“Cuando la ironía adquiere carácter plástico, yo la llamo mensaje”

Bernardo Salcedo

Para alguien que valora el poder de las palabras, resulta molesta la afirmación que se expresa con bastante ligereza de que “un artista o hace arte, o se dedica a escribir”. En primera instancia porque parece inexacto el contexto sobre el cual se produce dicha afirmación, en tanto que reduce la escritura a un campo aparentemente “teórico-académico” y deja de lado todas las demás formas y posibilidades de explorar, componer y trabajar con las palabras y la imagen. Y segundo, porque si algo sobre historia del arte sabemos, recordamos que artistas como Wladyslaw Strzeminski, Wassily Kandinsky, Alberto Giacometti, Ad Reinhardt, Eugen Schonebeck, Joseph Beuys, Donald Judd, Mark Rothko y muchos otros, cultivaron la escritura. Indudablemente, el arte necesita de la palabra, tanto, que las imágenes se actualizan en la mente del espectador a través de significaciones, y no sólo de significaciones, sino desde nuevas construcciones de signos y símbolos para el lenguaje.

Hay una clase de arte que es merecedora de ocupar una categoría superior porque presenta una complejidad especial en relación a su proceso, su materia, su incidencia espacio-temporal, sus propiedades, causas y resultados; es, en suma, un arte arriesgado que sería impreciso encasillar y que reta al espectador, el cual hace mucho debió entender que el arte no tiene que ser complaciente, fácil, o cómodo.

Las obras de Bernardo Salcedo (1939-2007), a pesar de que en principio nos resultan ocurrentes o juguetonas, si las observamos de manera atenta también se revelan desconcertantes. Salcedo fue uno de los artistas que en los años 60 capturó la atención de la crítica de arte Marta Traba, quizás porque realizar un arte basado en el lenguaje tiene sin duda algo de europeo, una especie de intelectualidad que pudo encajar perfectamente con el pensamiento de la crítica argentino-colombiana, quien sostenía que el arte debía evolucionar, volverse complejo, sagaz y, sobre todo, estimular no solo a la retina, sino también al pensamiento.

Odiado por muchos y amado por otros tantos, es indiscutible la importancia que tuvo su obra para la construcción de una dinámica conceptualista en el arte colombiano, siendo además uno de los primeros latinoamericanos que exhibió su trabajo en la Documenta de Kassel en 1972. Fue un artista rebelde, agudo y con un ímpetu propio de unos pocos personajes que aparecen en la escena, e hizo una simbiosis única entre la materialidad de los significados cuestionando el sentido que tienen las palabras, más allá de una noción puramente semántica, ya que, con todo y su estilo “conceptualista”, la obra de Salcedo muestra una riqueza plástica tan diversa, que señalaría el camino creativo a una generación de artistas jóvenes, a partir de sus ensamblajes, dibujos, fotografías, pinturas y más.

El Museo de Arte Moderno de Medellín, dentro de su programa Homenajes MAMM, presenta hasta el 12 de marzo la exposición Bernardo Salcedo: Cómo hacer las cosas con palabras. En ella, se reúnen más de 80 piezas del artista que fue considerado el padre del arte conceptual en Colombia, y una de las mentes más lúcidas que pudo tener la escena cultural del país.

La curaduría realizada por Ana María Lozano, Maestra en Historia y Teoría del Arte y la Arquitectura de la Universidad Nacional, tiene una esencia rigurosa, pero al mismo tiempo refrescante. La disposición de las piezas nos permite recorrer con coherencia procesos de pensamiento y exploraciones plásticas del artista, tanto como reconocer allí una suerte de “familiaridad” que cultiva un estímulo visual e intelectual para el ojo y la mente del espectador. “[Lo que yo hago] son hechos. No esculturas. Ni cajas. Ni pintura. Y menos arquitectura”.

