La invención de un mar es el título de la muestra más extensa que se haya realizado sobre la mítica travesía realizada en 1965 por artistas, poetas, intelectuales latinoamericanos y europeos, y arquitectos [1] de la Escuela de Arquitectura y Diseño de la Universidad Católica de Valparaíso, en busca de la comprensión del sentido de América en el mundo. A partir de un viaje a visitar al filósofo francés François Fédier hace unos meses, éste hace envío a la Ciudad Abierta de un archivo de sus fotografías de la Amereida, que contenía 300 negativos inéditos de la travesía de la que él mismo había sido parte hace 50 años atrás. Este acto trajo, más que una memoria, un origen que hizo a Victoria Jolly y Javier Correa [2], los jóvenes integrantes de la Ciudad Abierta y curadores de esta exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago y el Parque Cultural de Valparaíso, preguntarse por el presente y destino de este lugar. “La muestra busca acercar al público a un fenómeno cultural que hasta el momento ha circulado en contextos académicos o intelectuales, invitando a una reflexión que pone el acento en el valor mismo y en la actualidad de las propuestas generadas en Amereida acerca del continente americano, la arquitectura, la poesía y el sentido del habitar.”[3]

La pregunta de cuál es el sentido de América implicaba una búsqueda de origen y destino: por un lado, la idea de que el hallazgo de este territorio había venido a completar el mundo, y por otro, que el sentido de su aparición había sido velado por los objetivos de la Conquista y la Colonia. “América había sido poblada por sus bordes mientras que su ‘mar interior’ permanecía despoblado; un ‘desconocido’ que para la Amereida era necesario develar, para así dar a América su ‘propio norte’.[4] En el poema fundacional de la Amereida, escrito dos años después de la travesía, se puede leer entrelineas su misión de destino, la que encarna, a mi parecer, un intento por retomar la fuerza primigenia de este territorio, su fuerza natural y poética, para redescubrir su sentido de existencia, desorientado, perdido tras el “descubrimiento” acometido en 1492 por los Europeos.

La travesía recorrió desde Tierra del Fuego hasta Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, siguiendo el meridiano de la Cruz del Sur sobre el continente americano. Para ellos la Amereida era una invención que proponía un horizonte creativo y poético, una travesía que inauguraba una extensión y una visión. A lo largo del viaje este grupo de amigos fue realizando pequeños gestos, actos que la geografía y el tiempo del ir detonarían. Entre la pericia y la aventura, la travesía fue signando el territorio, dejando rastros, palabras y acciones que fueron haciendo lugar. Estos llamados actos ha-lugar fueron nombrando esos puntos desde los cuales luego nació el poema Amereida. Entonces, el sentido del viaje parecía ser, más que redescubrir los lugares del mapa trazado, dejar una huella en ellos para que, como planteaba la travesía, las huellas permitieran descubrir ese “mar interior”. Victoria Jolly asegura que en el presente “América representa una incógnita que tal vez nunca se responda, pero que en esa travesía de ir a recorrerla y de intentar vislumbrar poéticamente su sentido es que nos vamos confundiendo con ella hasta reconocernos en ella, ya no como un lugar de paso o para ser explotado, sino como nuestra residencia”.[5]

Es así como en 1971 nace la Ciudad Abierta, un campo de experimentación arquitectónica-artística, que emerge de la necesidad de contar con un espacio para desarrollar, a la luz de Amereida, el proyecto de aunar vida, trabajo y estudio. “Hay que recordar”, continúa Jolly, “que para este grupo de personas que hizo la Amereida y antes la Phalène, en Francia, la herencia de las vanguardias en su voluntad de modificar la vida desde el arte o la poesía era una necesidad. La poesía no cambiaba el mundo, pero si podía producir un cambio de vida. Este cambio de vida entonces no pasaba solo por tener un lugar donde desarrollar libremente los oficios”.[6]

De ahí que las 14 obras de arquitectura -nombradas hospederías por el poeta y fundador Godofredo Iommi- que conforman actualmente la Ciudad Abierta, sean viviendas totalmente útiles. En ellas viven 14 familias, 46 ciudadanos abiertos en total [7], y aunque fueron construidas en base a actos poéticos que acogen por un lado una destinación, y al mismo tiempo una relación con el territorio –donde todas las fachadas tienen la misma jerarquía, sus orientaciones son igualmente importantes-, no fueron pensadas como un ideal ni una utopía, sino como un modo de vivir y de abordar la diversas posibilidades de habitar.[8] En este sentido, hoy a 46 años de su fundación, la Ciudad Abierta es un lugar que constituye un patrimonio cultural al cual la dimensión de la vida y la residencia mantienen expuesto al tiempo y las circunstancias del presente.

