I. Habitar

Días después del terremoto de mayo de 1960 se impusieron como soluciones habitacionales los llamados “rucos”: simples estructuras de dos aguas para soportar las lluvias de invierno con un mínimo de seguridad y una cuota negativa de confort.

Las formas de habitar difieren dependiendo de las circunstancias, los contextos y las disposiciones arquitectónicas y urbanísticas, incluso de las mismas materialidades. Participar de una experiencia de residencia implica buscar la manera de entrar en relación con un hábitat distinto y, en algunos casos, desconocido.

¿Cuándo comenzamos a habitar la residencia? ¿Al salir en bus o avión desde Iquique/Santiago/Valparaíso hacia el sur? ¿Al arribar al destino con la mirada de un turista ávido de insumos para sus proyectos artísticos? A diferencia de las espacios que cuentan con sólidas y protegidas fortificaciones –como Casa Poli en la costa de Coliumo–, en Valdivia tejimos una red de lugares habituales, hogareños y recurrentes en diferentes puntos de la ciudad: las mañanas con café en el taller de pintura de la Escuela de Artes de la Universidad Austral de Chile; los almuerzos comunes en el centro y las caminatas digestivas posteriores; la cena y las largas derivas dialogantes en La Última Frontera.

Las conversaciones previas, los correos preparativos, el tiempo transcurrido en la ciudad y el proceso de incorporación de todas las experiencias vividas serán fundamentales para otorgarle valor a este momento de inicio de un proyecto mayor. Guardados en el fondo del recuerdo, o bien en la cercanía diaria, todos los intercambios y percepciones durante la residencia serán parte de las actividades venideras del proyecto Monumento.

II. Herramientas

Hacia el verano del 2007 la compañía Gran Bufanda presentó la pieza El paso del Chaucha Brujas, la Lala y otras historias urbanas de Valdivia. Esta obra, mitad performance callejera mitad intervención teatral, utilizó la conocida casa de Pérez Rosales 787 para recrear la vida de cinco personajes públicos e impúdicos de la urbe. Para hacerlo, la compañía investigó y entrevistó a los protagonistas y quienes los recordaban haciendo de la experiencia teatral una verdadera aventura de reposición de la memoria viva en vez de una batalla contra la página en blanco.

La pieza recién comentada funciona como un ejemplo excepcional de los materiales e insumos básicos con los que se piensa y articula el pasado. Así, esa obra representa una de las aproximaciones más lúcidas y lúdicas a la contemporaneidad del monumento.

El proyecto Monumento parte desde el debate y la discusión acerca de cómo recordar, qué recordar y para quién hacerlo. Los insumos fueron obras y textos que conforman una manera distinta de pensar lo tradicional de esta forma de arte, desde las reflexiones de Manuel Delgado sobre la imposición de poder en la ciudad, las historias de los conflictos sobre la representación de los héroes en Latinoamérica de Carolina Vanegas, pasando por los experimentos tecnológicos de Wodiczko o los relatos desde las ruinas de Smithson hasta los contra-monumentos de Haacke y los memoriales de Maya Lin.

Con ese cuerpo de obras/textos en mente, todas las mañanas discutimos en el taller de pintura de la Escuela de Arte de la UACh  tratando de pensar las nuevas variables de la comunidad, la tecnología y el archivo. ¿Qué implica pensar en el destinatario? ¿O antes o después, o bien nunca? ¿Qué documentos pueden servirnos para darle un cuerpo real o bien una ficción al recuerdo? ¿Qué implica un lugar cuando la tecnología lo invade todo con la imagen digital?

Mientras unos hablaban, otros dibujaban o navegaban por la red. Cámaras análogas o digitales, cuadernos de anotaciones y dibujo, celulares y computadores, mochilas ligeras o pesadas. Algunos son metódicos y otros dispersos, unos silenciosos y contemplativos otros conversadores e inquisidores. Las personalidades se cruzan y chocan, pero los ingredientes de la conversación son los mismos. Todos los materiales del nuevo artista del siglo XXI, mezcla de pintor au plein air y cibernauta 24/7.

