Entrevistamos a Esther Argollo, Danitza Luna y María Galindo, integrantes de Mujeres Creando, con motivo de su participación en la exposición Muros blandos, curada por Daniela Berger (Chile), Lily Hall (Reino Unido) y Mette Kjærgaard Præst (Dinamarca-Reino Unido) en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende.

Este movimiento social y anarcofeminista boliviano, activo desde 1992, se ha infiltrado en diversos países y sus escenas artísticas, siendo el arte una herramienta más a través de las cuales desarrollan su quehacer político feminista. Su relación con el arte y sus dinámicas, su visión respecto de la participación actual de las mujeres en la sociedad y sus recientes exhibiciones son algunas de los temas que conversamos en la siguiente entrevista.

Mariairis Flores: Las Mujeres Creando se han definido como un movimiento social y anarcofeminista, cuyos campos de acción son diversos, por ejemplo, además de venir a participar en la exposición, también vienen a lanzar el libro de María No hay libertad política sin libertad sexual. ¿Cómo comenzó la relación con las artes visuales, y por qué les interesa seguir trabajando desde este lugar, siendo que es común ver que muchas veces el activismo prefiere descartar cualquier vínculo con el arte por considerarlo un espacio demasiado delimitado?

María Galindo: Eso de cómo empezó tengo que contártelo ya, porque soy quien lleva más tiempo en el movimiento. Mujeres Creando nació, muy consciente, de una necesidad de ser crítico con las ONG y la izquierda tradicional. De la izquierda tradicional, una de las cosas que más cuestionábamos era el tipo de lenguaje que ellos y ellas manejaban, lenguajes donde no entraban los sentimientos, masculinistas, repetitivos y adormecedores, que no conmovían ni convocaban a nadie. Nació, entre otras cosas, como un espacio experimental para la creación de nuevos lenguajes de lucha. Por esa razón nosotras rápidamente fuimos convocadas por el mundo del arte. Mujeres creando nació el año 92 y en el 99 a mí me llaman del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS), en Madrid. Nos convocó un comisario, Rafael Doctor, un historiador del arte, un hombre muy interesante, muy lúcido. Él no me conocía y me invitó a dar una charla, que fue al mismo tiempo una acción, y él quedó muy seducido, por lo que luego me invitó al mismo museo a una muestra con dos salones para Mujeres Creando. En ese momento nosotras necesitábamos dinero, así de claro, pero también éramos muy conscientes del valor que tenía el lenguaje que nosotras estábamos lanzando y éramos muy conscientes también de que estábamos en Bolivia, en un escenario de una desvalorización de nuestro trabajo; éramos, y seguimos siendo, las locas oficiales. Seguimos sufriendo mucho machismo, mucha misoginia e inclusive violencia directa contra nosotras y el mundo del arte en Bolivia… bueno, no solamente en Bolivia… es un mundo controlado por una oligarquía blanca de clase media alta, racista, clasista y homofóbica que desprecia profundamente nuestro trabajo y entonces era muy interesante cuestionar ese control del mundo del arte por parte de la oligarquía, a través de participaciones dentro de las instituciones que esa propia clase social desea y ansía, puesto que son sus referentes y modelo a seguir. Con esa invitación puntual nació la relación de Mujeres Creando con el arte, pero nunca dejamos de ser críticas del mismo. Nosotras tenemos una postura muy crítica, pero también tenemos una relación que es utilitaria con los espacios oficiales del mundo del arte. También tenemos una postura política, es decir, por el carácter colonizado de los espacios culturales bolivianos, Mujeres Creando entra en la discusión central de la política boliviana desde España y no desde las calles bolivianas. Entonces, es bien peculiar lo que sucede, pero nosotras estamos muy convencidas de que la legitimidad de Mujeres Creando no se la da el MNCARS o la Documenta o cualquier otro museo: Mujeres Creando es un referente de rebeldía y de lucha ineludible en Bolivia, fundamentalmente para las mujeres, pero también para muchos sectores en lucha. Si tú llegas a Bolivia y preguntas por Mujeres Creando cualquier persona sabe quiénes somos, qué pensamos y qué estamos haciendo, e inclusive saben dónde trabajamos. Nosotras estamos en la lucha concreta.

