Hay tiempos difíciles, cuando la vida cotidiana se fisura y se enfrenta a su porvenir desde el desafío inminente de tener que decidirlo: de perderlo o proyectarlo, de evadirlo o elaborarlo. Cuando los días se entretejen de luchas y violencias, cuando no hay certezas ni rutinas, cuando la memoria no alcanza a recoger los distintos sucesos que configuran y des-configuran permanentemente el paisaje, cuando un cuerpo social herido busca acceder a sus múltiples Voces y a un “entre-todos” en el que pueda recuperarse, en el que pueda volver a encontrar sus caminos.

Como un aporte a la necesaria reflexión que los tiempos de crisis exigen, la Galería Carmen Araujo Arte, en Caracas, en alianza con Hacienda La Trinidad Parque Cultural, presentan la exposición Onomatopeyas visuales de tiempos difíciles, una muestra colectiva en la que 20 artistas venezolanos, 20 testigos reflexivos de su tiempo, donan distintos espacios desde los que hacer el ejercicio de volver a mirar, de volver a pensar, de volver a discernir sobre esos acontecimientos que nos inundan y abruman.

Las obras que componen la exposición, las 20 Onomatopeyas visuales de tiempos difíciles, se hacen cargo de ese sujeto político multifacético que surge en momentos de crisis, en lugares de pérdidas y confrontaciones, en situaciones históricas cargadas de inquietudes y preguntas, de temores y anhelos. No son obras políticas, no están concebidas como denuncias o constructos ideológicos, por el contrario, se proponen como “puestas en escena” estratégicas que persiguen interrogar tanto a su contexto –su mundo circundante– como a sus interlocutores, sin definiciones ni decisiones. Invitan al espectador a investigar, a recordar que la conexión entre lo que vemos y lo que pensamos, lo que sabemos, nunca es tan simple, y que ver es, en su esencia, un acto político.

Cada obra persigue convertirse en un “espacio público”, un “entre-todos”, desde el que compartir, y al que comparecer, para asumir la reflexión acerca de estos tiempos inéditos, de sus representaciones fundamentales, de sus símbolos y enunciados, de sus deudas, así como de sus potencias e impotencias. En este sentido, todas las obras hurgan en las fracturas y las sombra de su ahora y su pasado reciente, imponiéndose como una meditación, una sospecha y una exhortación acerca de la posibilidad –y la necesidad– de cuidar –y curar– ese espacio público compartido de la política que está siendo abrumado por contenidos afectivos, por constantes revitalizaciones y desapariciones.

Onomatopeyas, es decir, re-presentaciones visuales de los sonidos de esas Voces que se persiguen: unas Voces capaces de convocar y responsabilizar a cada uno con su presente y su porvenir, unas Voces que se enuncien entretejidas en los distintos espacios del tejido social, unas Voces que quieren encontrarse en la resolución y la reafirmación de su condición cívica.

Los artistas que comparten esta exposición, que donan sus miradas y modos de comprender, son: Luis Arroyo, Emilia Azcárate, Alessandro Balteo-Yazbeck, Muu Blanco, Mariana Bunimov, Iván Candeo, Carlos Castillo, Deborah Castillo, Paolo Gasparini, Pepe López, Marco Montiel-Soto, Juan José Olavarría, Erika Ordosgoitti, José Perozo, Armando Ruiz, Luis Salazar, Juan Toro, Christian Vinck, José Vívenes y Carolina Vollmer.

Pieza de Deborah Castillo en la muestra colectiva Onomatopeyas visuales de tiempos difíciles, en Carmen Araujo Arte, Caracas. Foto: cortesía de la curadora.

Luis Arroyo
Patriot Patterns by César Rengifo (1980)