 

Uno de los muchos aspectos que hacen único este patrimonio es el cómo los ideales de la Amereida, habiendo surgido en un ambiente universitario, superaron muy rápidamente su metodología académica para influenciar su escuela de arquitectura de una manera radical. En el año 1984, Iommi propone a la escuela realizar travesías –inspirados en la de 1965- con profesores y alumnos como parte de los quehaceres del taller. Lo que en un comienzo había sido una experiencia, casi 20 años después fue incorporado como parte de una metodología de enseñanza universitaria que persiste hasta el presente. Como señalan los curadores, al comenzar esta exposición “se nos fue haciendo claro que ambas dimensiones, la de la aventura poética-artística, y la de la peripecia (el camino no es el camino), iban juntas. Y al ir juntas, rimaban de alguna manera el origen de la Ciudad Abierta; esta ciudad que parte desde las arenas, desde el ‘volver a no saber’, justamente, desde esa errancia sin una finalidad o un programa académico”.[9]

El destino que no está trazado, que es en verdad un constante descubrimiento, es lo que ha hecho posible que las distintas generaciones posteriores a su fundación, como Victoria y Javier, puedan hoy habitar, sostener, y recoger la tradición heredada desde ese origen poético de la Amereida, siguiendo –a su modo- las palabras que Iommi un día expresó: “La tradición que recibimos en la herencia es una invitación a recrearla”.

¿Será posible hoy hacernos la misma pregunta y replantearnos el sentido de América? Ya no podemos ignorar las huellas de ese largo camino recorrido en el transcurso de un mestizaje involuntario, aunque tal vez esperado, pero si podemos iniciar nuevas travesías, adentrarnos en ese profundo mar, y resignificar ese momento en que fuimos nombrados continente.

 


[1] Jonathan Boulting, poeta, Alberto Cruz, arquitecto, Fabio Cruz, arquitecto, Michel Deguy, poeta, François Fédier, filósofo, Claudio Girola, escultor, Godofredo Iommi, poeta, Jorge Pérez Román, pintor, Edison Simons, poeta, y Henry Tronquoy, escultor.

[2] Victoria Jolly nació en la Ciudad Abierta y luego de algunos años viviendo y estudiando en Santiago, decide volver a vivir allí junto a su marido en 2008. Javier Correa es el más reciente “ciudadano abierto”; desde septiembre de 2016 participa activamente en las reuniones de la Corporación Cultural Amereida, alojándose temporalmente en la “Cúbicula del poeta”, lugar para recibir huéspedes. Ambos son los curadores de La invención de un mar.

[3] Nota de prensa La invención de un mar, Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago (13 enero – 19 marzo, 2017), Parque Cultural Ex-cárcel de Valparaíso (7 abril-28 de mayo, 2017).

[4] Introducción a La invención de un mar, por Victoria Jolly y Javier Correa.

[5] En conversación con Victoria Jolly y Javier Correa (Abril de 2017).

[6] En conversación con Victoria Jolly y Javier Correa (Abril de 2017).

[7] No todos los “ciudadanos abiertos” son habitantes, algunos visitan solo esporádicamente, viven en Viña del Mar, Santiago, San Pablo, Noruega y Londres.

[8] En sus inicios las hospederías estaban pensadas con la rotación de sus habitantes, pero la dimensión de la vida y la permanencia han ido transformando las obras y el modo en cómo se habitan.

[9] En conversación con Victoria Jolly y Javier Correa (Abril de 2017).

The following two tabs change content below.

Carolina Castro Jorquera

Nace en Chile, en 1982. Es curadora, y candidata al título de Doctora en el Departamento de Historia del Arte de la UAM, Madrid. Sus intereses están enmarcados por las relaciones que es capaz de establecer el arte con otras disciplinas como la ciencia y la filosofía, así como también con las diferentes dimensiones de la conciencia humana y su rol en la construcción de la historia y del presente.
UA-20141746-1