Danitza Luna: Estoy en el movimiento hace siete años y estudié Artes. Estudiar arte en Bolivia no es lo mismo si vienes de la clase alta o si vienes de una clase popular. Desde donde yo vengo, estudiar arte significa que estás loca, te preguntan de qué vas a vivir, te dicen que te vas a morir de hambre, es la tragedia de los estudiantes proletarios. En contra de todo eso seguí, porque tenía la ilusión de que el mundo del arte era un mundo libre y que había una sensibilidad, un respeto, y con lo que te encuentras es con una institución que te cuadra, que antes de enseñarte cualquier cosa te enseña arribismo. En Bolivia el arribismo social en los círculos culturales es muy fuerte, entonces llegó un punto en el que me harté de todo eso y me dediqué al diseño gráfico, hasta que me encontré con el movimiento de Mujeres Creando y a mí estéticamente y artísticamente me pareció alucinante. Pero ellas todo el tiempo decían “nosotras no hacemos arte”, entonces a mí me alucinaba mucho cómo era posible que se pudiera generar un lenguaje tan potente sin someterse a todas esas redes de los espacios culturales. Luego me sumé al movimiento para aportar con lo que sé, sin ningún tipo de pretensión de escalar el mundo del arte. Mi llegada aquí, al igual que la de muchas compañeras, es casi casual, porque en realidad nos necesitan, pero es un proceso que es colectivo y muy complejo, porque es una vuelta de tuerca extraña a lo establecido. Obviamente, los lenguajes que utiliza el movimiento es lo que a mí me ha convocado; creo que calan mucho más que cualquier muestra de arte hiper publicitada. El medio cultural en Bolivia es precario, es pobre, es pequeño, es un gueto y no pasa nada, en cambio lo que hace Mujeres Creando en una acción callejera, que llega mucho más que cualquier exposición, y es esa la fuerza del movimiento, su fuerza expresiva, la disputa simbólica que todo el tiempo estamos trabajando.

Esther Argollo: En mi caso llegué a Mujeres Creando desde una lucha social; llegué el año 2011, a través de una convocatoria por la defensa del TIPNIS. También estudié Artes, pero no terminé la carrera. A partir de esa base he podido aportar, he cuestionado todo lo que yo estaba haciendo dentro de la Academia, y así es cómo empieza el camino. Es duro ver cómo las instituciones culturales succionan a sus alumnos y alumnas y calan fuerte dentro de cada persona, homogenizándolos sin un pensamiento político, no generan reflexiones sobre el poder, ni siquiera sobre el propio trabajo, y menos se cuestionan a quién va dirigido lo que están haciendo, porque se encierra dentro de las instituciones, entonces no se potencia un cuestionamiento de las artes plásticas. En Bolivia no hay espacio para generar un campo de discusión. Dentro de Mujeres Creando nosotros estamos constantemente cuestionando lo que hacemos en lugares institucionales. Por ejemplo, nuestra participación acá o lo que hicimos en Quito, para nosotros siempre es político. Dentro del movimiento tenemos distintas lógicas de trabajo y eso nos permite nutrirnos y nos ayuda a conversar con la gente, que es lo que nosotros queremos. No nos interesa encerrarnos en un espacio y que eso se quede ahí.

M.G: La institución arte tiene interés en nuestro trabajo, porque tiene mucha calidad, porque nuestro trabajo genera rupturas epistemológicas y conceptuales en lo que es construcción de lenguajes, y no es por otro motivo.

M.F: ¿Podríamos decir, en relación a lo que plantean Danitza y Ester, que Mujeres Creando sirve para desarticular lo que enseña la Academia y ver que hay otras posibilidades para el arte más allá de ella?

