Por Kiki Mazzucchelli

En los últimos cinco años, Lucía Pizzani ha desarrollado, incansablemente, una serie de proyectos enfocados simultáneamente en narrativas históricas y literarias relativas a personajes femeninos, y los continuos procesos de transformación biológica observables en la naturaleza. En cada uno de sus proyectos la colisión de estas aparentemente dispares áreas de interés, genera un variopinto cuerpo de trabajo que abarca una variedad de medios -incluyendo fotografía, cerámica, video, dibujo, performance e instalación- en el cual el cuerpo femenino toma el rol protagónico. Sin embargo, lejos de ese cuerpo idealizado y fetichizado en los medios y en el arte occidental, las piezas de Pizzani nos presentan formas orgánicas pulsantes, que son a la vez notablemente eróticas y casi abyectas, cuerpos como organismos vivientes en un estado de constante devenir.

En exposiciones previas, Pizzani ha explorado las posibles conexiones entre el ataque de las sufragistas al orquideario de Kew Gardens en 1913 y las ambiguas connotaciones de género atribuidas a estas flores, (Orchis, Galería Fernando Zubillaga, Caracas, 2011); la máscara funeraria de una bella y desconocida dama cuyo cuerpo fue encontrado en el Sena cerca de 1880 -que luego se convirtiera en un objeto de culto entre los escritores de la Belle Époque- y su relación con las cualidades metamórficas de las mariposas nocturnas (Mariposario, Oficina#1, Caracas, 2013 y The Worshipper of the Image, Sala Mendonza, 2014); así como investigaciones acerca del reino Fungi, inspiradas por las importantes contribuciones en el campo de la micología de la autora Beatrix Potter, comúnmente opacadas por el éxito de su obra literaria (A Garden for Beatrix, Cecilia Brunson Projects, Londres, 2015).

Sin embargo, cabe destacar que a pesar de que estos hilos narrativos proveen el marco temático para cada proyecto de Pizzani, se mantienen de ciertas forma latentes en sus trabajos, en los cuales favorece un tratamiento experimental e intuitivo de los materiales en lugar de presentaciones didácticas y documentales o evidencia textual. Situada en las décadas cercanas al cambio del siglo XX, las historias y eventos que respaldan estos proyectos, hablan, de cierta forma, directamente sobre un período cuando la posición (e imagen) de la mujer estaba cambiando rápidamente en las sociedades occidentales y los movimientos de los derechos de la mujer ganaban momentum. En la obra de Pizzani, la idea de la transformación se transmite a través de objetos e imágenes con definidas cualidades formales orgánicas que evocan los dinámicos ciclos vitales de las especies.

Un sentido de lo incompleto y lo móvil permea sus pequeñas esculturas de cerámica, moldeadas en base a las formas diversas de las crisálidas (Capullo Series, 2013), cuyas intrincadas curvas y orificios parecen capturar momentos pasajeros del estado de transición. Mientras que la serie de placas al colodión (Impronta Series: Julia, Anne, Patricia, Paola and Katherine, 2013) representan cuerpos femeninos envueltos por texturizadas telas africanas y sugieren documentos etnográficos ficticios de una tribu perdida en el Amazonas que corporiza el espíritu de las orugas como parte de un misterioso ritual de metamorfosis. De esta forma, se puede argumentar que hay un prominente elemento político en este cuerpo de trabajo, ya que moviliza ideas alrededor de la identidad y representación femenina en un trabajo continuo, abierto y en proceso, que es absolutamente tan relevante actualmente como lo fue el siglo pasado.

Vista de la exposición Descent, de Lucía Pizzani, en House of Egorn, Berlín, 2017. Foto: Joseph Devitt

Descenso es la primera exposición individual de Lucía Pizzani en House of Egorn y presenta un nuevo cuerpo de trabajo que una vez más entremezcla referencias del mundo natural con narrativas históricas y culturales, en esta ocasión cambiando el foco político hacia las actuales desesperadas condiciones de vida impuestas por el colapso socio-económico en Venezuela, el país donde nació la artista. Como muchos venezolanos de su generación que han sufrido el auge de un régimen populista y una creciente reducción de las libertades civiles bajo el mandato de Chávez y su sucesor, Pizzani vive en el exterior desde hace varios años. A pesar de tener las mayores reservas de petróleo del mundo, el país enfrenta una rápida contracción de la economía y una tasa de inflación que se acerca al 1.000 por cierto, crecientes niveles de violencia, así como también una generalizada escasez de alimentos y medicinas, llegando al punto de una crisis humanitaria sin precedentes.

