Por Valeria de los Ríos

Las apariencias engañan. Un objeto de 18,5 por 10 centímetros con 150 páginas impresas, imágenes coloridas en su portada y en su interior, parece un libro de bolsillo, de rápida lectura, para abordar despreocupadamente en el metro, en el bus, en la plaza o en un lugar cualquiera de la ciudad. Mentira. La imagen inquieta. Juan Downey y Raúl Ruiz en contrapunto, de Fernando Pérez Villalón, es un libro denso, pero en el mejor sentido de la palabra. Según el diccionario, “denso” quiere decir algo “compacto, apretado, espeso”, “que contiene mucha masa con respecto a su volumen” o “de mucho contenido o profundidad en poco espacio”. El adjetivo caracteriza una condición material del objeto, del mismo modo que el libro lo hace sobre la imagen. Es decir, La imagen inquieta reflexiona sobre la imagen en dos realizadores fundamentales: Raúl Ruiz y Juan Downey. Por supuesto, la noción de imagen que se desprende de la vasta y variada obra de estos autores no es para nada simple. Y si a esto se le suma el impulso comparativo que inspira al trabajo, tenemos como resultado una complejidad elevada al cuadrado.

Fernando Pérez titula a su ensayo La imagen inquieta. De paso, los editores le dan a esa palabra una tipografía de color amarillo, que visualmente tiende a arder como el sol del verano, a desprenderse de la portada y a vibrar. La palabra en su materialidad misma demuestra su inquietud y su movimiento constante, como las imágenes intercaladas al centro del libro, que juegan a interrumpir o a quebrar el ritmo de lectura-escritura, a poner al lector en calidad de juez ante las analogías visuales que presentan las obra de Juan Downey y Raúl Ruiz.

Ritmo y vibración son dos palabras que remiten al universo de la música, que está muy presente -aunque camuflada- en La imagen inquieta. Todos sabemos que Fernando Pérez no sólo ha investigado sobre música como académico, sino que como poeta ha experimentado con la poesía sonora a nivel individual, y con La orquesta de poetas en una performance poético-musical a nivel colectivo. El libro incluye un “preludio”, un “intermedio visual”, pero además un capítulo final titulado Minueto microcósmico. La dimensión sonora está presente en la reflexión sobre el uso de la voz acusmática en Ruiz, aquella que separa la voz de su fuente de origen (el cuerpo) y en las disonancias que emergen cuando lo que vemos no corresponde a lo que oímos. A esto podríamos sumar el trabajo de Ruiz con Jorge Arriagada, su obsesión por el bolero y otras formas de música popular, y el interés permanente de Juan Downey por el barroco, especialmente por Johann Sebastian Bach, a quien en 1986 dedicó una obra con un título homónimo.

El ensayo comienza con una reflexión en torno a la imposibilidad de toda comparación, dando cuenta de entrada de que el éxito o fracaso de la empresa no consiste en comprobar los vínculos explícitos y verificables en la obra de estos artistas, sino más bien en el ejercicio mismo de la comparación como forma flexible y análoga del pensamiento. Y es que la analogía es justamente una de las formas, quizás la principal, de pensar con imágenes, algo que ya sabían Walter Benjamin, Aby Warburg y Marcel Proust, entre otros. En una cita central en La imagen inquieta leemos:

“Ruiz y Downey comparten un uso de la imagen para plantearse problemas respecto a los modos posibles de concebir lo humano y como método para poner en jaque todos los saberes que pretenden circunscribir esos modos a una fórmula universal.” […] Asimismo su trabajo “desemboca en una política de las imágenes, en una exploración de la capacidad de las imágenes para transformar nuestros modos de estar en el mundo y de vivir juntos” (64).

