“El crimen de Zamudio, expuesto pública y obscenamente por los medios de comunicación, logró conmocionar a una sociedad que en su totalidad castigó el nivel de violencia y discriminación a un joven homosexual de clase media, asesinado brutalmente. Pero la violencia transfóbica o los crímenes de odio contra transexuales, travestis y prostitutas, que desde hace décadas existen, nunca han logrado tal conmoción. De hecho, no mucho tiempo después de esta muerte, que terminó impulsando una legislación cínica, existieron crímenes transfóbicos igualmente brutales e impunes. Entonces, la pregunta es: ¿Por qué ciertos cuerpos merecen ser llorados y otros no? Hace poco golpearon brutalmente a una compañera transexual, pero ni los medios, ni los homosexuales, ni los movimientos LGTB consensuales con el Estado, dijeron algo. El poder esconde políticas sexuales y allí, ciertos cuerpos convienen, y otros no.”

 Ernesto Orellana, dramaturgo y director teatral

Integrante de CUDS, Colectivo Universitario de Disidencia Sexual

 

El 2 de marzo de 2012, Daniel Zamudio, un joven de 24 años, fue brutalmente golpeado en un parque público de Santiago por cuatro hombres, de entre 19 y 26 años. Tres semanas después murió producto de las secuelas de la agresión, que incluían una oreja cercenada, piernas quebradas, cortes a la altura del estómago en forma de esvástica y quemaduras de cigarro en todo el cuerpo. Los detalles del crimen son estremecedores. Cuatro meses después, el 24 de julio de 2012, fue publicada la Ley 20.609, conocida como Ley antidiscrimación o Ley Zamudio. En su artículo 2º, la ley señala que: “entiende por discriminación arbitraria toda distinción, exclusión o restricción que carezca de justificación razonable (…) en particular cuando se funden en motivos tales como la raza o etnia, la nacionalidad, la situación socioeconómica, el idioma, la ideología u opinión política, la religión o creencia, la sindicación o participación en organizaciones gremiales o la falta de ellas, el sexo, la orientación sexual, la identidad de género, el estado civil, la edad, la filiación, la apariencia personal y la enfermedad o discapacidad”.

La muerte de Daniel Zamudio fue tratada desde el primer momento como una agresión homofóbica, producto de una situación de discriminación sexual. Este análisis, aunque acertado, fue también incompleto. Durante el debate posterior, nadie habló nunca de lo que había en el fondo de este drama como motor de esa discriminación: un acto de violencia sexual machista. Quizá porque siempre se ha entendido este delito como un ataque sexual directo hacia la mujer. Igual que la violencia machista presupone que el género de la agredida siempre es femenino. Sin embargo, la violencia sexual machista no sólo se dirige a las mujeres biológicamente nacidas. Es posible encontrar una macabra conexión entre la muerte de Daniel Zamudio y el asesinato de las turistas argentinas, Marina Menegazzo y María José Coni, en Ecuador, por ejemplo; o la violación múltiple de un grupo de hombres a una joven de 18 años, el pasado mes de julio, durante la Fiesta de los San Fermines, en España; o la muerte de Hilario Reyes Gallegos, Karla, transexual asesinada a golpes en Ciudad Juárez y a quien la artista mexicana, Teresa Margolles, dedicaba su proyecto en la última Manifesta de Zúrich. (La situación de Ciudad Juárez es dantesca en este sentido. Desde el año 1993, vienen siendo torturadas, violadas y asesinadas de forma sistemática cientos de mujeres, travestis, homosexuales y transexuales en esa ciudad mexicana). ¿Cuál es el factor común en todas estas muertes? El perfil del agresor. Todxs han sido víctimas de la violencia ejercida por uno o varios hombres, desde una postura misógina, de superioridad y dominación sobre lo femenino o, más precisamente, sobre lo “no masculino”.

Durante sus años de residencia en Santiago, Jesús Monteagudo (Barcelona, 1983) ha desarrollado un grupo de obras en torno a esta clase de violencia. En sus cuadros bordados (Synonymus y Sinónimos), Monteagudo se ha detenido en el lenguaje, tan creativo como ofensivo, con el que se califica a los homosexuales en varios países hispanoparlantes. Son más de doscientas las palabras que ha encontrado: moñas, hueco, joto, brito, sarasa, trolo, julay; o expresiones como: camina por la acera de enfrente, se le derrite el helado, le gusta el arroz con popote, entre otras decenas. El artista transcribe en la tela estas palabras utilizando el estereotipo femenino por antonomasia: el bordado. Las obras son gráciles, sutiles, delicadas, pero incorporan el peso de su violencia semántica. Hasta los huevos, la performance que realizó en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, donde invitaba a romper 91 huevos pintados de rosa contra un muro de concreto, fue quizá una respuesta inevitable frente a la agresión verbal con la que se burlan de gays, lesbianas y trans, de forma cotidiana, las personas heterosexuales en distintos lugares del mundo.