Inicios

Bernardo Salcedo se formó como arquitecto en la Universidad Nacional; no en vano, hay una pulcritud en su trabajo propia de un ojo y una mente afinada desde la disciplina de concebir estructuras y proyectarlas con la perfección de los trazos. En 1966 la Embajada de Italia en Colombia realiza el concurso de arte Dante Alighieri en homenaje a los setecientos años del nacimiento del poeta. El tema era la vida y obra del homenajeado, para lo cual el artista presentó Lo que Dante no sabía: Beatriz amaba el control de la natalidad, un ensamble en madera y objetos que nos recuerdan unos huevos y pequeños brazos de muñecos como si fueran los de un bebé recién nacido, todo esto pulcrísimamente pintado de blanco. No era una obra bidimensional, no era una pintura, o por lo menos, no en términos tradicionales; tampoco era una obra escultórica porque la pieza estaba ajustada a la pared, así que era el más extraño de los híbridos que habían visto los artistas (generalmente pintores) hasta ese momento. Se entiende entonces por qué el disgusto y el asombro de los participantes cuando el primer premio fue para Salcedo con su “caja blanca”, así como el rechazo de Giulio Corsini, delegado de la Embajada de Italia, porque en ese momento todavía había mucho por indagar acerca de los sistemas de comunicación en el arte, que iban mucho más allá de esas “ridículas e inoperantes formas miméticas”, como escribió Marta Traba. Por su parte, Corsino dejó claro su desacuerdo en un acta que decía: “Primero: considero que la obra en cuestión no encaja dentro del concepto de pintura. Segundo: tampoco llena las condiciones estipuladas en el concurso, en el sentido que el tema debe inspirarse en Dante, su vida y su obra”.

¿Qué vino después? Nada que opacara su carrera, pero sí mucha visibilidad a partir del escándalo como es típico en el mundo del arte. En el momento, se invitó a los jurados a que reconsideraran el veredicto; hubo malestares y odios hacia el artista, pero nada pasó: los jurados mantuvieron su decisión inicial haciendo caso omiso de los que protestaban.

Objetos y cosas nuevas

¿Qué es una cosa nueva? Comúnmente pensamos en algo acabado de producir, algo que no ha sido utilizado, algo limpio, impecable, o una situación a la cual no nos hemos enfrentado aún; sin embargo, las Cosas nuevas de Bernardo Salcedo son objetos usados, intervenidos y cargados con una “nueva” significación, porque ya no funcionan como cosas útiles, sino que se insertan en un mundo diferente con una función esencialmente contemplativa. Evidentemente, éste es el truco Duchampiano que ya todos conocemos, pero cuando le emparentaban con el Dada de los años 20, respondía sin titubeos que las ideas no tienen tiempo, que el arte probó mucho antes que Einstein -y sin necesidad de fórmulas- la teoría de la relatividad. El artista tomaba los objetos, los observaba, encontraba en ellos un particular encanto y los presentaba como “cosas nuevas”; sin embargo, éstos no transmitían ningún mensaje, porque para él “arte no educa ni instruye. El arte no es didáctico. El arte no tiene función social alguna”.

Todos sabían que Bernardo Salcedo era mordaz al momento de responder preguntas sobre su proceso creativo o sobre la cultura y el arte en Colombia. En una entrevista de 1972, cuando le preguntaron si hacía arte conceptual, rectifico de inmediato que “todo lo que hace la gente es conceptual, ya sea arte o cocina. Pero mi obra además de conceptual tiene su dosis de expresión plástica. No se queda solo en el enunciado. Mis cosas las llaman esculturas porque aquí llaman escultura a todo lo que no se puede enrollar. Y digo que mis obras no tienen argumentos, porque no cuentan aventuras, anécdotas ni acontecimientos”.

