Para aquellos que eluden el término vanguardia, es justo recordar que de este se derivan las propuestas culturales más experimentales de nuestro siglo, teniendo presente que se enunciaba a favor de la libertad de expresión, en tanto que el arte debía ser un espacio para la experimentación entre medios, discursos y técnicas, es decir, todo un laboratorio de pensamiento que exploró los límites de las normas sociales, analizando y respondiendo activa y críticamente a las reglas del statu quo. Dadaísmo, Surrealismo, Fluxus, Situacionismo, Accionismo, y hasta Poesía Concreta, fueron algunas de las formas de hacer en el siglo XX que conciliaron de manera excepcional en la obra polisémica de la artista argentina Liliana Maresca.

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba) presenta una exposición que va acompañada de un libro sobre algunas facetas de la vida y obra de Liliana Maresca, un icono dentro de la escena del arte argentino que tuvo un impacto en la generación de los años 80 y 90. Con una introducción de Victoria Noorthoorn, la publicación enfatiza que su trabajo fue, y es aún hoy, de cabal importancia para entender algunas situaciones que fueron claves en el desarrollo social y político del contexto argentino. “En un país que atraviesa, a cada paso de su historia, situaciones de tensión, la obra de Maresca cobra una particular significación. Pues al tiempo que exploró de manera experimental el significado de la imagen, de la creación y del objeto artístico, Maresca se interesó por el discurso, la elocuencia y la situación de enunciación”.

Encontramos en el cuerpo del texto dos focos de investigación: por un lado, el equipo del museo se interesó en buscar y revisar material inédito sobre la producción artística de Maresca en distintos momentos de su carrera, un material compuesto por obras y acciones que trascendieron los objetos, enfatizando en el carácter absolutamente experimental y múltiple de su obra. Por otro lado, se marcó un cruce discursivo de la artista en el plano social, en tanto que “fue catalizadora de la escena artística y cultural de los años que sucedieron a la dictadura militar”, como enuncia Noorthoorn.

Con textos de Victoria Noorthoorn, cuya introducción traza un espectro general de su producción, pensamiento y filosofía; Javier Villa, quien propone un sumario de obras relatado de manera familiar a través de anécdotas, entrevistas, conversaciones y experiencias de lo que fue conocer a una artista como Liliana Maresca; María Gainza, que nos introduce en una faceta más personal de la artista; y Laura Hakel, quien fue responsable de plantear la cronología tanto de sucesos culturales como desde el campo personal y creativo, se forma el corpus total de un trabajo editorial que además de ser un homenaje, es necesario mostrarlo a una generación que a veces desconoce de cuales artistas proviene el interés actual por esas artes multidisciplinares y experimentales.

Hacer o componer varias personas o cosas al todo del cual son parte.

Forma = determinación

 

A Liliana Maresca le interesaba más que nada el universo de las relaciones humanas. “Consciente o no, Maresca creó una obra que sigue forjando relaciones humanas después de su muerte, que sigue construyendo comunidad”, según Javier Villa. Sus piezas, que incluían un sinfín de materiales -entre los que destacaban la basura y la chatarra-, dan cuenta de esos procesos donde la vida en lo cotidiano, lo público y lo privado constituyeron el componente esencial de su creación, en la cual objetos y humanos no tenían una distinción categórica, pero que en el trabajo de la artista hacían parte de una totalidad.

Villa hace pues un seguimiento a varias obras de la artista desde 1982 hasta 1994. Nos habla de la serie Mascaritas (1994), trabajo que tiene un tinte “infantil”, tanto por la forma primitiva como la artista realizó las figuras como por el uso de materiales como pasteles, acuarelas y colores, serie con la cual, cabe decir, recibió sus últimos días de vida al ser diagnosticada VIH positivo. Las Mascaritas, apunta Villa, “son obras surgidas entre la tenacidad y la fragilidad; brotan en torno a una enfermedad que deteriora el cuerpo. Son dibujos realizados con materiales simples de conseguir, livianos y fáciles de manipular para un organismo cansado… Son la determinación de un espíritu obstinado que necesita seguir creando hasta la última gota de energía. Son, a su vez, una suerte de legado ante la muerte”.

Durante su carrera, Maresca trabajó con artistas, escritores e intelectuales de la cultura, y toda esa interacción alimentó sus procesos pues hacer precisamente una “obra maestra” era lo que menos le interesaba (esto, si tenemos presente que su trabajo cuestionaba las categorías de los objetos del arte y cómo esas categorías desvirtuaban o desligaban la vida real de los procesos de creación). Por tanto, como toda una hija de las vanguardias, arte y vida en la producción de Maresca no podían ser separadas. En 1983, su colaboración con el fotógrafo Marcos López reafirma justamente esa pregunta que Maresca hacía sobre lo que es justamente el objeto artístico. “Yo veía su obra y pensaba ‘qué sé yo si esto es bueno o malo’. Ella me generaba una atracción, su extrema libertad… era como si vos fueses un monaguillo y vieras a la virgen María en bolas tirando una lata de esmalte sintético rojo sobre un crucifijo”, dice López en una entrevista realizada por Javier Villa en el 2016.

