Federico Assler nació en Santiago, en una casa grande en el otoño de 1929. A los 17, con varias expulsiones a cuestas, decidió no volver al colegio y trabajar en cambio en una fábrica, contratado para dibujar maquinarias y engranajes. Aprendió de paso carpintería y un par de años después decidió nuevamente irse, esta vez en tren a Argentina, donde trabajó unos pesos y una rebaja de pasajes lo embarcó a Italia. Así fue escapando, como él mismo dice, de la comodidad.

Empezó pintando, y a principios de los 60 expuso en lugares como la Bienal de París o la Bienal de São Paulo. Esa misma década se pasó al volumen, probó el hormigón y descubrió la técnica que ocupa hasta hoy. Sus obras son aisladas y monumentales. Están desperdigadas por la ciudad y en nuestro imaginario del espacio público. Lo que más se fija a la memoria, creo, es esa particular textura rugosa. Pero todas juntas generan otra cosa. Ante la retrospectiva que está hasta fines de mayo en el Centro de las Artes 660 de CorpArtes, y que se traslada en la primavera al Parque Cultural Ex Cárcel de Valparaíso, llama la atención la fuerza, la de las esculturas mismas, como la que las hizo posibles, y la de la propia presencia del artista en una Visita Guiada de Antenna, sosteniendo todo ese trabajo y ese diálogo que siempre implica la exposición, sobre todo una de tal magnitud.

La sensación que produce la obra de Assler es similar a la que impone una ciudad del México precolombino, una cadena montañosa o una manada de animales enormes, monócromos y quietos. Él mismo habla de presencias ligadas al ser humano y a la naturaleza, dice que a veces no hay palabras para definir las preguntas que le hacen, que estas obras son simplemente sueños, sus sueños hechos realidad. Y las maquetas que también expone, sueños que aún no ha podido concretar.

Assler es autodidacta, fue integrante del Grupo Rectángulo, director del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile, ideó el Parque de las Esculturas; se le otorgó tres veces el Premio Altazor y es Premio Nacional de Arte, entre muchas otras cosas. Sin embargo, lo que nos llega de él, no es el brillo de una historia contada por medallas, sino una obra bruta, pura y exorbitante. Vive en el Cajón del Maipo desde 1983, donde tiene su taller y una casa museo llamada Roca Negra, igual que su retrospectiva.

Federico Assler: Se le puso este nombre porque el lugar que tengo está lleno de esculturas. Siempre he querido que la obra esté afuera. De hecho, tuve mis dudas de exponer en CorpArtes, porque es todo subterráneo, a diferencia de la Ex Cárcel de Valparaíso. Allá muchas obras tendrán iluminación natural, tanto en el exterior como en el interior, y acá están todas con luz dirigida, que no cambia. Desde que dejé la pintura, sentí que la obra debía estar a la intemperie, al encuentro del hombre y de la ciudad.

Antonia Taulis: ¿Cuándo descubriste el hormigón como material, qué fue lo que te cautivó?

FA: Antes de descubrir el hormigón, trabajé con placas de madera de diversos grosores, fue una serie de 12 o 15 piezas y mi intención era que estuvieran afuera, pero me equivoqué, porque esa madera se hinchó toda. Quise incluso vivir dentro de una que se fue cayendo de a poco. Y entonces apareció el hormigón junto con el plumavit. Unos familiares y amigos tenían la primera fábrica de Aislapol para la construcción en Chile. Me dijeron que había trozos que me podían servir. Así que fui e hice una primera prueba escarbando un bocado con un cuchillo, le puse un poco de hormigón, al día siguiente lo vi y dije “esto es”. Desde entonces trabajé al revés, en vez de esculpir, construí moldes que son el opuesto que le da la forma al hormigón. Después encontré maneras para suavizar la textura, unos alambres de una resistencia que calentaba con un transformador para ir derritiendo y cortando el plumavit como yo quería. Así hice gran parte de mi obra última.

