Antonio Caro nació en Bogotá en 1950 y desde ese entonces vive en su ciudad natal. Es un artista conceptual, o al menos así lo bautizaron después de presentarse en el XXI Salón Nacional de Artistas con una escultura de sal, simulando la cabeza de Carlos Lleras Restrepo, ex presidente colombiano. La figura estaba dentro de una urna de vidrio que disolvería con agua durante la inauguración, pero la aguasal se salió por las ranuras de la urna, se regó por el salón y se volvió una anécdota constante en la carrera de Caro.

Al poco tiempo de su participación en ese Salón abandonó la carrera de artes en la Universidad Nacional de Colombia. De ahí en adelante su aprendizaje se volvió más empírico que académico. Antonio Caro lleva 45 años de carrera artística activa con una nominación al premio Luis Caballero (1999), fue ganador del Programa de Becas y Comisiones Achievement Award de CIFO en el 2013, y un año más tarde ganó la convocatoria para la creación del galardón que ofrece la Fundación Gabriel García Márquez para el nuevo Periodismo Iberoamericano (fnpi).

Aunque Caro es reacio a la tecnología y a la era digital, se sentó a tomar té y a conversar más de un hora para esta publicación.

Julia Roldán: ¿Antonio usted diría que su participación en el XXI Salón Nacional de Artistas impulsó su carrera?

Antonio Caro: Yo digo en broma que comencé con el pie izquierdo, empecé mal. Aunque fue una feliz coincidencia porque ese mal paso permitió mi buen comienzo. Alegre Levi, una periodista cultural de esa época, tituló su reseña sobre ese Salón Nacional con una frase muy graciosa: “Se inundó el Salón”. Ese artículo destacó mi traspié e hizo visible mi obra e imagen. Sin ninguna modestia y sin ninguna pretensión, creo tener una presencia fuerte en los medios que no fue hecha por mi, ni por mi trabajo, sino por ese enlace que permiten los periodistas. Yo me esfuerzo un poquito, pero su labor está muy bien hecha. Tengo colegas que trabajan mejor, pero no tienen esa imagen noticiosa.

Usted misma me está haciendo ese favor: propiciar un enlace con el público, sin mencionar que además me está introduciendo al medio digital. El artista construye objetos que, si tiene suerte, cobran vida. Uno hace una mancha en la pared, como acabo de hacer en ARTBO 2016, y lo que la gente llega a conversar es lo que la convierte en una obra.

J.R: ¿En algún momento pensó que ese accidente ya era parte de la obra? ¿Como si fuera un acto performático?

 A.C: En esa época seguro no habían llegado esos vocablos a Colombia. ¿Acto performático? ¿Eso qué era? Ese es un problema que usted, con su bagaje de ahora, usa para interrogarme. Pero hace 40 años eso no existía, aquí seguíamos en la época de la trementina.

Yo estaba muy contento. Sólo echaba y echaba agua. Imagínese, iba a cumplir 20 años y por primera vez llegué a un evento que tenía una importancia enorme. Fue una euforia, una locurita y un momento muy bonito. No tenía nada en la cabeza, ningún preconcepto. A los dos o tres días un jurado venezolano, Juan Calzadilla, comentó que eso era arte conceptual y yo pensé: “¿Yo soy eso?”. Se puede decir que fue un poquito de inocencia y mucho de ignorancia.

J.R: Ahorita hablaba de la imagen noticiosa que le han construido los medios. ¿Es cercana al verdadero Antonio Caro?

A.C: Yo le respondería que a una mujer bien maquillada nunca se le hace esa pregunta (risas).

J.R: En una entrevista de hace un tiempo usted habló de la necesidad de ser asertivo para lograr que un trabajo sea arte…

A.C: Asertivo el Dante con su Divina Comedia porque cohesionó un lenguaje; asertivo Cervantes cuando creó ese personaje llamado el Quijote; asertivos son todos los grandes.

J.R: ¿Y en las artes plásticas?

A.C: Mi ideología sobre qué es la labor de un artista: ver, escuchar, sentir o incluso oler esos fenómenos externos. Eso que llamamos realidad lo tomo como elemento de trabajo; sin entrar en profundidades, se trata de reciclar o reutilizar semánticas y presentar algo como respuesta a ese estímulo. Una vez me hicieron una pregunta parecida y respondí, tratando de hablar en inglés, like a toy, you put it on the floor and that’s it. Uno depende de él y del contexto donde se desenvuelva.

