Por Rodolfo Kronfle Chambers

Curador

Ilich Castillo (Guayaquil, 1978) es uno de los artistas más complejos de la escena de arte contemporáneo que emergió con vitalidad a mediados de la década pasada en el Ecuador. Su obra se contrasta transversalmente frente a contenidos científicos, connotaciones derivadas de repertorios artísticos y culturales diversos, y narrativas codificadas en veladas “formas” discursivas que afirman la identidad del Estado-Nación. Detrás de su particular forma de activar entre sí economías visuales muy dispares –guiños al canon de la abstracción o de la historia del cine, por ejemplo- se intuye en su trabajo cierto aliento filosófico.

El recorrido de su exposición en el espacio Museomático, en Cuenca (Ecuador), enfatiza una de las aproximaciones más reiteradas en su quehacer, caracterizada por la serie de alteraciones –primordialmente a través de procedimientos digitales- que el artista subraya o provoca sobre acervos documentales, literarios o fílmicos, varios de los cuales tienen a la gramática del glitch como disparador. Estos procedimientos, donde un error causa interferencias sobre el código que construye la imagen, producen atractivos desenlaces formales en los cuales la distorsión resultante, en su acontecer, insinúa también la pifia conceptual que podemos deducir del referente original y el yerro que simbólicamente encierra.

Vista de la exposición "Algo después", de Ilich Castillo, en Museomático, Cuenca, Ecuador, 2016-2017. Foto: Fernando Piedra Estudio
Vista de la exposición "Algo después", de Ilich Castillo, en Museomático, Cuenca, Ecuador, 2016-2017. Foto: Fernando Piedra Estudio
Vista de la exposición "Algo después", de Ilich Castillo, en Museomático, Cuenca, Ecuador, 2016-2017. Foto: Fernando Piedra Estudio

Otro grupo de obras, manteniendo aquel interés por contrastar ideas a partir de la anomalía presente en un sistema determinado, se plantean más como paralelos análogos de los trabajos antes descritos. Éstas privilegian la contemplación de una cotidianidad anodina y la experiencia de eventos de carácter residual donde se intuye algún tipo de revelación. Así, los sueños, los pequeños accidentes fortuitos, o las maneras en que se descartan o reutilizan los objetos pueden someterse a elaboraciones estetizantes o a arreglos instalativos que permiten, en su conjunto, sacudir nociones establecidas sobre la psiquis, la naturaleza, el paisaje y la cultura material.

Los abordajes de Castillo parten de una observación cuyos sesgos se nutren desde el trascendentalismo de Thoreau hasta los dilemas que padece él mismo como artista con perfil crítico que profesa una religión poblada de pautas restrictivas, y a partir de la cual ha transformado el mandato misionero en deriva urbana. Su trabajo no apunta al señalamiento del error como motivo estético o finalidad ulterior, sino más bien como elemento delator, una manifestación, dentro de un sistema de percepción de deformidades y desviaciones que interpelan al mundo. Al final su obra parece proponer la toma de consciencia de estas singularidades como un “factor fenomenológico” desde el cual nos invita a despertar sentidos latentes que habitan en todo lo que nos rodea.