Siempre me interesaron mucho los embalajes, tienen que ver con los negativos, son como mis moldes. En España recogía de las calles envases de plumavit, como los de las máquinas de escribir, y los utilizaba como moldes para hacer mis propias máquinas de hormigón.

AT: Es curioso, porque son formas industriales y tu imaginario parece estar más cerca de la naturaleza, de la tierra o de lo andino…

FA: Siempre me interesó lo industrial, nunca trabajé directamente una roca, o un árbol. El cemento es piedra triturada que mediante un proceso llega a ser lo que es, mezclas cemento con arena y logras el hormigón.

Creo que uno tiene que encontrar una manera de hacer propia, porque sino, en algún punto terminas haciendo como otros. Yo insisto en eso. Tú tienes que encontrar, y es una manera de encontrarse a sí mismo. Preguntarse por qué uno hace una línea, por qué uno insiste en ciertos gestos o formas. Lo que realmente es raro, es un misterio, no tiene explicación última, pero habla del origen de un lenguaje propio.

AT: Es la búsqueda de la que siempre hablas…

FA: Es una búsqueda de uno. Uno está viviendo. Tú estás en un acontecimiento de vida, social, de todo lo que sea. Y así también de información. Ante eso yo siempre antepongo el dibujo como algo muy importante -y siempre lo fue-; los hombres de las cavernas mientras hacían fuego –no hay que olvidar que hubo un tiempo que no existió el fuego-, agarraban un pedazo de carbón y trazaban algo en la muralla. Lo primero que el ser humano hizo fue trazar, o poner la mano sucia y dejar una huella.

AT: Y ante este mundo saturado de información, mientras haces lo tuyo e insistes en tu técnica, ¿qué es lo que tratas de dejar en tu obra?

FA: Tú hablaste de fuerza. Bueno, para mí eso es fundamental, que la obra tenga empuje, fuerza. Algunas pueden ser más livianas; un hormigón negro para mí es más pesado que uno blanco que es más “nube”, a pesar de que técnicamente pesen lo mismo.

AT: Eso está en las dos obras que abren tu muestra, que son las últimas además…

FA: Sí. Eso viene de lo que observo en el lugar que vivo. Me interesa mucho la naturaleza. A veces pienso que si el mundo se olvida de ella, porque empiezan a meterse todos en puras pantallas e imágenes, con abstracciones, monitos, alejándose de lo natural, el ser humano va a perder, porque se va a hundir en un mundo demasiado artificial.

“Siempre digo que si no hiciera escultura sería grafitero. Por ese afán de escribir, de decir lo que te pasa. Yo prefiero la obra en la calle, porque en los museos tienen siempre la misma luz, las mismas condiciones, en cambio en la calle está cambiando, junto al paso de la naturaleza y el mundo”

 

AT: ¿Pensaste en una discusión con el modernismo cuando en los años 60 empezaste a trabajar con hormigón?

FA: La arquitectura, como es funcional, tiene muchas exigencias, miles. Partiendo por la resistencia de materiales o el cálculo. Con la escultura también pasa, sobre todo en el espacio público. En cambio la poesía nada, puede modificar, puede dañar, puede herir, puede muchas cosas. El arte debe herir, siempre es contra, es el primer paso, el arte tiene que ser agresivo, el arte siempre es cambio, proposición nueva, por eso rompe, tiene problemas y no es aceptado. Yo aplaudo a los grafiteros… Banksy es un genio… es que tiene un sentido, un humor, ve la vida de una manera que lo hace un artista. Y muchos grafiteros. Siempre digo que si no hiciera escultura sería grafitero. Por ese afán de escribir, de decir lo que te pasa. Yo prefiero la obra en la calle, porque en los museos tienen siempre la misma luz, las mismas condiciones, en cambio en la calle está cambiando, junto al paso de la naturaleza y el mundo.

