Adriana Ciudad (Lima, 1980) es una artista multidisciplinaria que ha ido traduciendo en obra su visión frente a la historia, la idiosincrasia, la sociopolítica, la cultura popular, la luz y los colores de las ciudades en las que le ha tocado vivir: Lima, Berlín y, actualmente, Bogotá. De formación pintora, su trabajo ha ido evolucionando en concepto y forma bajo la influencia cultural y social de estas tres ciudades, articulando en sus dibujos, pinturas, objetos e instalaciones sonoras ciertas narrativas universales desde una mirada externa, sin embargo íntima, poética, sensorial y emotiva.

Aunque estéticamente llamativas, sus obras conllevan mensajes que sacuden por su crudeza, como el reclutamiento forzoso de niños soldados o aquel triste episodio que involucró a hipopótamos traídos a territorio colombiano por Pablo Escobar, el narcoterrorista que, tras su muerte, los dejó a su suerte en un territorio ajeno, reproduciéndose a sus anchas y causando daños en varias comunidades.

Con motivo de su participación en la muestra Amor. Decadencia y Resistencia de la Semana de Arte Contemporáneo (SACO), que cierra este 15 de septiembre, la entrevistamos para profundizar, entre otras cosas, en la obra que ha desarrollado específicamente para el muelle histórico de Antofagasta. Titulada Las Amazonas ¿Amor o Carne?, se trata, según la artista, del “primer Picó femenino de la historia” y de “un símbolo de resistencia”. Un objeto parlante que reproduce, durante treinta minutos, sonidos recogidos en sus viajes por la selva amazónica, mezclados con beats y textos misóginos de canciones populares de reguetón, así como un relato de la cultura picotera, producido en colaboración con Dairo Barriosnuevo.

Alejandra Villasmil: Te formaste como pintora. Todo tu trabajo inicial, desde 2005 y hasta el 2015, es decir, toda una década, se centra en la pintura. ¿Nos puedes contar sobre tus inicios en la pintura? ¿Las motivaciones por el medio? ¿Qué te atrae y qué buscas en la pintura?

Adriana Ciudad: Tengo una fascinación por el color y la luz. Gran parte de mi niñez la pasé en diferentes partes del mundo debido al trabajo de mis padres. Desde pequeña me impresionaba ver cómo cambiaban los colores en relación a la luz en cada lugar que visitaba. Por ejemplo, en los Andes del Perú hay una luz muy intensa a lo largo del día que hace resaltar los colores saturados y neones de los textiles indígenas. En Lima no existen las sombras durante el invierno nublado, lo que le da un aspecto plano a los colores. En Guatemala la luz es más cálida en las tardes y los colores de los textiles mayas se asemejan a esa luz en gamas de colores más cálidos, y menos intensos que los peruanos. En Alemania me llamó la atención la luz fría, azulada, que predomina incluso en el verano. Allá los colores comunes son los desaturados, los blancos, los grises, el marrón y el azul. Entender el espacio a través de la luz y la sombra, descubrir el contraste entre los colores saturados latinoamericanos con los colores fríos del norte europeo me impulsó  a digerir estas impresiones a través de la pintura.

AV: ¿Cuáles son los temas, ideas, incluso sensaciones, que están detrás de tu pintura?

AC: La pintura es el medio más antiguo del arte, por lo tanto, es un verdadero desafío hacer pintura contemporánea. En mis pinturas, me interesa crear una experiencia en el espectador que logre despertar sensaciones y a su vez generar inquietudes sobre lo que ve. Para mí la pintura sigue siendo una forma de representación del mundo.

En mi trabajo inicial me dedique a reflexionar sobre mi entorno usando un lenguaje pictórico que mezclaba lo figurativo con lo abstracto para así revelar los planos emocionales que hacen parte del espacio no visible pero existente. En Berlín, por ejemplo, retraté escenas de las emblemáticas fiestas nocturnas de música electrónica, revelando las emociones intensas y escapistas que se perciben en esos espacios. En mis cortos a viajes a Perú me interesé por retratar el poder de trance que permea a los carnavales tradicionales. Desde que regresé del todo a Sudamérica, las temáticas cambiaron pero el enfoque sigo siendo el mismo: continúo en una búsqueda de lenguajes poéticos y emotivos que me permitan abordar temáticas políticas y sociales desde un perspectiva diferente.