La política es la actividad que permite a los hombres construir un espacio común, en el que se desdibujen las apropiaciones (los intereses particulares) y se implementen estrategias de comparecencia y convivencia. Es una manera de vincularse creadoramente con lo otro de sí, con las exterioridades, con el afuera, con lo que es ajeno. Luis Arroyo atiende a esa conexión compleja que implica todo acto político, el entretejido de conexiones que tiene que poner a operar, presentándonos una instalación en la que diversos elementos, cada uno alusivo a instancias que son radicalmente exteriores entre sí, tanto por su procedencia como por sus estrategias de consolidación, se reiteran mutuamente y se enlazan con distintos lugares simbólicos y sensibles de la historia nacional. Se crea así un objeto impensable y paradójico, en el que se encuentran y concilian tensamente, por una parte, lo militar como presencia de ese poder autoritario que asume su actividad desde la imposición y las jerarquías, en el dominio y la obediencia, y por la otra, un patrón ornamental propio de las artes gráficas y visuales, que se da como presencia de un poder “líquido” que asume su actividad desde la impregnación y la captura del deseo, a partir de una presencia que se difumina en todos los ámbitos de la vida cotidiana. La chaqueta pierde su rigidez, el patrón de diseño se transforma en tejido, en recubrimiento. ¿Será que las formas del poder se han modificado? ¿Estaremos en presencia de múltiples formas y espacios de poder, en los que la sumisión y la dependencia operan de modos inéditos?

Emilia Azcárate
Hecho en Venezuela

Desde la distancia, desde el “exilio”, y partiendo de la idea de que el nombre propio es capaz de dar existencia, de hacer presente, aquello que nombra en el acto mismo de decirlo, de enunciarlo, y en esa misma medida es productivo, tiene algo de creador, la obra Hecho en Venezuela de Emilia Azcarate se apropia de esta fórmula y etiqueta comercial de la producción venezolana para preguntar acerca de las posibilidades de recobrar y restablecer esta nación que pareciera escaparse, perderse. Un entrecruzamiento de líneas sobre el tricolor de la bandera escribe, en una tipografía única, nueva y desconocida, ese nombre en el margen mismo de su desaparición: allí en el borde, cuando pareciera hacerse pura imagen abstracta. ¿Será que ese país de la memoria es ausencia y su recuperación depende de la potencia de reformular su escritura? ¿Será que se impone la tarea de enunciar ese nombre propio desde nuevos lenguajes, la de desarmar sus representaciones ya establecidas? ¿Será que el porvenir requiere inventar un decir otro, inédito, singular?

Alessandro Balteo-Yazbeck
El último barril de petróleo

Ese pequeño barril de petróleo, el último, el que resta, es la alegoría de esta nación paradójica, tensada entre una modernidad de infraestructuras y promesas desfallecidas, y un sustrato rural y tribal que se cuela entre las fisuras de sus proyectos incompletos. El petróleo, y la riqueza súbita a la que destina, es un elemento fundamental para comprender los grandes desequilibrios económicos y culturales que traman el tejido socio-político venezolano. El barril de petróleo adquiere una dimensión identitaria a la vez que histórica y documental, desde la que se enlaza y reconstruye la Venezuela contemporánea en sus fracasos y fisuras, en su desmoronamiento. Una obra irónica, un emblema en el que se concentra un haz de interrogantes, así Alessandro Balteo-Yazbeck provoca, incita, desafía. ¿Son los eventos contemporáneos y su violencia inseparables de la explotación petrolera que los ampara? ¿Abrirse al futuro supone sospechar, descolocar y transgredir los iconos y representaciones identitarias aquellas que fundan el discurso nacional? ¿Ha sido la modernidad venezolana un esfuerzo incipiente y fallido, inestable, un cascarón que ha terminado por ser el habitáculo de aquello que creyó haber desterrado?

Muu Blanco
Blackpoint

“Un círculo negro rodeado de blanco, materializa la imagen de la perforación de un proyectil en el cuerpo humano. Es también, el punto de fuga de sangre y fluidos… recrea el punto focal que simboliza el inicio y el fin de la trayectoria de un objeto que irrumpe de manera inesperada y violenta en el cuerpo”, aí describe Muu Blanco el nombre de esta serie de obras como la huella que deja la violencia en el cuerpo, un orificio sin imagen –vacío– gracias al que se disuelve la vida: su cotidianidad y certezas, sus rituales y potencias. Inversamente en éstas, el cuerpo, el rostro, recoge imágenes de los momentos de represión, las heridas y la sangre, la crueldad y la agresión. El cuerpo es el plano, el sustrato, el depositario, el continente de la ferocidad, del exceso y la saña, del abuso: un acoplamiento, una simbiosis en el dolor y la desesperación. Acompañadas del sonido de las protestas. Blackpoint es un testimonio. ¿Se habrá desvencijado y descompuesto este cuerpo social hasta un punto sin retorno? ¿Podrán sanar sus fracturas y heridas, o será insalvable? ¿Cómo restituir al cuerpo, y en el cuerpo, un espacio colectivo –público y político– en el que algo común se imponga y agite, algo en común capaz de reconstruir historias, de hacer encuentros?

