El siguiente texto fue leído el día 28 de agosto de 2017 en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende en la Jornada de finalización Escuela de Escritura Transfeminista, organizada por CUDS (Colectivo Utópico de Disidencia Sexual), a manera de homenaje a los 30 años del Primer Congreso Internacional de Escritura Femenina el año 1987.

La latencia es aquel período de incubación y espera al inicio de un rápido crecimiento. Las bacterias, que son microorganismos que pueden crecer de manera exponencial, casi sin límite, previo a iniciar sus ciclos de proliferación, tienen un tiempo de baja tasa metabólica, donde no producen ni proteínas ni ácidos nucleicos, llamando a este período la latencia. También se refiere al tiempo de espera entre la aplicación de un estímulo y los indicios de sus primeros efectos. El tiempo entre el contagio de una enfermedad y la aparición de los primeros síntomas.

Latencia es también la palabra que inicia el último libro de Nelly Richard llamado Latencias y sobresaltos de la memoria inconclusa.(Chile 1990-2015), publicado este año en Argentina por la editorial Eduvim, y que contiene 10 textos que discuten desde las prácticas artísticas, los conflictos con los sitios de memoria, los análisis de televisión y cine, las omisiones y las obscenidades del período de la transición chilena bajo la óptica de la crítica cultural, abarcando el período comprendido entre el gobierno de Patricio Aylwin hasta el segundo período de Michelle Bachelet.

En el prólogo de este mismo libro, ella insiste en una definición permeable de la memoria, nunca compasiva ni complaciente. Nelly dice: “Las condiciones de producción del recuerdo histórico varían según las fluctuaciones de una memoria en curso y movimiento: una memoria que no debe tratar al pasado como una anterioridad ya concluida sino como una malla de significaciones entreabiertas que, en sus ranuras, se deja interpelar por un presente alerta y expectante. La relación -siempre inestable- entre pasado y presente adquiere vigor expresivo cuando el recuerdo del ayer entra en resonancia vital con las inquietudes y las perturbaciones del hoy”.

¿Cómo pensar entonces tanto la trayectoria de Nelly Richard como crítica cultural y escritora feminista, a la misma vez que la importancia de estos 30 años del congreso de literatura femenina realizado en Santiago el año 1987, y cuya memoria nos convoca hoy? ¿Qué latencias de la memoria se activan en el hoy de la discusión que abrió Nelly Richard, junto a otras intelectuales, en esos espacios del pensamiento feminista local en plena dictadura? ¿Qué narración utilizar al volver a aquel momento inaugural para las discusiones sobre literatura y feminismo en Chile?.

A cinco años de haber transcurrido ese importante evento, ya en los años 90, Nelly siempre atenta a los debates culturales de la sexualidad, escribió un texto con la pregunta ¿Tiene sexo la escritura? como título. En este ensayo, ella se pregunta tanto por la sexualización y “femenización” de la escritura en un contexto literario hegemonizado por varones y escrituras del canon masculino, como también examina la tensa relación de las escritoras feministas con lo que aún se denomina la “literatura de mujeres”. Advierte a su vez de las condiciones de producción del Congreso en un sur latinoamericano, amenazado por dictaduras, frente a los centros metropolitanos que hoy, a diferencia de esos años, miran con mas atención estas proezas literarias.

Nelly está siempre atenta y activa en la construcción de un conocimiento crítico que no sólo se mueva en el espacio académico: dirigió la Revista de Crítica Cultural por 18 años (1990-2008), y sus alianzas con los activismos feministas y de disidencia sexual le permiten moverse como una “tránsfuga de la academia” entre políticas de la memoria, teoría feminista y artes visuales en un afán de debate político horizontal y no pedagogizante. De ahí su férreo distanciamiento a las lógicas positivistas y también jerarquizadoras (eso lo puedo decir bien, lo vivo a diario: soy científico) de las investigaciones escritas en el idioma neutro de la indexación académica, con sus protocolos y tesis. Nelly siempre aclara: “Yo no hago investigaciones, yo escribo ensayos”. Y escribe esos libros y también esculpe paredes y pantallas desde la pasión del ensayismo que, como género político, destrona convenciones del conocimiento al darse los tiempos necesarios para exponer sus ideas sin el apresuramiento de las escrituras enclaustradas en disciplinas que modelan los modos del pensar. Esta hegemonía de la escritura atomizada es un problema que Nelly siempre pone en discusión y que debemos tomar muy en serio, pues impide la amplia difusión de trabajos y obras a todo el espectro social y político.

El ensayo como posibilidad de expresión tantea, conjetura, expone sus procesos de creación con una poética que se escapa de esa lengua mayoritaria que nos obliga a mostrarnos siempre como sujetos transparentes, claros, sin opacidades ni contradicciones. Como si la biografía que nos constituye, con sus disímiles geografías, migraciones y experiencias no grabara con dolores y alegrías nuestras imágenes y palabras. Quizás por eso es que el ensayo como tecnología de escritura llama poderosamente la atención de pensadores, activistas y artistas que como Nelly proponen preguntas incómodas, porque obligan a detenerse y dar una vuelta más para entender sus producciones, procesos e inquietudes.