En Descenso, la artista explora la noción del declive a través de la imagen de la serpiente y de sus varios significados simbólicos asociados a ello, en diferentes culturas. En la iconografía histórica del arte occidental la figura de la serpiente aparece más notablemente en las representaciones de la “caída del hombre” como la mentirosa responsable por la degeneración humana, quizás su connotación más conocida. Los antiguos Griegos, por otro lado, vieron el animal como un símbolo de regeneración y sanación -la muda de piel significa renacimiento-, exactamente la interpretación opuesta a la alegoría Cristiana. Pizzani se apropia de éstas y otras varias narrativas simbólicas en un nuevo video titulado Ciclo (2016), en el cual una colección de imaginería encontrada relacionada con la figura de la culebra se mezcla con un material más oscuro, como la video documentación, aparentemente casera, de un contrabandista despellejando una serpiente, e imágenes de la prensa de personas buscando comida en la basura en la Venezuela contemporánea. Sin sonido ni color, este corto film es un retrato crudo de la violencia diaria infligida sobre una población que vive bajo un régimen dictatorial y determina el tono de lo que es quizás la exposición más personal de la artista. Es ciertamente su más oscura muestra, casi como una herida abierta que comunica el sentimiento de tener que temer constantemente por el bienestar de sus seres queridos que aún viven en su país, sin saber si algún día acabarán en el auto exilio.

Vista de la exposición Descent, de Lucía Pizzani, en House of Egorn, Berlín, 2017. Foto: Joseph Devitt
Vista de la exposición Descent, de Lucía Pizzani, en House of Egorn, Berlín, 2017. Foto: Joseph Devitt
Vista de la exposición Descent, de Lucía Pizzani, en House of Egorn, Berlín, 2017. Foto: Joseph Devitt

Como en proyectos anteriores, Pizzani evita un tratamiento literal, enfocándose más bien en la cuidadosa manipulación de técnicas y materiales para producir obra cuyo significado se mantiene sugerente y abierto. Cuaimas (2016) es una nueva serie de esculturas de cerámica titulada como la serpiente más venenosa de Sur América. En Venezuela, cuaima es también una forma peyorativa de llamar a las mujeres dominantes, maliciosas o indignas de confianza: un detalle importante que agrega otro nivel más de asociaciones a estas palabras. Esta serie mantiene el aspecto orgánico característico de piezas anteriores, pero esta vez muestran una superficie texturizada lograda a través del uso de diversas telas en el moldeado que evoca la piel escamada de las serpientes. La cualidad táctil de estas superficies se profundiza con el uso exclusivo de esmaltes negros, que destacan el detallado diseño a la vez que le dan un acabado baboso.

El trabajo final de la exposición es Cesta Básica (2016), una serie formada por un grupo de fotogramas hechos con diferentes tipos de productos de la lista que el gobierno Venezolano estipula como artículos esenciales para la sobrevivencia mensual de una familia. Paradójicamente, la crisis de abastecimiento ha hecho que el valor de una cesta básica haya llegado a equivaler 18 salarios mínimos, trayendo como consecuencia el hambre generalizada y la malnutrición de los niños. En los fotogramas de Pizzani, estos alimentos tiene cierta apariencia espectral, parecen casi como objetos impalpables de adoración y deseo que constantemente evaden nuestro asimiento. Frecuentemente sin llevar consigo ninguna semblanza identificable con el objeto original, cada composición en estas piezas fue cuidadosamente construida con la intención de volver estas imágenes casi abstractas. Ellas logran una cualidad surrealista que refuerza la elección de una técnica analógica y tradicional asociada con este movimiento artístico.

En Descenso, Lucía Pizzani trabaja en paralelo con una investigación de materiales y sus posibilidades formales y la expansión de su indagación en el campo político para producir una narrativa fragmentada y en múltiples estratos sobre el decaimiento venezolano de poderío petrolero a abismo humanitario. A pesar de las sombrías perspectivas en el futuro cercano de su país, Pizzani nos deja con una reveladora imagen al final de su video Ciclo: el ouroboros -o el “devorador de cola”, en griego-, que simboliza la naturaleza cíclica del universo, recordándonos, una vez más, que todo está constantemente en estado flujo y transformación.

Vista de la exposición Descent, de Lucía Pizzani, en House of Egorn, Berlín, 2017. Foto: Joseph Devitt