“Si la experiencia estética se roza con la política, es porque ella también se define como experiencia de disenso, opuesta a la adaptación mimética o ética de las producciones artísticas a fines sociales”

Jacques Rancière

 

Alexander Apóstol (Barquisimeto, 1969) -uno de los creadores venezolanos de mayor presencia en la plataforma internacional del arte contemporáneo-, plantea en su trabajo más reciente una consciente reflexión a partir de las estrechas relaciones, correspondencias y negociaciones que operan entre las nociones de cultura, poder, política e historia para articular, desde la experiencia artística, el complejo rol que juegan estos principios en la construcción de identidades individuales o nacionales.

Al desmontar -desde el análisis especulativo- una cierta estructura conceptual y  estética del relato político, el artista intenta destacar las analogías críticas que subyacen entre la dimensión del sistema institucional y el orden social.

Para su exhibición en Beatriz Gil Galería -primera individual que realiza en su país desde el año 2004-, Apóstol despliega un contundente ensayo visual a partir de tres propuestas: Contrato Colectivo Cromosaturado (2012), consistente en una videoinstalación que introduce en seis capítulos diferenciados las identidades sociales y políticas de los diversos grupos de ciudadanos venezolanos, utilizando los códigos sensoriales del arte cinético; la serie fotográfica Color is my Business (2012-2017) -construida a partir del mismo concepto-, que explora el registro cromático representativo de los partidos políticos en Venezuela para hacer notar, a partir de sutiles disoluciones y matices tonales, los pactos y alianzas instaurados entre sus dirigentes; y, como una singular extensión de la serie precedente -que asimismo otorga nombre a la exposición-, Color is my Business/Lecciones políticas (2017), que desarrolla, en este caso, una narrativa específica y contextual correspondiente a la historia reciente del período democrático en Venezuela -iniciado por las agrupaciones vigentes desde 1941 hasta la fecha- identificadas, en esta oportunidad, a partir del uso de colores planos.

I. Ars política: del sujeto social al cuerpo cívico   

Al inicio de su trayectoria en la década de los ochenta, la práctica artística de Apóstol se orientó a descifrar los fundamentos de la identidad y las políticas de género a modo de argumento simbólico, utilizando un repertorio de figuras y textos alegóricos al ámbito doméstico y a la esfera íntima del entorno familiar. Construye bizarras representaciones en las que manipula con irreverente destreza el humor y la ironía para desmantelar prejuicios y modelos anacrónicos impuestos al sujeto social. Una indagación que avanzó contundente e irrevocable hacia la exploración del espacio público, para desarrollar, desde la madurez de sus planteamientos, significativos trabajos fotográficos y de video, enfocados insistentemente en los vestigios del paisaje urbano y de nuestra historia moderna como temas de reflexión. Es así como recurre al imaginario de los memorables años 50 y se afianza en la grandilocuente iconografía del monumento que se presta como metáfora para cuestionar el auge y caída de un tiempo de modernización -idealizado e inviable- que termina por asentarse, luego de un acelerado proceso de deterioro, en una profunda crisis socioeconómica.

Las series Residente Pulido (2001), Fontainebleau (2003), Residente Pulido. Ranchos (2004), Skeleton Coast (2005) y los videos Av. Libertador y Soy la ciudad, ambos de 2006, evidencian, más allá del desencanto de lo perdido, la ambigua relación que como venezolanos tenemos con una memoria dislocada y una modernidad inconsistente, vista a partir del desfase histórico y desde las  profundas contradicciones internas  que incapacitaron su sostenibilidad en el tiempo. La reivindicación de identidades y la transcripción manipulada de diversas versiones de una realidad contingente, insisten en el objeto-cuerpo representado. En cada uno de estos proyectos, lo individual desborda sus márgenes para concentrarse ahora en las identificaciones nacionales, pues su propuesta se sostiene invariablemente en aquellos asuntos sustentados en las diversas narrativas que trazan los contornos de un contexto vernáculo.

En efecto, en los últimos 15 años sus inquietudes se asientan fundamentalmente sobre aspectos históricos y sociopolíticos. Obras como Yamaikaleter (2009) y Ensayando la postura nacional (2010) prefiguran aspectos fundacionales de la política venezolana, el culto al héroe y los símbolos patrios los cuales conforman, entre otros aspectos, el ideario o los postulados ideológicos de una épica identitaria. “Para ello –señala Apóstol- me valgo principalmente de la historia de la arquitectura y del arte que, a mi parecer, reflejan la capacidad que tiene una sociedad de reinventarse y definirse” (1). Es precisamente –añadimos nosotros- el distanciamiento geográfico y cultural  lo que le permite recrear y redimensionar, a través de una operación estética, los referentes vinculados a sus orígenes.  

