Por Lorena González Inneco

Una arquitectura al borde de la catástrofe. Vestigios que desafían la permanencia de la mirada. Topografías alteradas de un territorio conocido y siempre cambiante, de un espasmo continuo de reflujos: salidas y entradas de una forma bañada por el ascenso constante de las mareas. En esta geografía que pelea a muerte con el recuerdo, el artista Manuel Eduardo González (Venezuela, 1988) ha edificado desde hace varios años un trabajo de investigación visual en torno a los puntos críticos del paisaje, la arquitectura y la memoria, como esa cornisa tambaleante que soporta y expande valiosas reflexiones sobre la sociedad venezolana. Oriundo y habitante de la ciudad-puerto de La Guaira, es también un ciudadano vital, observador agudo del entorno y residente sensible de un trópico caótico, tan suave como voraz; de un mar que deslumbra por la magnitud de sus resolanas, de una roca que se desplaza con la obstinada fatalidad de borrar para siempre la propia huella.

Con su obra me encontré por azar, en las coaliciones de un tiempo contingente que a la vez que obstruye, reúne. Desde esta circunstancia fueron apareciendo las proyecciones, el proceso, sus preocupaciones, los abandonos del panorama, los repetidos deslaves, la historia extraviada entre fragmentos inconexos. El tropo inicial surgió con las ruinas de aquella perla del Caribe que, bajo el nombre Hotel Miramar, contempló desde niño en sus paseos a Macuto, confrontado con la erosión deshabitada de uno de los tantos patrimonios que yacen en nuestro suelo. Luego de múltiples pesquisas, se desprendió de los susurros de la estructura para construir a través de formatos diversos, significativos cambios de territorio y de piel: texturas, metamorfosis, sonidos, cromatismos, luces, movimientos, degustaciones; secuencias de un paisaje que pareciera tenderse ante nosotros como un nudo eterno de causas y consecuencias. Como aquel fugitivo en las trastocadas mareas que anegan las ruinas del relato La invención de Morel de Bioy Casares, quien sucumbe ante la posibilidad reproductora de una máquina capaz de prolongar la memoria, el amor y la vida; González se ha sumergido en el levantamiento del tiempo a través de la metáfora.

Pero su descenso no es solitario. En estas formas de mirar al mar de algún modo estamos todos. Nos une el amor por lo que fue, la añoranza de un territorio perdido que repentinamente experimentamos, como si hubiéramos estado allí, como si conociéramos ese pasado y sus sensibles deliberaciones. Frente a la erosión de todas las estructuras, frente a la desolación, los cambios y el deterioro, cada obra planeada intenta dibujar para el espectador una inquietante aventura de los sentidos: nos remite a la puesta en marcha de la ficción, no como una proyección simple de las sombras del pasado, sino como el motor capaz de hacernos sobrevivir en medio de la debacle.

Tal vez las cosas serían distintas, se vieran de otra forma, se percibieran más lejanas, si no hubieran desaparecido. Tal vez el olvido sea tan solo una dulce y excelsa trampa de la memoria.

Vista de la muestra Tropical Moderno de Manuel Eduardo González en Spazio Zero Galería, Caracas. Foto: cortesía de la galería.
Pieza de la muestra Tropical Moderno de Manuel Eduardo González en Spazio Zero Galería, Caracas. Foto: cortesía de la galería.
Pieza de la muestra Tropical Moderno de Manuel Eduardo González en Spazio Zero Galería, Caracas. Foto: cortesía de la galería.
Pieza de la muestra Tropical Moderno de Manuel Eduardo González en Spazio Zero Galería, Caracas. Foto: cortesía de la galería.
Pieza de la muestra Tropical Moderno de Manuel Eduardo González en Spazio Zero Galería, Caracas. Foto: cortesía de la galería.
Pieza de la muestra Tropical Moderno de Manuel Eduardo González en Spazio Zero Galería, Caracas. Foto: cortesía de la galería.

MANUEL EDUARDO GONZÁLEZ: TROPICAL MODERNO

Spazio Zero Galería. Caracas

Del 12 de agosto al 15 de octubre de 2017