AV: Viviste muchos años en Berlín. Tus pinturas hechas en Alemania tienen para mí una influencia de las nuevas escuelas de pintura alemana. Pienso en Neo Rauch o Daniel Richter. ¿Cómo influye en tu trabajo pictórico, y en tu obra en general, tu estancia en Berlín?

AC: En efecto, las nuevas escuelas de pintura alemana me marcaron mucho. Daniel Richter fue profesor de la Universidad de las Artes en el 2003 cuando yo estaba cursando mi segundo año de estudios. Tuve la oportunidad de tener una tutoría con él en ese entonces. Tenía grandes expectativas y estaba muy emocionada por mostrarle mi trabajo a uno de los pintores que más admiraba; sin embargo, lo que pensaba que iba a ser una sesión inspiradora y motivante resultó en uno de los momentos más difíciles de mi carrera estudiantil.  Al ver mi trabajo, Richter me dijo: “Tira todo a la basura y empieza de nuevo”, y luego de una corta pausa: “pero sin ese bagaje que te dice qué es arte”. Tenía que volver a empezar de cero y desechar todos los conceptos preestablecidos que tenía. Fue tan dura su crítica que estuve a punto de darme por vencida como artista y renunciar a mis estudios en la UdK. Ahora agradezco lo que me enseñó porque la aproximación a la pintura desde esa perspectiva arriesgada y rebelde me marcó profundamente y me ayudó a encontrar mi propio lenguaje pictórico en los siguientes años de formación.

Lo que admiro de la pintura de Daniel Richter es que su trabajo parte de las técnicas y principios formales de los grandes maestros de la pintura, pero pinta de una forma totalmente libre usando la figuración en combinación con la abstracción. De esta manera, sus pinturas resultan mucho más ambiguas y permiten múltiples lecturas, despertando sensaciones e inquietudes en el espectador.

Mi tutor principal en la Universidad de las Artes de Berlín fue Wolfgang Petrick, una de las figuras de “Die neuen Wilden” –el neo expresionismo alemán. Como partícipe de este movimiento de post-guerra alemán, su trabajo ridiculiza y reflexiona sobre el vacío que dejó la era nazi. Quedé fascinada al ver cómo esta corriente usaba gamas cromáticas amplias, contrastes intensos y técnicas gestuales en pinturas de gran formato para enfrentar su propia historia. Esto me influenció profundamente. Por un lado me incentivó a usar gamas intensas de colores peruanos andinos. Por otro lado, me dio las bases para entender que el arte puede ser utilizado como una herramienta de reflexión social y política.

AV: En el 2014 ocurre una ruptura en tu trabajo, y es precisamente cuando te mudas de Berlín a Bogotá. Comienzas no solo a romper con el espacio pictórico, realizando intervenciones espaciales donde te sales del marco, sino que los motivos también cambian. Motivos en cuanto a ideas fuerza que se van desplegando en los trabajos, pero también en cuanto a cierta iconografía que yo llamaría “tropical”. ¿Cómo ocurre este quiebre?

AC: Después de vivir 11 años en Berlín, sentí que era hora de volver a mi otra casa, Latinoamérica. Con mi pareja, que es colombiano, decidimos mudarnos a Bogotá. Llegar a Colombia fue como llegar y no llegar a casa. Los países latinoamericanos somos como primos: compartimos un lenguaje, una historia de conquista, complejos problemas sociales y una violencia común. Pero a la vez, cada país se ha desarrollado de una forma única y diferente.

Creo que el quiebre ocurre al verme confrontada con problemáticas sociales y políticas familiares, pero en un lugar que seguía siendo ajeno a mí. Los paisajes exuberantes colombianos y la historia política que esconden tuvieron tal impacto en mí, que despertaron un profundo interés en reflexionar sobre esta iconografía que tu llamas “tropical”.