II. Encuentro fortuito entre la identidad política, la abstracción y el relato   

Apóstol atraviesa sin prejuicios los fundamentos del arte con las estructuras de poder. Su última producción visual traduce la escena sociopolítica moderna y postmoderna a partir de códigos estéticos concretos que nos interpelan en relación a cómo estas realidades se inscriben en nuestra historia; concibe así una perspectiva diversa para la comprensión individual de estos períodos, la mayoría de las veces modelados por los canónicos axiomas del discurso dominante. En esta operación, cada una de sus propuestas reencuadra nuestro pasado cercano en una tentativa por proponer nuevas formas de percepción del mundo y la historia que conocemos, desafiando así no solo las restricciones formales, sino también un abordaje poderoso y efectivo de los asuntos sociales esenciales con los cuales se confronta la cultura contemporánea.

Las series que conforman la exposición Lecciones políticas, lejos de favorecer una retórica de la representación, nos presentan la conceptualización de una abstracción geométrica, cinética o minimalista con contenido narrativo. En ellas, Apóstol se aleja explícitamente de lo representado y procede como un agente mediador situado  entre la obra y el espectador. Una exploración que ensaya inicialmente con Geometría, acción y souvenirs del discurso insurgente (2014-2015), instalación multidisciplinar integrada por videos, dibujos, música y danza, en la cual los gráficos abstractos -derivados de la codificación numérica de textos suscritos por el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros- fueron desplegados sobre el muro en una inmensa trama geométrica. Una estrategia que se repite en el caso de Color is my Business y Lecciones políticas, a partir de la codificación de colores y formas geométricas.

Se asume que todo arte es político por naturaleza. No obstante, Apóstol no busca con sus propuestas activar un efecto mimético, ni incidir en un cambio social. La dialéctica que pudiese existir entre lo estético y lo político es resuelta por Apóstol a partir de signos comunicacionales -el uso simbólico del color y la estructura semántica- como eficaces dispositivos formales y abstractos que permitan nuevas lecturas de significado, sentido o interpretación a partir de la decodificación de sus referentes. Así, la narrativa de Apóstol apuesta por un universo conceptual que desborda las historias escritas o representadas del relato oficial adoptando formas divergentes. Con ello, intenta alcanzar “el giro ético de la estética y la política” que refiere J. Rancière en sus escritos, y que intenta responder a las interrogantes que nos plantea la definición de un arte político o una política del arte. (2)

III. Lecciones políticas, la exposición      

La muestra reúne un conjunto de obras que coexisten en los diversos espacios de la galería. El recorrido podría iniciarse con Contrato Colectivo Cromosaturado (2012) una compleja producción de video -previamente presentada en la Manifesta 9 (Genk, Bélgica) y, ahora, por primera vez en Venezuela- en tanto que su narrativa antecede muchas de las premisas conceptuales y estéticas tratadas por Apóstol para aportar visibilidad a los diversos y complejos conflictos que transitan entre el discurso político y la dinámica social contemporánea en Venezuela.

En su interés por crear nuevas producciones de sentido y un comentario crítico de un periodo reciente de nuestra historia, el artista presta especial atención a los diversos mecanismos que en el país estructuraron un sistema de valores fundamentado en el ideal de una modernidad occidental a priori para formular el relato de una historia nacional.  Desde una aguda perspectiva analítica y un ingenioso planteamiento estético, cuestiona y subvierte la idea apócrifa de un progreso enaltecido por sus gobernantes a través de una mirada oblicua e intersticial de los procesos. Su planteamiento refleja la inestable historia política moderna, transcrita en la vibrante y transitoria naturaleza cromática e ilusoria del arte cinético que, como tendencia artística dominante, se constituyó en la imagen especular de un país civilizado que dejaba atrás su precaria condición agraria. Una nación “en desarrollo” que -luego de vencer un período de dictadura en las postrimerías de la década de los cincuenta- sobrellevó cambios políticos radicales hasta alcanzar, en los años 70 y junto al ensayo de una pretendida democracia, un período de prosperidad económica dependiente exclusivamente del primer gran auge de la explotación petrolera. Sin embargo, este escenario de bonanza pronto precipitaría al país a una convulsionada y permanente crisis social, resultado de políticas de estado deficientes y de una descontrolada corrupción administrativa. Paradójicamente, mientras la ilusión de una Venezuela democrática se desvanece o acaso permanece suspendida en el tiempo, la maestría de Cruz-Diez se globaliza y persiste como tendencia en el material genético del arte nacional.

