EEUU. La muestra se titulaba The History of Power (La Historia del Poder), y durante la presentación, un artista iraní[6] que era parte del mismo programa de residencia, escondía sus lágrimas frente al drama del oro negro, del cual sabían muy bien en su país. A la entrada de la sala había un cartel que decía “Ní comida ni bebida en la galería. ¡Gracias!”. Era noviembre de 2015 y nadie aún parecía tomarse muy en serio al candidato Donald Trump; en cambio yo, preocupado por el devenir del mundo, taché del cartel la palabra “bebida” (porque de partida me parece de pésimo gusto no poder beber mientras se recorre una muestra)[7] y la cambié por “republicanos”. Finalmente, el cartel decía “Ní comida ni REPUBLICANOS en la galería. ¡Gracias!”.

Días más tarde se me acercó una de las asistentes ad honorem del Sculpture Center, para comentarme que un coleccionista millonario había ido muy entusiasmado a ver la muestra hasta que se topó con el cartel justo a la entrada. “Él podría haber comprado toda la muestra”, me dijo Danielle Gavorsky, lamentándose por mi mala fortuna. A mí, en cambio, me dio mucho gusto el gran valor que tuvo para tan importante caballero, aquel miserable dibujo, en un mundo donde las imágenes ya nadie se detiene a verlas.

 


[1] Similar es el caso en cine cuando hablamos de “La última película de tal director”, con la salvedad de que ningún productor sería lo suficientemente obtuso como para titular de esta forma a la cinta.

[2] Es más, durante el año recién pasado (2016), sucedieron en Chile a lo menos tres casos donde obras de arte fueron retiradas o “adaptadas para todo público” producto de su contenido. Esto ocurrió en el CENTEX (Centro de Extensión del Ministerio de las Culturas) con el video de Felipe Rivas San Martín (el cual fue finalmente repuesto por medio de un dictamen de la Justicia); en el Centro Cultural Palacio La Moneda y Parque Cultural de Valparaíso, con la obra de Cristóbal Traslaviña2a; y en el Centro Cívico de Las Condes, con la instalación de Carlos Ceruti (la cual fue repintada por funcionarios del espacio para borrar la frase “Paren de Robar”).
2a. Visité la muestra Álbum de Chile y una mirada algo atenta me permitió percatarme de un rectángulo de papel autoadhesivo negro pegado en un sector sobre el vidrio de la obra de Cristóbal. Curioso ante tan anómala situación me dediqué a retirar el adhesivo con el fin de averiguar qué ocultaba: una dedicada enfermera practicando una felatio presumiblemente a un paciente impaciente. Mientras le tomaba unas fotografías atónito por mi hallazgo, un enfurecido guardia se abalanzó contra mí, increpándome en duros términos por retirar el velo protector. Le hice notar que aquello me parecía inaceptable y que me sentía en el deber de retirarlo ya que se trataba de una censura sobre la obra del artista. Esto no hizo más que enfurecer aún más al pequeño führer, representante de la voz oficial del Parque Cultural, quien me respondía que efectivamente se trataba de una censura y que por eso mismo yo no podía remover el papel, porque era una censura hecha por la Dirección del lugar. En la página web del Parque Cultural había un pequeño texto sobre la muestra, el cual tenía ese carácter insípido que habitualmente tienen los folletos informativos. El texto finalizaba diciendo que la muestra manifestaba “la huella de transformaciones constitucionales, modernizaciones estructurales y cambios en la mentalidad de la sociedad chilena”.

[3] Aún recuerdo mi cara de espanto en el counter del aeropuerto JFK un 24 de diciembre, cuando una señorita me dice que producto de la fecha no se está aceptando equipaje con sobrevolumen, producto de lo cual tendría que dejar todos los dibujos de gran formato que había hecho durante seis meses. Luego de ruegos y sollozos que lograron finalmente ablandarla y permitirme traer sólo un tubo de cartón con la mayoría de mis dibujos dentro, luego de pagar doscientos dólares de multa como si fueran un premio, ya sentado en la comodidad de mi asiento clase turista, me resultaba irónico el verme de rodillas sobre el piso del aeropuerto desenrollando y volviendo a enrollar torpe y apresuradamente esos enormes dibujos con palabras en castellano, incomprensibles para la funcionaria de la línea aérea. La serie se llamaba Nada puede ser algo, algo puede ser todo y todo puede ser nada. Aún de rodillas, la señorita en un gesto de humanidad conmovedor, me preguntó qué decía en uno de ellos. “Nothing” (nada) le respondí, y ella puso cara de haber recibido una respuesta poco cortés de mi parte, pero a esas alturas yo ya no tenía ninguna intención de explicarle el malentendido.

[4] Un amigo habla del “Bien de Diógenes” en lugar de la habitual y peyorativa forma de referirnos a la acumulación de objetos inútiles.

[5] Esta vez sin volúmenes sobre dimensionados.

[6] También se transformó en amigo.

[7] De hecho, muchas veces lo mejor de una exposición pueden llegar a ser los cócteles que alguna marca de bebidas alcohólicas gentilmente ofrece de manera siempre gratuita, de las manos de hermosos y hermosas jóvenes bronceados y bronceadas. Es ahí donde realmente las mazas se aglomeran y se empujan y no frente a las obras de arte.

Fotografías: Felipe Ugalde, para Artishock.

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