Javier Toro Blum. Collico. Foto cortesía Ignacio Szmulewicz
María Gabler, Valdivia, 2017. Foto cortesía Ignacio Szmulewicz

III. Hitos

El camino que separa Valdivia de la costa es recordado por quienes crecieron en ese terruño no por los bordes y cumbres geográficas sino por las señas y marcas en el devenir: el paso por el puente Cruces; los campings del borde de la desembocadura y, sobre todo, el avistamiento del Canelo hundido.

Todo territorio es humano y, por lo mismo, depositario y destinatario de emblemas, símbolos y alegorías que los significan. ¿Es el barco encallado el monumento o las personas que día a día, con una abrumadora regularidad, lo veneran con la mirada?

El despliegue de cada uno de los artistas fue libre y sin pautas. Sólo tenían como guía una serie de puntos, sectores y barrios que fueron marcados en un mapa entregado con anterioridad. Más allá de las señas locales, cada uno se dejó conmover por los hitos que les llamaron la atención. Sea el cementerio Alemán por Consuelo Rodríguez o bien los vestigios del pasado industrial por María Gabler y Javier Toro Blum. Inclusive salieron a flote los metales corroídos de la desaparecida línea férrea por Carlos Rivera. Pero los hitos no necesariamente son vestigios del pasado. Hoy por hoy, pueden ser frágiles y lejanas texturas que esconden el trabajo diario de la industria pesquera en el caso de Francisca Montes o bien el sepia y ocre de las montañas de madera molida que se atisban a los lejos en el caso de Catalina González. Los hitos urbanos, históricos, arquitectónicos o naturales responden a las palabras y encuadres de la literatura, la visualidad o el cine como cuerpos articulados que sin la fantasía del juego son incapaces de cobrar vida.

 

Residentes del proyecto Monumento, curado por Ignacio Szmulewicz. Foto: Ignacio Szmulewicz
Residentes del proyecto Monumento, curado por Ignacio Szmulewicz. Foto: Ignacio Szmulewicz
Lucas Kaulen, Boceto, 2017. Cortesía del artista

IV. Estratos

El casino Dreams es la meca de la nueva imagen turística de la ciudad y una versión en miniatura del coloso de Dubai. En uno de sus pasillos interiores se pueden observar registros del antiguo hotel Pedro de Valdivia, particularmente del gigantesco mural que realizase Claudio di Girolamo y destruido por él mismo al momento de la demolición del edificio previo.

Los ritmos de la marea revelan u ocultan el pasado. Las capas y estratos históricos no siempre funcionan a la manera de una excavación arqueológica. La ciudad contemporánea los absorbe voraz e inesperadamente, sin hundirlos o esconderlos bajo su peso sino que los replica para que sobrevivan como simulacros.

Enfrentarse a las capas históricas de un territorio significa prestar atención no sólo a lo enterrado sino que a lo que se mantiene entre paréntesis en el propio ritmo vertiginoso de la ciudad, con una temporalidad diferente.

La montaña de madera molida no compite con el bosque nativo. Se camufla con la línea de eucaliptos o pinos que pueblan el horizonte; el torreón español se mantiene como puerta de entrada a la Escuela México, regalo de ese país durante el post-terremoto. Así, las capas históricas han de descubrirse dentro de la silueta urbana actual.

Visitamos en conjunto el Museo de Arte Contemporáneo de Valdivia y, como todos, padecimos el embrujo de sus techos curvos, las vigas oxidadas y el subsuelo oscuro y húmedo. Detenido en el momento de la fractura, como los Barrios Bajos y tantos otros lugares, el viejo MAC dará paso a una versión calefaccionada y vidriada que poco dirá del encantamiento aurático que produce hoy día.

V. Hallazgos

Hace algunos años estaba de visita en casa de la fotógrafa Mariana Matthews. Colaboraba conmigo en una investigación/exposición sobre la escena artística de los 70 y 80 de la ciudad, cuando aún funcionaba el desaparecido Instituto de Artes Plásticas. No recuerdo con claridad qué nos llevó a ese determinado sitio, pero en una leñera/bodega encontramos un increíble dibujo de Ricardo Mendoza de 1985. En completo estado de olvido, el dibujo representaba a un cristo en la cruz muy gestual invadido por imágenes de la violencia del siglo XX. Este casual hallazgo, impulsado por una insaciable curiosidad hacia esos años y esos amigos, cerró la investigación con una nota alta.