Mariana Bunimov

El incesante flujo de imágenes que coloniza las redes colocan cualquier acontecimiento en el difícil espacio de una experiencia marcada simultáneamente por la inmediatez (el consumo) y lo inapropiable (el testimonio). Una experiencia desde y en las imágenes, desde y en la distancia de una contemplación sin corporalidad. Diversas imágenes de las protestas venezolanas inundan los medios, abriendo una vía permite acercarse tanto a la multitud convocada como a la violencia desmedida con que es contenida, a pesar de que algunas son brutales y conmovedoras, siempre tienen algo de distancia, de vacío, por ello el dolor se mitiga y se hace emblema. Mariana Bunimov se apropia, desde la fuerza de la pasta pictórica y el trazo visible, de estas imágenes de consumo y consumación, y crea un archivo para poseerlas, sujetarlas e interpelarlas, para interrogar –e interrogarse– acerca de los cuerpos, las figuras y los semblantes, llenan el pavimento con sus pasos y sus voces, y reflexionar sobre su propio lugar entre ellas. Estos retratos de cuerpos enmascarados, de rostros transformados en presencias casi animales, estas duras alegorías, permiten preguntarse: ¿Cuál es la potencia que se esconde detrás de estos improvisados armamentos? ¿Por qué son obligados a recuperar su tiempo con el rostro encubierto? ¿Qué oscura fuerza requiere se la enfrente con mascarillas y ocultamientos? ¿Cuál es la dimensión de lo humano a la que hay que acceder para recuperar el porvenir y recuperarse?

Iván Candeo
Proposición de acción al Ejército Venezolano
Republica Cualquiera

En Venezuela, el militarismo y sus estructuras no son sólo una mitología fundacional, sino que, igualmente, el síntoma determinante de una sociedad en la que la dimensión cívica es incipiente, está poco consolidada, y, por ello mismo, sus sistemas políticos son frágiles. El predominio de fórmulas y procedimientos militares implica, para una sociedad, ausencia de espacio público: de debate, de concierto y acuerdo, de convivencia, de ciudadanía, ya que el militarismo se origina en la orden y la obediencia: es ceguera, acción irreflexiva, detención. Por ello, irónicamente, en Proposición de acción al Ejército Venezolano únicamente leemos la trasposición a palabras del ritmo marcial, del caminar prefijado y ordenado, como si en el “ser” de lo militar el cuerpo mismo se hace cosa, y la comunidad se reifica en jerarquías y mandatos. Acompañando el ritmo marcial, la posibilidad última del militarismo, por contraposición República cualquiera aparece como una captura, como una grafía desordenada y rápida que puebla la ciudad, aludiendo a esa relación intrínseca entre el derecho y la civilidad. ¿Será posible una República más allá del orden cerrado de un mito fundación militarista que se reitera contantemente? ¿Cómo invertir esa pulsión inquietante que dirige la nación hacia un destino castrense?

Carlos Castillo
Hecho en Venezuela

Han pasado 40 años y Hecho en Venezuela sigue siendo un acertado e irónico examen del país, de sus dramáticos contrastes y rupturas, de sus extravíos. Pareciera que, a pesar de las transformaciones ideológicas y “constitucionales”, nada ha cambiado realmente, seguimos siendo una nación en la que lo tribal y “medieval” se confronta constantemente con una sociedad civil insuficiente, asediada por las dificultades; un país en el que coexisten el petróleo con el hambre, las autopistas con los basureros. Un país de muñecos de tela vestidos de bandera, dúctiles y carentes, brutales y adoloridos, pobres en su riqueza y ricos en su pobreza. Una nación de promesas, que es siempre en la espera de su futuro y en el que el presente –la presencia– no es más que provisionalidad y ruptura. Con la obra Hecho en Venezuela, Carlos Castillo hace manifiestos los puntos ciegos de esta sociedad que está siempre sobreviviendo en sus márgenes. ¿Cómo superar la facilidad enraizada en un territorio que aporta demasiado, que permite una existencia sin labor? ¿Qué esperar de una existencia permanentemente disparada a un futuro siempre postergado? ¿Cómo conjurar estas rutinas constructoras de precariedades, estas paradojas incesantes?