El cuerpo en la obra, o mejor, el cuerpo como obra siempre fue parte de su producción; sin embargo, no solo se concibe en el texto el cuerpo como fisicalidad, sino que se plantea paralelamente el cuerpo social, tanto desde su necesidad por hilar relaciones con los otros como desde su posición especialmente crítica frente a la cultura como una institución que, en lugar de abrir las mentes, muchas veces las nubla: “romper con el mito de la individualidad del artista” y proponer un “trabajo colectivo con amplia interacción entre las diversas áreas del arte”.

María Gainza comienza advirtiéndonos que “Liliana Maresca estaba decidida a comerse el universo como si fuera una ostra”. En su intervención, podemos intuir un rumbo más íntimo presentándonos a una Liliana Maresca mucho más cotidiana, incluso revelando su producción a partir de un estado mucho más antropológico en relación con la creación de obras que manifestaron una mirada crítica a su entorno sociocultural, así como un énfasis en el carácter filosófico y mucho más trascendente de una personalidad que procuró entender las diferentes dimensiones de Ser. Así, Gainza comenta algunos sucesos que caracterizaron un carácter subversivo, como lo fue su matrimonio con Carlos Vitale a la edad de 19 años, su vida con el oftalmólogo Julio Vilela, su embarazo perdido, o el nacimiento de su hija a la cual darían el nombre de Almendra. (“Nunca hice tanta fuerza en mi vida. No quería salir, terminé con los ojos rojos inyectados en sangre”).

En 1980 entra en una suerte de etapa extática y se separa de su esposo Julio Vilela. “Liliana aprendió a hacer pan, comida macrobiótica y comenzó a fumar mucho, a tomar alcohol y a tener horarios cruzados. En definitiva, se divertía, pero le era imposible comunicarse con su marido médico”. Durante un tiempo posterior, la artista alquiló una casa que fue conocida como “Estados Unidos”, nombre que corresponde a la calle donde se encontraba ubicada; y allí, en compañía de amigos y colegas del mundo de la cultura, hicieron fiestas y tertulias, pero principalmente fue todo un laboratorio de experimentación y de creación.

Liliana Maresca fue una rebelde en todos los sentidos de la palabra; no pretendía ser una intelectual, pues detestaba los academicismos, el absolutismo, o “las verdades que se dejan copiar en cuadernos”, y esto lo dejaría claro cuando fue invitada a participar en una muestra en la Facultad de Filosofía y Letras y su propuesta sería una gran serpiente hecha de los libros que era obligatorios leer en la academia. Titulada Oroborus, la obra “representaba para Liliana la muerte de la cultura, el fósil que debía ser liberado de ese estado intermedio en el que agonizaba”.

El documento finaliza con el fallecimiento de la artista en 1994.

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Algunas voces señalan que su obra no debe leerse únicamente como una obra de arte político, pues esto sería limitar el proceso especialmente vasto en conceptos, ideas, formalizaciones, relaciones y recursos que llegaron a conformar todo un universo de creación singular. Algunos críticos han emparentado su producción con el arte neo dadaísta de los años 60, aquel que irrumpió los esquemas más convencionales del arte y que trasladó el devenir del arte a estadios de vida cotidiana, saliéndose así de los lugares comunes. Liliana Maresca reflexionó sobre las categorías del arte, las relaciones entre humanos y la interacción con los objetos tanto como con algunas preguntas trascendentales, aunque no buscó precisamente una indivisible verdad. Ella quiso siempre vivir y experimentar. Quizás, hay entonces una forma de hacer las cosas “a la Maresca”, de llevar una vida sin tabúes, sin dogmas, sin verdades absolutas, pero con la más arraigada necesidad de cuestionar las nociones cerradas de cómo asumir nuestra existencia y de cómo transformarla en arte.

 


Imagen destacada: Liliana Maresca en la Costanera Sur con los paneles de la exposición Imagen pública – Altas esferas, 1993. Fotografía: Ludmila. Archivo Liliana Maresca

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Nace en Medellín, Colombia. Es maestra en Artes Plásticas y Visuales. Realizó estudios en Filosofía en la Universidad de Antioquia y tiene una acreditación en Evaluación de Procesos Educativos. Posee un diplomado en Periodismo Cultural y Crítica de Arte y se desempeña como docente de cátedra universitaria. Es parte del equipo de columnistas de la revista La Artillería, revista de arte de la ciudad de Medellín, y escribe para la sección "Palabra y Obra" del periódico El Mundo.

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