Por Ignacio Concha

Hay pocos temas más chilenos que la familia. Los chilenos organizan su vida en torno a ella, se juntan regularmente los fines de semana, permanecen cercanos a sus padres, a las generaciones anteriores. Esta gravitación que en todo momento tiene, la transforma en una gran fuente de inspiración.

Así lo demuestra el trabajo de Joaquín Cociña (1980) y Cristóbal León (1980), dupla artística que desde hace dos años, en paralelo a sus proyectos, desarrolla talleres con estudiantes de arte; talleres que giran, sobra decirlo, en torno a la familia. En estos talleres los estudiantes investigan sobre la creación artística de algún pariente, y con ella presentan una exposición en la que son tanto los curadores como los que escriben el texto de presentación. La idea central es que el artista bucee por textos, fotografías, videos, esculturas y dibujos elaborados por un familiar, y los rescate y exhiba como producción artística.

Cociña y León empezaron, claro, por sus propias familias. El bisabuelo de León escribió una carta a sus hijas explicándoles que después de enviudar se había vuelto a casar. Y como las niñas eran aún muy pequeñas, escribió la carta con jeroglifos. El papá de Cociña basó la numeración de su libro Aguas servidas en las letras “A”, “B”, “C” y “b” de un dibujo hallado en la pared de un motel en construcción, dibujo que fue hecho por un trabajador para representar la estructura del universo. Ambas obras, la carta y el dibujo, fueron el 2014 parte de su exposición Sangre y mérito.

Trabajo de Cociña y León
Trabajo de Cociña y León
El abuelo de Astrid Martínez creaba fotonovelas eróticas. En la imagen, haciendo el papel de amante furtivo de su abuela
Vicente Arrese expuso una presentación en ‘Power Point’ con la colección de imágenes de hígados de su padre, y junto a esta proyección dispuso unas esculturas hechas en cerámica, pertenecientes a su madre
Vicente Arrese expuso una presentación en ‘Power Point’ con la colección de imágenes de hígados de su padre, y junto a esta proyección dispuso unas esculturas hechas en cerámica, pertenecientes a su madre

En la tradición occidental, la familia ha sido vista por muchos pensadores —y esto de Sócrates en adelante— como una institución que impide la libre mezcla y relación de los distintos, de los diversos. El carácter sagrado que le atribuyeron los romanos dentro de la democracia misma tampoco ayudó a que fuera bien vista por la filosofía política. Sobre ella dice la filósofa Hannah Arendt: “En esta forma de organización tanto se disuelve la variedad originaria como se destruye la igualdad esencial de todos los hombres (…) El mundo está organizado de tal modo que en él no hay ningún refugio para el individuo, para el más diverso”. Especial tirria le toma Arendt al concepto de parentesco, pues suprimiría la pluralidad, cualidad fundamental de toda democracia.

Cito la perspectiva anterior porque es interesante considerarla a la luz del taller de Cociña y León, que parece devolverle a las personas —llevados a escena como parientes— su diversidad originaria. En efecto, los trabajos de los estudiantes trasladan identidades, redefinen afanes y deseos, descubren a individuos (sus padres, ¡sus abuelas!) en una dimensión desconocida, y con ello restituyen la pluralidad perdida. Hay una uniformidad que se esfuma. Con sus trabajos, los estudiantes transforman a la familia, a sus familias, en un objeto de interpretación múltiple, un objeto flexible y abierto siempre a revisión.

Luciano Malo hizo autorretratos de él vestido como su madre, a quien se parece mucho físicamente
Flavia Cornejo expuso fotos, dibujos, poemas y notas de su padre. En las fotografías se observa a su madre embarazada y un poema que le dedicó su padre

Al observar con atención las obras, lo primero que salta a la vista es cuán diferentes son los ancestros cuando los evaluamos por su producción material, cuando les damos el rótulo de artistas y, a continuación, presentamos “algo” que los justifica como tales. Porque no digo nada original si afirmo que la vida familiar cristaliza interpretaciones, obliga a jugar roles que no nos acomodan del todo, y lo que hacen estas muestras es disolver la apariencia granítica de la institución familiar y enseñar por primera vez algo (alguien) que siempre estuvo allí.

Astrid, por ejemplo, descubrió fotonovelas “picaronas” que su abuelo hacía con su abuela y algunos amigos, y las instaló en una especie de habitación de cartón que construyó. Luciano se enteró que su madre no sólo era costurera, sino que también había sido encargada de capacitación de la fundación CEMA Chile (surgida en el régimen de Pinochet) y reina “mechona” —como se le denomina a las estudiantes de primer año universitario— de la UTEM en Temuco (Chile), y se tomó fotos disfrazado de ella. Flavia C. expuso fotografías, dibujos y poemas de su papá: las fotos son desnudos de la madre de Flavia en su embarazo y los poemas están dedicados a ella. Katherine utilizó los cantos cristianos en mapudungun que su abuela, cristiana y mapuche, le envió por Whatsapp. Vicente expuso la colección de imágenes digitales de hígado de su padre, un médico experto en dicha parte del cuerpo. Santiago trabajó con su abuelo coreano, una especie de “gurú de la medicina alternativa”, e hizo impresiones en gran formato de las ilustraciones que aparecen en sus libros, así como también expuso el material vegetal que utiliza para realizar sanaciones. Flavia exhibió un video de, lo que dice, es la última performance de su abuela: su funeral.

El día en que los alumnos inauguran su exposición grupal, los invitados principales son las familias, y las reacciones, emotivas y singulares, han venido también de los ausentes. Karen, mexicana y estudiante de intercambio en Concepción, trabajó a partir de la relación conflictiva que mantiene con su padre, con quien apenas se ha hablado en los últimos años, en parte porque ella lo demandó por pensión alimenticia. Esto provocó el enojo definitivo de su padre. Karen reconoce que la demanda era una manera de buscar atención, y dice que él nunca fue a la entrega de los diplomas que ella recibía por ser buena alumna. Su trabajo fue un diploma a nombre de su padre, en que él la perdona por la demanda y reconoce sus méritos. A propósito del taller, Karen intentó contactar a su padre, y la mañana del día de la inauguración recibió un mensaje de él por Facebook. Karen sitúa por tanto su obra en Cuidad de México.

Los talleres que imparten Cociña y León, y los trabajos a los que dan cabida, revelan cuán fascinante es la familia como material para todo creador, cuán disponible y cercano es. Y quizás son, también, un recordatorio del montón de ocasiones en que nos envanecemos de nuestro conocimiento del barrio, cuando en rigor no hemos explorado bien nuestra propia casa. Como dijo alguna vez Ambrose Bierce, el hogar es el único local, y no hay ningún otro, que permanece abierto toda la noche.

Katherine Henríquez hizo sonar el audio de los cantos cristianos en mapudungun mediante un parlante dentro de una cartera, la que pertenecía a la abuela, y además colgó la cartera de un tronco
Obra Forgiven: diploma que realizó Karen Ocampo, en el que su padre la perdona por la demanda por pensión alimenticia y le reconoce sus méritos
Santiago Miranda hizo impresiones gigantes de las ilustraciones que aparecen en los libros de medicina de su abuelo, un sanador coreano. Santiago no lo ve mucho porque —según dice— su abuelo nunca está en Chile, o es un misterio cuándo está y cuándo no
Santiago Miranda hizo impresiones gigantes de las ilustraciones que aparecen en los libros de medicina de su abuelo, un sanador coreano. Santiago no lo ve mucho porque —según dice— su abuelo nunca está en Chile, o es un misterio cuándo está y cuándo no