Pieza de Erika Ordosgoitti en la muestra colectiva Onomatopeyas visuales de tiempos difíciles, en Carmen Araujo Arte, Caracas. Foto: cortesía de la curadora.

Deborah Castillo
Parricidio / Parricide, 2017

El testimonio de un desmoronamiento, de un estallido, de hundimiento, se nos entrega alegorizado en una figura híbrida (cuerpo de Bolívar y cabeza de Lenin), una figura monumental y monstruosa, en la que, a la manera de los personajes mitológicos, se encuentran dos de las representaciones ideológicas que marcan la vida contemporánea venezolana. Por una parte, el militarismo que reiteradamente ahoga la vida cívica con sus modelos y sus requerimientos, un cuerpo rígido y regido por el deseo de dominio; por la otra, la utopía, la promesa, de una comunidad que se delinea y se propone en términos imposibles e impensables. Desde una narración ficticia y emplazado como un prócer, Deborah Castillo literalmente hace estallar ese híbrido personaje en el que –y gracias al que, también– se confunde la paz con la fuerza y la autonomía con el autoritarismo. Lo que resta es un monumento acéfalo, fracturas, pedazos de una figura heroica en ruina, como el país la ha edificado. ¿Podrá finalmente la nación reventar y destronar su fundamento militarista, su caudillismo, su pasión por las imposiciones? ¿Es la recuperación de los mitos fundacionales de nuestra nación un momento de retorno hacia el militarismo? ¿Cómo resuenan las formas simbólicas ideológicas en nuestro ambiente vivido? 

Paolo Gasparini
Serie Democracia y poder 

La serie Democracia y poder es el registro del pasado reciente de Venezuela, de sus íconos políticos y sus fracasos cívicos, de la convivencia difícil de una modernidad embrionaria y persistentes formas de vida rurales, desprovistas, precarias. Una realidad contradictoria, compleja e inestable, expuesta en la agitación del encuentro permanente entre las armas y los hombres, entre los carteles y la basura, entre la ciudad y sus descampados. En estas fotografías, contrastando realidades y presencias, se muestra el reverso y lo oculto, la dimensión sombría de una “democracia” incipiente, de unas armas que presionan continuamente. Así, la historia, el paso del tiempo, los anacronismos, se mitigan, se deshacen, y pareciera que la nación está allí, nuevamente, con las mismas pérdidas y los mismos anhelos. Una mezcla visual de nostalgia y esperanza, una memoria y una historia que nos cercan y se nos acercan. En esos registros hay una solicitud de libertad, un requerimiento de justicia y la presencia de esa Venezuela siempre abandonada: la de los derechos civiles, la de todos. ¿Cómo aprehender de esa mirada certera que retrata el ahora en la historia? ¿Cómo convertir la agitación que provocan estas imágenes en reconocimiento y reflexión? ¿Cómo transformar el mirar en actitud ética, en una imaginación comprensiva? 

Pepe López

El collage es la forma privilegiada de expresión urbana, tienen ese carácter fragmentario y, por momentos, discordante que poseen las ciudades. Pepe López nos presenta una serie de collages en los que desnuda Caracas, convirtiéndola en un arsenal de armas. El artista nos dice: “En Caracas, como en un videojuego, las armas son vendidas, prestadas, perdidas, robadas y contrabandeadas… el mercado negro toma la forma de un ‘mal chat’, por lo que allí cualquiera puede elegir sus armas antes de comenzar a jugar. Venezuela es el país latinoamericano que dedica más recursos a la compra de armamentos… En nuestros ‘barrios’ es más fácil encontrar un arma que el pan. No hay leche, pero hay muchas balas”. Pistolas, granadas y ametralladores en las que se yuxtaponen diversas vistas características de los barrios de esta ciudad invadida estructuralmente por la violencia. ¿Es esta una violencia multiforme que ha invadido por igual las calles y las casas, las diatribas políticas y los lugares íntimos? ¿Estamos, acaso, frente a un mundo que ha devenido salvaje, donde la ley es la fuerza y la muerte? 

