“No formar parte de una red social es hoy algo extraño. Pareciera ser que nuestros familiares y amigos, e incluso personas desconocidas, necesitan estar al tanto de nuestras vidas, tanto como nosotros necesitamos publicarla para su consumo. Podría afirmarse que se trata de una norma, una suscripción cultural que todos aprobamos sin siquiera haberlo discutido. Ahora bien, una de las condiciones de este convenio es que, como creadores de nuestra imagen en la red, tenemos el beneficio de la editorialidad, es decir, el poder elegir qué mostrar, cuándo hacerlo y cómo entregarlo. Pero ¿qué pasaría si este límite se extrema y anula? ¿Cómo sería una publicación 24/7, una entrega continua de la propia vida?”

 

Esta reflexión del artista Nicholas Jackson, que seguramente nos hemos planteado más de una vez, es un buen punto de partida para adentrarnos en la obra que presenta hasta el 24 de septiembre en la Galería Tajamar.

Dentro del hexágono de cristal que configura este espacio de arte en Santiago, el artista ha instalado una torre de parlantes y un computador que median su vida privada con el público casual que circula por la gran plaza de las Torres de Tajamar.

Todo lo que nos aleja es una pieza sonora, escultórica, mediática, un registro y un “performance accidental” en la que los límites entre público y privado, adentro y afuera, linealidad y editorialidad se difuminan.

La obra consiste en la transmisión vía streaming, las 24 horas del día, de la vida del artista: sus conversaciones con familiares y amigos, sus recorridos y horas de sueño. Este proceso, que no se graba ni se edita, puede ser consumido o no, al depender del paso esporádico de transeúntes por la zona. Es, además, un ejercicio de memoria viva, donde si bien hay un registro temporal y situacional, el resultado total siempre será desconocido por todos. ¿Una suerte de reality show sin cámaras?

Todo lo que nos aleja es una obra obicua que nos lleva a reflexionar sobre los límites de la privacidad en tiempos de omnipresencia mediática y sus implicaciones tanto éticas como sociales y económicas

Esta es la primera pieza sonora y basada en la tecnología que realiza este artista graduado de ingeniería civil -carrera que nunca ejerció-, y que descubrió el arte a través de la fotografía. “Los trabajos que hago tienen una explicación bien fotográfica. Por ejemplo, podríamos decir que este streaming de audio es una fotografía radical, extrema y expandida”, explica el artista.

Jackson establece una relación entre esta obra y la sensación de añoranza de la fotografía como medio para registrar el presente. “La palabra, por ejemplo, se considera presente absoluto y la imagen, pasado. La instantánea es ese intento porque la imagen alcance el ritmo de la palabra”, explica.

Esta idea de lo inmediato, de lo no procesado, impregna los modos de hacer del artista. Su interés está más en ese algo que se hace para lograr algo, que en lo logrado. El proceso más que el producto acabado. De allí su interés en la recolección de desechos y residuos, que luego presenta como objetos escultóricos, solos o en instalaciones. Jackson encuentra su material de trabajo en situaciones o lugares que le son muy propios: de camino al trabajo, de vuelta a casa, cuando sale a hacer algún trámite. Lo hace en sus horas de “artista activo”, definidas por el tiempo que le queda fuera del horario laboral.

“Es una forma de adaptar mi vida al arte y el arte a mi vida. Las cosas que me encuentro en esos trayectos son situaciones, imágenes, basura… son cosas que me definen de alguna manera. El trayecto, y lo que pasa en ese trayecto, soy yo. Eso, consciente o inconscientemente, va a moldear mis pensamientos, mis deseos. Y me define a mi pero también define a otros, porque la calle es un lugar muy genuino en términos de encontrarme con otros. Los espacios públicos pueden ser también lugares íntimos”, señala.

Si bien Jackson no suele trabajar con tecnología, existe un pequeño precedente que puede servir para trazar una genealogía del trabajo que exhibe en Tajamar. Se trata de un ejercicio realizado cuando cursaba el Magíster en Artes en la Universidad Católica de Chile. Emulando un poco el funcionamiento de los circuitos cerrados de televisión, dispuso en la sala una cámara y una pantalla por la que se veía, en tiempo real, lo vivido en clases.

En su obra para Galería Tajamar, esta operación se reactiva en cierto modo. “La obra parte de esta idea de una voz saliendo desde la galería, y esa voz soy yo, y está presente estando yo o no en el espacio”, explica.

A Jackson le interesa un tipo de arte que se muestre en su funcionamiento, evidenciar cómo la obra está hecha o cómo se va haciendo. “El hacerse y el auto-evidenciarse constantemente me interesa mucho; es como un tipo de swing, es cómo te sintonizas con un solo movimiento para que la cosa aparezca”, dice.

Así, decidió crear un sistema en el que sus partes quedasen en evidencia, y en el que a su vez, su voz, y él mismo, padecieran de un “encierro”. “Es una cuestión muy poco ética pero contemporánea a la vez. A veces me pregunto, ¿cómo me metí en esto? Pero de esta autoimposición, de este encierro surgen experimentos antropológicos, no solo artísticos. Es vivir al borde”, señala.

No solo el llevar su vida como si nada y comunicarla al público por streaming genera cierta presión, o esta sensación de “encierro”: también el capturar conversaciones con otros es un riesgo del que el mismo artista está consciente. Al ocasionalmente revelar que esos diálogos están siendo transmitidos en vivo en una galería, aunque cerrada al público, se ha encontrado con reacciones de reprobación y rechazo. “Después entienden que no se trata de un fetichismo ni de vouyerismo, sino de pararse en un borde, en un performance que siempre va apareciendo en las conversaciones”, relata.

Es en ese espacio del proceso creativo donde la obra está en un constante “hacerse” y dispuesta a “auto-evidenciarse” donde se sitúa este último trabajo de Nicholas Jackson. Una obra, en cierto modo, tautológica, porque ella misma habla sobre lo qué es y cómo está hecha en los momentos en que el artista la explica, vía streaming, a sus interlocutores.

Pese a la suspicacia que puedan generar las transmisiones de la vida de Jackson en la galería, es cierto que hay una probabilidad mínima de que estan sean escuchadas: por el mismo hecho de que la galería está cerrada y el sonido se filtra por sus cristales; por los horarios de funcionamiento del espacio; por la eventual distancia entre voces y micrófono. Y son estos mismos “errores” del proceso los que pueden tranquilizar a quienes se les revela el secreto de que son “espiados”. Es aquí cuando empieza a emerger lo que el artista llama “editorialidad”.

“Es necesario editarnos, porque si no, nos ponemos paranoicos y empezamos a pensar en lo que hemos dicho o vamos a decir. En esta pieza la misma tecnología establece una editabilidad: por lo inaudible de ciertos momentos de la transmisión, por la barrera que establece el vidrio de la galería, o si se apaga el celular. Por ejemplo, hice el siguiente ejercicio: en un trayecto a pie, solo, iba recitando todas las letras y números que aparecían delante mi (carteles, números de casas, patentes de vehículos…) Es un proceso selectivo de información, una editabilidad, porque podría haber leído el número de una patente y no otra. Entonces, no existe la posibilidad de entregar la cosa entera, no es posible”, concluye el artista.

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Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.
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