M.G: Mujeres Creando no es una alianza ideológica, acá no todos pensamos igual, sino que es una alianza ética. Tenemos una base de ética común que nos une. Personalmente, y de manera extrema, me califico como impostora dentro del mundo del arte. No soy artista, no estoy haciendo arte y no soy una artista política ni una artista social: yo estoy haciendo política y cuando estoy dentro de la institución arte estoy como impostora. Personalmente, creo que en el mundo del arte contemporáneo la figura del artista es una figura totalmente artificial; para mí, el verdadero dueño y patrón del mundo del arte contemporáneo es la institución artística, que tiene una especie de jefe que es el comisario, y que instaura una nueva jerarquía. Ellos ganan mucho dinero y las y los artistas ganan muy poco; no se compara en los perfiles cómo se cobra. El comisario es el que firma la muestra, es el que se reivindica como creador y utiliza la creación al antojo de su concepto curatorial. En este sentido, a mí no me interesa ser parte de esta estructura de producción. Nosotras no producimos para nosotras, no producimos para la institución, ni para el curador, ni para el concepto curatorial de nadie. Cuando tenemos relaciones con la institución artística, yo pongo muchas condiciones y no siempre aceptamos las invitaciones. Si en la curaduría no hay un respeto a nuestro trabajo, nosotras no aceptamos. Yo creo que el artista dentro del mundo del arte contemporáneo es una mentira, no existe, y el arte gira siempre en torno al concepto del creador, y nosotras manejamos la creatividad como un instrumento de lucha, ya que la creatividad es un valor universal que está presente en la sociedad, en todas y en todos. Y no es que nosotras tres seamos las artistas del movimiento: nosotras somos un equipo de trabajo porque estamos comprometidas con estas obras, pero mañana puede ser otro equipo y no estamos acá ofreciendo nuestro trabajo como artistas sociales.

M.F: En el año 2014 asistí a una charla de Mujeres Creando en la que María dijo: “Bachelet le puso falda al patriarcado”. Esta imagen retórica me pareció bastante evidente, y refleja una crítica también al hecho de que ser mujer no garantiza una perspectiva de género y mucho menos feminista en cuanto al trabajo político tradicional. Llevando este comentario al mundo del arte, ¿cómo ven la participación de mujeres en el contexto del arte contemporáneo con el que te has relacionado?

D.L: Es lo mismo que en la política. En Bolivia hay una cuota de poder de un 50% y sienten que con eso han resuelto todo; en el arte es exactamente lo mismo: no porque en un museo haya un 50% de mujeres ya está resuelta la cuestión, no porque hagas un capítulo aparte de las mujeres en la historia del arte has resuelto la cuestión. El problema es justamente desde dónde estás hablando. Si tú reduces a lo biológico la participación, si lo reduces a “la inclusión de la mujer”, es una trampa, porque siempre dicen la mujer en singular, cuando las mujeres somos un universo y somos diferentes, no tenemos que unirnos por tener vagina y punto. En el mundo del arte es igual: no porque haya tres curadoras mujeres, como es el caso de Muros Blandos, se ha garantizado la visión feminista de la muestra… eso no tiene mucha lógica. En lo que a nosotras respecta, las Mujeres Creando nunca decimos que representamos a todas las mujeres, ni menos a las mujeres artistas, ni a la visión artística de las mujeres, jamás. Las Mujeres Creando representamos a las Mujeres Creando. No hablamos más que en nombre de nosotras, no trabajamos artísticamente más que a nombre de nosotras, y no tiene sentido insistir en ese debate que cree que como las mujeres están en puestos de poder, ya sea en la cultura o en la política, está resuelto todo; insistir en eso me parece que es una trampa que se nos tiende.

E.A: Puede que en una institución sean todas mujeres, pero eso no asegura que esas mujeres no sean machistas. Esto se ve también en las familias, no sólo en las instituciones, y se puede extrapolar a las relaciones en general: siempre hay rasgos machistas o colonialistas. Por eso a nosotras nos gusta hablar desde nuestro trabajo y no desde los lugares en los que estamos.