Me interesé mucho en la arquitectura; durante mucho tiempo quise ser arquitecto y no pude acceder, porque no tenía bachillerato, ya que me había ido del colegio. Para mi padre, que era un hombre de la industria -y con quien tuve muchos problemas-, el arte no era una posibilidad, pero sí la arquitectura, y ahí me apoyó. Finalmente estudié cuando volví de Europa. Tuve que dar quinto y sexto de humanidades y sentarme un año a estudiar con los niños. Fue terrible. Me fui a Valparaíso porque quise seguir viviendo solo. En una habitación. Siempre busqué salir, salir de casa.

AT: Siempre hablas de eso….

FA: En la soledad uno va encontrando. Siempre a los jóvenes les digo que sean capaces de estar solos, de no ver televisión, de caminar, de subir al cerro, ir al bosque, a donde sea.

Luego no seguí arquitectura y ya estaba pintando, influenciado por todo el impresionismo. Van Gogh me llegó de una forma increíble. Ese contacto en París me influyó mucho. Vi cosas como el legado de Rodin, y por eso quiero dejar un lugar lleno de mis cosas, cuando me vaya, a no sé dónde…

AT: ¿Y piensas irte pronto?

FA: Voy a cumplir 88 años… Y entonces empiezas a pensar bastante en eso. Mucha gente me dice que tengo para rato. Ojalá, porque tengo muchas cosas que quiero hacer y no he podido. Todavía tengo fuerzas para hacer una obra en el desierto, cerca del camino del Inca. Estoy lleno de cuadernos, tengo treinta mil bocetos que voy enumerando. El dibujo es algo que se está perdiendo a una velocidad impactante.

AT: Eso me gustaría que me contaras, porque uno no tiene la perspectiva para ver esas cosas. A pesar de que las percibamos. Es muy fuerte cómo el mundo te acarrea hacia ciertos modos de comunicación. Pero quizás tú puedas decir cómo era crear en otras épocas, como la posguerra o en las dictaduras… A veces uno tiende a ser apocalíptico, pero tú podrías hablar desde la experiencia…

FA: Sí, es fuertísimo. En el año 50 o 49, cuando me fui, en Chile había creo que una galería de arte, que quedaba en calle Huérfanos y que pertenecía al Banco de Chile. Siempre me pasaba a ver exposiciones después del colegio y siempre eran pintores de la naturaleza, acuarelas u óleos de montañas, paisajes, el mar o personas. Había muy poca información, muy pocas librerías con libros de arte. Habrán sido tres y quizás alguna otra. En ese sentido había mucho silencio. Y eso puede ser positivo o negativo. No sabías lo que se estaba haciendo en otras partes del mundo. Hoy día con apretar botones llegas a Londres y puedes ver la última exposición de Anselm Kiefer y sus paisajes enormes. Y eso es alucinante, pero fuera de eso te llega un bombardeo que puede ser muy nocivo. Por eso el arte ha bajado la capacidad de hacer, porque hay mucha copia. Los jóvenes que están estudiando en la universidad ven y reciben muchas imágenes y están siendo influenciados por una cosa y otra y otra. Puede ser peligroso si no se escapan un poco. Es necesario alejarse y tener silencio, tiempo, meditar y trabajar, para encontrar una manera propia de hacer, aunque tengas que construirte tus propias herramientas.

AT: ¿Crees que con encontrar un gesto propio uno tiene suficiente para hacer y decir algo al mundo? Hay artistas como Duchamp que no tuvieron exactamente un gesto técnico, sino quizás ciertas ocurrencias, y otros como tú que descubren un gesto y construyen una obra a partir de eso.

FA: Es muy amplio el horizonte del arte en este momento, las obras no necesariamente tienen que durar. Yo me preocupo de que puedan durar doscientos años, porque me he encontrado con obras megalíticas del hombre hace 5.000 años, cuando ya estaba construyendo con rocas, y eso me influyó. Son estructuras extraordinarias, hechas para que el sol en diciembre le pegue exactamente al centro.