Contrato Colectivo Cromosaturado consta de 6 capítulos, cada uno de los cuales describe la interacción entre una locación de arte cinético público creado por el maestro Carlos Cruz-Diez con una acción recurrente y sin sentido, representada por los mismos actores que interpretan las diversas clases sociales. Esta experiencia visual, desprovista intencionalmente de sonido, termina operando como estrategia narrativa y ficcional para visibilizar el artificio y revelar las ambiguas contradicciones. Apóstol lo justifica cuando comenta: “Lo que me interesa con esta pieza es ilustrar a través de postulados cinéticos (color y movimiento) la perversa relación entre populismo, demagogia, autoridad y los grados de complacencia, manipulación e hipnosis en la población. Uso el cinetismo, no tanto por el interés que reviste como lenguaje, sino por el hecho de haberse considerado arte oficial por un Estado que busca establecer un vínculo o puente (aséptico, indefenso, cómodo) entre las estructuras de poder y la sociedad”. (3)

Es así como los silos del puerto de La Guaira, la central eléctrica del Guri, el auditorio del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles, el cruce de cebras urbanas, los edificios de interés social de la Villa Panamericana y una oficina institucional funcionan como escenarios por los cuales se desplazan erráticos los personajes. Allí se relacionan dos fenómenos en apariencia disímiles: el sentido lúdico e ilusorio que establece el arte cinético con el espectador y, asimismo, el poder de seducción del cual participa el populismo y la demagogia. La proyección finaliza cuando el juego entre luces blancas y verdes alusivas al instalado bipartidismo político terminan cansando -tanto al empleado público como al potencial espectador- y un tono rojizo empieza a asomarse para quebrar el hastío.

En el desarrollo de la serie Color is my business, Apóstol fotografía maquetas arquitectónicas iluminadas con los colores emblemáticos que identifican a los diversos partidos políticos de Venezuela registrados en el tarjetón electoral a lo largo del período democrático comprendido entre 1958 y 1998, año en cual el movimiento revolucionario llevaría a Hugo Chávez al poder para impulsar un sistema de gobierno –el proceso bolivariano- enfrentado a las ideas neoliberales y amparado en los principios del “Socialismo del siglo XXI”. Tiempo histórico que marcará un período de extrema conflictividad, desencanto y frustración, prolongada hasta la actualidad cuando más del 80% de la población clama por la restitución de la democracia y el derecho al sufragio.

En estas composiciones  geométricas, el juego que establece la disolución y superposición de luz y color resuenan definitivamente en las emblemáticas Cromosaturaciones concebidas por Cruz-Diez y que al mismo tiempo se pueden aplicar a otros contextos.  El investigador y curador ecuatoriano Rodolfo Kronfle Chambers así lo señala: “Se podría pensar este ejercicio de ‘negociaciones’ lumínicas como una alegoría donde se reconstruye cromáticamente las camaleónicas identidades del poder político, que ha cambiado desde una equitativa y variopinta gama multicolor a polarizadas dicotomías que han reducido dicho espectro, aglutinando apenas la participación de un puñado de matices”. (4) Estas “negociaciones” se pueden percibir en mural  S/T (2012-2017), un conjunto de 15 fotografías abstractas que revelan, a partir de la teoría básica del color, las potenciales transacciones políticas. Por el contrario, en el que agrupa 9 piezas en distintas tonalidades que fluctúan entre el rojo y el negro se sugieren las supuestas similitudes o contradicciones inherentes a una misma organización o estructura; una obra cuyo refinamiento formal mantiene resonancias pictóricas con el expresionismo abstracto. El grupo de combinaciones en blanco, negro y diversos matices de gris establecen interpretaciones acromáticas del mismo tema, ahora asistidas por textos referenciales ante la duda. En estas monocromías, el significado simbólico subjetiviza su valor de representación y la negación del color constituye un doble proceso de abstracción, otorgando mínimas claves al lector. Desprovistas de color y vaciadas de contenido aparente, estas composiciones interpretan el origen de una idea transfigurada.