M.G: Yo sumaría algo a lo que dicen mis compañeras. Mientras la condición de ser mujeres sea entendida como algo meramente biológico, no ideológico, entonces ser mujer seguirá siendo funcional a las estructuras de poder. Por eso Bachelet es “la falda del patriarcado”, porque ella no ha cumplido una agenda feminista en Chile, como tampoco lo hizo Cristina Kirchner en Argentina o Dilma Rousseff en Brasil. El neoliberalismo ha tomado la cuota de las mujeres como una cuota biológica y no ideológica. Ningún hombre en una sociedad patriarcal aceptaría que le digan que un candidato lo representa sólo porque es hombre: eso depende siempre de las ideas, de las tendencias, de lo que haga, pero resulta que a las mujeres nos imponen el criterio simplón de que cualquier mujer, por ser mujer, debería representarnos, y eso es una manipulación. En el caso del mundo del arte yo veo una gran dificultad: se han abierto las categorías del arte y el feminismo, el arte y las mujeres, pero como una trampa también, porque se vuelve una subcategoría dentro de lo que es el arte universal, del Arte con mayúsculas, que sigue siendo masculino y en cuanto masculino, universal, y el arte particular es el arte feminista, es el arte indígena, es el arte de mujeres, y a mí me parece que hay que disputar los espacios de universalidad, porque ahí estás jugándotela por rupturas epistemológicas.

M.F: María, estuviste participando en El parlamento de los cuerpos, el programa público de la Documenta 14, curado por Paul B. Preciado, que de acuerdo a lo planteado por él, abrió un espacio de debate para repensar la reconstrucción de la esfera pública en un contexto en el que la democracia ha entrado en crisis, mientras que la economía de mercado se mantiene con vigencia. ¿Cómo fue esa experiencia y cómo se relacionó con la curaduría general de la Documenta?

M.G: Quiero dejar claro que acepté ir a la Documenta 14 porque fue Paul Preciado quién me invitó; yo respeto mucho su política y su lucidez y considero que la idea y el concepto de El Parlamento de los cuerpos es una idea genial; por eso mi último libro, No hay libertad política sin libertad sexual, se lo dedico al concepto de El Parlamento de los cuerpos. Creo que la Documenta es un aparato muy complejo de hegemonía germánica; dentro de la escena del arte, es un aparato muy perverso porque ha movilizado millones y millones, pero yo creo que Paul Preciado introdujo la propuesta para intervenir este aparato y utilizarlo para una discusión transformadora y política. Te diría que es una metodología impresionante que mezcló diferentes géneros de discurso desde la política, la poesía, la filosofía, la intervención artística… Creo que hice un trabajo muy lindo y yo fui con mucho temor también por lo que representa la Documenta como aparato de hegemonía germánica desplegada sobre Grecia y sobre Atenas, mientras que toda la política oficial de la Unión Europea está imponiendo a Grecia ajustes estructurales que ya han destrozado a América Latina. Nosotras sabemos muy bien lo que es un ajuste estructural, recortes que han creado desempleo, recortes en salud, en educación. En este sentido, yo he sido muy crítica, y creo que Paul también es muy crítico de eso. Finalmente me sentí bastante bien, llevé el manifiesto de Sedición Feminista, del que presenté dos versiones distintas. Definitivamente, con todas las distancias del caso, creo que los programas públicos no han tenido ninguna o muy poca incidencia en lo que fue el resultado total de la muestra.

M.F: En esta ocasión están presentando El Milagroso Altar Blasfemo, obra que carga con dos instancias de censura: una en Bolivia, en el marco de la Bienal Internacional de Arte SIART, y otra en el marco de la exposición La intimidad es política, realizada en el MET de Quito. ¿Podrían contarnos de estos episodios que, según entiendo, ocurren por dos razones distintas? Y luego, ¿cómo evalúan que esto suceda?

