Por Pablo José Ramírez

La tarea es hacer parentesco, en líneas de conexión inventiva, como práctica de aprendizaje, para vivir y morir bien con el otro, en un presente denso. Nuestra tarea es hacer problemas, suscitar respuestas potentes, a eventos devastadores, así como asentar las aguas turbulentas y reconstruir lugares tranquilos.

Donna J. Haraway

En el 2008, la Comisión de Estratigrafía de la Sociedad Geológica de Londres consideró utilizar el término Antropoceno para referirse a la era geológica marcada por la presencia humana. La propuesta tuvo en su momento una aceptación mayoritaria. Varios científicos han empezado, desde entonces, a especular sobre la posible escala de tiempo que podría determinar el inicio de esta era geológica.

Mientras algunos insisten en vincular el Antropoceno con el surgimiento de la primera Revolución Industrial en el siglo XVIII, algunos otros afirman que éste debería estar determinando por el sedentarismo y, en consecuencia, el asentamiento de la explotación agrícola y animal, aproximadamente 8.000 años atrás. Lo que hace interesante este debate, más allá del problema de su temporalidad, es que el ser humano se coloca en el medio de un registro que lo excede. Sus tiempos no son los mismos del planeta ni de su profundidad geológica.

Sin embargo, la influencia humana parece haber transformado a punto de no retorno los sistemas biológicos y sus ciclos. Nombrar un nuevo periodo a partir de la influencia humana es reconocer la presencia fantasmal del autómata global; una maquina que no puede pensar distinción posible entre el afuera y el adentro, ni entre el humano y la naturaleza.

La potencia financiera del corporativismo industrial y su extractivismo matemático, la esquizofrenia del sistema de información cognitivo-digital, el sex-appeal inorgánico que la computarización electrónica y la cooptación de la inteligencia común en detrimento de los sistemas de solidaridad y conexión inter-especie, han producido un presente que parece anular cualquier posibilidad futurible.

Pero entonces, ¿cómo y desde dónde pensar un Antropoceno que nos ayude a especular por fuera del horizonte de tecno-barbarie apocalíptica? Esta exhibición busca explorar modestamente esta pregunta: pensando lugares en donde nuestra relación con los procesos del planeta y sus silencios no son de propiedad, sino de creación.

Los artistas participantes están reformulando radicalmente el registro estético de lo que entendemos como naturaleza, proponiendo lugares en donde nuestra relación con los tiempos de la tierra, el universo, la espiritualidad, la animalidad y la memoria, parecen estar conectados de maneras mucho más complejas y conflictivas de las que tal vez pensamos. De esta manera, cada artista parece trabajar con un tiempo que le excede y con prácticas que vuelven difusas las fronteras entre las especies, la tierra y la piel; la memoria y las cosas; los pixeles y los átomos.

Y acá estamos, 8.000 años después…

SOBRE LAS OBRAS

Adan Vallecillo (Honduras, 1977) exhibe Pintura-Mural, un proyecto nómada mediante el cual ha “panteografiado” diferentes ciudades en Latinoamérica y Europa. El proyecto ha tenido distintas manifestaciones, traducidas por lo regular en murales de composiciones geométricas a partir de pigmentos, producto del tratamiento de residuos orgánicos e inorgánicos en estos lugares. Lo que se muestra en esta exposición son las pruebas de dibujo del proyecto realizadas en basureros ilegales de Tegucigalpa en 2012, y en la playa de Santo Domingo Oeste, Guibia y Batey Duquesa, en República Dominicana. “Estos proyectos son el resultado de cinco años de trabajo, caminando y escarbando en la basura, haciendo lo que he llamado ‘turismo de vertedero’, una manera distinta de conocer y reflexionar los efectos del crecimiento poblacional desproporcionado, y algunos de los secretos mejor guardados de la economía neoliberal y su cadena de producción de residuos”, dice el artista.

Jardín de Infancia (2017), de Benvenuto Chavajay (San Pedro La Laguna, Guatemala, 1978), es una pieza hecha con piedras encontradas en el lugar de cada exhibición y pedazos de chancletas de la marca Suave Chapina, introducida en Guatemala en medio de la Guerra Civil que vivió el país por 36 años. Las chancletas fueron usadas regularmente en varias comunidades indígenas. En otro trabajo, Na B´a´a (2017), el artista usa cucharas de metal y barro cocido para apelar a la memoria íntima, de su infancia y de su pueblo, San Pedro La Laguna. Estos lugares funcionan como actos creativos, como memorias vivas que se materializan en las piedras y el barro, pero también el plástico y el metal. La paradoja de la transmodernidad encuentra caldo de cultivo en obras que construyen lugares en donde lo sagrado, la memoria indígena y la síntesis moderna, se encuentran.

