Por Octavio Zaya

A partir de sus investigaciones en curso sobre el color y el ritmo, las nuevas obras de Monika Bravo nos sitúan en un abismo pulsando con ondas vibrantes de energía, donde la legibilidad y el significado permanecen esquivos. Tras la comprensión de Bergson del tiempo y su concepto de duración -que diferencia entre el tiempo que medimos en intervalos y el tiempo de nuestra experiencia-, Bravo apunta a un sentido de unidad interconectado entre el espacio y el tiempo a través de un entendimiento de la estructura cognitiva de nuestra mente, que da a la realidad informe tanto forma como significado. Así, las capas visuales y los ciclos que habitan entre esos estados de abstracción y su correspondiente materialidad son lo que el trabajo de Bravo nos revela y lo que se supone que debemos experimentar a través de él.

En su nueva instalación en la galería neoyorquina Johannes Vogt, que cobra la forma de un mosaico de ideas, Bravo muestra la recolección y edición de imágenes a través de la costura, el tejido y la composición. Bravo también utiliza el color para crear un contraste material, una experiencia física basada en la duración circular del tiempo en la pieza. En medio de cinco monitores, tres proyectores, y sonido, el espectador experimenta una estimulación sensorial hiperrítmica. En este estado activado, por un lado, Bravo superpone capas en pantallas LCD para ayudarnos a entrar en un nuevo conocimiento, donde la percepción está mediada entre lo que es real y lo que es virtual. Por otro lado, otro conjunto de proyecciones contrarrestan esa experiencia: ráfagas de patrones de azulejos, enmascarados con capturas de imagen de Google Earth, vibran por la habitación como el silencioso latido de una partitura musical imaginaria.

Para Bravo, la piel -nuestra piel- es lo que traduce estas formas sensoriales. Para la artista, el cuerpo es el sitio donde forma y contenido desarrollan un intercambio, un diálogo y un equilibrio entre ellos. Siguiendo este marco conceptual, el que conoce y entiende la superficie es el que puede experimentar las profundidades y el vacío. Como decía Paul Valéry, “la piel es lo más profundo que hay”. Pero, al mismo tiempo, inspirada por la visión mecánica y alucinatoria de un posible futuro donde los robots verían el mundo como un desenfoque pixelado, Bravo utiliza la tecnología para ensamblar un compuesto de piezas y partículas -un rompecabezas animado de múltiples y agrietadas realidades- que permite al espectador descender a un lugar donde otras posibilidades -realidades y descubrimientos paralelos- existen.

Tras haber sido encargada recientemente por la Autoridad Metropoliana de Transporte de Nueva York para realizar un mural en el metro, Bravo también ha comenzado a trabajar con mosaicos. Después de trabajar muchos años con animaciones, proyecciones e instalaciones, Bravo ahora oscila entre las tecnologías antiguas y contemporáneas, entre la imagen eterna en una pared y la proyección fugaz en la pantalla, donde una conversación de partículas emerge entre tesserae y pixeles. Bravo reescribe así un nuevo código entre los lenguajes del tejido y del mosaico, un código que conecta los elementos de percepción, ilusión, tiempo, tecnología y lo universal.

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