El entorno en el que me encuentro siempre afecta mi obra inmediatamente. Pero a raíz de tu pregunta me pongo a pensar y descubro que en Europa desarrollé y descubrí mi lenguaje propio, en Sudamérica encontré mi voz.

AC: A partir de tu estancia en Bogotá comienzan a interesarte temas relacionados con su cultura –incluso lo llamado “vernáculo”- y su historia política. Observo una fascinación por lo autóctono. ¿Qué gatilló ese interés específico, ese deslumbramiento por lo local/colombiano? ¿Algún evento en particular, o podemos leerlo como un proceso natural que se da en el artista inmigrante, y que se refleja en una obra permeada por la mirada foránea?

AC: En efecto, el ser inmigrante me da una distancia que me permite tratar temas sensibles colombianos como el reclutamiento forzoso de niños soldados o los rezagos ambientales causados por Pablo Escobar. Quizás es esa cercanía a temáticas latinoamericanas, pero a su vez esa distancia a lo que tu denominas “vernáculo”, lo que me permite hablar de manera crítica y sincera sobre estos temas.

AV: Hablábamos del cambio que ha sufrido tu trabajo, en el sentido de que se ha ido materializando hacia el espacio. No solo comienzas a usar las paredes como parte de la superficie pictórica, sino que incorporas, ya desde el 2015, el sonido. Pienso, por ejemplo, en la obra Debajo del Agua, que presentaste en la Galería El Museo de Bogotá. La intervención tiene como referente los hipopótamos que llevó Pablo Escobar a Colombia en los años ochenta, y todo lo que ello implicó. ¿Cómo entra lo auditivo en tu práctica?

AC: Lo que más me afectó en el proceso de adaptación a Colombia fue el ruido. Venía de vivir 11 años en Berlín, que pese a ser una ciudad conocida por su cultura de música electrónica y fiesta, existe en el día a día mucho silencio. Hay mucho respeto hacia el espacio propio, el conocido metro cuadrado entre cada persona que no debe ser invadido. Acá me chocó mucho que ese espacio mío fuera invadido constantemente, sobre todo por el ruido, ese espacio sonoro que no se entiende aquí como disrupción: el de la música en los taxis, en el mercado, la del vecino, la de la rumba, etc. Incluso en el lugar más remoto del Caribe colombiano, al que traté de escapar, estaba invadido por reggaetón a todo volumen. Empecé así a pensar en los paisajes sonoros. Mi obra empezó a salirse del cuadro. Me interesó entender la pintura como una herramienta dentro de lo instalativo. Y lo instalativo me hizo darme cuenta del gran impacto que se puede generar en el espectador con la experiencia de un espacio.

Debajo del Agua es mi primera aproximación por generar una experiencia de reflexión en el espectador incorporando el sonido en una instalación. El hecho de que en la actualidad existen más de 70 hipopótamos en el río Magdalena y que estos son el resultado de los tres hipopótamos que Escobar se robó de África me pareció tan fascinante y excéntrico que decidí hacer una instalación que transportara al espectador a ese imaginario. El sonido de los hipopótamos en el río Magdalena era crucial para lograr esto.

AV: La obra que creo termina ya de redireccionar tu trabajo es Las Amazonas ¿Amor o Carne?, que presentas en la Semana del Arte Contemporáneo (SACO), en el muelle histórico de Antofagasta. Es un Picó, o parlante tropical, que emite sonidos de la naturaleza del trópico (Colombia en este caso), mezclados con beats y textos misóginos de reggaetones populares. Dices en un statement sobre la obra que este es “el primer Picó femenino de la historia y un símbolo de resistencia”. ¿Podrías comentar más sobre esto último? ¿Cómo responde esta pieza a la convocatoria de SACO, Amor. Decadencia y Resistencia, tomando en cuenta las letras misóginas del reggaetón?