Yo siento que hay que trabajar. Desarrollar un interés desde la persona. Cuando hago un muro de hormigón es un muro hecho por el hombre. Quiero hacer mis rocas. Yo diseño los enconfrados para hacer mis vaciados, porque la presión del hormigón es enorme. Y vas buscando cómo darle forma a la materia. En mi caso antes de las rocas era la arena.

“El proceso es largo, a veces los estudiantes creen que por estudiar cuatro años en la universidad ya son artistas y no, eso es nada. Ahí los profesores te meten muchas cosas, y hay muchos profesores que no tienen obra, muchos…”

 

AT: Te formaste en Europa, pero acá está todo el legado precolombino Maya e Inca.

FA: Por supuesto. Henry Moore, el escultor inglés, que sentí como mi padre durante muchos años, nos decía en ese tiempo qué veníamos a aprender a Europa, si en México teníamos las cosas más extraordinarias y en Perú lo mismo. Sí, eso se ha desconocido muchas veces en la historia de nuestro país; a Samuel Román lo mandaron a Berlín a aprender escultura, por ejemplo, y es extraño eso.

El proceso es largo, a veces los estudiantes creen que por estudiar cuatro años en la universidad ya son artistas y no, eso es nada. Ahí los profesores te meten muchas cosas, y hay muchos profesores que no tienen obra, muchos… Profesores que no hacen, y claro que puedes enseñar haciendo. Porque es un misterio el cómo se hace, cómo las cosas se van ordenando. Hay que trabajar. Uno tiene que creer en lo que hace. Si trazas una línea en un papel, y otra, y otra, y dices “esto es”, y te preguntas por qué, y te vas metiendo en un trayecto que vas haciendo y descubriendo, te vas descubriendo a ti mismo.

AT: ¿Y ese camino es eterno?

FA: Yo creo que el camino del arte tienes que irlo descubriendo, es tu camino, tu pensar. Muchas veces te vas a meter y vas a retroceder. A mí me pasa que en mis esculturas aparece la columna. Para mí es un misterio y a mucha gente le molesta. A veces desaparece y vuelve. Hay que creer en lo que estás haciendo.

Yo sé que es difícil meterse en la obra de otra persona. Meterse y realmente comprender la obra de otra persona. A mí me sucede. De repente voy a la exposición de alguien y tengo una especie de rechazo. Veo algo que no tiene nada que ver conmigo y entonces lo miro más y más y encuentro algo. Dejar que eso que otro hace entre en ti, y empezar a incorporarlo. Otras veces no. Hay veces que hay cosas que no me interesan nada. Me preguntan y respondo que no me interesa. Es como comer: dices esto me gusta y esto no.

A Matta no lo entendió nadie. Después lo usan. Pero la mayor parte no lo entiende. Con la poesía pasa lo mismo, hablan de Gabriela Mistral, de Neruda, pero no los pescan… A Bolaño tampoco… Siempre digo que los artistas hacemos para los artistas. El arte se estudia, se lee, es un misterio.

AT: ¿Y para ti es natural que se entienda entre artistas?

FA: Los poetas hacen poesía para los poetas, y los pintores hacen pintura para los pintores.

AT: ¿Y Nicanor Parra, por ejemplo? Me imagino que cuando eras joven él era un personaje importante.

FA: Nicanor es un hombre genial para mí, es un hombre de una capacidad, de una inteligencia y una sensibilidad increíble, increíble. Es una excepción al millón. Su capacidad de pensamiento, de vida…

AT: ¿Y sobre el arte y la política?

FA: El arte está antes, es primordial, es la expresión más pura del ser humano.

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Antonia Taulis

Nace en Santiago de Chile, en 1989. Es crítica de arte y artista visual. Licenciada en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile, actualmente es Asistente de Dirección de Galería Madhaus, y redactora en las revistas Artishock y Joia Magazine. Ha escrito para decenas de exposiciones y catálogos y trabaja para otros proyectos independientes.
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