Color is my business / Lecciones  políticas, 2017  presenta  un nuevo cuerpo de trabajo considerado por Apóstol como una extensión de la serie inicial, en la cual se expone una narrativa específica y contextual acerca de la historia política que enmarca el periodo de la democracia venezolana, desde el estreno de los partidos políticos en 1941 hasta la actualidad. Se distingue formalmente de la serie preliminar en cuanto la narrativa se configura a través de grupos de imágenes indivisibles, editadas o catalogadas como grupos o murales, y por la utilización de colores planos contrastados, sin matices ni variaciones tonales.

Con este ensayo explícitamente local Apóstol recurre al artificio de un sistema ilustrativo singular, distanciado a ultranza de los programas oficiales de la historia política de Venezuela. En su propuesta las “lecciones” apelan a la reinterpretación de los diversos capítulos de la historia política reciente bajo una perspectiva individual reforzada por los procesos particulares de la memoria y la identidad.  Estas lecturas no acuden a las convenciones del texto ni a la imagen iconográfica; estructuran un razonamiento abstracto fundamentado en un vocabulario cromático que permite identificar la genealogía de los partidos políticos y sus diversas interrelaciones, convenios  y negociaciones . El título de cada pieza sugiere la narrativa del relato.

La serie de fotografías expuestas describe una cronología de acontecimientos históricos iniciada con el citado Trienio Adeco, comprendido entre 1945 y 1948, que representa el período que da fin a la dictadura gomecista para inaugurar la democracia en Venezuela, a partir de las primeras elecciones presidenciales en las que triunfa Acción Democrática (AD, blanco) como primera fuerza política. La Junta Patriótica, integrada por los partidos AD, COPEI, URD y el PCV, identificados con los colores blanco, verde, amarillo y rojo, respectivamente, refiere al organismo clandestino creado en 1957 para combatir la dictadura perezjimenista. La popularmente denominada Cuarta República da inicio al periodo más extenso de la democracia venezolana que culmina con la aparición del chavismo, a partir del cual el país se rebautiza como la República Bolivariana de Venezuela. Los 40 años de democracia fueron testigos de 9 elecciones sucesivas en las cuales la alternancia bipartidista entre el binomio AD y COPEI (blanco y verde), centro izquierda y centro derecha, permitieron la consolidación democrática en el país. El Pacto de Punto Fijo,  es versionado en murales lineales para reproducir a partir de los colores partidistas este acuerdo de gobernabilidad firmado en 1958, que se estableció entre las organizaciones políticas AD, COPEI y URD.

Por otra parte, Militares y Civiles transcribe el inventario histórico de golpes e insurrecciones que se han escenificado en Venezuela desde 1945 hasta el 2002. En esta contundente obra la austeridad se impone, el color gris oscuro representa el poder militar y el blanco al poder civil, y la pared más grande indica el partido político que ganó o retuvo el mando. Esta imagen de manifiestas resonancias formales relacionadas al abstraccionismo geométrico y al rigor de un orden constructivo revela, desde los planteamientos de la “pura visibilidad” de los planos ilusorios, la tensión que subsiste entre ambos dominios, al tiempo que responde fielmente al malogrado espíritu de una “modernidad latinoamericana”.

En su anhelo por repolitizar el arte, Apóstol consigue manipular el espectro cromático como si de un “ready made” se tratara para procesar la construcción de sus narraciones y abrir posibles salidas hacia nuevas formas de subjetivación política.

(1) En conversación con Andrés Isaac Santana, historiador de arte cubano, para su artículo Alexander Apóstol. Contrato Colectivo Cromosaturado, aparecido en la revista Arte al Límite, edición 58, enero-febrero, 2013.

(2) Rancière, Jacques. El espectador emancipado. Buenos Aires: Bordes, Manantial, 2010.

(3) Andrés Isaac Santana, Arte al Límite, edición 58, enero-febrero,2013

(4) Tomado del folleto publicado en 2016 a propósito de la residencia realizada por Apóstol en Bellagio Center Creative Arts Fellowship, The Rockefeller Foundation, 2013.

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Ruth Auerbach

Es investigadora y curadora independiente de arte contemporáneo. Fue investigadora en la Galería de Arte Nacional y en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, miembro de la Junta Directiva del Museo Alejandro Otero y directora de la Sala Mendoza (2001-2010). También se ha desempeñado como curadora independiente en instituciones públicas y privadas, y fue directora de la Sala Mendoza (Caracas) entre 2001 y 2010. Sus trabajos han aparecido en publicaciones como Estilo, Extracámara, ARCO Noticias, Curare, Veintiuno y Art Nexus. Forma parte del Comité Asesor de la CIFO - Cisneros Fontanals Arts Foundation (Miami).
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