AC: Dentro de mi investigación sobre paisaje sonoros me topé con los Picós del caribe colombiano. Me pareció interesantísimo cómo estos soundsystems portátiles se adueñaron del espacio público y crearon una cultura propia, pero no podía dejar de pensar en el hecho de que todos los Picós eran liderados por hombres y más aún que no existía ningún Picó con nombre femenino. Por otro lado, yo llevaba ya un tiempo grabando sonidos del Caribe colombiano en donde el reguetón se filtraba en casi todas mis grabaciones. Este género musical actual ha arrasado popularidad en todo Latinoamérica y es, mal que bien, una de las músicas que compartimos todos los latinos. Yo lo bailo porque me gustan los ritmos, pero me crea una dicotomía tremenda porque mientras más le pongo atención a las letras, más es la indignación que siento como mujer. La mayoría de reguetones contienen líricas explícitas que le da permiso a los hombres a maltratarnos y objetualizarnos. Después de vivir y ser parte del Movimiento Ni Una Menos, sentí la necesidad como artista mujer de tocar el tema del machismo que encontré intrínseco dentro de mis reflexiones sobre el paisaje sonoro tropical.

Por estas razones, en la pieza de espacio público Las Amazonas ¿Amor o Carne? decido apropiarme del Picó y hacer una versión femenina. Para mí la pieza no es tan solo un objeto, es un dibujo, es una pintura, es una escultura, es un soundsystem, es un statement femenino de resistencia, es una reflexión sobre el paisaje, es una celebración de la cultura picotera y a su vez, es sobre todo una pieza de espacio público que tienes que experimentar en vivo, recorrerla y dejarte invadir por el sonido que transmite.

AC: ¿Crees que, de algún modo, esta obra hecha atendiendo especialmente la línea curatorial de SACO6 ha abierto una nueva veta en tu trabajo?

AC: Sí, por supuesto. Ha sido un reto llevar mi obra que viene de la pintura y la instalación a una pieza de espacio público donde no tienes el “white cube”. He tenido que salirme de mis propios paradigmas y pensar diferente. Para mí, creo que ese proceso es esencial para seguir creciendo como artista.

AV: Para terminar, ¿nos compartirías tu experiencia durante la residencia en Antofagasta?

AC: La experiencia en la residencia de Antofagasta ha sido muy enriquecedora. Por un lado, por la experiencia de la creación y recepción de Las Amazonas ¿Amor o Carne?, y por otro lado por la maravillosa experiencia de compartir esta residencia con los demás artistas, el grupo de jurados y el equipo de producción de SACO.

Me impactó mucho la recepción que tuvo mi pieza. El día de la inauguración un grupo de mujeres milenials se acercó entusiasmadamente a agradecerme por tocar el tema de la violencia contra la mujer en el reguetón. Algunas señoras mayores insistían que le bajaran el volumen al Picó. Algunos hombres se sentían incómodos y no sabían como interpretar la pieza. En las redes sociales recibí todo tipo de mensajes de picoteros colombianos, muchos de ellos contentos por la visibilidad que le he dado a su cultura, pero otros molestos de que haya sacado al Picó de su estatus quo. Me siento muy satisfecha, porque quiere decir que la pieza invade y molesta, pero ante todo inquieta y hace reflexionar al espectador.

El intercambio de ideas, experiencias y la vivencia misma de la residencia con los demás artistas y todo el equipo de SACO fue invaluable: compartir con todos los participantes, confrontarse a la crisis de inmigración en Antofagasta, aprender sobre la historia política del desierto, experimentar los paisajes monumentales de arena y sol, y presenciar el cielo estrellado de Quillagua, hicieron de esta residencia una experiencia maravillosa e inolvidable.

 


Imagen destacada: Adriana Ciudad con su obra “Las Amazonas ¿Amor o Carne?”, 2017, parte de la muestra “Amor. Decadencia y Resistencia”, de la sexta versión de la Semana de Arte Contemporáneo (SACO), Antofagasta. Foto: Lilyan Soledad Pizarro Pérez

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Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.
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