Pienso cuándo es el momento que una escritura, un modo, una poética devuelve la insistencia en el contexto o en el tiempo político como compromiso. Cuándo una escritura explora el tiempo sin fijarlo, desestabilizando su eje masculino y racional. Cuándo esa escritura nos entrega poéticas para devorar y así darnos un cuerpo. Presentar a Nelly Richard es hablar de la densidad crítica como arma, de la escritura como eje articulador, de la trinchera de la desconfianza al orden establecido como política anarcobarroca.

Hay siempre para nosotros, como activistas de la disidencia sexual, un compromiso con aquellas escrituras donde es el conflicto del sexo y su irradiación cultural el eje político de su posición. Femenino/masculino (1993), Residuos y Metáforas (1998), Cuerpo Correccional (1980), algunos de los libros donde son los travestis como figuración, la imagen que ofreció una posibilidad de rebeldía contracultural a la hegemonía patriarcal de la dictadura y transición democrática. Son estos los escenarios políticos más brillantemente escritos y descritos por Nelly Richard a lo largo de su prolífica trayectoria cultural. En otro reciente texto donde ella recrea la escena que dio motivo a la exhibición del documental Paris is burning (1991), de Jennie Livingstone, en la discoteque gay Naxos, un film que describe la vida de drag queen negros y latinos de los barrios marginales de Nueva York que, mientras mueren de Sida, bailan y modelan extravagantes poses a la cámara, ella recalca: “Mi interés crítico hacia la metáfora travesti resultaba estrambótica para un feminismo de corte sociologizante que solía cuestionar al travestismo por estimar que, al reforzar groseramente el estereotipo de una femineidad decorativa construida por y para la seducción masculina, traicionaba la seriedad de la toma de conciencia de la lucha anti-patriarcal con la carnavalización sexual de digresiones suntuarias”.

¿Cómo entender esa memoria de disidencia sexual que incomodaba tanto a las lógicas estatales como a cierto feminismo, en el actual contexto de un “nuevo” feminismo pop que baja candidaturas, rigidiza el problema de la violencia hacia la mujeres desde la respuesta de un separatismo identitario, de un feminismo de “solo bio-mujeres” excluyendo muchas veces del debate a trans y travestis?.

Durante nuestra escuela de escritura trans-feminista, que se centró en la autobiografía, fue fundamental volver a leer a Nelly, como así también a todas aquellas mujeres que hace muchos años atrás entregaron sus letras y poesías a los disidentes, a las travestis, a las mujeres en tiempos donde la sexualidad estaba aún más tapada, en las dictaduras de nuestro continente. Paz Errázuriz siempre cuenta que cuando hizo el lanzamiento de La Manzana de Adán, la vida de esas travestis prostitutas en los 80, solo vendió una copia. Tenemos que siempre volver a la pasión de escribir sobre travestismo en los 80 y pensar, así como lo hace Nelly hacia el final de su texto ¿Tiene sexo la escritura?, en una explosión y destrucción de la identidad edípica-familiarista, y así esperar un renacer transexual de la escritura.

 


Imagen destacada: Nelly Richard en la inauguración de la Galería Carmen Waugh,1984. Foto: Inés Paulino

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Jorge Díaz

Biólogo (Pontificia Universidad Católica de Chile), escritor y activista de la disidencia sexual. Doctor en Bioquímica (Universidad de Chile). Miembro del Colectivo Universitario/Utópico de Disidencia Sexual (CUDS). Ha publicado "Corión/familia en interfase" en co-autoría con Cristián Cabello (2008) y "Romantic Pop", Varios autores (2010), ambos con la Editorial Moda y Pueblo, y "Desmontar la lengua del mandato, criar la lengua del desacato", Ediciones Mantis + Trio (2014). También, "Inflamadas de retórica: escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad" en conjunto con el performer dominicano Johan Mijail, Editorial Desbordes (2016). Explora el nexo trans-disciplinar entre escritura, poesía, fotografía, teatro, performance, teoría y estética feminista participando en proyectos colectivos y coloquios de arte y política sexual nacional e internacional. En estos mismos temas ha publicado prólogos, textos para catálogos, exposiciones, críticas, presentaciones y comentarios. Este año 2017, dirige la "Escuela de Escritura Transfeminista" en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende. En el área de la ciencia trabaja en biomedicina, enfocándose en transducción de señales y en la biología celular y molecular del cáncer y la neurociencia. Actualmente, desarrolla una investigación post-doctoral en Neurociencias en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile ( Becario Fondecyt 2017-2019).
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