Yo no me preocuparía por ser asertivo, trataría de tener “ojos abiertos, oídos despiertos ¡Atento!”, como decía una cuña de una emisora colombiana. Procesar lo que realmente uno cree que es singular o especial y con sus propios medios trabajarlo. Si la propuesta funciona o no, es ajeno al mismo artista. Un ejemplo podría ser Van Gogh, realmente pésimo pintor, tal vez el peor de todos en su época. Pero unas neurosis colectivas se vieron reflejadas en esas pinturas, entonces ahí tomó vigencia. Por eso creo que no depende del artista sino de la suerte. El científico sí se propone ser asertivo. Inicia con una suposición, luego propone una hipótesis, después construye una teoría, y dice “existen los agujeros negros”.

 

Antonio Caro, Cabeza de Lleras, XXI Salón Nacional de Artistas de Colombia, 1970. Foto: Jaime Moncada. Cortesía: Galería Casas Riegner, Bogotá
Antonio Caro, Defienda su talento, 1974. Cortesía: Galería Casas Riegner, Bogotá
Antonio Caro, Marlboro Verde. Cortesía: Galería Casas Riegner, Bogotá
Antonio Caro, Todo está muy caro. Cortesía: Galería Casas Riegner, Bogotá
Antonio Caro, Colombia Marlboro, 1975-2015, impresión digital sobre papel de algodón, 62,5 x 47,5 cm. Cortesía: Galería Casas Riegner, Bogotá

J.R: El artista tal vez acierte…

A.C: Exacto. Hoy en día esas son las presiones que tienen los jóvenes, por lo menos en lo poquito que he visto de Colombia. Existe mucha teoría, no bien digerida. Vuelvo a mí: si yo no hubiera sido un simple idiota en ese momento, no le sigo echando agua a la urna.

Aquí viene una palabra compleja –que ojalá no me pregunte qué es– pero el problema es que a los jóvenes casi no se les habla de poética. En un sentido metafísico, epistemológico. El profesor dice: “Sí, bien. Es interesante, buscó datos”. Pero no preguntan por la poética.

J.R: Inevitablemente tengo preguntarle, ¿qué es la poética?

A.C: Acabo de leerme Visita desde una acera de Fernando Molano, donde justo en un capítulo dos personajes se preguntan sobre la poesía, la poética. ¿Qué es? ¿En dónde está? ¿Es una cosa o un atributo? Al final, deciden escribir un ensayo pretendiendo algunas respuestas y concluyen que la poesía es, sin ningún toque de narcisismo, la imagen reflejada en un espejo la cual sólo existe en el alma de quien la contempla.

J.R: Cuando se encuentra la esencia del artista en su obra…

A.C: Un Giacometti.

J.R: ¿Entonces ese es uno de los vacíos actuales en la academia?

A.C: El problema educativo es muy complejo. Los estudiantes de mi época recibían una educación tradicional: pintar, dibujar y esculpir “bien” con normas clásicas. Pero por cuestiones históricas, sociales y políticas de Colombia no podíamos pintar como se hacía en Francia, aunque lo intentábamos.

En cambio una de las bases del arte contemporáneo es la comunicación global y la verdad no creo que los profesores estén tan bien formados. Estoy siendo muy genérico y especifiquemos que es en Colombia y en lo poco que he visto, pero ellos vienen de un pasado y no están tan ubicados en este presente. Por supuesto habrá algunos que ya empezaron a formarse, pero no son muchos. Y el problema es que los jóvenes reciben y reciben información, la cual no creo que asimilen y procesen debidamente.

Lo importante es que con palitos, tierrita o computadores hay personas que han dejado un legado, una obra donde la gente se refleja y se siente identificada.

sonora 128, Achiote, 2001, de Antonio Caro. Del 1 de junio al 31 de agosto de 2016. Cortesía: kurimanzutto/Casas Riegner

J.R: Pasando a otro tema, me intriga saber por qué no tiene celular, ni computador.