Así, -Pérez dixit- Ruiz y Downey nos obligan a salir de nuestros modos habituales de mirar, ponen en duda la solidez de lo que vemos y nos vuelven extraño lo familiar, haciéndonos sentir propio lo ajeno. Coinciden como exploradores, piratas, cocineros, alquimistas, chamanes, y hechiceros, y por supuesto, como extranjeros en su propia tierra. También en ciertos procedimientos, como en un trabajo que va más allá de los formatos, ya que ambos trabajaron con distintos medios. También concuerdan en su inclinación didáctica, pero como educadores practican una pedagogía omnívora, salvaje y desconcertante; ambos sienten una inexplicable fascinación por los espejos que los duplican, transforman y desbordan lo que creemos real.

Según Fernando Pérez, tanto Downey como Ruiz forman un “canon caníbal”, que está en las antípodas del género documental. Ambos practican una “antropología negativa” que se aproxima al ser humano como enigma indescifrable, como incógnita y como misterio. Si pensamos en las obras más propiamente “etnográficas” de estos autores -el video serial Trans Américas de Downey y El Techo de la ballena de Ruiz- para estos artistas el asunto nunca se reduce a documentar, representar o comprender al otro primitivo o indígena, sino que a dialogar con él, a verse afectado y hasta ser devorado por él. Lo que está en cuestión en estas obras es justamente la idea de transformarse en contacto con otra cultura.

La imagen inquieta propone que Chile para estos artistas funcionaría como un lugar de enunciación, pero no como el único o el definitivo, sino como la Ítaca de Ulises, a la que siempre se vuelve. Como Chile, también hay otros espacios o lugares importantes, como es el caso de Oriente Medio y Egipto para Downey, o Portugal para Ruiz.

Ambos artistas trabajan con signos ambiguos, con presencias opacas o directamente fantasmáticas. Según el autor de este ensayo, el efecto que producen estas obras no es meramente cognitivo e inteligible, sino también afectivo y sensorial. Se afirma que esta imagen inquieta es táctil, una imagen háptica que tiene la capacidad de tocarnos. El arte que practican Downey y Ruiz es uno atento al espectador y la imagen que trabajan se proyecta más allá de la muerte, lo que nos enfrenta a nuestra propia finitud. Sin embargo, en lugar de confrontarnos a esta disyuntiva de manera trágica, estos artistas nos enseñan a responder con la risa. Fernando Pérez escribe: “Más que sumergirnos en la melancolía, o sumergirnos en el duelo, las imágenes de Ruiz y Downey tienen la capacidad de al mismo tiempo recordarnos nuestra condición mortal y responder a ella con la risa de quien sabe que aun vivos no somos sino imagen que se desvanece poco a poco, presencia pasajera que persiste apenas un momento en la retina y la memoria de quien mira, fulgor porfiado que cuando se encienden las luces del teatro o se oscurece la pantalla del televisor le queda rodando en la cabeza un rato, como un eco cada vez más apagado en su danza inquieta”.

La imagen inquieta no se limita a ser un trabajo puramente académico. Tampoco es una obra descriptiva, un lugar donde vamos a conocer la obra de Downey y Ruiz por primera vez, o a cabalidad. Más bien, este ensayo cumple con éxito el difícil cometido de pensar con las imágenes, es decir, hacerles justicia, ponerse en su sintonía y seguir su vibración, bailar con ellas, si se quiere, porque se trata de un ejercicio de cadencia, de variación entre movimiento y detención, de ritmo y escritura, de compromiso intelectual, pero también corporal y afectivo.

La imagen inquieta es una invitación a seguir pensando conexiones y vínculos secretos entre estos dos artistas. También es una invitación a pensar, como Downey y Ruiz, que en este ejercicio es posible imaginar nuevas formas de vida, de arte, de escritura y de comunidad.


Este texto se leyó el 19 de enero de 2017 en el Museo de Artes Visuales (MAVI,) en el marco del Tercer Coloquio de Investigación del Magíster en Estudios de la Imagen, “La imagen – mecanismos y miradas”.

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