La cultura no en-caja

Gracias a su temperamento, el artista dejó una serie de textos donde comunicaba su opinión sobre la cultura y el arte en Colombia. Para esto, algunas veces utilizaba seudónimos como “El Doctor Trueno”, “Art-Pía”, “Germán Lleras de Francisco” y “Oscar Cirujano”, aunque también firmaba con su nombre. Cuando hablaba sobre cultura, lo hacía en un tono un poco despectivo y se empeñaba en afirmar que él no era un hacedor de cultura: “Ser artista es no creer en la cultura básicamente. El arte rechaza la cultura per se… Aquí tenemos un exceso de gente culta, pero de cultura muerta, aquí tenemos un exceso de gente sensible, pero de la sensibilidad que otorga el culto de la historia y no la que da la realidad. El país está gobernado por provincialistas culturales en todos los frentes”.

A comienzos de los años 70 explora la palabra como materia, realizando una serie de piezas que tituló Frases de cajón. “¡Esas cajitas eran de una empresa de bocadillos que quebró por hacerlas de madera de pino! Yo compré las cajas y en una de ellas puse ‘La pequeña industria es la salvación de Colombia’. Esa frese es de cajón y por eso las demás también son de cajón. ¡Todas son optimistas!” [B.S (1971)].

La importancia de las tareas escolares

“Quiero suprimir toda idea esteticista, todo lo ilusorio y engañoso que hasta ahora ha aplastado al arte, para liberarlo absoluta y totalmente. Quiero mostrar, por otra parte, que hay cosas en el mundo cotidiano, que son importantes, aun cuando la gente esté ciega y sorda, y no se dé cuenta. Quiero mostrar la importancia de esos castigos y esas tareas escolares que marcan una época tan esencial en la vida, como es la infancia. Quiero abrir los ojos a los que los tienen cerrados o con telarañas” .[B.S (1970)].

En la Sala de Fundiciones del museo, la curaduría ubicó inteligentemente dos de las piezas más significativas en la trayectoria del artista: Hectárea de heno de 1970, una instalación con 500 bolsas de polietileno contenedoras de heno, que están acompañadas con las siguientes frases:

500 sacos plásticos.

Llenos de heno seco.

Numerados para facilitar su conteo.

Apilados para facilitar la circulación del público.

Puestos ahí… porque sí.

Porque ahí… están.

Y no en otra parte.

La obra salió a la luz pública en 1970 durante la Segunda Bienal de Arte de Coltejer en Medellín y fue considerada como la primera instalación de arte realizada en Colombia. Así mismo, la obra Primera lección suscitó polémica por su contenido político. Fue presentada en la Bienal de Artes Gráficas de 1973 y se trata de unas vallas con una serie de frases impresas en negro que contenían la deconstrucción del escudo de Colombia. Cada valla contenía una frase, así:

No hay cóndores.

No hay abundancia.

No hay Libertad.

No hay Canal.

No hay Escudo.

No hay Patria.

La obra del artista Bernardo Salcedo es, en definitiva, todo un tributo al pensamiento. A la rebeldía creadora, a la libertad de hacer las cosas con palabras, a poner en la cúspide de los principios éticos, la sinceridad, así ésta sea arriesgada, y lograr, con ello, que esas palabras sean verdaderos ensayos plásticos. Hoy, después de medio siglo de haberse destacado en la plástica nacional, su trabajo sigue más vigente que nunca, sigue siendo inquietante y continúa cuestionando nociones sobre el arte y el lenguaje con una perspectiva de análisis. Se trata, por lo tanto, del arte como una idea, y del lenguaje como materia para la creación.

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Nace en Medellín, Colombia. Es maestra en Artes Plásticas y Visuales. Realizó estudios en Filosofía en la Universidad de Antioquia y tiene una acreditación en Evaluación de Procesos Educativos. Posee un diplomado en Periodismo Cultural y Crítica de Arte y se desempeña como docente de cátedra universitaria. Es parte del equipo de columnistas de la revista La Artillería, revista de arte de la ciudad de Medellín, y escribe para la sección "Palabra y Obra" del periódico El Mundo.

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