Marco Montiel-Soto
La verdad no es noticia 

En los distintos modos en los que el arte puede gestionar la memoria, uno de los más significativos es el que le permite reconocer en la historia cercana recurrencias, similitudes, re-actualizaciones del presente. Las obras que se presentan en esta ocasión, pertenecientes a la serie La verdad no es noticia, son registros y testimonios de revueltas pasadas, de momentos iniciales del proceso revolucionario. Gracias a ellos podemos recordar que la violencia y la represión no son nuevas, son un recurso reiterado, una suerte de condición esencial. Estas obras son abismales, reiteran su proposición recurrentemente, son páginas del periódico La Verdad (Maracaibo), muchas de ellas son tomadas por Marco Montiel Soto cuando era reportero. Sin embargo, lo más interesante es lo que se dice con la pintura: lo que se oculta y lo que se encuadra, lo que se oblitera y lo que se re-define. Cada color significa un espacio de la sociedad, un sector o una “forma de vida”, pero en todas ellas la imagen –sea visual o gráfica– se impone sobre el texto, sobre el discurso, para recordamos quizás tanto la dimensión transitoria –frágil e incompleta– de la verdad como el hecho que opera como mecanismo de control, como seducción estratégica. ¿Vivimos un espacio político de imágenes, delimitado por la visualidad, alejado de los procesos de discernimiento? ¿Enfatiza ese predominio de lo visual la porosidad de las fronteras entre realidad y ficción? ¿Qué lugar ocupa la racionalidad en los espacios globales de la pura imagen?

Pieza de José Perozo en la muestra colectiva Onomatopeyas visuales de tiempos difíciles, en Carmen Araujo Arte, Caracas. Foto: cortesía de la curadora.

Juan José Olavarría
¿Eres o no eres o quién eres? 

Las estrategias de la identidad tienen su origen en el co-estar con otros, en la coexistencia; sus mecanismos de consolidación son siempre violentos, implican la aparición de un sistema de exclusiones traumáticas, un tejido de sutiles incidencias de poder. Cada uno es uno y el otro al mismo tiempo, es un actuante y un actor que convierte su cuerpo en mundo y en lazos sensibles. Por ello, la identidad es un tejido fantasmático, un lugar de transparencia, una suerte de sudario en el quedan impresas las acciones y flujos que organizan los cuerpos, las otredades asimiladas; un tejido sutil desde el que toda acción es ya un ethos y el deseo incorpora las representaciones y se incorpora a ellas. ¿Eres o no eres o quién eres? de Juan José Olavarría alude a esa envoltura material y corporal en la que el “soy” se hace de lagunas y sentidos, pero alude, también de igual manera, a lo que resta, a los residuos, señalas y ruinas que permanecen tras la muerte, que son el modo de la sobre-vivencia. Con ello, realiza una crítica de la violencia que trae a primer plano los cuerpos que allí perecen, los que desaparecen, los que serán olvido, y que apunta a desacralizar la imaginería del horror. ¿Podremos conjurar el silencio y la impunidad? ¿Cómo redimir los cuerpos de ser cifras, estadísticas de la atrocidad? ¿Cómo hacer cuerpo la deformación y la transformación que lega la violencia? 

Erika Ordosgoitti

Cuestionando las estructuras de control y poder, Érika Ordosgoitti –desde el cuerpo y como un cuerpo– asume el riesgo de reconstruir y escenificar la violencia, la exclusión, el abandono, así como de exigir un lugar para la libertad: de la persona, de todos en lo que son, de cada uno en lo pudiera ser. Un cadalso, un tablado erigido para patíbulo, y un video, Comida de moscas, retraen el presente a fórmulas de contención y tortura atemporales, pre-modernas, para apuntar que el ahora es aún una circunstancia en la que coexisten formas de vida, modos de existencia, contradictorios y discordantes, que se vulneran y se violan entre sí, y cuya frágil convivencia está ligada a esa palabra incesante que, desde fórmulas y representaciones sociales siempre reiteradas, domestica los cuerpos y los actos. Frente a ello, un grito de libertad se acciona en un monólogo desnudo, a la vez desvalido e invulnerable. ¿Es la experiencia política un hacer del cuerpo, en su desnudez y en su contundencia, en el cruce difícil de sus dimensiones biológicas y éticas? ¿Depende la libertad de las acciones en el que el “estar siendo” que somos se desnuda, se evidencia? ¿Confrontar la violencia implica decir-se en los márgenes de cualquier discurso, y en la materialidad de sus desafíos concretos? 