La expectativa de toda residencia, en calidad de momento de excepción, es la de encontrar algo, observar lo que nadie más ha percibido de una manera. Una expectativa menos grandilocuente debería notar que cualquier motivación o deseo depende siempre de una dirección y orientación (aunque sea una deriva, esa psico-geografía que se conoce es producto de la persecución de pulsiones y anhelos ocultos ni científicos ni racionales).

El ojo del grupo de artistas materializó observaciones atentas, con prejuicios e ideas establecidas imposibles de eliminar. Su pupila fue a la saga de un tema, una historia, un lugar o bien una simple materia. Las curiosidades que han ido sosteniendo en el tiempo –arquitectura, industria, pesca, ruina, formalismo, comunidad, exclusión, desecho, y otros– funcionan como lentes de aproximación a una realidad siempre caótica y diversa.

Con eso en mente, los ejemplos son notables. Recorrimos la isla de Mancera junto a Carolina Opazo y Javier Soto. Al subir a una de sus colinas, Javier descubrió restos de lo que parecía ser una antigua construcción precaria. Desde ese punto, ambos se pusieron a pensar en lo que debe haber significado hace trescientos años la percepción de la desembocadura del río desde esa altura; su contemplación natural e histórica. Algo similar ocurrió en uno de los castillos de la zona donde Lucas Kaulen, Carlos Rivera, Camila Tironi y María Gabler prestaron atención a lo que en principio era evidente: el recorte de la naturaleza desde la ruina; la textura de las piedras constructivas, la claustrofobia de una cárcel subterránea y los soportes paliativos de la arquitectura precaria.

Todos y cada uno de estos pequeños hallazgos son parte de la extensión de las motivaciones que cada artista transporta hacia cualquiera de los lugares que visita, sea a través de una residencia o simplemente de un viaje. La curiosidad natural, virgen e involuntaria es una fantasía basada en el supuesto de que se pueden visitar lugares como si no existieran ya estereotipos o imágenes de los rincones más alejados del planeta.

La residencia les otorgó el tejido para un hábitat, los insumos para una caja de herramientas, el mapa de los hitos y estratos y el recuerdo de los hallazgos pasados. Todo lo demás es resultado de la experiencia vivida durante los siete días en la ciudad de los ríos.

Catalina González, Boceto 2017. Cortesía de la artista

Epílogo

La residencia forma parte del proyecto Monumento, que invita a artistas y arquitectos a repensar el formato, lenguaje y problema del monumento y memorial contemporáneo. La iniciativa busca desarrollar alternativas para la ejecución de obras permanentes incluyendo las variables del arte actual: el archivo, la investigación, la experimentación, la tecnología y la comunidad. Durante el transcurso del proyecto, cada artista y arquitecto propondrá un monumento en cualquier parte del país a ser construido, articulado o activado durante todo el 2018. Para cerrar el proceso se publicará un libro con la experiencia completa. La residencia fue realizada gracias al aporte de la Corporación Cultural Municipal de Valdivia, la Galería Patricia Ready, la Universidad Austral de Chile y la Colección Ca.Sa. Participaron: Francisca Jara, José Luis Marcos, Javier Soto, Carolina Opazo, Francisca Montes, Carlos Rivera, María Gabler, Claudia Vásquez, Camila Tironi, Catalina González, Javier Toro Blum, Rafael Guendelman, Lucas Kaulen y Consuelo Rodríguez. Son parte del proyecto Monumento también los artistas Eduardo Cruces, Claudia González, Pilar Quinteros y el colectivo República Portátil.

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Ignacio Szmulewicz

Nace en Chile, en 1986. Es historiador, curador y crítico de arte. Se ha especializado en las áreas de arte moderno y contemporáneo, y arte público chileno y latinoamericano. Ha publicado los libros "Arte, ciudad y esfera pública en Chile" (2015), "El acantilado de la libertad. Antología de crónicas valdivianas" (2015) y "Fuera del cubo blanco: lecturas sobre arte público contemporáneo" (2012). Ha sido curador de las muestras Matadero (2012-2013), Spoilers (2013) y Ciudad H (2014-2015). Actualmente se desempeña como crítico de arte para la revista La Panera.