D.L: La primera vez en Bolivia, en el 2016, no podemos decir que lo que pasó fue una reacción espontánea de la gente que estuvo ahí, porque estaba la Monja, estaba el Cura con la pintura, entonces tenemos la sospecha de que fue organizado. Hicimos una memoria de ese hecho, hay videos que demuestran que estaba organizado y cuando estábamos inaugurando había gente que atizaba el fuego contra nosotras y por eso sentimos que estaba en riesgo nuestra integridad, sobre todo la de María, porque fue muy fuerte, y estábamos prácticamente cercadas por esta gente, aunque también había personas que en voz baja nos decían: ¡Sí! ¡bien chicas! Pero obviamente entendemos el miedo que pueden haber provocado porque fue un acto de agresión, de amedrentamiento. También tenemos una crítica a la sociedad de clase media, esa que es progresista, que te apoya pero en realidad no hace nada. Por otro lado está la respuesta de la institucionalidad cultural que nos invitó, que es el SIART, las autoridades del Museo Nacional de Arte -dueños del muro que ocupamos- y las del Ministerio de Cultura, que dieron el permiso. Ninguna de esas autoridades tuvo, ni tiene la madurez política o cultural, para defender lo que habíamos hecho. El SIART, a modo de defensa, decía que era una acción de la sociedad, y que eso también es parte de la obra de arte. Creo que no se puede legitimar un acto de censura, de violencia y de amedrentamiento con la excusa de la obra de arte, pero fue la manera que encontraron de lavarse las manos, y el Museo Nacional de Arte tenía una postura de “agradezcan que les hemos dado un espacio en Bolivia”. Lo que se hizo fue tapar lo que había pasado para evitar el debate. En Quito fue un poco más elaborado el acto de censura. Allá, al igual que en Bolivia, la Iglesia Católica sacó su circular expresando su malestar y agradeciendo por supuesto el gran apoyo que habían recibido, y al día siguiente sale la excusa del patrimonio. Entonces, el primero es un proceso más primitivo, y el segundo más elaborado, pero organizados desde las mismas jerarquías; y no es sólo la Iglesia, sino también la clase conservadora, gente que no está dispuesta a que la discusión se abra. Sin embargo, en Quito hemos visto el fenómeno de que ha habido mucho debate, en prensa, en editoriales, y por parte de personas de la cultura. Había mucha gente que no estaba dispuesta a aceptar un acto de censura así, y eso generó mucho debate que fue muy rico, fue un aporte. Nosotras les dijimos que si aceptaban un acto de censura como ese, no sólo las Mujeres Creando nos veríamos afectadas, sino que es la sociedad misma la que se afecta, porque queda un antecedente nefasto de que incluso hoy hay censura… es como retroceder en el tiempo, sobre todo lo que se ha hecho al hablar de libertad de expresión y el Estado laico (en teoría) y parece que retrocediéramos si tenemos que volver a luchar por lo mismo.

E.A: El mural de Bolivia fue hecho en la plaza Murillo, al lado del centro político, del Palacio de Gobierno y cerca de la iglesia más central de La Paz. En ese mural agarramos las paredes externas del Museo Nacional de Arte, en un acto que es histórico, porque ningún artista había trabajado esas paredes externas. Esto fue bajo muchas condiciones, porque no nos interesaba entrar a adornar la bienal, y gracias a una negociación conseguimos utilizar esas paredes; y, como cuenta Danitza, duró muy poco en exhibición y la gente que nos invitó no defendió para nada nuestro trabajo. Trabajamos en muy poco tiempo, muchas de las Mujeres Creando apoyaron un montón, porque la propuesta salió de nosotras tres, pero la realización fue con todas las Mujeres Creando. En el caso de Bolivia había un mural dedicado a la Iglesia Católica y otro dedicado al Estado, entonces eso molestó muchísimo por el lugar en el que se encontraba. Insisto, los interpelaba de manera muy directa y hubo personas que decidieron taparlo, personas conservadoras que lo hicieron porque el mural reflejaba y desenmascaraba muchas problemáticas. Era algo que ellos no querían ver y, por su forma directa de hablar con el público, lo callaron. En el caso de Quito, estuvimos con el mural en un lugar muy hermoso, en el Centro Metropolitano, al lado de la iglesia de la Compañía de Jesús, y cuando pintamos el mural en la parte superior se veía la cúpula de la iglesia… fue un lugar estratégico. Y sí, generó mucho debate, se cerró la muestra, hubo mucha discusión que trascendió al campo artístico.

