“…yo mismo no importo, pero todo lo que hago sí que importa”

Timothy Morton

 

Dos cosas.

Una.

Si lo vemos bien, todo acto es parte de una coreografía espontánea e insospechada. Un hombre camina atropelladamente por la calle: ¿Es un asesino que se aleja de la escena del crimen, es un bailarín que ensaya sus pasos espontáneamente, es un amante que avanza presuroso a una cita? Al descomponer la acción en ese ejercicio de desplazamiento, entendemos el vínculo que une a bailarines, asesinos y amantes: es gente que se traslada de un lugar a otro de manera alterada.  

En los ejercicios realizados por el colectivo integrado por Elisa Assler, Anamaría Briede y Manuela Tromben se distingue una articulación coreográfica que restituye la diversidad de significados desatendidos en distintos espacios de la ciudad, al interior de un recinto o en mitad de un descampado. La potencialidad de esos lugares fragmentarios ofrece un abanico de posibilidades para dirigir un montaje silencioso que saque a la luz otra forma de ser de nuestros gestos: nuestro cuerpo y sus extensiones se hacen cargo de rearmar su entorno. Eso permite dar con todo un repertorio de lugares a la espera de un alumbramiento: hay garajes y quincallerías, playas y hospitales, terroríficas estaciones de trenes detenidas en los rieles de la historia, circuitos domésticos, casas viejas y estacionamientos, veredas fragmentadas y ventanas herrumbrosas. Están por todas partes. No sólo en las películas. ¿Cuánta información yace desperdigada a la espera de una intervención que otorgue otro espacio a esos espacios? ¿Se podrá retomar un guión que no espere resultados narrativos especiales?

La insospechada fuerza de las cosas sin importancia brota de todos los gestos que siempre practicamos sin reparo. Leer un diario, cerrar un sobre, extender una sábana, alargarse en un bostezo… todo se integra en un cuadro plausible, en una escena perfecta por lo incalculada. Como una recuperación surrealista, se podría elucubrar, aunque sin ambición de vanguardia. Más bien al contrario: es como un surrealismo arqueológico que restituye la superioridad a lo negligible, a lo infrarreal. La sutileza consiste en hacer sonar una partitura a partir de los silenciosos actos de todos los días.

Dos.

La impermanencia de un ejercicio está en directa proporción con su necesidad: pareciera que lo impermanente es lo más necesario, lo que no puede faltar para que nuestra existencia transcurra. Nuestras actos más heroicos y más pedestres se sostienen entre sí, aunque solo permanecen los primeros. Lo más reiterado en nuestra vida diaria desaparece. Sin ir más lejos, el acto más esencial de nuestra existencia nos pasa completamente desapercibido: respirar.

Hay culturas en las que servir una taza de té es entendido como una delicada ceremonia. Por su parte, el delicado cultivo de los espacios y gestos inadvertidos le proporciona al colectivo Assler, Briede y Tromben una caja de herramientas estéticas capaz de reparar en esa intimidad invisible que duerme en cada momento. En una sociedad marcada por la funcionalidad, estos ejercicios destapan una sintaxis mínima que revelan la transformación de lo secundario en principal, sin mediar explicación. De pronto esos espacios inatendidos adquieren otra presencia en esta revolución de lo nimio. Antes de su desaparición, la labor de Assler, Briede y Tromben recupera la voluntad de una humilde práctica de resistencia en el espacio, en el tiempo. Por eso, cada uno de sus ejercicios se concentra en el desmontaje de la continuidad de la cosas al ocupar un espacio, habitarlo, tomar posesión de sus límites, plantear sus confines, separarlo del espacio colindante, abrirlo a sus posibilidades, observar sus peculiaridades, revolver su decaimiento, aceptar su entropía, taparlo con papel, decorarlo con el cuerpo, orientarlo hacia una dimensión, desnaturalizarlo, volverlo originario, inventarlo, colocarlo en el mapa, limpiarlo, reformarlo, vendarlo, integrarlo en un proyecto, decidir su destino y, por un momento, aunque no tenga destino, hacerlo coincidir con una intimidad totalmente personal: conquistarlo.

SOBRE EL COLECTIVO

Ejercicios Impermanentes es un colectivo surgido en Valparaíso, Chile, en 2014, por la motivación y necesidad de ampliar el espacio creativo privado a un espacio de sinergia grupal. Uno de sus objetivos es indagar en conceptos como el deterioro urbano, el abandono, la resiliencia, con un lenguaje artístico de instalación site specific que colinda con la performance y la acción poética, recogiendo estas efímeras intervenciones a través del registro en video. Se plantea como la ejecución de una “cartografía subjetiva”, que se construye en el espacio y en relación al contexto urbano donde se sitúan.

Su actual muestra, Ejercicios Impermanentes. Formas de hacer lugar, se presenta en la galería de arte de la Corporación Cultural Las Condes, en Santiago, hasta el 12 de agosto de 2017. Allí exhiben instalaciones y 19 videos de intervenciones realizadas en un periodo de tres años en distintas locaciones de Valparaíso y el interior de Chile.

Elisa Assler (Madrid, España, 197​7). Artista visual. Licenciatura Artes Plásticas con mención en Ilustración, Escola Massana, Centre d’art i Disseny, Barcelona. ​Estudios ​de Arte, ​​Pontificia Universidad Católica de Chile​.​ Vive y trabaja en Valparaíso.​

Anamaría Briede (Valparaíso, 1971). Artista visual. Licenciatura en Artes Plásticas mención Pintura, Universidad de Chile / Kunstakademie Muenster, Alemania.

Manuela Tromben (Monterrey, California, EEUU, 1971). Arquitecta por la Universidad Católica de Valparaíso. Con estudios en arte, mención técnicas mixtas, Hunter College, City University of New York.

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Pedro Donoso

Nace en Santiago, en 1970. Es editor, traductor y crítico. También colabora como docente en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado. Acaba de editar el libro "Gordon Matta-Clark: Experience Becomes de Object". En 2013 estuvo a cargo del proyecto Of Bridges & Borders, en Valparaíso, Chile.
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