José Perozo

Dos palabras bordadas, dos palabras que se convirtieron en declaración de fidelidad y propaganda, dos palabras que han sido grito y lema, que han sido excusa y finalidad, y que han perdido ya cualquier posible significado: la primera, “muerte”, porque se ha hecho experiencia cotidiana; la segunda, “patria”, porque es el cascarón vacío de una descomposición creciente. José Peroso borda estas palabras, y en ese hacer paciente y delicado se inscribe un mítico y tenue modo de la memoria, un imaginario en el que se traman indisolublemente olvido y rememoración, y como en el caso de Penélope, lo que vemos bordado es una suerte de “sudario”, de tela para cubrir respetuosamente los rostros y los cuerpos de tantos caídos en esta nación abandonada, convertida en exilio. El bordado se presenta, entonces, como un homenaje íntimo a esa Venezuela que se desteje, hecho desde aquello que aqueja, que marca la vida; desde sus propias interrogantes, sus deseos y extrañezas. ¿Cómo traducir en imagen esa memoria desgarrada de estas dos décadas? ¿Cómo conjurar el olvido, la des-memoria, cómo bordar en nuestras plazas el oficio dignificante de la mención constante? 

Armando Ruiz

Un libro grabado en láser sobre cuero es la pieza a través de la que Armando Ruiz elabora una sensible reflexión acerca del “cuerpo histórico” de una nación: Venezuela. Una meditación en la que uno de sus hitos fundacional, el Himno Nacional, se talla a la manera de una marca indeleble en un objeto que es, a la vez, superficie animal –piel– y artefacto intelectual –libro–. Ambos, cuero y libro, son sustratos de permanencia, son instancias fúnebres, por ello aluden, entre otras cosas, a las perversas formas con las que el nacionalismo se realiza como dominio absoluto, como sometimiento. Por ello, el Himno convertido en cuero y cuerpo, no sólo silencia su sonido para mostrarse como lugar del ver, sino que además en esa presencia extraña, en cierto modo inaudita, se trama una nueva dimensión para pensar la República, sus fundamentos y sus fracasos. ¿Será que esta República, siempre haciéndose, le hace falta una dimensión corporal que opere como su verdadero sustrato cívico? ¿Le hace falta piel e inscripción, presencia y posibilidad de discurrir?

Luis Salazar

Unos escudos, como esos que son la vanguardia de las protestas, unos escudos que detienen la arremetida incesante de las fuerzas policiales, que protegen contra las bombas y los disparos, que se han convertido en el símbolo principal de este deseo de cambio, de libertad, que parece sumergir estos días. Esos escudos están hechos, además, con restos de las batallas en las que esas protestas se han convertido, trozos de planchas de metal pintados a la manera de obras abstractas, escudos re-significados en los que el aparecer se da sensiblemente. Estos escudos son una suerte de archivo gracias a los que Luis Salazar elabora un paisaje metafórico de las calles y marchas, de un país que atraviesa días de lucidez y extrañeza, días sin cotidianidad, sin recorridos ni tránsitos, días en que el cuerpo necesita suplementos, herramientas, que le permitan resguardarse, y en los que la sociedad civil se ha visto en la necesidad de defender su derecho a tener derecho, su derecho a vivir sin tener que cubrirse, que refugiarse tras un escudo. ¿Será que el paisaje de estos días difíciles estará cifrado en esos fragmentos ensamblados que tienen la función de resguardar lo que somos, así como lo que quisiéramos ser? ¿Podrían esos escudos escribir una nueva narración expresiva, desde su sola presencia?

Pieza de Armando Ruiz en la muestra colectiva Onomatopeyas visuales de tiempos difíciles, en Carmen Araujo Arte, Caracas. Foto: cortesía de la curadora.