M.G: Yo diría que esta obra es imprescindible para ser pintada a lo largo y ancho de toda América Latina. Es una obra que está abierta y que va a ser pintada las veces que haga falta. La pintaremos como una especie de militancia del ejercicio del lenguaje, porque cada altar es uno en sí mismo. En el de Quito había cuatro vírgenes: una dedicada al aborto, una dedicada a la transexualidad y que reivindicaba el cuerpo de Guamán Poma de Ayala con una crítica a él mismo, porque él elimina las formas de sexualidad presentes y fue funcional a la Iglesia Católica que quiso extirpar la sexualidad de esta parte del mundo a través del colonialismo. Otra dedicada al feminicidio y una dedicada al pecado. Entonces, creo que cada altar es uno en sí mismo y es una obra en continuidad, que vamos a repetir, pero no exactamente, sino que la vamos a hacer cada vez de acuerdo a su propio contexto. El Milagroso Altar Blasfemo es un lenguaje en sí mismo, es una respuesta contundente al colonialismo y al papel que jugó la Iglesia Católica en su concreción en esta parte del mundo. Por otro lado, creo que el Milagroso Altar Blasfemo de La Paz y el de Quito se han inscrito en los imaginarios de ambas sociedades; por un lado, por la fuerza de la denuncia y, por otro lado, por la fuerza de los lugares donde se han desarrollado, uno en la calle y el otro en las espaldas de la iglesia más importante; y tercero por el acto de censura. No sabemos qué va a pasar en Chile, ya que el Opus Dei y Pinochet son figuras fundamentales del Milagroso Altar Blasfemo, pero no sabemos cómo está Chile, cuánto se va a ver o si lo van a ignorar, no sabemos si en Chile se inscribirá en el imaginario, pero en esos dos otros sitios si está inscrito y yo creo que esa es la virtud de Mujeres Creando, que es capaz de llegar al imaginario social, y eso es lo importante.

M.F: Como mencioné, ustedes tienen una visión bastante crítica de la gestión de Bachelet, no obstante, en esta ocasión decidieron aludir al Opus Dei, a un ex-presidente y a dos dictadores de nuestra historia, manteniendo a las “vírgenes feministas” que configuran el Milagroso Altar Blasfemo. Además de generar un mural interior, Enclaustrados en sus patrioterismos, que refiere a la tensa relación histórica con Bolivia. ¿Por qué les pareció importante establecer de modo tan directo la crítica y a través de estos personajes y elementos?

M.G: Primero, porque Bachelet está de salida y es muy probable que Piñera sea el próximo presidente de este país; segundo porque Piñera representa un arquetipo del neoliberalismo, del modelo que el neoliberalismo impone en nuestras sociedades, es el hombre blanco exitoso, empresario, y que además de tener la millonada quiere ser presidente de un país, que prácticamente quiere ser dueño… y además porque nosotras habíamos tomado como elemento central el escudo nacional, que es un símbolo fundamentalmente masculino. En ese sentido, nos pareció muy interesante utilizar personajes masculinos para hacerlos dialogar con la descomposición del escudo.

D.L: La elaboración de Enclaustrados en sus patrioterismos costó un poco más. Habíamos trabajado sobre todo el escudo chileno, las versiones antiguas y el cambio de los indígenas por animales -eso nos parecía alucinante-, pero luego casi al final nos dimos cuenta de que nos estábamos centrando mucho en el escudo chileno y nos preguntamos: en Bolivia ¿qué pasa? El escudo de Bolivia que pusimos en paralelo al chileno ya lo habíamos ocupado en la versión 2016 del Altar. Como en esa ocasión, todo se centró en la Iglesia y luego en la censura, y esa crítica al Estado pasó desapercibida. Pero el Milagroso altar blasfemo era crítico de la Iglesia y del Estado. Ese trabajo sobre el escudo boliviano ya lo teníamos, y lo desarrolló principalmente la compañera Esther. Entonces, decíamos: ¿cómo podemos criticar el chauvinismo colectivo que hay en Chile, sin criticar el de Bolivia? Lo pensamos mucho, porque también estaba la posibilidad hablar de la demanda por el mar, pero lo descartamos, y lo más probable es que nos critiquen, porque ¿cómo no aprovechamos de decir eso si estábamos en Chile, en el Museo Salvador Allende? Pero también vemos que, como indica el título del trabajo, ambos países estamos secuestrados por políticas chauvinistas, y que al final gracias a esta polarización innecesaria que generan entre nosotros viven privilegiadas las Fuerzas Armadas. Finalmente, ¿para qué necesitamos ejército en Bolivia o en Chile, si todos sus privilegios y los presupuestos que manejan no se comparan ni con cultura, ni con salud, ni con educación? Ellos viven a costa de todos, diciendo que Chile es el enemigo, y supongo que acá pasa lo mismo… Implantar esa idea es un trabajo simbólico, entonces, ¿por qué no denunciar eso desde la misma plataforma.? Por eso es que pusimos los dos escudos, lado a lado, en las mismas proporciones, ya que no queríamos caer en una crítica que también está preconfigurada, y al centro la frontera como esa herida que todo el tiempo duele, que todo el tiempo incomoda.

