Por Eduardo Serrano

Curador*

Las composiciones y demás valores formales de la obra de Olga de Amaral, la originalidad y exquisitez de su técnica, su sabio empleo no sólo del oro y la plata sino de un colorido armónico y sugerente, después de atrapar la atención e incitar a un regodeo sensual, conduce mentalmente a otros espacios en los cuales su trabajo hace especial sentido, y que pueden ser a primera vista opuestos. Por ejemplo, su obra, por el esplendor que la acompaña, remite a ámbitos sagrados, a la historia, y simultáneamente, por su carácter abierto, por la variedad de sus recursos y la extensa validez de sus pronunciamientos estéticos, se halla inevitablemente inmersa en los amplios dominios artísticos que ha planteado la globalización.

En su acoplamiento con los muros, en el punto de vista frontal de algunas de sus piezas, y en el carácter exento de otras tantas, su producción resume planteamientos arquitectónicos, pictóricos y escultóricos; y así como algunos de sus trabajos pueden considerarse abstractos ya que hacen reconocibles sus principios geométricos y el origen intelectual de su creatividad, otros son directamente alusivos al mundo, al universo, figurando la luna y el sol entre sus más asiduos referentes, y por ende la inmensidad, la infinitud, como las dimensiones conceptuales de su obra. Las instalaciones, que proponen un recorrido, también hacen parte de su producción, y en ellas, tal vez por ocupar espacios más extensos, es aún más evidente el carácter contemplativo y trascendental de su trabajo.

No es extraño, por consiguiente que el término “sublime” se haya utilizado frecuentemente en relación con sus obras, y más aún si se considera que a pesar de su silencio y serenidad, es una obra que se propone agitar y mover el espíritu. Incita a reflexionar sobre temas inevitables y provocadores como la soledad y la eternidad, y en la cual se percibe un ánimo de grandeza, un propósito de belleza extrema capaz de llevar al espectador a un éxtasis visual propicio para la introspección.

*Expansiones, de Olga de Amaral (Bogotá, 1932), es parte de De la Línea al Espacio, la muestra con la que el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO) reabrió este año sus puertas tras una esperada renovación arquitectónica. Curada por Eduardo Serrano, reúne también obras de Jim Amaral y Ricardo Cárdenas, artistas que parten de la línea como medio esencial de creación pero que logran, cada cual por vía distinta y con propósitos particulares, trasladar la línea al espacio, concretarla, objetualizarla en pintura, escultura e instalaciones que transmiten sus inquietudes acerca del mundo, de la vida y del arte. La exposición permanecerá abierta hasta el 27 de abril de 2017.

UA-20141746-1