El artista colombiano Wilson Díaz (Pitalito, 1963) se acerca a la situación sociopolítica, económica e histórica de su país a partir de elementos e imágenes encontradas, así como de acciones reconstruidas, que producen una particular poética de lo real. A partir de una práctica tan diversa, que incluye música, performance, dibujo, pintura, video y fotografía, desarrolla uno de los intereses centrales de su obra: explorar las raíces de los conflictos y la corrupción. Además, Díaz busca interrogar constantemente las diferentes formas en que la violencia es representada, cotidianamente, en los medios de comunicación, así como el bombardeo de propaganda y los múltiples alcances que pueden tener las diferentes fuerzas y actores ligados al poder.

Conversamos con el artista a propósito de su actual exhibición individual en el Museo Tamayo de la Ciudad de México, titulada Quimera, en la que presenta una colección de discos de vinilo en 33, 45 y 78 revoluciones, así como una serie de pinturas.

 

Julián Conrado y los Compañeros, disco de vinilo. Colección Wilson Díaz. Cortesía: Museo Tamayo

Rocío Cárdenas: ¿Cuál es el centro narrativo de esta exposición individual?

Wilson Díaz: El trabajo se centra en Cali (Colombia), debido a que la colección de estos discos es mía y yo vivo allá; aunque cabe aclarar que la producción de estos discos fue realizada en la ciudad de Medellín. Ambas ciudades, Cali y Medellín, han estado enfrentadas por muchos conflictos desde finales de los años cincuenta del siglo pasado.

Un ejemplo de estas rivalidades, las cuales se llevaron hasta el campo de la expresión artística, fueron los poetas nadaistas (la vanguardia poética colombiana), quienes se peleaban entre ellos. Hasta se contestaban en la prensa; caleños versus antioqueños. Y para rematar, ambas ciudades fueron cuna de los dos carteles de droga más fuertes de América Latina, así que competían todo el tiempo.

R.C: ¿La colección de discos presentada en Quimera, más allá de un ejercicio de escucha, es también una manera de reconstruir o narrar la historia de Cali?

W.D: A mi me interesa saber cómo desde Medellín se ha construido la historia de Cali. La mayoría de los discos que pertenecen a mi colección se centran en Cali y en otros lugares o regiones de mi país como el llano, el Pacífico y la costa. He viajado por todo Colombia para conseguir algunos de los ejemplares, buscando en tiendas de segunda mano.

R.C: ¿Entonces la música en Cali, más que un producto terminado, representa una práctica social e histórica que abarca momentos de relaciones entre el que baila, el melómano, el locutor que pone el disco desde una estación de radio o en alguna tornamesa en un bar?

W.D: En el ejercicio del performance que presenté en la exposición pretendí mostrar algunos de estos momentos o prácticas sociales como tú las nombras. Poniendo no solo discos para disfrutar sino para reflexionar sobre la enorme carga política que tienen marchas, rumbas, el bambuco, el chucu chucu (sonido paisa), vallenato, cumbias, rock en español, música romántica y diferentes géneros utilizados por los políticos colombianos tanto liberales como conservadores en sus campañas políticas desde finales de la década de los cincuenta del siglo pasado.

El partido conservador y el partido liberal (ambos poderes) utilizaban los discos como medio de relacionarse con los colombianos a lo largo del país, debido a que la producción de discos era muy económica. Fue un medio muy fácil para difundir un mensaje de campaña. Además, las carátulas de cartón de los discos nos muestran los diferentes tipos de empresas que patrocinaron estas producciones musicales.

Wilson Díaz en el Museo Tamayo. Cortesía: Museo Tamayo

R.C: ¿Podríamos decir que los rumbeaderos, los bares y los sitios en Cali donde se escucha música son espacios no solo de fiesta, sino de memoria sonora de la misma ciudad?

W.D: A veces resulta absurdo que vayas a un bar en Cali y dejes de bailar para poner cuidado en lo que el locutor está diciendo sobre las canciones; muy parecido a una emisora en vivo. Podríamos decir que siempre hay un juego entre realidad y ficción. Entre la música grabada y la voz del locutor que está en vivo.