E.A: Nosotras hacemos una reinterpretación de estos dos símbolos nacionales que son los escudos tanto chileno y boliviano. Hacemos una reinterpretación desde esa lógica patriotera, de esa lógica de colonialismo, de negación que hay en ambos países, y también una forma de racismo que hay dentro de Chile y el hecho de reemplazar a los indígenas por animales. Lo mismo pasa en Bolivia: en el escudo boliviano, por ejemplo, hay una parte dedicada a simbolizar la paz de los pueblos indígenas y en realidad se le está quitando el territorio a varios. Dentro del escudo chileno nosotros pusimos un espejo donde dice “el objeto más subversivo en Chile es un espejo”, y que habla de esa negación. Los símbolos los trabajamos de forma muy cuidadosa. Hemos tomado a O’Higgins como padre de la Patria, lo hemos agarrado como símbolo y lo hemos puesto justo donde antes, en el escudo anterior de Chile donde estaban los indígenas, y que después fueron cambiados por animales; hemos puesto en esa misma posición a O’Higgins y a Piñera: él orinando en la boca del padre de la Patria, que traicionó el poder que tenía. Lo mismo hicimos con el escudo boliviano: reinterpretamos cada uno de los elementos, porque lo primero que hacen en el colegio es que agarran estos símbolos y te los imponen. Entonces, jugar con eso nos parecía sumamente importante.

M.G: Yo diría que la frase central es: “Chile no está en Europa”. Chile no colinda con Francia, ni con Inglaterra, ni con España. Chile colinda con Bolivia, le guste o no, no nos podemos descoser de ahí y poner en otro lado, y creo que es importante el hecho de que el único elemento en común que tienen ambos escudos, el cóndor, sale huyendo de la escena patriótica, por fuera del marco del trabajo. Este trabajo es un cuestionamiento del Estado-Nación, y de la propia legitimidad del mismo, pero este cuestionamiento no tiene que ser en abstracto, tiene que ser en concreto. Por esa razón, nosotras concretamos el cuestionamiento del Estado-Nación, tanto en la versión chilena como en la versión boliviana. En Bolivia se está depredando la Amazonía boliviana en nombre del desarrollo, pero en realidad se lo está haciendo en nombre del capitalismo. De la forma como estamos denunciando esto, podríamos ver a través del espejo otros Estados-Nación, lo que hacemos con el caso chileno. Por otro lado, nosotras creemos que Bolivia necesita mar, como necesitamos el aire para respirar. Nosotras, como bolivianas, sentimos esa necesidad; pero mientras la demanda de mar esté atrapada por el discurso chauvinista patriotero de ambos Estados y de ambos gobiernos eso no se va a concretar, eso lo podemos concretar las sociedades y probablemente lo haríamos más rápidamente y de manera mucho más fácil. Creo que es una obra difícil de exhibir en Chile, pero también sería muy difícil de exhibir en Bolivia. Yo creo que la digestión de la obra, como mencionaste tú, se hace más difícil porque nos interpela de una manera muy directa.

 


Imagen destacada: Mujeres Creando, Enclaustrados en sus Patrioterismos, 2017. Pintura de sitio específico con espejo. Cortesía: MSSA

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Mariairis Flores

Es Historiadora del Arte por la Universidad de Chile, cursa el Magíster en Teoría e Historia del Arte y es profesora del área de Historia del Arte en la misma casa de estudios. Actualmente es parte del equipo de D21 Proyectos de Arte e investigadora en el proyecto FONDART "Arte y Política 2005-2015 (fragmentos)", dirigido por Nelly Richard. Es co-autora del libro "En Marcha" y ha participado en una serie de proyectos de arte contemporáneo
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