Jesús Monteagudo, No habrá testigos, 2016. Vista de la exposición en Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago. Cortesía del artista
Jesús Monteagudo, No habrá testigos, 2016. Vista de la exposición en Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago. Cortesía del artista
Jesús Monteagudo, No habrá testigos, 2016. Vista de la exposición en Die Ecke Arte Contemporáneo, Santiago. Cortesía del artista

La exposición que presenta en Galería Die Ecke, es también una respuesta a este contexto -el chileno- en el que Monteagudo ha vivido los últimos cuatro años y donde el caso de Daniel Zamudio le resultó paradigmático. Tres bordados de gran tamaño reproducen imágenes aleatorias que Monteagudo encontró en Internet utilizando frases extraídas de la Ley 20.609 como motor de búsqueda. Evidentemente, las frases sueltas y descontextualizadas (El imperio del derecho, Goce y ejercicio), ofrecieron imágenes inconexas, dentro de las cuales el artista decidió seleccionar las que le resultaron más “amables”. Como contrapunto frente a esta clase de violencia que inspira todo su trabajo, el artista optó por las imágenes que, de alguna forma, “respiraban cierta bondad”, dice.

Las otras dos obras presentes en la exposición operan, sin embargo, desde la absoluta literalidad. Una piedra de 7 kg en medio de una sala puede significar muchas cosas. En este caso, simboliza la peor de todas: es el cuerpo del delito, o uno de ellos más bien, con toda la carga que impone su posibilidad de convertirse en un arma letal. Lo mismo que el rojo oscuro con el que el artista ha transcrito el texto de la Ley sobre el papel. Monteagudo ha utilizado 250 ml de su propia sangre como tinta para esta serie de serigrafías, donde pueden leerse los 18 artículos de la Ley Zamudio. Un gesto que compromete su organismo, su propia sangre en representación de tanta sangre derramada, para estampar una serie de palabras que continúan siendo inútiles. Pese a la agilidad y el empeño de sus impulsores, este texto legal no ha logrado todavía detener la violencia machista, auténtica epidemia de nuestro tiempo.

Entre 1780 y 1785 Francisco de Goya pinta La letra con sangre entra. El cuadro retrata a un profesor azotando a nalga viva a uno de sus alumnos dentro de una sala de clases, frente a la completa indefensión de sus compañeros. Se trata de una crítica evidente hacia el maltrato infantil, asunto que Goya vuelve a abordar unos años después en uno de sus grabados, Si quebró el cántaro, de la serie Los Caprichos. Una escena como esta es imposible siquiera de imaginar en un contexto como el actual. Esto podría hacernos creer que, al igual que aquella nefasta manera de educar a los niños en el siglo XVIII, es posible erradicar algún día la violencia machista que hoy afecta a millones de mujeres, homo y transexuales de todo el mundo. O quizá no, quizá por el contrario, sea necesario pensar en imponer la fuerza, incluso el castigo físico, para re-educar pues por ahora, ni escritas con sangre, estas letras “entran”.

Jesús Monteagudo, vista de la exposición Synoymus, en Taller Bloc, Santiago, 2016. Cortesía del artista
Jesús Monteagudo, vista de la exposición Synoymus, en Taller Bloc, Santiago, 2016. Cortesía del artista
Jesús Monteagudo, vista de la exposición Synoymus, en Taller Bloc, Santiago, 2016. Cortesía del artista
Jesús Monteagudo, vista de la exposición Synoymus, en Taller Bloc, Santiago, 2016. Cortesía del artista
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Andrea Pacheco

Es curadora y directora de la Residencia FelipaManuela, una plataforma dedicada a la investigación artística y curatorial, con sede en Madrid. Ha desarrollado su práctica profesional entre Chile y España, organizando exposiciones y programas de residencia, con énfasis en el intercambio entre España y Latinoamérica. Fue Coordinadora del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago (MAC), sede Quinta Normal, entre 2013 y 2016, donde trabajó con artistas como David Shrigley y el colectivo Superflex. El humor como estrategia crítica ha sido uno de sus temas de investigación. Actualmente prepara dos exposiciones del colectivo Los Carpinteros para Bogotá, Colombia.