Esta colección abarca cualquier género musical comercializado en Colombia desde la década de los cincuenta. Algunas de estas empresas (azucareras, siderúrgicas, empresas de abarrotes) mandaban a hacer discos en torno a su producto; hay algunos que son propaganda comercial, que se piensan en ese sentido.

La idea de esta exposición es generar una horizontalidad frente a todas estas empresas. No importa si una empresa es grande y otra es pequeña. Me interesaba dar una lectura más amplia de Colombia a partir de la ciudad de Cali. Incluí además empresas legales e ilegales, las privadas y las públicas, todas cuestionando la economía colombiana desde la cual desplegaban sus intereses en ciertos momentos de la vida de mi país. Bambuco, Disco Moda, Costeño, Discos Fuentes son algunas de las casas disqueras que produjeron algunos de estos LP.

R.C: ¿Desde cuándo te empezaron a interesar los discos, la música y el formato LP?

W.D: La música a lo largo de la historia reciente de Colombia ha estado muy influenciada por la cultura popular que se puede difundir desde los medios masivos: la radio y la televisión principalmente. El desarrollo de la música durante décadas me ha impactado fuertemente, además dentro de mi vivía el sueño de ser un cantante.

Yo mismo tenía la ilusión de escribir; antes de ser artista visual pensaba que iba a ser un escritor o un poeta. Entonces, en un tiempo estuve tratando de formarme para eso. Pero con el tiempo volví a las imágenes recreando algunos momentos para la escritura, especialmente de canciones.

En el año de 1999 empecé a cantar con un grupo musical que se llamó Las malas amistades, de Bogotá. Y con ellos participé en al menos cuatro proyectos. Teníamos un formato muy punk; escribía la canción, la ensayábamos y la grabábamos en la misma sesión.  Y todos aprendíamos en la marcha. Entonces ahí empecé a escribir canciones y a grabarlas. El primer disco digital lo sacamos con nuestro dinero y después una empresa en Cali se interesó por esa música y después una empresa en Inglaterra regrabó un disco de Las malas amistades. Era una especie de folk psicodélico con mucha influencia de música bailable y rock, ahí cruzado todo.

R.C: Colombia es un país netamente musical se expresa a través de la música. . .

W.D: Yo siento que un músico -aunque sea amateur- como yo, cuando grabas un disco sientes esa chispa, esa ilusión de pertenecer a la industria de la música. Pero en Colombia (y en América Latina) la industria del disco se acabó a finales de los noventa. Ya no se producen discos de vinilo (por lo menos no industrialmente), lo que antes era barato ahora se tornó costoso, porque es casi una práctica artesanal. Solo quedan, quizás, las máquinas para fabricar Long Plays de vinilo que están en el archivo de Discos Fuentes.  Los medios de producción desaparecieron y esa ausencia me dio pie a coleccionar discos. Me dio pie a pensar en relación a la memoria y a los sueños detrás de cada disco; tanto los sueños del cantante o los cantantes, como de las empresas que manifestaban su abundancia económica en ciertos momentos clave de la historia colombiana.

Wilson Díaz en el Museo Tamayo. Cortesía: Museo Tamayo
Wilson Díaz en el Museo Tamayo. Cortesía: Museo Tamayo
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Rocío Cárdenas Pacheco

Nace en Monterrery, México, en 1975. Es Doctora en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Cuajimalpa (2017). Cuenta con una maestría en Artes con Acentuación en Difusión Cultural por la Facultad de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Nuevo León (2001). Sus ejes de investigación vinculan relaciones y prácticas artísticas a los contextos políticos e identitarios desde la generación y la reconstrucción de archivos. Ha sido curadora de diversas exposiciones y como crítica de arte ha colaborado en revistas como ArtNexus y Letras Libres. En el 2011 publicó el libro “El arte contemporáneo revisitado en Monterrey. Los mensajes del presente y del pasado nos llegan demasiado tarde”.