A.C: Redescubrí la palabra dislocar; su uso análogo es cuando uno da un mal paso y se disloca un tobillo. Pero dislocar también podría ser que en este momento me vibrara el celular y encontrara una llamada de Medellín, entonces me dislocaría de esta entrevista. A mi no me gusta que me disloquen.

Por otro lado, sigo a McLuhan y sé que “el medio es el masaje”. En este instante hay millones de personas enviando mensajes por Whatsapp de una manera funcional o recreativa. Pero yo, que no uso celular, me pongo a reflexionar el cambio tan fuerte que produce eso en la comunicación actual. Hay analfabetas digitales, pero yo soy un analfabeta muy consciente de lo que está pasando.

J.R: En general se ha mantenido en trabajos gráficos, ¿por qué?

A.C: Hablando sobre esos temas con otras personas me di cuenta de que hay que tener un lenguaje y un discurso. Usted me pregunta sobre el lenguaje y sí, las cosas se han ido hacia el diseño gráfico y me encanta porque se produce para un problema específico, por ejemplo: las camisas X. El mensaje es “el artista trabaja para sus propios devaneos”. El diseño es concreto y eso me gusta.

Aunque también me tomo las libertades que tiene el arte contemporáneo en cuanto al uso de materiales para construir propuestas. Actualmente trabajo con las agujas, los hilos y las telas porque estoy metido en las banderas. Discretamente trato de usar algunas cosas del medio. Sé que está la tecnología, sea el video o lo digital, pero no es lo mío. Tampoco me interesa forzar en sí los materiales. Digamos que soy muy cauto y parco en esa cosa de los soportes.

J.R: ¿Usted cree que el artista debe tener una causa política o social en su trabajo?

A.C: El artista –a menos que sea un genio y son pocos– está inmerso y se desenvuelve en su contexto. Él crea elementos simbólicos para el diálogo entre los miembros de una sociedad. Están los objetos, pero lo que importa es la idea de sujeto que hay en el artista, por ejemplo en Van Gogh o Giacometti que son y eran diferentes. Ahora yo me he propuesto manifestar realidades objetivas de Colombia. A partir de ahí desarrollo proyectos, que son mi manera de ver las cosas.

Realmente el estereotipo de arte político agobió mi juventud –años 70, Universidad Nacional, contexto estudiantil, Mao Tse Tung, etc.– y afortunadamente me liberé. Pero más allá de mi mismo y lo que haga, las implicaciones políticas de la producción artística son complejas y difíciles de analizar. La valoración del componente político de una obra de arte depende de un contexto puntual donde no se puede ser maniqueo.

J.R: ¿En qué está trabajando ahora?

A.C: Pienso que ya terminé este año. Suelo hacer 3, 4 o 5 eventos al año. Generalmente me invitan a actividades y yo acepto. Prácticamente no busco y cuando busco me va mal. Siempre comienzo a moverme con base al compromiso, mientras tanto no hago nada.

Creo que también debo comenzar a procesar el hecho de que ya me estoy envejeciendo y entonces tengo que actuar muy en serio. Ya me tocó ser persona grande.

J.R: ¿Ha pensado en dejar de trabajar?

A.C: En el momento que uno ha procesado, tiene su lenguaje, su discurso y el reconocimiento ya es un logro. Es una tranquilidad.

Pero el problema es ¿ahora qué digo? Porque antes uno se podía equivocar. Alguien comparaba las carreras artísticas con el juego de ajedrez. Cada vez hay menos fichas, entonces cada vez toca jugar mejor. ¿Hoy qué digo?

J.R: Y hoy, ¿qué me dice?

A.C: Espero a que llegue la palomita de la nueva idea. Si llega buenísimo, pero también pienso en cómo jugar con las fichas que tengo. Esa metáfora del ajedrez me gusta: ¿cómo muevo las fichas? Toca ser más inteligente, más cauto.

Y bueno, pasando a otra cuestión: aunque el cuerpo realmente se desgasta, creo que el arte puede ser el elixir de la eterna juventud.

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Julia Roldan

Nace en Bogotá, Colombia. Es comunicadora social con énfasis en periodismo. Se inclina hacia proyectos sociales y culturales en donde pueda ser gestora, mediadora o productora de actividades y contenidos.