Los ojos serán lo último en pixelarse, de Patricia Domínguez (Chile, 1984), rastrea y actualiza la imagen latinoamericana del conquistador español y su caballo hasta su origen en España, tratando de manera simbólica las relaciones de dominación y liberación en relación con la historia de moldeamiento cultural entre España y Chile, y proponiendo una reflexión sobre la precarización, domesticación y reducción de lo “vivo” en relación a procesos de digitalización y tecnocratización que lo afectan.

Investigando la utilización de caballos, ya no como objetos de guerra, sino como trabajadores folclóricos, Domínguez trabajó con caballos que estuvieran sujetos a procesos de entrenamiento y doma en las principales escuelas ecuestres de España (Club Ecuestre Luz de Luna) y Chile (Escuadra Establo de Peñaflor). Estos caballos son domados y entrenados para formar un ballet ecuestre y realizar doma vaquera, doma clásica y trabajos a la mano, disciplinas en las cuales realizan piruetas y movimientos que no le son naturales al caballo, el que aprende a realizarlos mediante un entrenamiento arduo y repetitivo. Domínguez utiliza estos movimientos como metáfora del moldeamiento de lo vivo, lo salvaje, lo animal que ocurrió con la llegada de los españoles a Latinoamérica. Al igual que los jinetes doman y entrenan a sus caballos, los colonizadores moldearon el cuerpo, culturas y el paisaje del nuevo continente al imponer sus comportamientos y creencias. Un moldeamiento que se ha trasladado a la actual transformación y reducción de la materia viva a pixeles.

A través de un guión de ficción, el video reflexiona sobre el posible proceso de transformación de los caballos en imágenes digitales (pixeles y luz). Estos caballos no son utilizados para realizar los pasos tradicionales para los que han sido entrenados, sino que están quietos, siendo acariciados por las manos o tubos LED de los jinetes, para recordar a través del tacto sus cuerpos en el caso en que se conviertan en píxeles en un futuro cercano. A lo largo del video, distintas luces LED activan las figuras ficticias creadas por Domínguez, aplicando absurdamente lógicas de marketing y merchandising en los cuerpos orgánicos de los caballos.

La video-instalación Entropy, de Terike Haapoja (Finlandia, 1974), muestra, en tamaño real, el enfriamiento del cuerpo de un caballo después de su muerte, grabado con cámara infrarroja. El video original de nueve horas ha sido editado a un loop de 25 minutos. La cámara infrarroja es un dispositivo que forma una imagen usando radiación infrarroja en lugar de luz visible. La imagen, de hecho, es solamente visualización de data y no una imagen fotográfica en el sentido tradicional.

Está en la naturaleza de los dispositivos ópticos, tales como cámaras infrarrojas, estetizar al sujeto: los dispositivos son calibrados para responder a un intervalo angosto de radiación para poder obtener la información más precisa posible. Los dispositivos solo “ven” lo que necesita ser visto. En tanto la imagen revela algo de la realidad invisible, ésta en consecuencia se convierte en una superficie que cubre otras realidades.

Gavilla (2016), de Reyes Santiago Rojas (Colombia, 1981) es una escultura hecha a partir de latas de cerveza Club Colombia Dorada, oro y plata. El oro y la plata se esconden en una gavilla de fantasía fina, enredada entre la constelación de Virgo y el brillo de la estrella espiga; el verso y el adverso son los mismos colores de estos metales: el plateado y dorado en una lata de cerveza. El logo-símbolo impreso en la superficie de la lata evoca una identidad de un pasado precolombino que, ambiguamente, no consumía ni sembraba esta gramínea. A diferencia del maíz -otra gramínea-, su consumo y producción fue condenado como antihigiénico, para así poder imponer el consumo cervecero actual.

8.000 AÑOS DESPUÉS

Liberia – Central Contemporánea, Bogotá

Hasta el 31 de agosto de 2017

UA-20141746-1 Cartelera