Juan Toro

Las fotografías de Juan Toro registran los lugares y las cosas que quedan como vestigios y restos silentes de diversos actos de violencia, desde la cotidiana, la del día a día, hasta la de la represión política. Así testimonia el país, y los sucesos terribles que asaltan ordinariamente a sus habitantes, a través de la inmóvil presencia de los enseres y utensilios que acompañan los actos de violencia y que, en su quietud, son capaces de concentrar y aludir a cada quien en su propia historia y sus temores, de despertar memorias, de suscitar reflexiones, de hacerse parte de la experiencia de todos en esos cuerpos vivos ausentes. Estas fotografías son una suerte de “archivo forense”, en el que una nación riesgosa, vaciada de convivencia y asediada por el crimen, se muestra en los instrumentos mismos de su desvanecimiento. No hay personas, sólo hay objetos y espacios. Así contemplamos el lugar que fuera “cárcel” momentánea de un secuestrado, espacio de reclusión y angustia, de terror, y entre sábanas y paredes a medio terminar, la mirada se convierte en constructora, se pregunta. ¿Será que la violencia naturalizada, convertida en contexto y “forma de vida”, hace desaparecer el cuerpo vivo, lo vital, para convertir la realidad en restos? ¿Acaso, nos hemos transformado en un remanente de nación, asediados por el crimen y la incertidumbre, en una nación de sobrevivientes?

Christian Vinck

Con ironía, y como en un juego, Christian Vinck recoge algunas anécdotas de la historia política venezolana y las recrea fabulándolas, con ese toque de humor que es capaz de suscitar reflexiones y memorias. Más que dibujos, son una suerte de carteles que, en su síntesis, logran aprehender, en pocos trazos y palabras, situaciones y hechos complejos, antitéticos, paradójicos, para resolverlos con la sutileza y la ligereza de aquello que nos es cercano, que comprendemos y conocemos, que podemos componer sin dificultades. Dibujos en los que se atiende también a la idiosincrasia venezolana a partir de colocar sus modelos míticos en situaciones impensadas. Tienen algo de caricatura, algo de sarcasmo, y dan lugar a que el pensamiento se recobre en una crítica despiadada, la crítica de aquel que lúcidamente sabe de sus propios límites y fracasos.

José Vívenes

Unos dibujos “goyescos”, dramáticos, que recuerdan desastres o caprichos, que le dan la posibilidad a José Vívenes de abordar, desde sus propios discursos estéticos, una decidida crítica tanto a la violencia como al uso indiscriminado de símbolos heroicos. El símbolo, el emblema, se alza erigido sobre una multitud informe, donde es difícil discernir cuerpos o rostros; son escenas de inquietud, vibrantes, siempre en fuga, gracias a las que se propone, desde los gestos y las alusiones inciertas, reflexionar acerca de esa sociedad en la que habita. Una sociedad que convive con el miedo, que deambula entre transgresiones, una sociedad de atropellos y resentimientos, una sociedad en la que el individuo ha perdido su presencia y pugna al interior de una multitud por volver a ser. Hay algo animal en estos pequeños dibujos, una pulsión vital y orgánica que se da como narración personal, y que le permite –y nos permite– re-hacer las imágenes, para entenderse y entendernos. ¿Cómo escapar a la tentación de los discursos hegemónicos y hegemónicos? ¿Cómo permitir la aparición de caprichos y desastres que nos recuerden la necesidad de un entendimiento plural, de una comparecencia?

Carolina Vollmer

De una forma literal, sin ambigüedades o metáforas, Carolina Vollmer pasa la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela por una máquina destructora de documentos, la convierte en papelillo. Con ello no sólo logra hacer evidente la situación actual: la demolición de nuestro pacto social, del ordenamiento constitucional, y los derechos individuales y colectivos allí consagrados, sino que además sintetiza, en ese cúmulo de delgados papeles cortados, las delirantes y enajenantes relaciones que durante todos estos años se han entablado entre discurso y realidad. El documento máximo del Estado no es más que una montaña de trozos de papel, un desperdicio, en el que es imposible reconocer figuras o letras, líneas o capítulos.  ¿Cuál será el inventario simbólico de estos años, de este lento paso de la República por los dientes cortantes de una máquina de negaciones y exclusiones? ¿Cómo recomponer el pacto –la comunidad– entre ese centenar de papeles rajados, mutilados?

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Sandra Pinardi

Doctora en Filosofía de la Universidad Simón Bolívar (2000), es Directora de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Simón Bolívar y profesora de la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, Venezuela. Participó en la creación del Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón, del cual también fue Directora. Ha escrito varios libros y capítulos de libros, entre éstos, “Reconstructed Identities in Latin America; Spectacle and Fiction", en “New World Colors” (2014); y "Disposiciones políticas de las artes visuales contemporáneas: Archivos de la violencia”, en “El tránsito vacilante. Miradas sobre la cultura contemporánea venezolana” (2013).

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